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Para Rosario Narezo B.

El país era así, cruel para vivir en él,
aun sin los hombres que, por otra parte,
no arreglaban nada. Pero Daru había nacido allí.
En cualquier otro sitio se sentía exiliado.

—Albert Camus, El huésped

No había agua corriente en su casa, tenía que compartir el baño hediondo, estilo turco, con sus vecinos, la cama con su hermano y la recámara con su madre, fámula, cuyos sordera, mutismo y amorosa parquedad eran la contraparte de los gritos y los golpes de su abuela. Salía a jugar futbol a la calle, o corría y nadaba en una playa del mediterráneo africano. Sus amigos de infancia eran niños malteses, griegos, italianos, portugueses, españoles y franceses, todos pobres en una tierra que asumían como propia y a la que sentían pertenecer. Estaban, asimismo, los bereberes y los árabes, compartiendo la pobreza, y el sol. La lengua que oyó en los arrullos de su madre, la que se hablaba en casa y balbuceó antes de emitir su primera palabra, en la que leyó sus primeros libros y luego todos los demás, la de las bromas y las peleas con los amigos, es decir, su lengua, era el francés. Más tarde llegaron la escuela y los libros con algunas palabras que le parecían extrañas: cumbres nevadas de los Alpes, reyes, île de la Cité, pues nada tenían que ver con una cotidianidad hecha de calor abrasante, chiquillos persiguiendo una pelota y mar. Sin embargo, había también otras palabras que hicieron camino en su cabeza: igualdad, justicia, rectitud, libertad. La escuela que Diderot había concebido y propuesto a mediados del XVIII y que Jules Ferry puso en marcha en el último tercio del XIX, era su escuela. Pero, ¿cuál era su país? ¿Francia? Sí y no. En todo caso no lo era el Hexágono europeo, sino esta Francia que en 1830 Carlos X —tratando de distraer y evitar una fronda que al final lo derribó— creó en el norte de África, en un territorio hasta entonces dominado, desde largo tiempo atrás, por los turcos. ¿Cómo asimiló el niño todas esas diferencias? Era vecino de los árabes, Belcourt, el barrio en donde vivía, estaba habitado por europeos pobres. Los barrios aledaños eran también pobres, pero ahí vivía gente que hablaba otra lengua y no departía con ellos. Muy pocos niños árabes seguían los cursos de la instrucción primaria. La instauración de la escuela laica, obligatoria y gratuita, emblema de la Tercera República, extendió sus beneficios a los territorios colonizados, Argelia e Indochina entre ellos. Pero era una escuela para los europeos y, mayoritariamente, para los franceses. Los ancestros de Albert no gozaron de tal ventura, fueron parte de los primeros colonos llegados a este país durante el reinado de Luis Felipe de Orleans. Claude, su bisabuelo, había nacido en Burdeos en 1809 y probado fortuna en estos lares. Era un hombre pobre. Su hijo Baptiste había seguido los pasos campesinos del padre y cuando se casó no firmó el acta que daba fe de su unión pues no sabía escribir. Tuvo cinco hijos y murió cuando Lucien, el último, padre del escritor, tenía un año. Lucien creció entonces sin progenitor ni escuela, se convirtió en tonelero y en 1914 se fue a pelear y a morir a un país que no conocía, con su llamativo traje de zuavo, blanco perfecto de las ametralladoras alemanas en la batalla del Marne. Su hijo menor, Albert, tenía 11 meses. Las dos orfandades fueron marcadas por una diferencia elocuente: la escuela.

