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Traducción y nota de Alberto Román

Albert Camus

Los textos que siguen provienen del epistolario Albert Camus-Louis Guilloux, 1945-1959, que Gallimard recién puso a circular con motivo del centenario del nacimiento del argelino, en edición de Agnès Spiquel-Courdille. Como parte de su homenaje, la editorial francesa ha publicado otros dos libros inéditos de correspondencia, uno dedicado a las cartas de Francis Ponge y el otro a las de Roger Martin du Gard. El primero da cuenta de una amistad perecedera, tal vez condenada desde un principio por la posición de Camus  ante el marxismo de Ponge (“Lo que es convicción religiosa en un católico en usted es convicción política. Ya sabe que no creo en el mundo político que usted espera. Y yo me encuentro a medio camino, menos feliz que todos ustedes, armado sólo con mi buena voluntad y un gran deseo de no hacer trampa”); el segundo despliega la admiración del autor de Los Thibault por el ánimo, la inteligencia, los libros del escritor más de treinta años menor que él.

Entre Camus y Guilloux existen puntos de contacto que parecen explicar la intimidad alcanzada y sostenida sin falla: los orígenes paupérrimos (Camus, hijo de una sirvienta; Guilloux, de un zapatero), la ausencia del padre (ambos muertos en la Gran Guerra), la presencia formativa de Jean Grenier (el maestro de filosofía de Camus en Argel y paisano de Guilloux, que antes de presentarlos en persona lo hará a través de sus respectivos libros), y la enfermedad.

De Guilloux puede leerse en español la que se considera su obra maestra, La sangre negra (El aleph 2002, traducción de Ramón Buenaventura), novela que narra veinticuatro horas en la vida de un pueblito bretón el año de 1917, cuando la carnicería bélica está a punto de alcanzar su clímax, y en medio de un desfile no menos alucinante de personajes al límite de la descomposición.

*

La grandeza de la verdad1

Albert Camus

Casi todos los escritores franceses que hoy en día pretenden hablar en nombre del proletariado nacieron en una familia de posibilidades o con fortuna, lo cual no constituye un defecto en sí, el nacimiento es azaroso y no encuentro en ello nada bueno ni malo. Me limito a señalarle al sociólogo una anomalía y un objeto de estudio. Por lo demás, se puede intentar explicar esta paradoja sosteniendo, tal y como lo hace uno de mis amigos sabios, que hablar de lo que se desconoce acaba por ser un método de aprendizaje.

De todas formas, uno puede tener sus preferencias. Por mi parte yo siempre he preferido que se dé testimonio, por así decirlo, hasta después de haber sido degollado. La pobreza, por ejemplo, le deja a los que la han vivido una intolerancia que apenas soporta hablar de cierta carencia que no obedezca al conocimiento de causa. En los periódicos y los libros escritos por los especialistas del progreso, con frecuencia se aborda al proletariado como una tribu de costumbres extrañas y se habla entonces de él en una forma que le provocaría náuseas a los proletarios, si tan sólo contaran con el tiempo para leer a los especialistas e informarse de la buena marcha del progreso. Entre el elogio repugnante y el desprecio ingenuo resulta difícil saber qué es más insultante en esas homilías. ¿De verdad no se puede dejar de utilizar y degradar lo que se pretende querer defender? ¿Es necesario que la miseria sea robada siempre por partida doble? No lo pienso así. Por lo menos algunos, como Vallès y Dabit, han sabido encontrar el único lenguaje que convenía. Éste es el porqué admiro y amo la obra de Louis Guilloux, que no alaba ni desprecia al pueblo del que habla y que le restituye la única grandeza que no puede arrebatársele, la grandeza de la verdad.

