Recuerdo como una emoción cercana al privilegio las temporadas que José María Pérez Gay pasaba en México cuando aún vivía en Alemania. Una relación familiar, palabras que en este caso resumen a la perfección la amistad y la hermandad, me permitía ser un testigo insobornable del modo en que el estrecho, pero glorioso departamento de los Pérez Gay en Cadereyta Strasse en la colonia Condesa se ponía patas arriba porque Chema, como se le conocía puertas afuera, o Pepe, como se le conocía puertas adentro, lo había tomado de nuevo para hacer una de sus traducciones del alemán.

José María desempacaba su máquina de escribir Olympia, se sacaba de múltiples bolsillos unos plumines alemanes con finísimas puntas de pico de mosquito (que siempre fueron mi envidia), extraía de las maletas una biblioteca ambulante, se armaba de dos resmas de papel bond gramaje 29 de quinientas hojas cada una —que luego tendría que reponer, puesto que apenas le alcanzarían para un borrador de unas veinticinco cuartillas, y faltaba aún pasar el texto varias veces en limpio— y, ante los ojos alarmados de doña Alicia su madre y los ojos escépticos de don Pepe su padre, ponía todo aquello sobre la versátil mesa del comedor. Lo que ocurría en los días siguientes era que todas las líneas telefónicas de la ciudad de México estaban ocupadas. Unas, porque José María Pérez Gay tomaba el directorio telefónico, marcaba el número y les leía a todos sus moradores los avances de su traducción y/o presentación de lo traducido; otras líneas estaban ocupadas porque José María Pérez Gay les hablaba a los amigos para preguntarles si una minucia exquisita en la traducción quedaba mejor que otra minucia exquisita; y las últimas líneas telefónicas se ocupaban con amigos de José María Pérez Gay preguntándose:

El taxista metafísico de Cardona

 —¿Ya te habló Chema? Me dejó pensando. ¿Tú crees que ese específico dativo alemán, en la traducción del texto de Elias Canetti sobre el doctor Hashiya y su testimonio sobre Hiroshima, puede resolverse con un buen acusativo español?

Pocas cosas hubo entonces en mi vida tan anhelantes como esperar sus traducciones del alemán, sabiendo que vendrían, los días jueves en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre! Eran mejores esos jueves, y los suplementos con las traducciones de Pérez Gay fueron desde entonces de los mejores. Recuerdo cómo en esos jueves salteados iban apareciendo Elias Canetti, en efecto, Thomas Mann, Robert Musil, Walter Benjamin, Karl Krauss, Gottfried Benn, Hans Magnus Enzensberger, Hannah Arendt, tantos otros. No recuerdo un impacto mayor, sin embargo, que el jueves de Paul Celan.

Yo iba entonces en tercero de preparatoria, en una preparatoria que estaba en Legaria, y para llegar a ella desde la colonia Condesa debía tomar tres camiones: un Sonora-Peñón, un Juárez-Loreto y un Hipódromo-Rastro. Aquel jueves, creo que de junio de 1975, no estaban abiertos ni el puesto de la esquina donde tomaba el primer camión, ni el puesto de Reforma —aún estaba ahí la estatua de la Diana— donde tomaba el segundo; por fin en una esquina de Ejército Nacional y Molière, donde tomaba el tercero, pude cumplir el pequeño pero intenso ritual juevesino o joviano de comprar la revista Siempre! No es que en ese entonces los camiones estuvieran más vacíos que hoy; pero en aquel entonces a las siete y cuarto de la mañana —yo los jueves entraba a clase de economía a las siete y media—  casi todos los asientos del camión estaban para uno. Pagué el boleto, me puse los otros libros escolares bajo el brazo, caminé hacia algún asiento, con el camión en marcha, casi sin tomarme de los barrotes para abrir la revista en las páginas del suplemento. Empecé a leerlo casi antes de sentarme. Recuerdo la portada: “Paul Celan: El verdadero sobreviviente”, decía la leyenda, y había una foto de Celan con una especie de grieta partiéndolo. Pensé en seguirme hasta el Rastro, la terminal, obviamente, del camión Hipódromo-Rastro, para continuar leyendo, pero no lo hice. De cualquier modo, antes de bajarme ya había leído varias veces el texto que, después de la presentación, abría la serie de poemas de Celan. Se llamaba “Cristal” (ahora lo transcribo de memoria):

No busques en mis labios tu boca,
ni en la puerta al extraño,
ni en el ojo la lágrima.

Siete noches más arriba pasa el rojo hacia el púrpura,
siete corazones más dentro insiste la mano en la puerta,
siete rosas más tarde se escucha el rumor en la cisterna.