Albert Camus tenía casi 24 años cuando cruzó el Mediterráneo y pisó por primera vez suelo francés. Su pensamiento y su personalidad estaban formados, tenía una identidad compleja. Pasó unas cuantas semanas en Marsella, Lyon y París, sin que estas ciudades le provocasen gran entusiasmo. Cuando llegó por segunda vez a la capital francesa, en la primavera de 1940, convertido en secretario de redacción de Paris-Soir, calificó de mediocres “las almas y los rostros” que cruzaba en la ciudad y evocó su tierra como “un paraíso perdido”. Antes de ello, en cambio, había dado pruebas del entrañable apego a este paraíso en el que había visto la luz y crecido, en donde había estudiado y se había casado a los 20 años, el lugar que lo vio nacer como periodista y escritor, pues ahí escribió y publicó su primer libro. En 1936, en su Mémoire para obtener la Agrégation —un diploma que permite al titular dar clases en las preparatorias o en las universidades— dos fueron los criterios primordiales para determinar el tema: la metafísica cristiana y el neoplatonismo. Por una parte, su profunda convicción de que, querámoslo o no, en Occidente, somos griegos y cristianos; por otra, el lugar de nacimiento de dos de los autores que nos ayudan a entenderlo, el bereber san Agustín y el egipcio Plotino: el África septentrional. Tres años después, en 1939, el diario Alger républicain publicó por entregas un reportaje del periodista en ciernes sobre las terribles condiciones en las que vivían los habitantes de Kabilia, en el norte del país. En “La miseria de Kabilia”, Camus documentó el sufrimiento de las poblaciones autóctonas y denunció las exacciones, la indiferencia y la omisión de las autoridades coloniales. Fue quizá la primera vez que manifestó públicamente y por escrito un deseo que mantuvo a lo largo de su vida y que más tarde le costaría enemistades, acusaciones y desencuentros: una Argelia republicana y francesa en la que las diferentes poblaciones tuvieran los mismos derechos y las mismas obligaciones. Era una postura que correspondía a una pregunta que se hizo siempre y que siempre también le produjo la misma angustia: ¿cómo se elige una conducta cuando no se tiene fe en un Ser supremo ni confianza en los sistemas filosóficos que se pretenden perfectos? Había que vivir, actuar y escribir. Ser fiel a sus orígenes, buscar la justicia y la verdad, rechazar la violencia. 

La fidelidad a sus orígenes era ante todo, pero no sólo, física: a los paisajes solares, a esta tierra que encomió en Nupcias, y El verano, cuyo esplendor es un “goce desmesurado” y donde la pobreza no excluyó nunca la sensualidad y los deleites, del viento, del mar, de las mujeres, de la amistad, de los libros. Pero fidelidad también a los que vivieron como él, el autor de El extranjero subraya su “intolerancia casi orgánica” a la injusticia y su postura al lado de los humildes, de manera visceral, como un niño que recuerda las humillaciones e injusticias de las que fue objeto, tiene conciencia de ello y no permite que se repitan. Su fidelidad es además reconocimiento a sus mentores, a los que le hicieron descubrir las palabras y las ideas: el discurso que escribió para la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura en 1957 lo dedicó a Louis Germain, su maestro de primaria. Y fidelidad, por supuesto, a su madre, su hermano, sus tíos, todos nacidos en Argelia, todos incapaces de imaginar su vida en otra parte.

La búsqueda de la verdad y la justicia en un contexto cuyas palabras clave eran ideología y maniqueísmo se reveló no sólo más difícil, sino más incierta. Camus no transigió, convencido de valores que en otros son sólo palabras, trató de actuar en consonancia con lo que pensaba, con modestia, humildad y responsabilidad. Había supuesto posible una federalización del territorio argelino, con leyes republicanas para todo el país de los dos lados del Mediterráneo, más tarde propuso la asociación, coincidendo con De Gaulle, pero la independencia era ya inevitable. Cuando Jean Daniel se lo dijo, se encolerizó, pues para él la unión de voluntades, el entendimiento, las acciones de buena fe, la renuncia a la violencia, posibilidades humanas todas, hacían viables los acuerdos y evitarían la separación. La escritora y abogada argelina Wazyla Tamzali lo considera ingenuo y su discurso político vacío, abstracto, idealista, sin asideros en la realidad, negándose a ver que eran dos pueblos, dos culturas, dos formas diferentes de ver el mundo. Según ella, dado el prestigio del escritor y su peso en ambas sociedades, hubiera podido empujar una independencia antes de que llegaran las atrocidades y los horrores de la guerra.