Este gran escritor, que ha seguido sus clases en la escuela de la necesidad, aprendió a juzgar sin melindres lo que es un hombre. Al mismo tiempo ha ganado con ello una especie de pudor que parece mal repartido en el mundo en que vivimos y que siempre le impedirá aceptar que la miseria del prójimo pueda ser un escalón, pueda ofrecer un cuadro pintoresco por el cual sólo el artista no tendría que pagar. D. H. Lawrence le atribuía con frecuencia a sus orígenes en una familia de mineros lo que había de mejor tanto en su persona como en su obra. Pero Lawrence y sus semejantes saben que, así como se le puede atribuir dignidad y excelencia a la pobreza, la sujeción que casi siempre la acompaña no hallará nunca justificación. Por encima de sus propios autores, sus obras condenan, y los libros de Guilloux no se sustraen a esta gran tarea. De La Maison du peuple, su primer libro, a Pain des rêves y Jeu de patience, todos son testimonio de una misma fidelidad. La infancia pobre, con sus sueños y sus revueltas, le han proporcionado la inspiración del primero y el último de sus libros. Nada es más peligroso que un tema así, a merced lo mismo del realismo fácil que del sentimentalismo. Pero la grandeza de un artista se mide por las tentaciones que ha debelado. Y Guilloux, que no idealiza nada, que pinta siempre con los colores más exactos y menos crudos, sin buscar jamás la amargura por sí misma, ha sabido darle al estilo los pudores de su tema. Ese tono único y puro, esa voz un tanto apagada que es la voz del recuerdo, dan testimonio por el narrador, virtudes del estilo que son asimismo las del hombre.

Se mide aún mejor la tentación vencida al ver a Guilloux tomar como tema único de Compagnons la muerte de un obrero. Juntas, la pobreza y la muerte forman una pareja tan desesperada que parecería que no se puede hablar de ella si no se es Keats, de quien se ha dicho que era tan sensible que hubiera podido tocar con sus manos el dolor mismo. Lo cual no impide que en este librito, con el tono de los grandes cuentos de Tolstoi (aquí Ivan Illich se ha convertido en albañil), Guilloux no deje de mantenerse a la altura exacta de su modelo, sin degradarlo pero sobre todo, sí, sobre todo, sin exagerarlo. Ni una sola vez el tono se magnifica. Y no obstante, desafío a que se lea este relato sin terminarlo con un nudo en la garganta. Guilloux sabe, como todos nosotros, que hay una tarifa de la muerte en nuestras bellas empresas municipales y que morir se ha convertido en un lujo que en verdad ya no puede permitirse. Pero no es de eso de lo que habla; no se encontrará una sola queja en Compagnons. Jean Kernevel, por el contrario, parece morir feliz. Sencillamente, ante esa alegría inexplicable que lo invade unos instantes antes de morir, no expresa más que una especie de sorpresa torpe, como si esa alegría estuviera fuera de lugar. “¿Qué tengo”, dice entonces, “qué tengo?” Para qué decir más, en efecto. La alegría exige una disposición para la cual la pobreza prepara menos bien que para la muerte silenciosa.

Dicho esto, traicionaría a Guilloux si hiciera creer que él es únicamente el novelista de la pobreza. Un día hablábamos de la justicia y la condena: “La única clave”, me decía, “es el dolor. Por el dolor es que el más temible de los criminales conserva una relación con lo humano”. Y citaba una frase de Lenin, durante el sitio de Leningrado, cuando quiso que participaran en el combate prisioneros de derecho común: “No”, protestaba uno de sus compañeros, “con ellos no”. “No con ellos”, respondió Lenin, “sino para ellos”. En otra ocasión, Guilloux observaba, a propósito del humor temible de uno de nuestros amigos, que el sarcasmo no forzosamente era un signo de maldad. Le respondí que de todas formas no podía pasar por signo de bondad: “No”, dijo Guilloux, “pero sí del dolor que sienten los otros y en el que no se piensa jamás”. Retuve esas palabras que pintan de cuerpo entero a su autor. Pues Guilloux piensa casi siempre en el dolor de los otros y ésta es la razón por la que, ante todo, es el novelista del dolor. Las más miserables criaturas de La sangre negra, a los ojos de su autor, tienen una excusa en el sufrimiento de vivir. No obstante, uno siente que ahí dolor no es desesperación. La sangre negra llevaba una fajilla desesperada: “La verdad de esta vida no es que uno muera, sino que uno muere robado”. Y no obstante, este libro tenso y desgarrador, que a sus espectros miserables mezcla criaturas del exilio y la derrota, se sitúa más allá de la desesperación o de la esperanza. Con él nos instalamos en el corazón de esas tierras ignotas que los grandes novelistas rusos intentaron explorar. Y en verdad, ¿hay un solo gran artista que no haya emprendido ese camino por lo menos una vez? Allá los seres se precipitan a su final solitarios y confundidos, a la vez que idénticos e irremplazables. Colocados más allá de la justificación, se apartan entonces con la fuerza de la vida, lo bastante parecidos a nosotros para que los reconozcamos, pero rebasándonos, agrandados por el sufrimiento que fija sus actitudes en nuestra memoria y los hace, finalmente, ejemplares: tales son las grandes imágenes de la compasión. Ése es el gran arte de Guilloux, que no utiliza la miseria de todos los días sino para iluminar mejor el dolor del mundo. Lleva a sus personajes hasta el tipo universal, pero haciéndolos pasar primero por la realidad más humilde. Yo no conozco otra definición del arte, y si en la actualidad tantos escritores parecen dispuestos a separarse de ella, es porque resulta más fácil asombrar que convencer. Guilloux se privó de esa facilidad. Su gusto casi desordenado por los seres, la dilatada confrontación que sostiene con un mundo interior colmado de personajes, lo llevaron de manera natural al arte más difícil. Para mí, que acabo de releer todos sus libros, no hay ninguna duda de que esta obra no tiene comparación con ninguna otra.

