I

Hubieran sido contemporáneos. Es fácil imaginarlos juntos, sentados en algún club de caballeros londinense o en el salón de una respetada anfitriona vienesa. Uno fuma su pipa, el otro su habano-que-es-sólo-un-habano. Además del tabaco y la ciencia comparten la cocaína, alternando “sueños de drogas”1 con el estudio de “las infinitas oscuridades del corazón humano” (Conan Doyle, p. 399). Me gusta pensar que hubieran sido amigos.

En todo caso, hubieran sido colegas. Los dos hombres se ganaban la vida resolviendo inquietantes misterios, explicando lo inexplicable. Ambos lidiaban con casos: combinaciones de signos que dejaban perplejos a los más agudos de sus colegas y al público en general. ¿Un perro demoniaco aterroriza a la campiña inglesa? ¿Una joven con buena salud pierde la capacidad de hablar? No hay problema: cuando el héroe termine con su trabajo quedará claro que “en el fondo, no era nada” (p. 266). Que la gente los aclamara cada vez que encontraban la clave para descifrar un enigma en apariencia sobrenatural no debería sorprendernos. La victoria del intérprete significa que la gente de buenas conciencias puede dormir tranquila: incluso esto tiene una explicación.

Holmes y Freud

Tanto Holmes como Freud, entonces, son famosos por sus habilidades analíticas, por su capacidad de extraer significados claros a partir de situaciones incomprensibles. Sin embargo, su punto en común más importante es que ambos hacen grandes esfuerzos para explicar y justificar sus métodos. Como un documento científico o un ejercicio de teoría literaria, los textos de Freud y de Conan Doyle comentan sobre sí mismos, revelando de manera gradual los procedimientos que se esconden detrás de la interpretación. El resultado se parece en cierto modo a los gestos de un mago que sólo revela sus secretos después de haber asombrado a la audiencia. Así, los comentarios del Dr. Watson pueden aplicarse de manera indistinta a la experiencia de leer a Conan Doyle o a Freud:

“Cuando lo escucho exponer su razonamiento”, dije, “el asunto entero me parece siempre tan ridículamente simple que hubiera podido entenderlo por mí mismo. Y sin embargo, cada paso me deja perplejo hasta que usted lo explica” (p. 241).

O, más adelante:

Además de la fascinante naturaleza de la investigación, había algo en el agudo e incisivo raciocino de mi amigo que convertía el estudio del rápido y sutil método con el que desenredaba los mas inextricables misterios en un verdadero placer. Tanto me acostumbré a sus éxitos que la posibilidad de que alguna vez fracasara había desaparecido de mi mente (p. 249).

Watson señala un punto importante: el hecho de que Freud y Holmes sean capaces de justificar sus métodos los hace no sólo famosos, sino también respetados. La certeza de sus interpretaciones les dota de una enorme autoridad y esta autoridad, a su vez, refuerza el poder de sus interpretaciones. Dado este movimiento circular, resulta natural que tanto Holmes como Freud se preocupen por sus reputaciones, y que reaccionen casi con violencia cada vez que alguien cuestiona sus resultados. No es coincidencia que el primer sueño que Freud analiza en La interpretación de los sueños gire en torno a la ira del analista contra una paciente que interrumpe el tratamiento. Por su parte, Holmes tiende a atacar a Watson cada vez que el apacible doctor se atreve a dudar de sus capacidades analíticas:

“Me tomé la libertad de dudar de su proposición”. “Eso hizo usted, Doctor, pero tarde o temprano terminará por estar de acuerdo conmigo. De lo contrario, continuaré apilando hecho sobre hecho hasta que su razón se quiebre bajo el peso de mi argumento, y no le quede otro remedio que admitir que tuve razón desde el principio” (p. 264).

Lo más prudente, entonces, sería no cuestionar a los maestros de la interpretación, evitando así “el ácido de [su] furia”.2 Tendré entonces que ser cuidadoso, porque cuestionarlos es precisamente lo que pretendo hacer. Tanto Holmes como Freud exhiben una actitud que sólo puedo describir como ansiedad autoritaria, y esta ansiedad, creo yo, es en sí misma un signo que merece ser interpretado. Mi hipótesis es que tanto Holmes como Freud sufren de esta ansiedad porque tienen claro que hay cosas que no les quedan claras. El analista y el detective saben que en el corazón de la solución de cualquier enigma se esconden incontables enigmas sin solución —y esto los inquieta.