El taxista metafísico de Cardona

El que me sepa este poema de memoria quiere decir que en clase de economía lo que hice fue abrir de reojo el suplemento y leer donde hallare. Seguí leyendo entre clases, y en la hora libre, y al salir de clases ya no en los camiones de regreso, porque a esa hora sí estaban llenos, pero sí mientras los esperaba, y luego en la comida, en mi casa, y en la tarde y en la noche y en todo aquel jueves irrepetible, donde yo me di a repetir y repetir, ya no sólo la lectura de los poemas, sino por ejemplo el mínimo pero orgulloso secreto que Pérez Gay revelaba, o me revelaba, en el texto de presentación al decir que Celan era un anagrama de Anschel; repetir entonces en los ratos libres de aquel jueves —o sea, al cepillarme los dientes o quitarme la ropa para dormir, mientras no podía leer—, repetir, digo, Anschel, Anschel, Anschel hasta que diera Schelan Schelan y Shelan: Celan. Yo, que bien a bien en materia de anagramas apenas venía del “Di muchas veces bronca: bronca, bronca, brón, cabrón” o del “Di muchas veces lámpara: lámpara, lámpara, lámpara, lámpara: High ho, Silver!”.

Muchos jueves más tarde, muchas primaveras más arriba, José María Pérez Gay seguiría dándonos otros rumores de la cisterna de Celan. De hecho, estas palabras se dijeron por primera vez para presentar la reunión de poemas de Celan que bajo el título de Sin perdón ni olvido José María Pérez Gay recogió en 1998. La siguiente estación Celan-Pérez Gay no vino en forma de poemas recogidos sino de, para usar otro verso de Celan en traducción de Pérez Gay, “hierba escrita, dispersa”. Y es que la novela de Pérez Gay Tu nombre en el silencio publicada en el 2000, es una novela cundida de dispersiones celaneanas, o bien, de hierba celaneana dispersa aquí y allá; o mejor dicho: es una novela regida por las intermitencias celaneanas que hay en ella. Ni más ni menos, sus primeros capítulos se titulan a partir de versos de Celan: “Cuando el péndulo del amor oscila”, el primero, y, el segundo, ya escuchado aquí, “Siete rosas más tarde”. Para este mediodía, para esta ronda en memoria de José María Pérez Gay, uno pensaría ideal la observación de que la novela concluye con, qué más, un poema de Celan, que dice:

Pon tu bandera a media asta,
Memoria,
a media asta, hoy y siempre.

Pero me niego a centrar y/o concluir esta intervención en y con el poema de Celan como redirigido hacia una especie de epitafio para José María Pérez Gay. No sólo porque sería too much o fuera de registro apropiado, o solemne de toda solemnidad, sino porque quisiera cifrar esto en una clave, digamos, sonriente, si no es que carcajeante. Será así porque el sentido del humor estaba impreso en José María Pérez Gay. Cuando sus males empezaron arreciar, o ya con las provincias de su cuerpo en rebelión, como dice el verso de un poeta que nos gustaba, un verso de Auden dedicado a Yeats,  registré por ejemplo algo que dijo sobre el dolor físico. Aún podía hablar; y lo hacía en piezas epigramáticas. Su cerebro iba al depósito esquivo de palabras y luego de un momento encontraba las exactas para el caso, humor incluido. Le oí decir el 19 de julio de 2011: “El cuerpo con el dolor comienza a hablar; las peroratas que pega —hijo de la chingada”.

Iré entonces en clave de humor a dos especialidades cotidianas de José María Pérez Gay. Ambas tienen que ver con el tiempo. No con el ser y el tiempo de su también y tan bien estudiado Heidegger, sino con la manera de ser con el tiempo de Pérez Gay. Y más exactamente: con el tiempo de los otros.

La primera especialidad va a dar al modo en que Chema tenía un don imbatible para, digamos, multiplicar las citas con amigos y personas, qué digo un mismo día: una misma hora; qué digo una misma hora, unos mismos quince minutos. Sus amigos sabíamos que su inasistencia a una cita pactada no era señal de poco cuido, sino de ese don para agendar citas y a veces no acudir a ninguna de ellas, y a veces sorprender apareciéndose. Al grado de que un día pensé en dedicarle mi versión de un precioso poemita japonés del siglo 8, que va así:

Dices: “Ahí voy”
Y no vienes.
Ahora dices:
“No voy”; yo
Aquí te espero.
                       Si no,
¿Quién te entiende?

