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Hace poco un joven escritor me pidió participar en la presentación de una excelente parodia suya sobre  la autoayuda. Le di el texto con un sentimiento ambivalente, pues fui adicto de ese desprestigiado género. Eran los años de la adolescencia, cuando se pasaba con facilidad de la pedantería y el exabrupto a la lágrima y cuando en un mismo recipiente se cocinaban los menjurjes del adoctrinamiento con la autoafirmación y se mezclaban Marta Harnecker con Wilhelm Reich; Hermann Hesse con Richard Bach, y Jean Paul Sartre con Og Mandino. En esos estantes olvidados y casi clandestinos de mi juventud podían encontrase desde libros de urbanidad y manuales contra la timidez hasta los clásicos del desengaño amoroso (La separación de los amantes de Igor Caruso) o los más extravagantes tratados de seducción (A la mujer ni todo el amor ni todo el dinero, Del bar a la cama). Hubo una etapa en que desarrollé tan excesiva dependencia de la autoayuda que la más trivial decisión escolar o social provenía de la consulta de un volumen especializado: mientras en mis cortejos seguía sin éxito los patrones de negs (término que significa bajarle los humos, de manera ingeniosa y sin ofender, a una guapa) y acercamientos físicos de la escuela norteamericana de depredadores amorosos; en mi vida escolar me empeñaba en destacar aplicando el pensamiento positivo. Supongo que, en ese estado de vulnerabilidad, pude haber caído en las garras de alguna de las numerosas sectas de optimistas; sin embargo, toqué fondo a partir de la observación ajena: un profesor que ocupaba el tiempo docente en promover un grupo de superación personal decía que esa terapia había transformado su vida, aunque todos los signos exteriores parecían desmentir cualquier beneficio y el contraste entre sus aseveraciones de bienestar y la impresión de patetismo que proyectaba me reveló brutalmente los límites y trampas de la autoayuda.

No es extraño que esta vertiente de la psicología, la literatura, la filosofía, la charlatanería y hasta la magia que constituye la autoayuda se haya convertido en una fuente de educación sentimental, orientación vocacional y guía cotidiana. La propia percepción suele ser oscura o engañosa y lo más íntimo, espontáneo y evidente puede volverse  lo más remoto, extraño y enigmático. Acaso en el pasado existía, por razones de casta o estamento o por el peso decisivo de la familia y la religión, una idea más definida (y rígida) de la posición y misión de cada uno, pero en una sociedad fragmentada y con un énfasis en la individualidad, este descubrimiento del sí mismo resulta un tanto más complejo. La falta de visión de opciones, la ignorancia sobre los propios deseos y expectativas, el miedo al cambio, la incapacidad para pedir ayuda son males que aquejan a muchos individuos. El conocimiento y manejo de estas emociones requieren muchas veces de la ayuda profesional (esa masa que constituimos la carne de diván) y, para quienes no tienen esa opción, de la consulta de un libro amigable y sensato. Esta oferta humilde y azarosa (en temas que van desde la autoestima y el amor hasta la vestimenta y la socialización) puede resultar de auxilio invaluable para quien no tiene ese aprendizaje desde el hogar.

Habría que discriminar, por lo demás, entre las muy diversas variedades que existen en la autoayuda: entre el adoctrinamiento new age, los manuales de índole práctica e informativa y los tratados de, por ejemplo, Christophe André, Nathaniel Branden o José Antonio Marina hay enormes diferencias en la intención, sustento empírico, grado de elaboración y estilo. No puede prescribirse un método invariable para evaluar la literatura de autoayuda; sin embargo, siempre hay que sospechar de las ofertas tentadoras y las conversiones inmediatas. Porque si bien hay libros que brindan consejos atendibles para determinadas situaciones, también abundan los que pecan de ambición o cursilería. De éstos son de los que debe desconfiarse. Por un lado, los libros que prescriben una cura para todas las enfermedades del alma difícilmente pueden ser útiles; por otro lado, hay libros que no sólo son ambiciosos, sino que buscan generar prosélitos y, más que ideas, ofrecen una visión del mundo que es necesario adoptar como un requisito para “mejorar”; finalmente, hay libros cuyo almíbar resulta repelente para cualquier persona sensible. Desgraciadamente, la gran mayoría de los libros de autoayuda conjugan los tres “ismos” fatales de ese tipo de literatura: maximalismo, fanatismo y sentimentalismo.

La literatura de autoayuda es un campo fecundo en sus posibilidades y rentable en su mercado. No es raro que algunos autores provenientes del campo literario o filosófico, como Fernando Savater, Lou Marinoff o Alain de Botton, busquen, a veces con un afectado didactismo, darle un mejor empaque literario y mayor prestigio intelectual. Estos autores abrevan, en realidad, de una añeja tradición, que va desde Marco Aurelio, Epicuro y Séneca hasta Bertrand Russell o Harry Frankfurt pasando por Boecio, Baltasar Gracián o Michel de Montaigne. Dicha tradición recoge obras que, desde el pensamiento más riguroso y el estilo más luminoso, se ocupan de los rasgos de la vida digna, proporcionan consejos provechosos en situaciones difíciles y ofrecen un consuelo ante males recurrentes. Debo decir en mi descargo que, tras mis vergonzosas incursiones adolescentes en los arrabales de la autoayuda, mi género lenitivo predilecto ha sido esta autoayuda proveniente de los clásicos y que, en mis horas bajas, acudo a cobijarme en la terapéutica sinceridad de Marco Aurelio, en el arte de vivir y aceptarse de Montaigne o en la festiva inteligencia de Bertrand Russell. n

 

Armando González Torres. Poeta y ensayista. Entre sus libros: La pequeña tradición y Sobreperdonar.