Albert Camus

Pero aún no he hablado de La Maison du peuple, el primer libro de Guilloux. Jamás he podido leerlo sin el corazón en un puño: lo leo con recuerdos. Me habla sin cesar de una verdad que, a pesar de los profesores de filosofía y estrategia, sé que pasa por encima de los imperios y de los días: la verdad del hombre solo presa de una pobreza tan desnuda como la muerte: “Con sólo escuchar el silbido de las locomotoras, él sabía si iba a llover”. He releído tantas veces este libro que oraciones como ésa son las que me acompañan ahora que he vuelto a cerrarlo. Me aclaran al personaje del padre, cuyos silencios y revueltas me sé de memoria. A ese padre, tan retraído, lo siento entonces en concordancia con el mundo, como en los días de su juventud, cuando iba a bañarse con su mejor amigo. Ese mismo amigo que en mi memoria ha llegado a ocupar un sitio en apariencia desproporcionado. Pero él vive en mí por su ausencia, y nada más porque en una oración Guilloux anota que su padre lo perdió de vista después del regimiento, sin que podamos saber si eso fue duro o no. Hermoso ejemplo del arte indirecto con el cual Guilloux hace sentir hasta dónde la miseria le quita sus fuerzas a las pasiones que le resultan ajenas. Un exceso de pobreza reduce la memoria, diluye el aliento de las amistades y los amores. Con quince mil francos al mes y la vida encerrada del taller, Tristán ya no tiene nada que decirle a Isolda. El amor también es un lujo, ésa es la condena.

Pero yo no quiero reelaborar a grandes rasgos lo que en este libro se sugiere constantemente. Sólo quería decir que sostengo un largo trato con él y que es de esos libros que se transforman en el recuerdo sin agotarse jamás. En todo caso, hace más de veinte años que prosigue su vida en algunos corazones, beneficiándolos, lejos de su autor que no lo sabe lo suficiente. ¿De cuántos libros podría escribir esto hoy en día sin mentir, y cuáles de nuestras obras proporcionarán jamás una ocasión tan pura para admirar su arte y amar a su autor?

*

Para hablar de Albert Camus2

Louis Guilloux

Albert Camus

Para hablar de Albert Camus mostrando cómo era familiarmente habría que tener la misma espontaneidad que él, la misma desenvoltura y el mismo espíritu juvenil. Lo conocí en 1946 a través de Jean Grenier. Él tenía entonces treinta y tres años. Yo había leído El extranjero, El mito de Sísifo, sus editoriales de Combat. Poco antes de nuestro primer encuentro Jean Grenier me había escrito preguntándome qué pensaba de su antiguo alumno. Debo haberle respondido que me gustaba y admiraba mucho todo lo que conocía de él. Una mañana del verano de 1945 me crucé con Gaston Gallimard en la escalera de la Nouvelle Revue Française; él me tomó del brazo y me dijo “Me parece que quieren conocerlo allá arriba”. Me llevó hasta la oficina de Albert Camus. El antiguo alumno y el “buen maestro” se encontraban ahí. Nos fuimos a tomar un trago a La Frégate. Así conocí a Albert Camus y bebí con el “buen maestro” y él el primer trago de nuestra amistad. Camus se refería a Jean Grenier como el “buen maestro”: “¿Qué diría el ‘buen maestro’? ¿Qué piensa al respecto el ‘buen maestro’? ¿Cómo está el ‘buen maestro’?”. Lo llamaba también “el iniciador”.