La otra especialidad cotidiana de Chema tenía que ver con su don para hacer esperar a los taxis. Creo que llegó a ser una leyenda entre los taxistas del sitio con número telefónico 16 60 20. El “en un momento salgo” podía alargarse lo que Chema tardara en desahogar un asunto que le interesaba particularmente. Supongo que un momento pico ocurrió durante la temporada en que Chema fue profesor en el área de ciencias sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. El taxi lo había recogido como siempre en Cadereyta Strasse y desde la colonia Condesa hizo el largo camino hacia la UAM; ahí esperó a que Chema diera cuatro de sus magnéticas clases sobre Max Weber o la Escuela de Fráncfort. La cosa sumaría como un total de seis horas, contando la ida, las clases y el regreso. Me imagino que nunca en la historia del transporte urbano un taxímetro se habrá disparado tan exponencialmente como en aquella ocasión.

Esto nos regresa a Tu nombre en el silencio. Ya dije que la novela termina con el poema de Celan a la memoria. Pero antes ocurre algo que referiré. Si alguien busca en el personaje principal de la novela, Ernesto Cardona, rasgos autobiográficos de José María Pérez Gay, no bastará con el hecho de que ambos comparten una juventud de estudiante en Berlín, ni el conocimiento del nuevamente mencionado Celan, ni la atmósfera de guerra fría en Alemania, ni la sombra del holocausto o la presencia del líder estudiantil Rudi Dutschke. Qué más autobiográfico que lo que sigue. Un día, tiempo después de la publicación de Tu nombre en el silencio, estábamos en un coctel y nos buscamos para platicar porque hacía rato que no nos veíamos.

—Doctor Peretz —le dije—. Por cierto, no había podido darte noticia de una cadenita literaria que tiene que ver contigo. Se relaciona con algunos pasos en falso de obras notables, de grandes obras. A saber. En la Ilíada el personaje de Héctor mata dos veces a dos nativos de la región de la Fócida en un canto, y vuelve a matarlos dos cantos después. Estas inconsistencias ocurren cantidad de veces en la Ilíada. [Alguna vez hice la cuenta: son 68.] Luego, claro —le seguí diciendo al doctor Peretz— está el famoso rucio de Sancho Panza, que de pronto aparece y desaparece en el Quijote. Luego el viaje imposible de Otelo de un lugar a otro en el mismo día. Luego, en La cartuja de Parma, cuando nos presentan al Conde Mosca leemos que tiene 45 años de edad; y dos páginas más adelante se nos dice que tiene 46. También, durante el juicio a Dimitri Karamazov tenemos la sensación, no de que lo estén juzgando todas las veces por el asesinato de su padre Fiódor, sino de esto: como que un mismo pasaje del juicio ya ocurrió el día previo. Y qué decir de los ojos de Madame Bovary, que en un momento son de un inolvidable color azul y poco después nos los cambian a color café. Y hasta donde colijo, doctor Peretz —finalicé— esta cadena termina hasta ahora con tu personaje Ernesto Cardona.

Chema/Pepe/José María me miró divertido y en un gesto muy suyo abrió los brazos y las manos como para preguntar “y entonces ¿qué?”.

El taxista metafísico de Cardona

—Pues es que en el capítulo final de Tu nombre en el silencio —añadí—, el personaje Ernesto Cardona concluye en el cementerio de Berlín, diríamos, algunas entrañables diligencias. Pero antes dices de tu personaje Cardona que detuvo un taxi a las tres de la tarde para dirigirse al pueblo de estudiantes. “[Cardona] Dejó el taxi esperando”, dice tu narrador, “y entró por el sendero principal” del pueblo de estudiantes, del Studentendorf. Y luego sale del pueblo de estudiantes y se pasa la tarde en otras varias visitas hasta concluir en el cementerio de St. Annen. Y el problema es que al salir del cementerio, tu personaje Cardona sale caminando rumbo al Metro, olvidándose de que dejó a un taxista esperándolo.

Chema/Pepe se carcajeó. Le dije entonces que a las inconsistencias o incongruencias de la Ilíada, al rucio de Sancho Panza, al viaje en tiempo récord que ni en jet de Otelo, a la edad de 45 y de pronto 46 años del Conde Mosca, al juicio como con algún pasaje repetido de Dimitri Karamazov, a los ojos azules y luego cafés de Madame Bovary; a esta cadena, le dije, era añadible el taxista metafísico de Cardona. El taxista, digo hoy, que sigue ahí, habitante inafectado de una insólita zona paraliteraria o hiperliteraria, en algún extraño pero no menos comprobable más allá, con el taxímetro larga, constante, eternamente prendido. n

 

Luis Miguel Aguilar. Poeta y ensayista. Entre sus  últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.

Texto leído el 18 de agosto de 2013 en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, durante la ronda En memoria de José María Pérez Gay.