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Cuando Adán fue creado, Dios ordenó a Gabriel que tomara las tres perlas más preciosas del tesoro divino y que se las ofreciera a Adán en una bandeja de oro, para que escogiera para sí una de las tres.

Las tres perlas eran: sabiduría, fe y modestia.

Adán escogió la perla de la sabiduría.

Entonces Gabriel procedió a retirar la bandeja con las dos perlas que quedaban, con el objeto de restituirlas al tesoro divino. Con toda su poderosa fuerza, descubrió que no podía levantar la bandeja.
Las dos perlas le dijeron: “No nos separaremos de nuestra amada sabiduría. No podríamos ser felices y permanecer en calma apartadas de ella. Desde toda la eternidad, las tres hemos sido las tres nobles de la gloria de Dios, las perlas de su poder. No podemos separarnos”.

Entonces se oyó una voz que procedía de la divina presencia que decía: “¡Gabriel, déjalas y vuelve!”.

Desde aquel momento, la sabiduría ha tomado su sede en la cima del cerebro de Adán; la fe tomó su morada y su corazón; la modestia se estableció en su semblante. Esas tres perlas han permanecido como las reliquias de familia de los hijos escogidos de Adán. Porque cualquiera de sus descendientes que no esté embellecido y enriquecido por estas tres joyas carece del sentimiento y brillo de su origen divino.

Fuente: Shemsu-D-Din El Eflaki, Leyendas de los sufíes (trad. Alfonso Colodrón), Editorial EDAF, Madrid, 1997.