El rock que se hace en México tiene casi la misma edad que el que se hace en Estados Unidos (de donde es originario el género), y si nos ponemos estrictos es aún más viejo que el mismísimo rock británico, tomando en cuenta que las primeras grabaciones roqueras mexicanas datan de 1958, mientras que en Inglaterra se dieron hasta principios del siguiente decenio (el skiffle no cuenta como rock). Claro que aquel rocanrol azteca era una descarada copia del yanqui y las composiciones propias (como “Yo no soy un rebelde” y “Tus ojos” de los Locos del Ritmo o “Vuelve primavera” de los Blue Caps, por ejemplo) no eran sino la excepción que confirmaba la regla.

Nuestro acendrado nacionalismo nos hace decir (así como afirmamos que el Himno Nacional es el segundo más bello del mundo, sólo detrás de “La Marsellesa”) que las versiones que hicieron los Teen Tops, los Rebeldes del Rock, los Crazy Boys o los propios Locos del Ritmo son mejores que las canciones originales gringas y aun si aceptáramos eso, la verdad es que no hay punto de comparación entre la poesía rocanrolera de Chuck Berry o el erotismo entre disfrazado y abierto de las letras de Little Richard con las simpáticas pero inocuas adaptaciones de Enrique Guzmán a “Good Golly Miss Molly” (“La plaga”) o “Johnny B. Good” (“Ven, Johnny, ven”).

Rock

El caso es que a pesar de tener más de medio siglo de existencia el rock nacional no ha superado todavía su etapa infantiloide, cosa que podemos comprobar tan sólo con observar y escuchar lo que se hace hoy, en pleno 2013 (con sus muy honrosas aunque escasas distinciones). En la enorme mayoría de los casos los grupos y solistas actuales difieren poco de los llamados pioneros del rocanrol. Unos y otros son músicos bastante limitados, poco creativos, imitadores (los de antes, del rock anglosajón; los de ahora, del rock pop español, argentino y chileno… y —¡oh Dios!— de la cumbia y la onda grupera), incultos (en lo musical  y en lo general), simplones (basta ver o leer sus entrevistas), ramplones (basta ver sus fotos, en las que irremediablemente adoptan gestos y poses de un ridículo rampante), faltos de discurso, repetitivos, intrascendentes… y nos podríamos seguir con más calificativos.

¿Qué es lo que ha determinado esta situación? ¿Se trata de un mal nacional? Porque no sólo el rock que se hace en México sufre de estos síntomas. Pasa lo mismo con nuestra política (mediocre, contumaz, corrupta), nuestro cine (pedante, aburrido, pretencioso), nuestra televisión (lamentable, vulgar, oligofrénica) y hasta nuestro futbol (lento, apagado, tedioso). Harían falta estudios psicológicos, sociológicos y hasta antropológicos para definirlo.

En el país hay músicos de altísimo nivel. Los hay en la mal llamada música clásica, en el jazz, en los géneros populares e incluso en el rock, así que no estamos hablando de una incapacidad congénita del mexicano para hacer buena música. El problema estriba en que en el medio roqueril autóctono esos buenos músicos resultan minoría y ni siquiera son los más conocidos a nivel masivo. ¿Cómo es posible que engendros como Enjambre, Panda, Juan Cirerol o Carla Morrison sean las grandes estrellas del rockcito, mientras que gente de alto nivel artístico como José Manuel Aguilera, Alejandro Otaola, Jaime López o José Cruz permanecen en un relativo ostracismo, a pesar de que su obra los avala como espléndidos autores e intérpretes?

Hay otros muchos males que aquejan a la escena nacional del rock: empresarios avariciosos, managers sin escrúpulos, una escasez deprimente de buenos lugares para tocar, centralismo, medios oportunistas, prensa complaciente, etcétera, pero sobre todo una incultura y una falta de educación artística aplastantes.

Los roqueritos ansían la fama pronta, el dinero fácil, el llegar lo antes posible a la radio, la televisión y las portadas de las revistas para acceder, creen, a ese paraíso que les promete sexo, drogas y rocanrol, entendido éste como algo en lo que se aplica la ley del menor esfuerzo. Por eso no se dan cuenta de su medianía, cuando no de su pequeñez e intrascendencia, y van por la vida cual superestrellas de un firmamento subdesarrollado y tercermundista (o de región 4, para decirlo en términos más contemporáneos).

¿Estamos condenados a padecer, per secula seculorum, un rock nacional en diminutivo? Uno quisiera encontrar argumentos para decir que no, que se trata de algo momentáneo. El problema es que ese momento lleva ya más de cinco décadas. No hay, pues, mucho lugar para el optimismo. Lo bueno, por desgracia, seguirá siendo una excepción. n

 

Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.