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Desde el mirador de la Mole Antonelliana, que desde el año 2000 alberga al Museo Nazionale del Cinema, se pueden ver los Alpes. Una portentosa frontera natural a la vista para deleite de los turistas que se desplazan de Milán a Turín y de ahí al Valle d’Aosta para recorrer la zona alpina, que lo mismo ofrece esquiar que una visita al Montblanc.

Nada más llegar a Turín recordé que Primo Levi (1919-1987) era piamontés, la región noroeste de Italia que sobresale por su industria —ahí se fundó la FIAT, que sigue dando empleo a miles—, y tiene ganada fama de pionera y fastuosa. También que nadie ha escrito sobre su estancia en un campo de concentración como Levi.

La denominada “trilogía de Auschwitz” reúne Si esto es un hombre (1947), el relato de su estancia; La tregua (1963), que detalla el camino de regreso del campo a Turín; y Los hundidos y los salvados (1989), un ensayo de interpretación sobre lo ocurrido. Tras releerla en conjunto, a la distancia y con las adiciones posteriores que realizara Levi, uno se pregunta si habrá sido posible articular un sistema de interpretación para explicar lo sucedido, ya que lo que más afectó a los sobrevivientes fue que regresaran a casa —luego de los ultrajes, la inanición y el olvido—, y nadie se hubiera enterado de lo que vivieron. Una perplejidad similar a la que refiere Imre Kertézs en Sin destino (1975).

No debe olvidarse que una de las estrategias de los nazis fue ocultar a la comunidad internacional la miseria que padecían los judíos en los campos. Según Levi, en los días previos a la terminación de la guerra los celadores se burlaban de los internos gritándoles que “nadie les creería lo ocurrido”. Seguro estaban al tanto de que habían cruzado los límites de lo imaginable. Así que la primera batalla fue contra la incredulidad, ya que los alemanes destruyeron todo lo que fue posible antes de la rendición. Un proceso que Claude Lanzmann reconstruye en Shoah (1985).

“Esto es el infierno”,* refiere Levi que pensó al llegar al campo, luego de que lo tatuaron y expoliaron de sus posesiones. Se perdieron vidas, se fracturaron esperanzas. Llamó a este proceso “la destrucción de un hombre”, que significa animalizarlo borrándole lazos emotivos, personales o de lengua, incluso. El laberinto de las lenguas europeas logró que la incomunicación fuese parte del congelamiento de los ánimos. En los campos reinaba la mezquindad y la sospecha. La Endlösung der Judenfrage o “solución final de la cuestión judía”, por tanto, inició antes de la carta de Reinhard Heydrich a Martin Luther en 1942.

La literatura testimonial da un giro estelar con las novelas de la trilogía. El desfile de tragedias es desolador. Avanza la lectura de estas páginas en medio de un mutis por averiguar qué nueva estrategia de muerte idearon los victimarios. La desobediencia, por ejemplo, se pagaba cara e iba, a decir de Levi, de los azotes continuados a una sanción infame: ser arrojado con vida a los hornos. Por el afán de esta narrativa el lenguaje es comunicativo y concluye transparente, a la manera de un documental. Lo que interesa es transmitir el horror de los hechos.

Sobrevivir era la estrategia y todos ideaban mecanismos para comer, vestir o dormir mejor. O para hacerlo con regularidad, al menos. La profesión de químico salvó a Levi de ser parte de la mano de obra sin calificar que se requería para labores generales: excavar fosas, construir caminos, ampliar edificios y trasladar cuerpos. Esto es: alimentar las llamas de aquella empresa de muerte.

El relato de la vuelta logra un perfil múltiple de las cuadrillas de harapientos que viajaban a casa. Muchos optaron en un primer momento por el silencio, la solución más común. Otros, como Jorge Semprún, vertebraron una obra a partir de su dolorosa vivencia. Levi: “quienes han experimentado este encarcelamiento se dividen en dos categorías: los que callan y los que hablan”.

Pero el autor italiano promovió la conciliación y la práctica del perdón. Jean Améry lo apodó “el perdonador”. Llamó a la concordia, a meditar sobre lo que había sucedido. A su modo de ver el culpable fue una organización colectiva, cohesionada por la fuerza denominada “Estado”. Todos los demás, incluso dementes como Irma Grese, Aribert Heim o el propio Josef Mengele, fueron apenas operarios de esta máquina insaciable y además diabólica. Sobre la experiencia en los campos de concentración y frente a la necesidad de organizarse una teoría personal sobre el perdón, Levi refiere: “nunca he cultivado el odio hacia el pueblo alemán”.

La fuerza expresiva de la trilogía no se diluye con la distancia. Una de las catástrofes del siglo XX dibujada por la voz irremplazable de uno de sus protagonistas. Ahí siguen las incógnitas sobre el Estado que surgieron después de Nuremberg, la libertad individual, la posibilidad del individuo en una sociedad masificada, la construcción y permanencia del ser humano.

La lista de los autores que han meditado sobre Auschwitz es larga y no se ha llegado a respuestas inapelables, como no sea por cierta mueca de sobresalto ante las formas que adopta el ingenio para aniquilar al semejante. Levi, al final, apunta de manera reiterada que lo salvó el amor por la vida y sus manifestaciones más prístinas, entre ellas la tentativa literaria.

Y luego escribió, íntima, honesta y descarnadamente. n

Luis Bugarini. Crítico literario.

* Primo Levi, Trilogía de Auschwitz (trad. Pilar Gómez Bedate), El Aleph Editores, Barcelona, 2012. Todas las citas del mismo volumen.