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Para Sartre, el gran adversario parisino, que pensaba la libertad como un absoluto, para Althusser (nacido en Argelia) que pasó del fervor católico al marxista, para Daniel (otro nacido en Argelia) que fundaría más tarde un semanario de izquierda emblemático e influyente, para Henri-Lévy (también nacido en Argelia pero educado en Francia) otro normalien, como Sartre y Althusser, profundo conocedor de la obra de Camus, resultó mucho más fácil tomar partido por una independencia total e inmediata. Lo fue menos para Derrida —quien, como consecuencia de las leyes antijudías practicadas por el régimen de Vichy fue despojado de la nacionalidad francesa entre 1940 y 1942—, partidario de una independencia sin ruptura, sin guerra, basada en la colaboración y el mutuo entendimiento. Para Camus, en cambio, la violenta separación constituyó un terrible desgarramiento. Nunca estuvo de acuerdo con la independencia, sin que esto significara un apoyo al statu quo, a los abusos y las desigualdades del régimen colonial. Su postura lo convirtió en el blanco de unos y otros y en el centro de vivas polémicas, que persisten. Dos ejemplos: durante la visita de François Hollande a Argelia, en diciembre de 2012, cuando el presidente francés mencionó algunos nombres importantes en la lucha del pueblo argelino, hubo aplausos, no los hubo cuando pronunció el de Camus. Benjamin Stora, historiador de origen francés nacido en Argelia, especialista en la guerra franco-argelina, había sido designado curador de la exposición Albert Camus: el extranjero que se parece a nosotros prevista para noviembre de este año y que contaba con el apoyo de la alcaldía de Aix-en-Provence, sede de la exposición, y del Ministerio de Cultura. Ante la oposición de muchos franceses de Argelia que viven ahora en la región y la negativa de Catherine Camus, hija del escritor, a trabajar con Stora, éste es separado del proyecto. Michel Onfray toma el relevo y la exposición cambia de nombre: Albert Camus: el hombre rebelde, sin embargo, el Ministerio de Cultura se retira del proyecto y niega todo tipo de financiamiento. Asqueado de tantos dimes y diretes y de la “atmósfera intelectual de guerra civil”, Onfray decide a su vez retirarse.

En el capítulo “Oscuro para sí mismo”, de El primer hombre, leemos:

…sí, ese movimiento oscuro de todos estos años estaba de acuerdo con aquel inmenso país que lo rodeaba, cuyo peso, siendo niño, había sentido, con el inmenso mar delante, y detrás ese espacio interminable de montañas, mesetas y desierto que llamaban el interior, y entre ambos, el peligro permanente del que nadie hablaba porque parecía natural, pero que Jacques percibía cuando, en la pequeña finca de Birmandreis, con sus habitaciones abovedadas y sus paredes encaladas, la tía recorría los cuartos en el momento de acostarse para ver si estaban bien corridos los cerrojos de los postigos de gruesa madera maciza, país que se sentía como si allí lo hubieran arrojado, como si fuera el primer habitante o el primer conquistador, desembarcando allí donde todavía reinaba la ley de la fuerza y la justicia estaba hecha para castigar implacablemente lo que las costumbres no habían podido evitar, y alrededor aquellos hombres atrayentes e inquietantes, cercanos y alejados, con los que uno se codeaba a lo largo del día, y a veces nacía la amistad o la camaradería, pero al caer la noche se retiraban a sus casas desconocidas, donde no se entraba nunca, parapetados con sus mujeres, a las que jamás se veía, o si se las veía en la calle, no se sabía quiénes eran, con el velo cubriendo la mitad del rostro y los hermosos ojos sensuales y dulces por encima de la tela blanca…

En Lourmarin, la tumba austera reina en medio de cipreses, rodeada por lavanda, tomillo y otra hierbas provenzales, tiene una piedra tosca grabada con su nombre y las fechas de nacimiento y muerte; su sobriedad conmueve. n

 

Arturo Gómez-Lamadrid. Profesor de francés en el Instituto Francés de América Latina y El Colegio de México. Traductor y ensayista.