En su recuento sobre la toma de identidad de T. S. Eliot a través de su conferencia presidencial de la Virgil Society de Londres en 1944, J. M. Coetzee habla de la guerra como un “hipo de la historia”. La idea del escritor sudafricano afincado en Australia es una traslación de las palabras de Eliot, que habla de la Segunda Guerra Mundial como un “accidente del tiempo presente”, mientras las fuerzas aliadas combaten en el continente europeo y los alemanes bombardean la capital de Inglaterra. Americano devenido inglés aunque latino en quintaesencia —es decir, romano—, de lo que Eliot habla es de la naturaleza de lo clásico y lo permanente, asunto que Coetzee retoma cerca de medio siglo después en un texto titulado, lo mismo que aquel del poeta, “What is a Classic?” (1991).

Las seis maravillas de Terrence Malick

La referencia anterior viene a colación cuando, después de que un cocodrilo se sumerge en el agua y escuchamos el sonido persistente de los insectos en una isla del Pacífico, una voz en off nos pregunta desde la pantalla en la que se proyecta The Thin Red Line (1998): “¿Qué es esta guerra que tiene lugar en el corazón de la naturaleza?”. A dos décadas del estreno de su segunda película, Days of Heaven (1978), Terrence Malick irrumpió, de manera literal, en las marquesinas de las salas de cine con una aparente película de guerra basada en el libro autobiográfico del soldado-escritor James Jones, dotada de un elenco apabullante: Jim Caviezel, Sean Penn, Nick Nolte, George Clooney, Adrien Brody, Woody Harrelson, John Cusack, John C. Reilly, Elias Koteas y John Travolta, entre muchos otros actores notables.

Tal vez su mejor película, The Thin Red Line apela al corazón de las tinieblas o de la oscuridad de Conrad interpretado por Francis Ford Coppola en Apocalypse Now (1979), hermana mayor  —tan sólo en edad— del film de Malick. Lúcido retrato más interior que exterior de la batalla de Guadalcanal durante la Segunda Guerra Mundial, la nueva obra de Malick es coral y representada por dos protagonistas luego antitéticos: el batallón de soldados y la naturaleza en la que libran su guerra.

25 antes, el 15 de octubre de 1973 para ser más preciso, se estrenó Badlands, la ópera prima de un filósofo de 29 años convertido en director de cine. Nacido el 30 de noviembre de 1943 en Ottawa, Illinois —o en Waco, Texas: su origen pareciera dual—, Terrence Malick estudió primero en Harvard y luego en Oxford, universidad en la que abandonó su doctorado para volver a Estados Unidos —el tránsito opuesto que realizara Eliot— y filmar una película basada de manera muy libre en la historia real del asesino serial Charles Starkweather y su novia adolescente Caril Fugate, prófugos de la justicia a principios de 1958. Convertidos en Kit y Holly y representados por Martin Sheen y Sissy Spacek, los caracteres de Malick serán las semillas del bien y del mal humano que, a lo largo de las siguientes cuatro décadas, florecerán en sus distintas creaturas, siempre pasajeras o habitantes del personaje ulterior del grueso de su obra, que no es otra sino la naturaleza como gran y amoral fuerza creadora, más grande que la vida humana misma, para no decir simple y llanamente Dios.

Ya en 1973 y en su reseña de Badlands, el hoy emblemático crítico de cine del New York Times, Vincent Canby, dijo que en la primera entrega de Malick la “sociedad es, si acaso, benigna”, sentencia premonitoria de las películas por venir de nuestro director. Sin embargo, no es sino hasta 1978, con el estreno de su segundo film, Days of Heaven, que Malick dirige la primera de sus obras en las que deja patente todas y cada una de sus premisas artístico-filosóficas. Historia de otra pareja animada por el crimen, la película fue criticada dura y precozmente por Harold C. Schonberg, también del New York Times, en una reseña que bien podría aplicarse a la entrega más reciente de Malick, To the Wonder (2013), que no es sino una peculiar revisión, siete lustros después, de Days of Heaven. Dice Schonberg: “[La película] nunca termina de decidir lo que quiere ser. Termina siendo algo entre una pastoral texana y Cavalleria Rusticana […] Se le puede describir como el mosaico escolar de la cinematografía, con la cámara y la acción dando brincos, concentrada un poco aquí, otro poco allá”.