Toda crítica es una actividad parasítica y autorreferencial, así que mi decisión de aplicar los métodos analíticos de Holmes y de Freud a sus propios textos no debería ofender a nadie. De manera tal vez injusta, he escogido dos casos en los que el punto ciego del intérprete es tan obvio que resulta casi vergonzoso. Los dos episodios —el sueño de la inyección de Irma, de Freud, y la Aventura de la banda moteada de Holmes— tienen muchos elementos en común. Ambos giran en torno a un hombre autoritario que le inyecta veneno a una mujer. Y, al menos a primera vista, ambos concluyen con la extracción de un significado reconfortante de entre los signos del desasosiego. Sin embargo, y esto es lo que espero demostrar, esta conclusión tranquilizadora sólo es posible si el intérprete excluye de su análisis las pistas más misteriosas y los enigmas más perturbadores.

II

La Aventura de la banda moteada es, en mi opinión, el mejor cuento del canon holmesiano. Es un murder mystery paradigmático, en el que el peligro inminente de un segundo asesinato contribuye al suspenso de la resolución del primer crimen. Al final, como sucede con casi todos los casos de Holmes, tanto el motivo como el método del crimen se ven esclarecidos. En las últimas páginas del cuento descubrimos que la hermana de Helen Stoner murió a manos de su padrastro, quien la envenenó con una serpiente para evitar pagar su dote de bodas. Miss Stoner queda libre para casarse y vivir feliz para siempre.

Y, sin embargo, ciertos detalles del caso apuntan hacia una trama más oscura, que pareciera correr debajo de la superficie de la narración detectivesca. Hay momentos en los que Holmes parece a punto de descubrir esta otra trama, pero en el instante decisivo la verdad siempre lo elude. Como casi todos los signos misteriosos, estos detalles contienen dentro de sí la llave de su propia interpretación. Tienen tantos puntos en común con los escritos de Freud que leerlos en clave psicoanalítica parece natural. Para empezar, el vocabulario con el que Watson describe el encuentro entre Holmes y Stone revoca la primera visita de una histérica a su analista:

Mientras hablaba se quitó el velo, y entonces pudimos ver que su estado era en verdad lamentable. Tenía el rostro consternado y los ojos inquietos, como los un animal perseguido. Sus rasgos y figura eran los de una mujer de mediana edad, pero su cabello estaba lleno de canas prematuras. Su expresión, demacrada y ojerosa, traicionaba un enorme cansancio. […] “Lo terrible de mi situación [dijo Miss Stoner], yace en el hecho de que mis temores son tan vagos que a los ojos de cualquier otro […] mis sospechas no son sino las imaginaciones de una mujer nerviosa” (pp. 398-99).

Tenemos entonces que la protagonista del caso es una paradójica “joven envejecida”, que busca la ayuda de un intérprete para lidiar con ciertas emociones de origen desconocido —emociones que la gente a su alrededor descarta como trivialidades irracionales. Los paralelos con nuestro otro caso están claros: Freud describe a Irma como una “joven viuda” (p. 14) que sufre de vagas “sensaciones de náusea y asco”. En un momento de intuición que lamentablemente no llega muy lejos, Freud establece un vínculo entre los síntomas de Irma y la vida sexual de su paciente: “Los dolores de Irma podían ser explicados satisfactoriamente por su viudez” (p. 143). Esta idea, como veremos, también resultará útil para entender los “vagos temores” de Helen Stoner, pero no nos adelantemos.

Como todo buen psicoanalista, Holmes comienza por pedirle a su cliente que describa su situación con todo el cuidado posible: “Le ruego sea precisa con respecto a los detalles” (p. 402). Miss Stoner, quien resultará ser una paciente mucho más “prudente” que Irma, hace una vívida narración del evento traumático:

No pude dormir esa noche. Tenía un vago presentimiento que una tragedia se cernía sobre nosotros. […] Entonces, de pronto, […] el aire se llenó del grito de una mujer presa del pánico. […] Creo sinceramente que mi hermana murió de miedo, pero no puedo imaginar la causa de su terror (pp. 404-5).

Holmes concede que su cliente ha hecho un buen esfuerzo, pero no queda del todo satisfecho. ¿Es cierto que Miss Stoner no puede imaginar el origen del grito de su hermana? El detective presiona a su cliente —tal vez debiéramos decir su paciente— llamando su atención a un silencio delatador:

“¿Me lo ha dicho todo?”. “Sí, todo”. “Falso, señorita. Ha dejado de lado a su padrastro”. “¿Qué quiere decir?”. Como toda respuesta, Holmes subió la manga de encaje negro del vestido de nuestra visitante. Cinco marcas lívidas, una para cada dedo de una mano, manchaban la blanca muñeca. “Usted ha sido usada de la manera más cruel”, dijo Holmes (p. 406).