Durante quince años nos vimos con frecuencia y en algunas temporadas fuimos vecinos. ¿Cómo escoger entre tantos recuerdos, cómo hacer para no falsear al intentar mostrarlo en su presencia amistosa, familiar? Tenía todos los dones, incluidos los de la juventud y la libertad. No era difícil quererlo. Uno se sentía bien con él. Se reía mucho. Adoraba las bromas, incluso las payasadas y hasta los albures. Iba a verlo con frecuencia a su oficina al final de la jornada y me lo encontraba dictándole su correo a Suzanne Labiche. Respondía todo su correo, que era abundante. Una vez terminado el correo, salíamos juntos y nos íbamos a cenar a su casa, rue Madame, con Francine y los niños, Catherine y Jean, a quienes me presentó como la Cólera y la Peste, respectivamente… O cenábamos fuera, con Vivette Perret, Jean Bloch-Michel, Jean Daniel, Brisville. Era muy divertido.

Me parece que en 1948 algunos de nosotros fuimos invitados por los Movimientos de la Juventud para pasar una temporada en Argelia, en Sidi Madani, a unos cuantos kilómetros de Blida. Nos instalamos en un hotel cerca del cañón de la Chiffa. Yo acompañaba a Brice Parain, Pierre Minet, Mohamed Dib, el amabilísimo Louis Parrot, tan valiente frente a la enfermedad y que también ha muerto. Como Albert Camus se encontraba en Argel fue a pasar unos días con nosotros y nos fuimos a Tipaza en automóvil. Es un gran recuerdo. Camus apenas si hablaba, estaba simplemente feliz. Lo estoy viendo sentado sobre una piedra, sonriente, mientras pasa entre los dedos una hierba. En ese mismo hotel nos pasamos toda una noche cantando. ¿Qué? Canciones de las calles, L’Hirondelle du Faubourg, Viens Titine. Se trataba de saber quién se acordaba más de las canciones viejas que habíamos escuchado en la calle. Esa noche nos divertimos como enanos. La inocencia, la gracia de aquellas viejas canciones de amor nos encantaban. Después fui con él a Belcourt, a la casa familiar, donde conocí a su madre, una encantadora señora ya grande, una gran señora. Lo bueno de Albert Camus es que a donde fuera era él mismo, sin dobleces, siempre cercano, dando siempre buena cara a lo que fuera, incluso en Leysin, donde la tuberculosis lo obligaba a reposar al lado de Michel Gallimard, y en donde pasamos una tarde inolvidable tratando de hacer confesar al buen Lehmann, que los atendía con tanto cariño, un secreto que quería mantener a salvo. Cosas así pueden parecer baratijas. Pero no lo son. Como tampoco lo es la imagen de Albert Camus y Michel Gallimard, en otra ocasión, en Sorel, sentados en una barca a la mitad del río, tocados con grandes sombreros de paja mientras pescaban con apariencia de faquires y regresando al mediodía felices por haber pescado un bagre… Detengámonos aquí por el momento. ¿No decía él mismo que el arte es no insistir jamás? 

La última publicación en vida de Albert Camus fue su prefacio a la reedición de Îles de Jean Grenier. Jean Grenier es de Saint Brieuc. Pero no sólo por eso Albert Camus resulta cercano a nuestra ciudad. Su padre, Lucien Camus, está enterrado en el cementerio Saint-Michel. Lucien Camus, soldado del primer regimiento de zuavos, fue herido de gravedad al final de la batalla del Marne; atendido, murió en el hospital del Sagrado Corazón, rue Saint-Benoît, y fue inhumado en el lote de los soldados. En el mismo momento en que los amigos de Albert Camus lo acompañaban al cementerio de Lourmarin, luego de su fatal accidente, las autoridades municipales de Saint-Brieuc llevaban flores a la tumba de su padre. Todos los que querían a Albert Camus sentirán profundamente este gesto piadoso. Y para conservar ese testimonio es que recuerdo esto, así como para establecer su vínculo con nuestra tierra. Otros se encargarán del homenaje al gran escritor, sin lugar a dudas uno de los hombres grandes de nuestro tiempo. Ante el destino horrible que lo priva de su combate y de la reflexión de madurez, no podemos, en la desgracia, sino inclinar la cabeza.