Después del estreno de Days of Heaven, Malick desapareció de la escena, como si se hubiera decidido a encarar un voto de silencio estético. En 1998, como ya se dijo, nuestro director regresa de forma contundente a Hollywood —y en el New York Times ya hay una nueva camada de críticos, más sosegados y sin el peso específico del visionario Canby y el exasperado Schonberg: se hace mejor crítica de cine en The Guardian, hoy—, aunque pronto se refugia otros siete años, para regresar, de nuevo en su territorio y lejos del Pacífico, con The New World (2005), su revisión filosófica de la historia del encontronazo entre los Padres Peregrinos y una de las tribus indígenas de Virginia representada en carne, hueso y voz en off por una versión ideal de Pocahontas, película en la que de nuevo la naturaleza —también idílica— y su carácter creador es imbatible por el hombre.

Pero no será sino hasta su nueva reaparición, ahora seis años después y con el largo poema visual The Tree of Life (2011) que Malick ahondará en el carácter acuático-originario de su narrativa fílmica. Película sobre el origen de las especies y el desmarcamiento del hombre del seno de Natura, esta obra de nuestro director es un parteaguas en su recepción crítica, escindida entre la franca incomprensión y la celebración sin tacha.

Este año, a tan sólo dos del estreno de The Tree of Life, Malick nos ofreció la ya mencionada To the Wonder, en la que Ben Affleck aparece como deslucido sucedáneo de la precoz niña que observa y narra Days of Heaven —él sí un real “doctor del lodo”, profesión u oficio prefigurado por su antecesora en su discurso en off—, cuyo personaje está encargado de evaluar la calidad del suelo —y el agua, siempre el agua— en las inmediaciones suburbanas de una zona industrial de Oklahoma.

Coda, adenda o apéndice de The Tree of Life, To the Wonder retraza de manera libre y muy estilizada el triángulo amoroso de Days of Heaven: en donde antes y hace casi un siglo había una mujer compartida por dos hombres —uno pobre, criminal y apasionado; el otro pudiente, pragmático y enfermo: Richard Gere versus Sam Shepard—, ahora encontramos a un hombre y dos mujeres —una europea, libre y casi una fuerza de la naturaleza; la otra una mujer muy estadunidense y atada a su terruño: Olga Kurylenco contra Rachel McAdams—, colocados en una trama que se despliega en nuestra época, aquí y ahora, luego una caricatura de aquel tiempo pasado y revivido por Malick en 1978. A los personajes anteriores se suma un cura católico asolado por una crisis de fe, su corazón terrenal y latino —es decir: romano como el de Eliot— en guerra con su circunstancia, errante en su paso  —hipo o accidente— por esta Tierra.

Si bien sus tres primeras películas lo convierten ipso facto en un clásico contemporáneo —han perdurado y son mejores cada vez que las vemos; se han sumado al imprescindible catálogo de Criterion—, las entregas más recientes de Malick son, todavía, una suerte de signo de interrogación: ¿sabremos verlas mejor en un futuro cercano o representarán una especie de largo y cada vez más difuminado adiós? Lo que sí no dejará de sorprendernos es que hay tres películas más de Terrence Malick en proceso de posproducción, como si nuestro director supiera que el tiempo, pero no la naturaleza, pronto llegará a su término. n

 

David Miklos. Profesor asociado de la División de Historia del CIDE y autor de los libros El abrazo de Cthulhu y No tendrás rostro.