Este es el primer momento en el que la “otra trama” aparece debajo de la narración arquetípica. Resulta difícil leer este pasaje sin imaginar que el padrastro no solamente ha usado cruelmente a Miss Stoner, sino que también ha abusado de ella. Holmes lo dice en voz alta. Con este descubrimiento en mente, muchos de los detalles del cuento parecen apuntar en esa dirección. Miss Stoner y su fallecida hermana acostumbran “encerrarse con llave por las noches” (p. 403). La explicación de Helen —que temían la visita nocturna de alguna de las mascotas exóticas de su padrastro, quien pasó años en la India— no resulta convincente: un guepardo es incapaz de abrir una puerta. ¿No será tal vez que Miss Stoner cierra con llave para protegerse de un visitante más humano, quien podría aparecer en el medio de la noche buscándola a tientas? Helen misma admite que tiene razones para temer a su padrastro: “Los hombres de la familia heredan un temperamento tan violento que se aproxima a la manía, que en el caso de mi padrastro se ve acrecentado por una larga temporada en los trópicos” (p. 40). Por si fuera poco, la joven describe la arquitectura de la casa con lujo de detalles, dejando en claro que la habitación en la que murió su hermana queda junto a la recámara de su padrastro. De hecho, el incidente que gatilla la trama es que el padrastro ha forzado a Helen a mudarse a la habitación de su hermana, so pretexto de renovar su antiguo cuarto. La renovación, sobra decirlo, resulta inútil: Miss Stoner acaba de anunciar que piensa casarse, y no piensa vivir en la casa de la familia por mucho más tiempo.

Tenemos entonces que la cliente de Holmes es una joven que vive sola con un hombre violento, se encierra todas las noches, teme mudarse junto a su padrastro, vive asediada por “vagos terrores” neuróticos, y teme sufrir el destino de su hermana: morir de miedo en mitad de la noche. El grito de horror que Helen describe tan elocuentemente adquiere de pronto un significado terrible.

La sesión termina, y Helen Stoner deja el consultorio de Holmes disfrutando de los salutíferos efectos de la terapia: “Mi corazón se siente más ligero ahora que le he confiado mis problemas” (p. 407). Pero entonces, en vez de profundizar en la naturaleza del trauma, Holmes fracasa como analista. Se dirige al archivo de la ciudad, donde descubre una explicación alternativa que le permite ignorar lo que a estas alturas debería resultar obvio:

He visto el testamento de la fallecida esposa […] En caso de matrimonio, cada hija tiene derecho a una renta de 250 libras. […] La boda de incluso una de ellas podría dejarlo en la bancarrota. […] El padrastro tiene fuertes razones para intentar evitar cualquier casamiento (p. 409).

Holmes y Freud

Habiendo aceptado el motivo económico, Holmes puede hacerse de la vista gorda frente a las pistas inquietantes que salen a la luz durante su visita a la casa de los Stoner —pistas que, vistas con otra lente, sugerirían un cuento más digno del marqués de Sade que de Conan Doyle. En primer lugar está el “sistema de ventilación”: un estrecho agujero que conecta el cuarto del padrastro con la recámara de Helen. Holmes lo interpreta exclusivamente como el camino a través del cual la serpiente puede cruzar de un cuarto a otro, sin considerar que también podría servir para una función voyerista. Por otro lado, tenemos el vocabulario que Watson usa para describir a una de las mascotas exóticas del antiguo oficial colonial: un horrible babuino. El doctor compara al animal con “un niño grotesco y deforme” (p. 416), lo que sugiere que la criatura es menos una mascota y más el producto de una relación incestuosa. Finalmente, y esto resulta esencial, el texto describe el color de la serpiente como “amarillento [yellowish]” (p. 420). Se trata del mismo color de la piel del padrastro, que leemos ha sido “quemada por el sol hasta tomar un tono amarillo [burned yellow with the sun]” (p. 408). Quizás, sólo quizás, la serpiente forme parte del cuerpo del padrastro.

III

Por supuesto, alguien podría argumentar que la conexión entre estos significantes (el babuino y la serpiente) y los significados que quiero asignarles (niño producto del incesto, falo) es meramente asociativa, mientras que la conexión entre las mismas pistas y las interpretaciones de Holmes es del todo causal y materialista. La objeción no puede aplicarse a los signos de la primera mitad del cuento (las puertas cerradas con llave, los moretones en la muñeca de Helen), los cuales sugieren una trama alternativa que, sin embargo, sigue siendo una posibilidad estrictamente material. La diferencia estriba en que mi interpretación de los signos de la segunda mitad de la historia es figurativa: el babuino y la serpiente no pueden ser entendidos como un niño o un falo si permanecemos en el nivel literal del lenguaje.

