A Holden Caulfield, el narrador de El guardián entre el centeno (increíble fenómeno literario que sigue vendiendo, generación tras generación, cientos de miles de ejemplares; ahora mismo hay circulando en el mundo más de 140 millones de copias), le gustaba pensar que en cuanto terminabas de leer un libro estupendo, quien lo había escrito se convertía en “un extraordinario amigo tuyo”, alguien al que podías “llamar por teléfono en cualquier momento que lo desearas”. Es curioso, porque durante los últimos 45 años de su vida, a J.D. Salinger muy pocas personas (quizá las que se cuentan con los dedos de una mano) podían llamarle por teléfono. ¿Por qué decidió desaparecer de la vida pública el gran autor J.D. Salinger? Él, que amaba los amigos que uno hace en los libros, ¿por qué dio la espalda a sus lectores? Será muy difícil descubrir sus razones y, si las llegáramos a conocer, no estoy seguro de que sabríamos comprenderlas.

Este mes, sin embargo, tendremos acceso a una investigación dedicada a desmenuzar en más de 700 páginas “la guerra privada de Salinger”. Se dará a conocer el documental y el libro The Private War of J.D. Salinger, el cual fue construido durante ocho años a partir de fuentes directas por parte de Shane Salerno y David Shields, quienes al principio pensaban dedicar a esta labor tan sólo seis meses. El libro cuenta con 167 fotografías (casi todas inéditas) y declaraciones de 200 personas que convivieron con el escritor, además de las de sus muchos colegas (Salinger vivió de 1919 a 2010), como Philip Roth, John Updike, Gore Vidal, Norman Mailer, Ernest Hemingway, Truman Capote, William Faulkner, E.L. Doctorow… Los derechos de esta historia han sido adquiridos en exclusiva por tres editoriales (Seix Barral, Simon & Schuster y The Weinstein Company) y una televisora (PBS American Masters). Estamos hablando de una bomba mediática digna de los tiempos que corren, que explotará al unísono en todos los rincones del planeta.

No puedo negar que todo este tiempo he sentido curiosidad por lo que hizo en su retiro el poderoso autor de El guardián entre el centeno, el libro que hallaron en el buró del asesino de John Lennon. Aunque además de esa nota anecdótica que habla de su gran influencia popular, habría que decir también: el libro que sintetizó (o expandió) la voz de los jóvenes estadunidenses de la posguerra. Se publicó a principios de los cincuenta (Salinger tenía 34 años) y su narrador, Holden Caulfield, era un jovencito neurótico, inteligente, vital a más no poder y radicalmente intolerante ante la falsedad. Las aventuras que vive en su viaje de regreso a casa, después de haber sido expulsado de la preparatoria, constituyen un paseo alucinante a través de un mundo equivocado, y su energía se desborda de tal manera que al final acaba por tumbarlo en cama durante meses. Así comienza la novela, cuando Holden Caulfield comienza a contarnos por qué ha pasado meses en cama, convaleciente de su contacto con un mundo enfermo.

“Muchos de nosotros —confesó el ensayista norteamericano John Romano— fundamos no sólo nuestro gusto literario sino una parte de nuestra identidad en Holden Caulfield o en Franny Glass: éramos niños listos en un mundo de idiotas o chicos sensibles en uno falso, y Salinger estaba tocando nuestra canción”.

Como cada uno de los lectores para quienes J.D. Salinger se volvió un “amigo extraordinario” a través de libros como El guardián entre el centeno (1953) y Franny y Zooey (1961) quiero saber por qué un día el escritor cerró la puerta del mundo exterior para siempre. De hecho, ya he comprado The Private War of J.D. Salinger. Llegará directo a mi Kindle (el dispositivo electrónico de Amazon) vía wi-fi el día 3 de este mes, como una deliciosa y anhelada sorpresa. Tal vez lea ahí que, como el príncipe homérico Eumeo, Salinger se dedicaba a alimentar cerdos en su granja de Cornish, New Hampshire. O que hay cientos de cuartillas nuevas sobre la saga de la familia Glass encerradas en un cajón de su escritorio. Lo que sea que pueda descubrir en esa investigación no es fundamental ni importante; definitivamente no me devolverá a mi “extraordinario amigo” J.D. Salinger, por la simple y sencilla razón de que él se encuentra al alcance de mi mano, tal como la primera vez que lo conocí. Basta abrir las páginas de mi deshojado ejemplar de El guardián entre el centeno para entrar de nuevo por la ventana a la habitación de la pequeña Phoebe Caulfield, la hermana menor de Holden, que asiste apenas al cuarto grado de primaria, y mirarla despertar de un salto para abrazar y besar a su hermano, y desconcertarse al descubrir con la perspicacia de sus pocos años por qué él ha llegado tres días antes de lo esperado a casa: “¡Te han expulsado! Papá va a matarte”. Enojada, Phoebe se tapa la cabeza con la almohada para no verlo, y lo increpa: “Lo que pasa es que a ti no te gusta nada. No te gusta ningún colegio, no te gusta nada de nada. Nada”. Y Holden le responde que sí, que claro que hay cosas que le gustan, pero no se concentra y no acierta a decirle ninguna, aunque ella insiste. Phoebe entonces cambia de estrategia: “Deja de jurar y dime otra cosa. Dime, por ejemplo, qué te gustaría ser. Científico o abogado o qué”. Y entonces se lleva a cabo uno de los diálogos más desconcertantes que he leído nunca:

—¿Sabes qué me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir?
—¿Qué?
—¿Te acuerdas de esa canción que dice: “Si un cuerpo coge a otro cuerpo cuando van entre el centeno”? Me gustaría…
—Es: “Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno” —dijo Phoebe [recuerden que esta niña no puede tener más de 10 años]—. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.
—Ya sé que es un poema de Robert Burns.
Ella tenía razón. Es: “Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno”, pero entonces yo no lo sabía.
—Creí que era: “Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo” —le dije—, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Tan sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños se caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar a dónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Una locura, ciertamente, ser quien guía al par de hermanos asustadizos a la sala del museo donde se encuentran las momias. O quien va por la escuela borrando, furioso, la palabra “chingar” de la pared para que los niños no la lean. “No hay forma —concluye Holden, y quizá ahora lo haga también el propio J.D. Salinger desde la oscuridad de su tumba— de dar con un sitio tranquilo, porque no existe. Cuando crees que por fin lo has hallado, te encuentras con que alguien ha escrito ‘chingar’ en la pared. De verdad les digo que cuando me muera y me entierren en un cementerio y me pongan encima una lápida que diga Holden Caulfield y los años de mi nacimiento y muerte, debajo alguien escribirá la dichosa palabrita”. n

 

Juan Manuel Gómez.
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.