*

Tres cartas

12 de septiembre [1946]

Querido Guilloux,

la culpa es mía, pero las cosas no van bien para mí. Regresé de Estados Unidos con el único deseo de ponerme a trabajar. Salí de París rumbo a la Loire y trabajé como un forzado durante un mes. Al final terminé La peste. Pero tengo la idea de que este libro es completamente fallido, que pequé por ambición y este fracaso me resulta muy doloroso. Me lo guardo como algo un tanto repugnante.

Parto sin duda al final del mes (hacia el 20) para África del Norte y regresaré el 10, pero no tengo ninguna gana. Y lo mismo con todo. Quisiera salir definitivamente de París y vivir en el campo, para pensar y trabajar si pudiera. Aparte de eso, no tengo ningún otro deseo. Pero está la cuestión del bistec.

En fin, tal vez conozca usted este tipo de situaciones. Y más vale hablar de otra cosa. Por lo que toca a los anónimos, todavía no recibo ningún texto.3 La gente está entusiasmada por el proyecto, pero supongo que la idea de su personalidad es más fuerte. Insisto con los culpables y espero. También espero su carta sobre Palante4 y en cuanto la tenga haré trabajar el volumen. No olvide que espero la crónica, sencilla o doble, para mi colección.

No sé de qué libro sobre Azef quiere hablar usted. ¿No es el de Romain Goul, Lanceur de bombes? ¿No me dijo que ya lo había leído? Si se trata de otra cosa, dígamelo con detalles y se lo enviaré  de inmediato.

El Savinkov es apasionante. ¿Aceptaría prologarlo subrayando el problema del asesinato y nuestra actual incertidumbre? Podría ser un muy buen volumen para nuestra colección.5

No le he escrito a Grenier y no sé por qué. Jamás ha sabido la profunda amistad que le tengo. Y no es un silencio como éste el que le ayudará a saberlo. ¿Tiene su dirección actual?

Guilloux, Louis: me encantaría verlo. Pero en este momento debe estar lloviendo demasiado en su tierra y yo lo que tengo son ganas de sol y satisfacción. Así que venga cuando pueda.

En cuanto a su hija, me imagino que es una cuestión de dinero. Puedo adelantárselo si quiere. Son cosas que uno acepta sencillamente cuando vienen de un amigo. Por lo demás, podría escribir algunos editoriales para Combat (tres páginas mecanografiadas a doble espacio como máximo) que le pagarían a tres mil francos cada uno.

Espero sus respuestas o de preferencia a usted mismo. Saludos a su mujer y a su hija. Y para usted mi afecto leal,

Albert Camus.

PS. No voy a África del Norte. Me lo prohíbe mi médico porque en este momento me tratan un neumotórax que tengo desde hace cuatro años y me ordena precauciones durante varios meses. 

 

*

 

Lunes 16, septiembre de 1946

Queridísimo Camus,

creo conocer bien el tipo de dificultades por las que atraviesa después de La peste, y sé que es muy difícil arreglárselas. Situaciones particularmente desagradables y sin salida sobre las que no hay modo de influir y que a mi entender son prueba suficiente de que el “poeta” se la juega en cada empresa seria que acomete. Según yo, y de acuerdo con lo que he vivido, la mejor política en esta materia es la política del dejar hacer. No tengo la intención de hablarle largo sobre un tema que le resulta penoso, temo también decirle cosas que no se ajustan de ninguna manera a su propia experiencia (nos hallamos aquí en un asunto ultradifícil y delicado), pero de todas maneras me parece que esta actitud de desafecto e impugnación contra una obra, en la misma medida en que pertenece al movimiento de esa obra, quiero decir, en la medida en que es una continuación de ese movimiento y en consecuencia participante del mismo, no debe ser considerada por separado. La mejor práctica consistiría, tal vez, en interrogarse sobre esa impugnación, considerarla desde entonces como una materia nueva y propia, y volver sobre sus pasos hasta un punto de origen en el que (a partir del cual) todo podría recomponerse en orden.

