Bajo el peso de dos naciones

La Catedral Metropolitana, esa majestuosa iglesia del siglo XVI ubicada en el corazón de la ciudad de México, se inclinaba ligeramente, arrastrada hacia la tierra suave por el peso de sus propias piedras. Docenas de campanas sonaban adentro de sus dos torres gigantes y hacían eco en los palacios que rodean al Zócalo, que a la hora del crepúsculo se sentía muy poco ocupado, a pesar de ser Nochevieja. Las campanas cantaban su canción melancólica, columpiándose entre la esperanza y el terror. Terror y esperanza.

El año era 1994. El peso caía, y el país parecía romperse en pedazos. Aun así, aquí estaba. Feliz. Emocionado. Agitado. Acababa de regresar a casa. Era mexicano otra vez, disfrazado como corresponsal de tiempo completo del Dallas Morning News.

30 años antes, en la década de los sesenta, mis padres y yo habíamos dejado nuestro hogar en Durango, México, para irnos al valle de San Joaquín, en California; para unirnos a millones de personas más. La poderosa nación del norte rebosaba de oportunidades. A pesar de ello, me fui de México a regañadientes, tirando patadas y gritando, asombrado de que mi vida idílica en San Luis de Cordero pudiera terminar tan abruptamente. Sí, California me seducía, tal y como lo hacían Texas, Utah, Pennsylvania, Washington D.C. y Massachusetts­ —estados en los que viví después.

Pero México siempre me atraía. Me llamaba a la casa en la noche, a medianoche cuando escuchaba a mi madre cantar con suavidad las canciones de Javier Solís, lo que comprobaba que su nostalgia era mayor a la promesa de nuestra nueva tierra. Me iba a dormir pensando cómo podría regresar.

Así que, esa Nochevieja, no estaba en cualquier lugar. Estaba en la ciudad de México, la icónica capital de cultura, música, comida y bebida. Me había ido tanto tiempo que mi español era muy pobre, una mezcla de verbos enredados y vocabulario destrozado. Ahí, a la mitad del Zócalo, inhalé profundamente. El esmog le olió como aire fresco a un hijo jubiloso de la tierra natal. Quería gritarle a quien estuviera cerca: “¡Estoy en casa!”.

Deambulé con el último disco de Caifanes como banda sonora de mi regreso a casa: el maniático solo de guitarra de Aquí no es así explotaba en mis oídos. Sólo los pitazos y motores ruidosos de los taxis de vocho verde se escuchaban por encima de la música.

Pero México se sentía extraño, extranjero, disparejo, hipócrita y atorado, la energía chupada por el norte. México me consumía con preguntas, las mismas que se hacían millones de migrantes mexicanos antes y después de mí: ¿El amor por mi patria sería no correspondido? ¿Se comprobarían mi nostalgia y mi romanticismo? ¿En verdad puedes volver a casa?

De inmediato me enfrenté a la clase privilegiada de México y a los nacionalistas. Vivía en uno de los barrios más ricos, Coyoacán, donde mi “mexicanidad” era puesta a prueba constantemente. Me conecté con migrantes que habían vivido afuera, personas como el activista por los derechos humanos e historiador Primitivo Rodríguez, quien una vez, mientras vivíamos en Filadelfia, me retó a volver a casa. Lo hice y rápido me recordó que muchos de nuestros compatriotas pensaban que nosotros, los millones de mexicanos en el extranjero, éramos malinchistas modernos que traicionaban su cultura y su lenguaje, o peor, achichincles, sirvientes y lacayos de Estados Unidos.

Por varias generaciones, nosotros, los millones de mexicanos que vivíamos en Estados Unidos, también hemos sido descritos como pochos (mexicanos que se han americanizado demasiado y han perdido contacto con sus raíces, marcados por nuestro español roto). Una cena con un funcionario público de alto nivel terminó abruptamente después de tener una discusión fuerte sobre quiénes eran los traidores más grandes, la generación de mi padre que huyó de México, o el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que no pudo proveer suficientes oportunidades para mantenerlos aquí.

El palpable racismo de México estaba y permanece presente. Me acuerdo del sistema elitista y de clase cada noche, el sistema decrépito que nos echó del país: en la televisión todos parecen blancos, muy alejado de la gente de piel morena que me encuentro a diario en las calles y en mi casa.

Los ricos se encerraban atrás de sus grandes puertas y los pobres usaban su creatividad para poder conseguir cualquier trabajo que les diera una mísera limosna. La gente no podía comprender cómo yo, un mexicano con traje y corbata, no pertenecía al PRI. Me burlaba del sistema refiriéndome a todos como licenciados, todos desde el niño bolero de la esquina hasta a Javier, el asistente de nuestra oficina.

Mis vecinos ricos me preguntaban constantemente de dónde era o quiénes eran mis familiares. Lo que en verdad preguntaban era sobre mi linaje. Les decía, con calma y tranquilidad, “soy el hijo de un bracero de Durango”. Podía detectar su incomodidad. Dejar el país me había permitido subir la escalera económica y convertirme en corresponsal para un medio importante. No hablaba bien de las propias posibilidades de México.