Surge entonces una nueva pregunta: ¿resulta válido interpretar un texto literario usando criterios que le son extrínsecos? El murder mystery no es una narración figurativa —como, según Freud, lo son los sueños— sino una ficción que aspira a la literalidad y que sigue sus propias reglas. Estas reglas, producto de la moral victoriana y del racionalismo positivista, rehúyen la metáfora y aspiran a la materialidad. El perro de los Baskerville no es un símbolo de los temores de los habitantes de Dartmoor, sino un sabueso con fósforo en la boca y nada más. El detective lee el gran libro del mundo en clave literal, asumiendo que cada signo tiene un significado único. No busca otra cosa que deducir causas (significados) a partir de efectos (significantes). Puede que este significado sea difícil de descubrir y que resulte fácil equivocarse, pero en el mundo de Holmes a toda pregunta corresponde una respuesta clara y absoluta.

Por el contrario, el psicoanalista intenta desentrañar las posibles conexiones asociativas o metafóricas entre objetos diversos y asume que ninguna respuesta es definitiva. Su visión del mundo es profundamente figurativa: no importa si el perro brilla en la oscuridad porque tiene fósforo en la boca o porque es un demonio; lo que importa es lo que el perro representa en la mente de la gente de Dartmoor. Pese a todas sus afinidades, las cosmovisiones de los dos maestros resultan en última instancia incompatibles. Este es el momento en el que la reunión imaginaria entre Holmes y Freud comienza a desmoronarse —el punto en el que, con varios whiskies encima, los dos maestros comienzan a discutir—. Así pues, ha llegado la hora dirigir nuestra atención hacia Freud.

El genio del padre del psicoanálisis yace en su descubrimiento (o, mejor dicho, redescubrimiento, pues Platón y Cervantes ya lo sabían) que incluso la más literal de las expresiones puede ser sometida a lecturas figurativas. Freud entendió que todo discurso esconde infinitas posibilidades de asociación, y que por lo mismo siempre es posible ir más allá. El método psicoanalítico difiere del detectivesco en su apertura: mientras que el murder mystery siempre tiene un final definitivo (el asesino queda preso, muere, o por lo menos es identificado), el tratamiento analítico podría, en teoría, extenderse de manera indefinida. Freud hizo de esta idea la piedra angular de sus obras tardías, pero el embrión del concepto aparece ya en las notas al pie de La interpretación de los sueños:

Sin embargo me veo obligado a agregar […] que en ningún caso he logrado una interpretación completa de alguno de mis sueños [nota a la p. 130] […] Hay en todos los sueños por lo menos un detalle que es insondable —un ombligo oscuro, por así decirlo, que es su punto de contacto con lo desconocido [nota a la p. 135].

Las implicaciones de estas actitudes divergentes frente al lenguaje son enormes. Por ejemplo, si Holmes se hubiera dejado guiar por la intuición que brilló en el cristal de su lupa en el momento que descubrió las marcas en la muñeca de Helen, la Aventura de la banda moteada no hubiera terminado con un final feliz. Puede ser que el padrastro haya muerto, pero el fantasma de su violencia sobrevivirá en los sueños de Helen Stoner: en pesadillas llenas de niños deformes y serpientes fálicas. No resultaría extraño que los “vagos temores” de la joven jamás desparecieran del todo. Quizás sea por esto que los victorianos amaron a Holmes y odiaron a Freud: a nadie le gustan los finales tristes —mucho menos las tristezas sin fin—. En todo caso, el psicoanalista lleva las de ganar en esta discusión. Llevado a sus límites, el método de Holmes le permite asomarse a una infinita riqueza de significados; el de Freud presupone esa riqueza. Como los siglos XIX y XX, uno termina donde el otro comienza.

Sin embargo, y pese al inmenso poder de su método, parece haber una contradicción entre la apertura de Freud y su pretensión a la autoridad absoluta. Si es verdad que cualquier interpretación siempre puede ir más allá, entonces la reputación del interprete está en perpetuo peligro. Alguien —un discípulo rebelde, o tal vez una paciente imprudente— podría señalar en todo momento el punto ciego de cualquier exégesis, abriendo grietas en la autoridad del maestro.

