Cada vez que hablamos de la novela que proviene de los países nórdicos (Islandia, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Noruega) casi por acto reflejo pensamos en el thriller y su corte de sabuesos que resuelven crímenes con tanta brillantez que uno se siente llamado a tomarlos como modelos de hondura moral e intelectual. Hablamos del thriller nórdico y se nos llena la boca con los millones de ejemplares que Henning Mankell y Stieg Larsson han vendido en la mitad del mundo. El thriller nórdico es el protagonista de ferias y festivales internacionales, el niño mimado de la industria editorial, el fetiche omnipresente y no menos incómodo en tertulias y sobremesas. Entramos a una librería y lo primero que nos sale al paso es una pila orgullosa de ejemplares de un novísimo autor sueco que promete otra historia de asesinos y detectives. No hay duda: el thriller nórdico tiene la capacidad autorreproductiva de un gremlin.

Hay voces que aducen razones de orden social y económico para explicar esta bonanza. El thriller nórdico, dicen, refleja y decanta el malestar que experimentan los ciudadanos frente a proyectos políticos que hace 30 años anunciaban el fin de la injusticia y la desigualdad y hoy se alimentan del odio racial, la xenofobia, el nacionalismo, la intolerancia, la ley del más fuerte. Los clásicos dirían que el thriller nórdico es un espejo que se pasea por el camino. La pasión morbosa por el asesinato en muchas de sus formas parecería ser el antídoto en solitario frente a las ilusiones perdidas. Hubo un tiempo en que Suecia, por ejemplo, se presentó a sí misma como la versión con rostro humano del socialismo. Ahora observamos con sorpresa que ha convertido en más ricos a los ricos y en más pobres a los pobres. Y observamos también que ha abierto las puertas de su casa a la violencia: según estadísticas oficiales, 20% de las suecas ha sufrido maltrato físico. Finlandia, con sus enormes riquezas naturales y sus altos niveles de vida, ha hecho del suicidio una suerte de deporte nacional: tiene la tasa más alta de Europa. Eso para no hablar de las muertes que se atribuyen al consumo pantagruélico de alcohol.

Como género, el thriller se siente fascinado por los efectos que la descomposición social produce en el pensamiento y la conducta de los individuos… Y la descomposición social engendra monstruos: traficantes de niñas, violadores compulsivos, cabezas rapadas que prenden fuego a sus víctimas aún con vida, fundamentalistas religiosos que practican el tiro al blanco entre las familias de inmigrantes, empleados anónimos que disparan contra una comunidad inerme de estudiantes. Como género, el thriller ahonda en la naturaleza meramente humana del mal. Tiene, digamos, una vocación sociológica: he aquí, parece sugerir, las criaturas que hemos engendrado en nombre de las leyes del mercado y el capitalismo salvaje. Tiene, insisto, una vocación sociológica. Por eso creo que, en general, carece de méritos literarios. La denuncia, contra lo que digan los espíritus más nobles, se ha vuelto una forma de entretenimiento. Si hemos de creer en las encuestas de opinión, los inviernos largos en los países nórdicos transcurren al amparo de las series de televisión y los thrillers policiacos.

Una vez que aceptamos que el thriller nórdico carece en general de méritos literarios —como el thriller mexicano, o el español,  o el alemán, o el estadunidense, en fin—, podemos interpretar con mayor soltura nuestro papel de lectores. Destapemos una cerveza, busquemos nuestro sillón más cómodo y abramos uno de esos libros de entretenimiento que llevan semanas reposando sobre la mesa. Cualquiera menos El hombre que no amaba a las mujeres de Stieg Larsson, al que siguieron otros descendientes. Nada más chapucero que una trama revestida de investigación periodística en la cual la extrema derecha resulta el villano. Valiente elección. ¿O hay alguno entre ustedes que sienta temblar un pájaro en su pecho cuando escucha las proclamas de la extrema derecha europea? Y qué hay de Las marismas del escritor finlandés Arnaldur Indridason, o de Jo Nesbo, que concibe el pasado como un caso sin resolver o el surtidor de las culpas que persiguen a Europa. Y qué tal Karen Fossum, que en Una mujer en tu camino expone las pulsiones racistas de la sociedad noruega. ¿Quieren brutalidad? Ahí la encontrarán. Y qué de Anne Holt, una ex ministra de Justicia que en sus novelas muestra una sincera preocupación por eso que los moralistas llaman “pérdida de valores”.

He llegado, o quiero suponer que he llegado, al ombligo del thriller nórdico, que contiene a su vez los ombligos de la mayoría de los thrillers del mundo conocido: desdeña la buena escritura en aras del efectismo, lo que hace pasar por penetración psicológica no es sino un catálogo de clichés aprendidos en los talleres de redacción. ¿Policías melancólicos, rehenes de la depresión? ¿Amas de casa, madres solícitas que de pronto trabajan para la justicia? ¿Lobos solitarios en pie de guerra contra la estulticia de los políticos? No se diferencian en nada de los detectives que produce el cine y la televisión, detectives que sólo atienden a sus malditas buenas intenciones.

Si aspiramos al mero entretenimiento, ahí está el thriller nórdico. Pero si aspiramos al entretenimiento y además a la satisfacción estética e intelectual, ahí están, para muestra arbitraria y lejos, muy lejos, de los acertijos policiacos, el danés Peter Høeg, que en La señorita Smila ha dado forma y consistencia a las equivalencias entre el sentimiento de desamparo y el hielo; y ahí está la finlandesa Riika Pulkkinen, cuya inquietante novela, La verdad, declara que toda familia se erige sobre un secreto impronunciable; o la también finlandesa Sofi Oksanen, que en La purga explora una dimensión desconocida de la Historia inmediata; o el otro finlandés, Arto Paasilinna, que en Delicioso suicidio en grupo sirve al demonio irreverente de la risa; o el sueco Jonas Jonasson, que con El abuelo que saltó por la ventana y se largó, su debut literario, inyectó nueva sangre al género picaresco.

Estoy seguro de que la auténtica novela que viene de los países nórdicos no lleva consigo una marca de sangre ni acepta la intromisión de los representantes de las fuerzas del orden. Pero en las oficinas editoriales de los directores de marketing todo es una provincia nórdica manchada por un asesinato. Se antoja más rentable que Michoacán o Tegucigalpa. n

 

Roberto Pliego. Escritor. Autor de 101 preguntas  para ser culto.