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Si no decisivo, 1913 fue un año memorioso en la vida artística de Diego Rivera. Significó, para decirlo de una vez, su encuentro con el cubismo, que llamaba a luchar contra la representación objetiva del mundo físico. Fue, sin embargo, un amorío pasajero —cuatro años tan sólo— a la vista de Montmartre y Montparnasse. Al periodo cubista pertenecen El reloj despertador, La niña de los abanicos, Mujer con alcachofas, La adoración de la virgen, Marinero comiendo y bebiendo, La mujer del pozo… Rivera se hallaba a las puertas de su etapa madura de formación. No me interesa, sin embargo, recordar tanto al Diego Rivera cubista como al amigo y discípulo de Picasso, más aún porque la amistad entre ambos nació justamente en aquel 1913.

En Memoria y razón de Diego Rivera (Editorial Renacimiento, México, 1959), un descoyuntado relato autobiográfico que, entre 1944 y 1953, el propio Diego Rivera dictó a la escritora cubana Loló de la Torriente, leemos que a oídos de Picasso llegó la noticia de que un joven pintor mexicano salía cada noche en su defensa en los cafés hostiles de Montmartre, un bastión contra la rebeldía cubista. Ya había llegado el verano. Un tal Ortiz irrumpió una mañana en el estudio de Diego, que trabajaba en el retrato de los pintores japoneses Tsuguharu Foujita —quien, por cierto, visitó México en 1933— y Keiji Kawashima. Traía órdenes de conducir a Diego al estudio de Picasso: “Y si no viene ahora mismo, él vendrá aquí porque quiere hacer amistad con usted”.

Escribe Loló de la Torriente que Picasso dispuso el  almuerzo, en medio “de una atmósfera magnética o eléctrica que casi hubiera podido tocarse con las manos”. El día corrió entre una visita al estudio de Diego y la cena en un restaurante de Montparnasse a la que se sumaron Eva Gouel y Angelina Beloff. Al llegar la medianoche, Picasso  tomó una de las fotografías de su archivo —la reproducción de una guitarra hecha a base de papel y cartón— y, en un gesto de calurosa bienvenida, escribió al reverso: “A Diego Rivera, en todo de acuerdo”. Fue un bautismo y también una presentación en sociedad. A la mañana siguiente, Picasso se presentó en el estudio de Diego junto a Guillaume Apollinaire; por la tarde, hizo su aparición Ambroise Vollard, el viejo protector de Cézanne. Los marchantes comenzaron a llamar a la puerta. Medio París se puso a las órdenes del nuevo discípulo de Picasso.

El primer amago de tormenta llegó al verano siguiente. Diego Rivera expuso 25 piezas —paisajes, naturalezas muertas, retratos— en la galería de Berthe Weill, una solterona que años atrás había cobijado las obras de Toulouse-Lautrec, Gaugin, Seurat, Juan Gris y Braque. El prefacio al catálogo de la exposición, escrito por la propia mademoiselle Weill en un tono que concedía a partes iguales la pulla y el desenfado, era un improperio contra Pablo Picasso, a quien acusaba de malagradecido: ¿por qué había retirado sus telas de la galería cuando la fama estaba por alcanzarlo? Los insultos de mademoiselle Weill atrajeron la cólera de Diego, quien amenazó con retirar sus piezas de la galería. Picasso tomó el escándalo a la ligera. O así actuó en apariencia. Dice Loló de la Torriente que “no dejó de trabajarle el ánimo”, sobre todo porque en aquellos días Diego perseguía también a la esposa infiel de un amigo cercano.

No fueron la distancia geográfica —a mediados de 1914, Diego y Angelina Beloff se instalaron en Mallorca— ni la Gran Guerra las causas que produjeron el primer encontronazo y, más tarde, el rompimiento definitivo. En 1915 Diego Rivera pintó dos de sus lienzos más controvertidos: Retrato de Martín Luis Guzmán y Paisaje zapatista (El guerrillero). Eran, a todas luces, una bofetada al rostro de quienes pugnaban por un cubismo ortodoxo, libre de referencias políticas y sometido a una estética racionalista. ¿A cuento de qué venían el equipal, el sombrero, el sarape, la escopeta, las cartucheras, todos esos motivos provenientes de la realidad mexicana? No pocas voces se alzaron contra semejante herejía pero callaron al comprobar que Picasso había aplacado sus propias dudas y seguía visitando el estudio de Rivera en la Rue du Départ.

La asiduidad de estas visitas terminó por imponer un tufillo de desconfianza. Picasso entraba y salía del estudio con entera libertad. Sin apenas decir palabra, examinaba las telas con ojos de ave rapaz. Diego supo contener su enojo hasta el día en que vio una primera versión de Hombre apoyado en una mesa, un eco sin dobleces de Paisaje zapatista. Cuántos lienzos de Picasso, concluyó Rivera, eran auténticos; cuántos un plagio. Según el testimonio de la pintora rusa Marevna —una belleza gorkiana ante la cual sucumbió Diego Rivera—, los amigos de antes llegaron incluso a los golpes. Diego levantó “su bastón mexicano” y amenazó a Picasso con romperle la cabeza.

Pierre Reverdy habría de ponerle el último clavo al ataúd. Desde la revista Nord-Sud promocionaba al ala pura del cubismo, encabezada por Braque, Gris y Picasso. Discípulo de Apollinaire, tenía la lengua muy larga y la paciencia muy corta. Una noche de marzo de 1917 coincidió con Diego Rivera en la casa del corredor de arte Léonce Rosemberg. No sólo cruzaron saludos; al margen del bullicio, se enredaron en una acalorada conversación. Desconocemos los motivos por los cuales Diego cruzó el rostro de Reverdy con una bofetada. Es más que evidente por qué Reverdy respondió arrancándole a Diego un mechón de pelo. La escenita fue la comidilla del mundillo artístico de París.

En el número 3 de Nord-Sud, Reverdy publicó la crónica “Una noche en la planicie”, en la que ajustaba cuentas con Diego sin siquiera llamarlo por su nombre. A él se refería como “un antropoide vergonzoso”, “indio salvaje con gestos aprendidos en las selvas vírgenes”, ciudadano de un país donde “el honor consiste en pegar por la espalda para evitar la deshonra de ser herido”. Por la pluma de Reverdy hablaba el espíritu de Picasso. Tras curarse las heridas, Diego Rivera encontró consuelo en las enseñanzas de Cézanne. n

Roberto Pliego. Escritor. Autor de 101 preguntas para ser culto.