Mi intuición es que Freud tuvo desde el principio cierta conciencia de que su método era capaz de socavar sus propios cimientos. Es cierto que el vocabulario de los primeros capítulos de La interpretación parece indicar lo contrario: “Presentaré pruebas de que […] la interpretación de los sueños es posible, y de que […] cada sueño se revela como una estructura psíquica con un significado concreto” (p. 35). Sin embargo, ¿cómo explicar que el primer sueño que aparece en el libro sea uno tan lleno de puntos ciegos y ombligos oscuros como el de Irma? Por el momento, mi respuesta es vaga. Una de dos: o Freud sabía que no sabía, o no sabía que sabía. El padre del psicoanálisis nos revela su ignorancia de si de la misma manera que sus pacientes le revelan a él los contenidos de sus inconscientes: a través de un lenguaje distorsionado, condensado, que desplaza significados. Es decir, a través de un lenguaje figurativo. La simetría es seductora: el más grande de los intérpretes coloca su momento de más vergonzosa ceguera al comienzo de su libro inaugural, un acto fallido de tales proporciones que es tentador tomarlo como una especie de disclaimer legal.

Con estas consideraciones en mente, tal vez resulte posible rescatar mi interpretación de la segunda mitad del cuento de Conan Doyle. Uno podría argumentar que la Aventura también esconde una cierta ignorancia de sí. A pesar de su fidelidad a las reglas victorianas de la causalidad y la literalidad, Conan Doyle sabía-que-no-sabía. En el fondo de su conciencia latía la sospecha de que su narración escondía una fantasía aterradora. Su texto revela esta fantasía en la única forma en la que su propia ley lo permite: a través de un código de insinuaciones, de un lenguaje figurativo que se disfraza de literal. Para descubrir la clave de la cifra basta con prestar atención a ciertas imágenes distorsionadas: un babuino que no es sólo un babuino, una serpiente que es más que una serpiente.

IV

Pero volvamos a Freud. Si uno logra deshacerse de todo el freudianismo de segunda mano que amenaza con estropear la novedad de La interpretación, la experiencia de leer por primera vez el análisis del sueño de la inyección de Irma resulta hilarante. Es imposible no quedar boquiabierto ante la lucidez con la que Freud confronta su propia mente. Al comienzo, el sueño parece ininteligible, pero 15 breves páginas bastan al analista para extraer un significado claro de la maraña de signos. Sin embargo, una segunda lectura del mismo pasaje no puede sino hacernos reír. Pareciera que Freud estuviera contando una broma llena de sobrentendidos. O, por el contrario, que fuera incapaz de entender las implicaciones de su propio discurso. La tarea que sigue está clara: debemos buscar una interpretación que sintetice estas dos reacciones, reconciliando lo exhilarante del nivel literal (lo que Freud dice que dice) y lo ridículo del nivel figurativo (lo que Freud dice sin decir). Para este fin, propongo que comencemos con el final, con el momento climático en el que Freud se gana la admiración del lector primerizo. Anunciando una victoria muy similar a la de Holmes, Freud concluye su interpretación explicando tanto el motivo como el método del sueño. Su tono es el de una autoridad absoluta, su vocabulario el de un profeta iluminado:

Entonces el significado del sueño me fue entregado. Tomé conciencia de una intención que el sueño había llevado a cabo, y que debió de haber sido el motivo por el cual lo soñé. El sueño era la realización de ciertos deseos, que nacieron en mí como consecuencia de eventos de la tarde anterior (la noticia de que Irma no estaba del todo curada, que me fue comunicada por Otto, y el acto de escribir el estudio de su caso). La conclusión del sueño era que la persistencia de los dolores de Irma era culpa de Otto y no mía (p. 142).

Si el sueño de Freud consiste en la satisfacción de un deseo, cabe preguntarnos cuál era el estado de insatisfacción original. La interpretación del analista parece ser que no se trata exactamente de un deseo, sino  más bien de una ansiedad. Esta ansiedad tiene nombre: “reserva profesional”. Consiste en una constante preocupación de haber fracasado como médico, como intérprete de síntomas. Freud no ha logrado curar a Irma, y tiene miedo de haber dañado su reputación al haber confundido signos somáticos (literales) con signos histéricos (figurativos).

Holmes y Freud

 Pero, como sucede en el caso de Holmes, un deseo más oscuro parece insinuarse debajo de los desvelos perfectamente apropiados de un joven y ambicioso doctor burgués. Este “otro deseo” es el que Freud siente por Irma. Pareciera que el texto mismo de La interpretación hubiera sufrido un proceso similar al de un sueño: la inquietante amenaza del deseo sexual se ve desplazada por inocuas ansiedades profesionales. El punto de contacto de estas dos insatisfacciones, el puente entre el nivel literal y el nivel figurativo, es la constante insinuación por parte de Freud de que la solución a todos los problemas de Irma sería acostarse con él. Ya que una dosis de sexo curaría la enfermedad de Irma, Freud podría tratar sus dos insatisfacciones —su ansiedad profesional y sus deseos carnales— con una sola dosis de la misma medicina. El problema, por supuesto, es que esta medicina es venenosa: causaría estragos en la frágil psique de Irma y comprometería la ética profesional de Freud.