Esto es lo que le diría si me encontrara a su lado y es lo que me atrevo a escribirle, dándome perfecta cuenta de hasta dónde la escritura hace tiesa y casi pedante mi expresión. Algún día le contaré lo que me sucedió con La sangre negra (claro que después). Literalmente creí que iba a reventar. Me parece que la historia de cada obra con la que uno se ha comprometido a fondo merecería ser explorada, por lo menos con la misma profundidad. —Me siento muy cercano a usted en esta prueba. —Me importa que lo sepa. —Lo que me cuenta de su salud me inquieta. Entiendo que no pueda venir a Saint-Brieuc donde, si no llueve todos los días, de todas formas no hace un tiempo lo bastante seguro para que pueda aconsejársele que pase una temporada. Sin fiarle demasiado a los médicos, de todas formas hay que ser prudente. Yo viví algo así hace unos veinte años. No me hicieron un neumo, me enviaron a la montaña, de donde por lo demás salí pitando y después todo pareció arreglarse; pero no estoy seguro de haber tenido completamente la razón y si pudiera volver a hacerlo, creo que sería más prudente y más obediente. ¡Cómo lamento no tenerlo aquí! Cada línea que le escribo en este momento se multiplica en mi espíritu con mil recuerdos e ideas que quisiera compartir con usted.

París no es un lugar para vivir y sin embargo es el único posible en Francia. —Nociones contradictorias. Pero uno puede cuidarse aun en París a condición de llevar su vida pendiente del movimiento de las manecillas del reloj. Me dice que piensa en abandonar París definitivamente. Muy bien, estoy de acuerdo con usted, pero cuidado con lo que pasará enseguida. Y eso merece reflexión. Me da horror repetirle que yo también pasé por ahí —y no obstante es un hecho, consecuencia de otro que es que yo le precedo por unos buenos quince años, me parece, en esta curiosa existencia. Ahora, es importante aprender lo más pronto posible a envejecer, y no tengo vergüenza al escribirle esto, pues yo no he aprendido nada al respecto. —¿El buen juicio no sería vivir en los alrededores de París, darse toda la distancia que sea necesaria, conservando todas las posibilidades de contacto al alcance del ferrocarril? El exceso de soledad es un mal enorme; después de un tiempo, cuando uno vive en París la tentación es muy grande, pero la reclusión en los departamentos, la Siberia de las prefecturas, puede resultar no menos mortal.

Todo lo que me escribe me da aún más ganas de ir a verlo a París, pero antes de poder partir necesito arreglar cierto número de cosas, la primera de las cuales es acabar la traducción de Steinbeck. No quiero de ninguna manera presentarme con Gaston [Gallimard] sin llevarle un manuscrito, aunque sea el de la traducción, pues mi “novela” aún no está terminada. —Todavía puede llevarse unas semanas más. Pero es lo primero que tengo que hacer. Luego tendré que organizar el invierno de mis dos parroquianas. Por ahora, es de noche.

Mi querido Camus, Albert: mucho me alegra la proposición que me hace de adelantarme el dinero que podría necesitar. No dude ni por un segundo que, si es necesario, se lo comunicaré. Gracias. Pero por el momento confío en la publicación de algunos cuentos  y en la traducción de Steinbeck, aunque de ésta no sé dónde publicarla. En el pasado se acostumbraba, en la honesta corporación a la que pertenecemos, que los oros procedentes de la publicación de traducciones en las gacetas se entregaran directamente al traductor, sin que jamás el editor pudiera hincarles la uña. —Si tal es aún la situación, el Steinbeck bien podría darme suficiente dinero para que el invierno en el campo, en la montaña, no sé dónde, pero no a la orilla del mar, pueda asegurárseles a las dos antedichas. En ese caso, todo saldrá bien. En caso contrario, recurriré a usted. Y continuando con el asunto, ¿qué dice usted de proponerle esta traducción a Terre des hommes? Recibí una carta de Saillet. Me dijo que usted le había prometido algunos textos.  —Por lo que respecta a Combat, mejor que mejor. ¿Pero no podrían enviarme el diario durante un tiempo para saber con más exactitud de qué tratan sus editoriales? Claro que podría comprarme el periódico en Saint-Brieuc; sólo  estoy parloteando.