Recuerdo la primera vez que mis padres me visitaron. Los llevé con orgullo a lugares que eran imanes para los ricos. Un día, en el mercado de frutas de Coyoacán, mi entusiasmo por México fue puesto a prueba. Mientras veíamos las filas de fruta y flores, mi madre, nerviosa, me dio un codazo suave y giró su cabeza en dirección de las jóvenes señoras con su ropa cara, ordenando a los sirvientes qué fruta elegir.

“¿Crees que piensen que soy tu sirvienta?”, me preguntó con un susurro apenado.

Mi madre había trabajado como empleada doméstica cuando era adolescente en Gómez Palacio. Tenía educación de sexto de primaria y había trabajado en los campos de California. Había formado parte del sindicato de César Chávez, y había sido partidaria de los derechos de los trabajadores agrícolas y admiradora del senador Robert F. Kennedy, cuyas inmortales palabras (“Algunas personas ven las cosas como son y preguntan por qué; otras sueñan con cosas que nunca fueron y preguntan por qué no”) se convirtieron en nuestro mantra. Mi madre sintió una empatía particular hacia las mujeres que trabajaban como sirvientas en las casas de la elite en la ciudad de México. Le molestaba que aquí, en su propio país, otros pensaran que ella era mi empleada. Tomé años en darme cuenta por qué mi madre nos alejó de México. Simplemente no quería que creciéramos en un país en el que ella no tenía ninguna oportunidad. Incluso a veces que me he sentido menos bienvenido en Estados Unidos siempre he sentido que tengo una oportunidad de avanzar en igualdad de condiciones. O al menos sabía cuál era mi lugar.

Aunque me sentía fuera de lugar entre la elite, también me intrigaba. Dos ex presidentes, un aristócrata conocido y docenas de “liberales de limusina” con nexos a las primeras filas del PRI vivían en los bienes raíces más deseados de las calles empedradas de Coyoacán. Yo vivía en la calle Tatavasco, justo por la avenida Francisco Sosa, una de las calles más ricas de Latinoamérica. Mi casero era un ex presidente, Miguel de la Madrid. Su familia era dueña de muchas casas en la zona. Él paseaba su perro por la plaza, y a veces nos saludábamos de lejos. “¿Cómo está?”, le preguntaba. Dudo que supiera que yo era su inquilino, sin embargo siempre era amable.

Casi 20 años después de esa primera caminata por el Centro Histórico, acabo de recorrer mis pasos por esas calles otra vez, todavía observando mis alrededores a través de lentes de romántico, pero con un corazón pesado. Caminé en la sombra de más de 100 mil muertos o desaparecidos desde 2006 en México, con regiones bajo el control del crimen organizado. Pasé el parque de la Alameda y la misma Catedral todavía inclinada. Me tropecé en el Templo Mayor, donde los gritos familiares de los sacrificios humanos alguna vez atravesaron la calma del anochecer en tiempos aztecas, y los palacios de piedra que alguna vez fueron el hogar de Moctezuma y después del conquistador Hernán Cortés y su pareja indígena, Malintzin. Esa unión ayudó al nacimiento del mestizo, una mezcla de sangre indígena y española, aunque los historiadores insisten en que el núcleo del México indígena permaneció protegido en gran parte de los pocos conquistadores españoles que llegaron. De cualquier forma, somos la misma gente que hace su camino hacia Estados Unidos, cambiando gradualmente la cara de mi patria adoptiva, llevando el peso de dos naciones.

La vieja ola nacionalista mexicana se está muriendo, al menos que algún político trate de ganar puntos instantáneos al pelearse con el bully del norte. Las cuestiones de soberanía todavía resuenan, pero menos. Estados Unidos y México están entrelazados por más que el comercio, que ahora es más de 500 mil millones anuales. Estamos unidos por lazos de sangre.

Mantengo la esperanza de que conforme los mexicanos busquen respuestas a los males que nos han aquejado por siglos (corrupción, instituciones débiles y oligarquías) se darán cuenta lentamente de que parte de la respuesta está en reconectarse con sus hijos e hijas afuera. Con alrededor de 35 millones de estadunidenses con raíces mexicanas, separar ambas naciones es algo más difícil. El peso político latino, la mayoría de raíces mexicanas, puede mover estados clave en Estados Unidos, y para bien o para mal, servir como un puente entre Estados Unidos y México. Los mexicoamericanos también se están despertando y se están dando cuenta de que su poder político llegará más lejos si se vuelven a conectar con la tierra de sus ancestros.

Somos el México sin bagaje histórico, el que siempre se siente como una maldición. Somos un reflejo de lo que se puede ser cuando el Estado de derecho se fortalece y las oportunidades se abren y las condiciones se igualan. Mientras México evoluciona, nosotros nos mantenemos como los protectores de las tradiciones, esparciendo la comida, el idioma, la música y el espíritu indomable mexicano a través de los continentes. Llevamos restos de nuestro fatalismo, pero representamos la herencia redentora de México.

Mientras más caminé esa tarde, más cuenta me di que para sentirme completo mi camino siempre cruzaría la frontera. n

 

Alfredo Corchado. Periodista. Es autor de Medianoche en México y jefe de la corresponsalía de The Dallas Morning News en la ciudad de México.

Traducción de Esteban Illades