Ahora que hemos establecido el problema, propongo que volvamos al principio y que apliquemos el método interpretativo de Freud a sus propias interpretaciones. Podemos comenzar notando que Freud admite desde un principio que su relación con Irma nunca fue estrictamente profesional:

Durante el verano de 1895 comencé a darle tratamiento psicoanalítico a una joven con quien mi familia y yo manteníamos una profunda amistad. El lector entenderá de inmediato que semejante relación mixta es para un médico fuente de grandes perturbaciones, en particular si el médico es psicoterapeuta. La autoridad de un doctor disminuye conforme aumenta su interés personal en sus pacientes (p. 131).

Resulta difícil no preguntarse acerca de la naturaleza de estas “perturbaciones” que una “relación mixta” y “amistosa” con una paciente joven y bella podría provocar en un médico. Poco después nos enteramos que Irma decidió hace poco interrumpir su tratamiento. Freud intenta explicar las posibles razones: “La paciente se había negado a aceptar la solución que yo había propuesto para sus problemas” (p. 131). Cuando recordamos que “los dolores de Irma podían ser fácilmente explicados por su viudez” (p. 142), podemos fácilmente suponer que la propuesta por Freud era una prohibida por la moral de la Viena burguesa. ¡Si tan sólo el analista no estuviera casado! Entonces podría administrarle a su “niña envejecida” la inyección de vida que según él necesita, salvaguardando así su reputación como sanador de histéricas y satisfaciendo al mismo tiempo sus propios apetitos. Los eventos que siguieron son obvios: Irma, puesta en una posición incómoda por los avances de su doctor, decidió interrumpir el tratamiento.

Como sucede con el cuento de Holmes, el texto del análisis del sueño contiene incontables detalles que parecen apuntar en esta dirección. De hecho, podría incluso decirse que el sueño es en el fondo una simple fantasía masculina, en la que un grupo de hombres “juegan al doctor” con una mujer vulnerable. En primer lugar, tenemos la escena en la que Freud examina la boca de Irma:

La llevé a la ventana e intenté observar su garganta. Ella puso resistencia, como hacen las mujeres con dentaduras postizas. Pensé para mis adentros que Irma no tenía necesidad de esconder nada. —Finalmente abrió la boca […] Descubrí una serie de costras grises y extensas. Las costras cubrían unas extrañas estructuras en forma de espiral, muy parecidas a los huesos turbinales de la nariz. —De inmediato llamé al Dr. M, quien repitió el examen y confirmó mis impresiones (p. 132).

En su análisis de esta escena, Freud admite de manera explícita que se siente atraído por Irma: “Lo que ocurrió en el sueño me recordó un examen que una vez lleve a cabo […] de una institutriz: a primera vista había parecido una imagen de belleza juvenil, pero cuando llegó la hora de abrir la boca la joven hizo todo lo posible para ocultar sus dientes […] Que Irma no tenía necesidad de esconder nada había sido en primera instancia un cumplido para Irma” (p. 134). Pero eso no es todo, pocas páginas más tarde, Freud se acuerda de “la sorprendente similitud entre los huesos turbinales de la nariz y los órganos reproductivos la mujer” (p. 141). Tenemos entonces que Freud sueña con examinar el sexo de una paciente joven y bella, todo con la esperanza de “aliviarla de sus síntomas”.

El texto de La interpretación contiene otros momentos en los que la naturaleza sexual del sueño de Freud sale a relucir. Tenemos, por ejemplo, la escena en la que varios colegas de Freud examinan a Irma. Los doctores “percuten el pecho de la paciente a través de su corpiño” (p. 132), arreglándoselas para notar síntomas dermatológicos “a pesar de su vestido”:

En todo caso, este detalle no es más que una interpolación. Naturalmente, en el hospital solíamos examinar a los niños desnudos, en contraste a la manera en la que las pacientes adultas tenían que ser examinadas. Recordé entones lo que solía decirse de un celebrado doctor: que nunca había examinado a un paciente excepto a través de la ropa. Francamente, no tengo intención de penetrar más profundamente en este punto (p. 138).