Hablemos de Azef y de Savinkov. Sabía que encontraría apasionante la lectura de Ce qui ne fut pas y me alegra que piense en reeditar el libro. Con gusto lo presentaría, pero creo que el mejor hombre para hacerlo es Malraux, si logra que acepte. Subrayar la cuestión del asesinato, sí. Una cuestión muy importante para mí es la que precede a la voluntad de terrorismo en el propio terrorista, sobre todo en Savinkov. Durante largo tiempo tuve una fotografía de Savinkov (una foto de agencia: Savinkov ante sus jueces), cómo lamento haberla perdido. Naturalmente, usted conoce la continuación de la aventura, la lucha contra los bolcheviques, el fracaso, etc., y el suicidio (Savinkov se tiró por la ventana de la prisión). —¿Habría que contar con algunos otros documentos al respecto para que saliera bien?  —Otra cuestión es por qué el terrorismo no se ejerció nunca sino en un sentido, quiero decir: ¿por qué no se le ocurrió a Savinkov (y a los demás) lanzar sus bombas sobre el proletariado una de cada dos veces? Después de todo, no hay más razón para ahorrarles el atentado a los proletarios que voluntariamente aceptan su destino de la que existe para salvar a un gran duque. —Lo apasionante, también, sería buscar los periódicos de la época del proceso Azef en París. —Y a propósito de Azef, usted me habló de un volumen sobre el personaje, con por lo menos una fotografía de él.  Pero por más que hago esfuerzos de memoria no recuerdo el título. Todo lo que puedo decir es: un volumen con una fotografía de Azef. (El Lanceurs de bombes, que he leído y releído, no tiene ni una sola fotografía, lo que es de lamentar.)

Como mi carta se alarga interminablemente, voy a responder de forma sucinta a las últimas cuestiones: la dirección de Grenier: la casa del padre Joseph Tarek, en Bécharré, Líbano del Norte. —Pero a menos que se envíe en avión ultrarrápido, a partir del 21 de septiembre hay que enviarle el correo así: Jean Grenier, Facultad de Letras. Universidad Farouk I. Alejandría.

Palante: ¿será posible pensar en dos o tres fotografías? No sé por qué dudo tanto en escribir esa carta —hay algo que me da miedo. El buen juicio sería emprenderla al instante, en cuanto acabe con esta. ¿Conoce usted esa actitud en la que uno aguarda que el momento de empezar le sea señalado?

Mi querido Camus, no volveré a leer mi carta. —Sepa que cuenta conmigo. Mi mujer y mi hija le mandan saludos, así como a los suyos. También yo. Mi afecto por usted es profundo. Me gustaría que pasáramos del usted al tú.  —Hasta pronto. —Siempre

Louis Guilloux.

 

*

 

Jueves 24, octubre [de 1946]

Querido Guilloux,

respondí mal a su larga y afectuosa carta. Pero realmente aquello no avanzaba y ya sabe cómo es: cuando a uno no le gustan los sollozos, se hace uno concha, se mantiene tranquilo y espera que el tiempo pase. ¿Pasó? No estoy seguro. Pero he leído y releído su carta y me ha hecho bien. Por lo menos en un punto voy a seguir su consejo: en este momento trato de rentar una casita en el Vaucluse con la intención ya no de encerrarme ahí, sino de compartir mi tiempo entre París y ese retiro. Lo cual representa algunas dificultades materiales, pero las dificultades materiales no son lo importante. En cuanto a La peste, ya está pasada a máquina. La releeré en un mes, le añadiré lo que haga falta y se la enviaré para que me dé una primera y valiosa opinión.

Hablemos de usted. Estoy siempre dispuesto a ayudarle en la curación de su hija. Dicho esto, me parece que podría negociar, si me lo autoriza, la compra de la traducción de Steinbeck por Combat que sin duda pagaría por adelantado. (Saillet ya no está en Terre des hommes, que ahora harán jóvenes brillantes que no son, creo, de nuestro mundo.)

