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Hay un momento inolvidable en el libro de William Fitzgerald Cómo leer un poema en latín Si aún no sabe latín (Oxford University Press, Londres, 2013). Advierto que inolvidable no necesariamente por los buenos o grandes motivos.

En su capítulo “El odio, la burla y el mundo físico”, el profesor Fitzgerald refiere que la poesía amorosa latina no es por lo general erótica. Su lenguaje es decoroso y eufemístico; “se cultiva el doble sentido, Ovidio lo cultivó especialmente, pero la obscenidad es un tabú”. Dice que en la poesía latina la obscenidad se da no por lo regular en un contexto de amor sino de odio y tiene pasajes que cruzan la línea que divide lo obsceno de lo asqueroso. “Hay muchos poemas en latín que realmente no son más que insultos. ¿Podemos llamarlos poesía?”. Fitzgerald examina entonces el poema 97 de Catulo; se trata de una invectiva contra un tal Emilio que presume de acostarse con muchas mujeres. Antes de citarlo en latín y traducirlo al inglés, Fitzgerald arriesga la intuición o certeza de que el poema remata “con lo que debe ser el verso más repugnante de la poesía latina”. Cito el poema en la versión en prosa de Juan Petit. Va casi completo, ya que lo suspendo antes de llegar al último verso:

Válganme los dioses, no sé si establecer diferencia entre olerle a Emilio el culo o la boca. Ni la una está más limpia, ni el otro más sucio, aunque en verdad aquél es más limpio y mejor porque no tiene dientes, mientras que la boca los tiene de a pie y medio, más unas encías de carro viejo, y sin contar con una risa que recuerda el mear de una mula en celo.
¿Y éste se acuesta con muchas y se hace el guapo, y no le envían al molino o al asno?
Y a la que le toca, ¿no la creeremos capaz de…

El verso más repugnante dice en latín: aegroti culum lingere carnificis?

Extraigo el verso referido de los libros con versiones al español y al inglés de la poesía de Catulo que tengo a la mano. (Pongo entre paréntesis el año en que se publicó la versión y traduzco del inglés al español, dado el caso.)

Del mismo Petit (1950): [¿no la creeremos capaz de…]
…lamer el culo de un verdugo enfermo?

De Peter Whigham (1966):
…lamer el culo de un verdugo leproso.

De Rubén Bonifaz Nuño (1969): [Y si alguna lo toca, ¿no pensaremos que puede…]
…lamer ella el culo de algún verdugo enfermo?

De Juan Manuel Rodríguez Tobal (1991): [Y la mujer que lo toca, ¿no habréis de pensar que, sin duda…]
…puede lamer hasta el culo de un camariento sayón?

De David Mulroy (2002):
[La mujer que toque a este hombre es de suponer que…]
…lamería el trasero de un verdugo paralítico].

De Peter Green (2005): [Cualquier mujer que se le lance…]
…lamería la cola fétida de un verdugo enfermo.

Del mismo William Fitzgerald (2013):
…lamer el culo de un verdugo enfermo?

El asunto puede empeorar según una interpretación compartida por algunos expertos sobre cuál pudiera ser la enfermedad del verdugo. El mencionado Rodríguez Tobal la incluye en su verso. Si uno va al diccionario de la RAE, encuentra: “sayón. 3 m. Verdugo que ejecutaba las penas a las que eran condenados los reos”; “camariento, ta. adj. desus. Que padece cámaras (diarrea)”. El también mencionado Peter Green dice que otro traductor, J. Godwin, “asume que la enfermedad del verdugo es la disentería”; pero, refuta Green, “aunque esto podría ir en abono al comentario de Catulo sobre el anilingus, su epíteto para ‘enfermo’, aegroti, queda sin especificar”. Y en efecto, bien visto, lo inespecífico del adjetivo enferma aún más la cosa.

Volvemos al verso en latín: “aegroti culum lingere carnificis” por la explicación final de su eficacia que hace el profesor Fitzgerald. En el original el verbo que esperamos no aparece sino hasta la segunda mitad del verso (lingere, lamer), precedido por un objeto que nos da una imagen muy convencional de humillación (culum). Pero la imagen está agravada por la frase aegroti carnificis (de un verdugo enfermo), dividida para cercar el verso. El hecho de que el adjetivo vaya primero nos mantiene a la espera del sustantivo, de modo que el verso se vuelve un crescendo de repugnancia. El verso le da al poema un cierre satisfactorio hasta la repulsión. n

Luis Miguel Aguilar. Poeta y ensayista. Entre sus últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.