Freud acaba de dibujarse un tiro-al-blanco en el pecho y de entregarle un arco al lector: bajo su propio sistema, ningún detalle en un sueño es solamente una interpolación inocente. Tras haber expresado fuertes preocupaciones por el seguro de su reputación, el maestro recuerda que “un celebrado doctor” nunca tocó la piel de sus pacientes. La contradicción entre sus dos insatisfacciones —su deseo sexual y su ambición profesional— se ve resuelta en un momento que es literalmente imposible pero figurativamente muy rico: Freud adquiere una especie de visión de rayos X, que le permite ver lo que se esconde debajo de la ropa de sus pacientes. Me pregunto si esta imagen no constituye un emblema de la práctica psicoanalítica, revelando algunas de las intenciones que se esconden detrás de los esfuerzos de un joven doctor por leer la mente de las mujeres. Más que convertirse en una autoridad médica, el analista quiere entender a las mujeres —conocerlas literal y figurativamente, en el sentido psicológico y en el bíblico.

Si Freud se rehúsa a admitir esta posibilidad, es porque comparte el más importante de los puntos ciegos de Holmes: sus propias pasiones. De nuevo, lo que el Dr. Watson dice de su amigo puede muy bien aplicarse al carácter del padre del psicoanálisis:

Su mente precisa, fría, y sin embargo admirablemente balanceada, aborrecía todas las emociones y en particular el amor. Holmes era, creo yo, la más perfecta máquina de observación y raciocinio jamás vista en el mundo, pero hacerse el amante de alguien lo hubiera puesto en una posición falsa. Nunca lo escuché hablar de las pasiones más suaves excepto en tono de mofa y con una mueca en la cara. Tales sentimientos eran objetos fascinantes para el observador, herramientas útiles para descorrer el velo que oculta los motivos y las acciones de los hombres. Pero en el caso del razonador entrenado el asunto era diferente: permitir la intromisión de semejantes distracciones en su temperamento terminaría por lanzar una sombra de duda sobre todos sus resultados mentales (p. 239).

Hay buenas razones para esta ceguera. Si Freud quiere ser una autoridad en “las infinitas oscuridades del corazón humano”, no puede permitirse a sí mismo caer víctima de esas mismas oscuridades. Quizás sea posible comenzar a entrever la conexión que existe entre la “ansiedad autoritaria” con la que abrí este ensayo y la insistencia de los maestros de la interpretación por esquivar los signos oscuros que embrujan sus casos. Para Freud, como para Holmes, admitir sus propios deseos sería equivalente a confesar que hay “tierra en [sus] instrumentos más sensibles, o una grieta en una de sus lupas más poderosas” (Conan Doyle, p. 239). Las cosas cambian a lo largo de La interpretación de los sueños, pero en este momento pareciera que Freud es incapaz de reconocer que su método tiende a socavar sus propios cimientos. Siendo justos, sin embargo, hay numerosas ocasiones en las cuales el texto de La interpretación se acerca a la autocrítica: “Francamente, no tengo interés en penetrar más profundamente en este punto” (p. 138). Esa oración, que resulta casi imposible no tomar en broma, es una confesión por omisión, una admisión figurativa de culpa.

Pero aún queda un último signo por interpretar —la imagen que da título al sueño de Freud—. Me refiero a la inyección de químicos venenosos, combinados con “el producto del metabolismo sexual” (p. 141), que Otto Rank administra a Irma para ayudarla con sus síntomas. La imagen, por supuesto, resulta familiar: el padrastro de Helen Stoner también quería matar a la joven protagonista con una inyección de veneno, sólo que echó mano de una “banda moteada” en vez de una aguja hipodérmica. ¿Cuál es entonces el significado de la imagen de la inyección en el caso de Freud? A estas alturas la respuesta debería resultar obvia. En un nivel, la inyección venenosa representa el resentimiento autoritario que Freud siente por Rank, quien se atrevió a sugerir que el diagnóstico del maestro no era del todo correcto, y quien debe pagar su insolencia cometiendo un terrible error médico. Sin embargo, en un nivel más profundo, la inyección se vuelve la cifra de cierto tipo de violencia sexual —una imagen del terrible dominio que los hombres ejercen sobre las mujeres—. Así, la salida a los dos problemas de Freud —su fracaso en el tratamiento y su insaciable deseo de poseer a su paciente— no es otra cosa que inyectar a Irma con una solución sexual. Que la joven esté de acuerdo o no es irrelevante. Si el sexo se convierte en un procedimiento médico, en una inyección, rehusarlo sería francamente imprudente. Frente a la autoridad del intérprete, la agencia de la mujer se desvanece: el doctor (o padrastro, o el padre, o el marido) siempre sabe qué es lo mejor para ella. De otro modo, ¿cómo explicar el lenguaje que Freud usa para referirse a Irma, llamándola “difícil”, “imprudente”, y “recalcitrante”? (p. 143).