Savinkov. Malraux rechaza hacer el prefacio. Si logro negociar los derechos y mandar rehacer una traducción (que Parain considera necesaria), me gustaría que usted hiciera el prefacio. Ahora buscan los documentos de los que usted hablaba. Entre tanto, le envío el libro del que le había hablado. Son los recuerdos del jefe de la Ojrana. Se trata del otro punto de vista y le divertirá (en la pág. 225 está la foto de Azef rodeado de terroristas barbudos y románticos. Azef parece un carnicero exitoso. Es el único con la frente oblicua).

Palante. —Escríbame de inmediato la carta introductoria y echaremos a andar el asunto —cené ayer con una encantadora amiga de un amigo (Jules Roy) que me habló con tanto entusiasmo y tino de La sangre negra que le prometí tus Souvenirs sur G. Palante. Por lo que toca al libro, pondremos todas las fotos que quieras. En la carta piensa, por lo menos durante tres líneas, en el tema de la colección.

Y a propósito de La sangre negra, he vuelto a meter la nariz en sus páginas llevado por la amistad. Me dio vergüenza y me sentí muy chamaco. No conozco a nadie, hoy en día, que sepa hacer vivir sus personajes como tú lo haces. Ya no hay novelistas porque ya no escribimos con el corazón y el cariño. La vida de La sangre negra es la vida. En fin, me conmovió de principio a fin. Después de Palante, acaba rápidamente la novela.

¿Te dije que había ido a Lourmarin? ¡Tres días caminando por esas colinas y en esa luz con tanta alegría! Me olvidé de todo. Hay que ir juntos, ¿no? No me siento satisfecho y cabal sino bajo cierta luz. Lo que me persigue y me extenúa es la época. Ella es la que me impide tener la conciencia tranquila e ir hasta el límite de mis fuerzas. Habrá que solucionar este asunto. Porque después de todo, existen la luz, la pasión, la santidad, los gatos, la amistad, todas las cosas que no están en la historia y que son tan verdaderas como lo demás.

Vi a Koestler aquí, hombre nervioso, inquieto, con el talento de los apocalipsis, aparte de ello susceptible y seductor. Como yo, cree que el genio no existe, pero se plantea el caso Malraux. Cree en el destino y las coincidencias.

Escríbeme. Dime tus proyectos y en qué parte de ellos vas. Y no olvides a tu hermano. Con afecto para ustedes tres

Camus.

Francine les envía a todos mucho cariño. n

 

 


1 Prefacio al volumen que reúne las novelas La Maison du peuple y Compagnons, de Louis Guilloux.

2 Este texto condensa la participación de Guilloux en una emisión radiofónica con un breve testimonio publicado el año de 1960.

3 Habla de una colección ideada por Camus con textos escritos anónimamente y pedidos ex profeso. La colección nunca se realizará.

4 Se trata de Georges Palante, filósofo que en la actualidad ha vuelto a poner en circulación Michel Onfray, quien lo califica de nietzscheano de izquierda. Palante fue maestro y amigo de Louis Guilloux y es el modelo de Cripure, el personaje principal de La sangre negra (Cripure, el odiado mote que castiga al pobre y extravagante maestro de provincia, deriva de la Crítica de la razón pura kantiana). La amistad acabó mal. Años después Guilloux escribió Souvenirs sur Georges Palante (cuya reedición se anuncia para abril del año próximo), para cuya versión ampliada Camus logró comprometer a Guilloux. El proyecto no fructificaría por las razones que el bretón explica en la que se conoce como la “carta Palante”, carta cuya extensión hace imposible reproducir aquí.   

5 Se trata de un proyecto acariciado por ambos escritores en torno al terrorismo y los dilemas morales que plantea. Roman Borisovich Goul escribió una “novela documental”, Lanceur de bombes (1930; Les nuits rouges 2012; existen versiones en español de la misma década de su aparición), sobre la vida de Evgueni Filippovich Azef (conocido como Evno), responsable del atentado en que perdió la vida el gran duque Serguei. Boris Savinkov es autor de El caballo amarillo y El caballo negro (Impedimenta), libros entre el diario y la ficción en los que cuenta, entre otras cosas, su vida como terrorista, así como de la novela Ce qui ne fut pas.