Finalmente, queda el hecho de que Freud pone la jeringa en manos de Otto Rank en vez de en las suyas propias. Este gesto es quizás un último testamento de la ansiedad autoritaria del analista: Freud tiene miedo de que un “colega subordinado” (p. 131) y mucho más joven podría estar en una mejor posición que él para administrarle a Irma la solución del sexo. Freud es perfectamente capaz de descubrir los peligros que se esconden detrás de un procedimiento tan “insensato” (p. 142) como la inyección venenosa —siempre y cuando sea otro quien maneje la jeringa—. Tal vez el maestro haya intuido lo terrible de la violencia de la inyección y, lleno de remordimiento, desplazado la culpa a Rank. Freud mató dos pájaros de un tiro, disciplinando al mismo tiempo al discípulo rebelde y a la paciente insensata.

V

Una inyección, entonces, nunca es solamente una inyección: todo lenguaje literal está sujeto a lecturas figurativas. El problema es que cualquier interpretación figurativa, abierta como está a una infinidad de significados, tiende a socavar la autoridad del intérprete que la produce. El intérprete solamente puede mantener su posición apelando a criterios independientes del acto interpretativo; es decir, haciendo uso de la violencia. La violencia de Holmes es literal y existe en el plano de la “realidad”: se mofa de Watson cada vez que su amigo no se da cuenta que el maestro siempre tiene la razón. La violencia de Freud, por otro lado, es figurativa y contradictoria:  el maestro obliga al discípulo a llevar acabo en un sueño el “envenenamiento” que él mismo no se atreve a llevar a cabo en la vida real. Tal vez ésta sea la diferencia fundamental entre el siglo XIX, al que Holmes pertenece del todo, y el XX, del que el joven Freud era una especie de profeta. No es coincidencia que la primera edición de La interpretación haya llevado en la portada la fecha 1900, con todo y que el libro fue publicado en 1899.

Al releer mi ensayo en busca de errores de dedo, no puedo deshacerme de una cierta ansiedad. ¿Quién me garantiza que yo mismo no estoy tan ciego como Holmes y Freud? ¿Qué hacer si, cuando ya es demasiado tarde, descubro que se me ha escapado algo obvio? Entonces me viene a la mente una lectura que circula entre los estudiantes de Yale, una advertencia sobre los peligros de intentar interpretar a los maestros de la interpretación. Hace muchos años Harold Bloom intentó escribir un libro sobre Freud. Aparentemente la tarea le resultó imposible. Desde el primer momento, el viejo profesor se vio presa de los más humillantes actos fallidos. La situación se tornó tan grave que Bloom eventualmente se vio forzado a abandonar el proyecto, declarándose incapaz de lidiar con “la venganza del tío Siggie”. Confieso entonces que estoy aterrado, esperando el momento en el que Freud y Holmes se vengarán de mí, destruyendo cualquier pizca de autoridad interpretativa que este ensayo hubiera podido darme. Será un momento ridículo cuando, habiendo ya entregado el ensayo a la revista, descubriré para mi pesar que no fui capaz de ver el ombligo oscuro que contactaba a mi tema con lo desconocido, que fui demasiado ciego para distinguir el instante en el que Holmes hubiera exclamado, “Elemental, mi querido Watson”. Pero me consuelo diciéndome que le toca a otro descubrir mis propias cegueras. n

 

Nicolás Medina Mora Pérez. Periodista.

 

Quiero agradecer a la profesora Carol Jabos, catedrática de literatura comparada en la Universidad de Yale, por su invaluable ayuda en la preparación de este ensayo y de muchos otros. En la primavera de 2012 tuve el privilegio de presentar una versión en inglés de este texto en su seminario “Interpretación y autoridad”.


1 Arthur Conan Doyle, “A scandal in Bohemia”, en: Sherlock Holmes, the Complete Stories and Novels, vol. 1, Bantham Classics, Nueva York, 2003, p. 239. Todas las referencias a Conan Doyle vienen de esta edición. Yo mismo he traducido las citas al español, y asumo la responsabilidad de cualquier error o imprecisión.

2 Sigmund Freud, The Interpretation of Dreams, Basic Books, Nueva York, 2010. Traducción al inglés de Strachey (p. 144). Todas las referencias a Freud vienen de esta edición. Las versiones en español son mías. No cabe duda de que las traducciones de segundo grado son doblemente traidoras, por lo que me disculpo por adelantado con los lectores hablantes de alemán, quienes sin duda descubrirán errores e impresiones imperdonables. Mi única defensa es que, como Borges dijera alguna vez, las malas traducciones pueden enriquecer a un texto tanto como lo empobrecen.