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Entro al horno terracalentano por primera vez en mayo 2012, viajando con un pesado equipaje en mis espaldas: el miedo, la incertidumbre y toda una serie de preconcepciones y estereotipos. Debido a mi formación en sociología, intento mantener la neutralidad y la objetividad. Resulta difícil, sin embargo, adoptar esa postura profesional, ya que el constante pasar de camionetas de lujo por las calles polvorientas de Apatzingán de la Constitución no me permiten olvidar lo que comentó, unas semanas antes, un experto mexicano en narcotráfico cuando le dije que quería entrar en la región para juntar datos para mi tesis de doctorado: “Claro que puedes entrar. El problema será salir en un pedazo después”. Aunque lo haya dicho en broma, su comentario reflejó la patología central del estudio (académico) de eso que llamamos crimen organizado: prevalece la postura de que resulta, en palabras de Paddy Rawlinson,1 “misión imposible” acercarse al objeto que se pretende analizar. Es como si un biólogo marino tuviera alergia al agua. Sin embargo, a pesar de todos los inconvenientes, en mi caso y en el de otros investigadores que han realizado trabajo de campo en los “agujeros negros”2 del siglo XXI prevaleció otra sabiduría pragmática, aquella que entiende, como diría un colega con experiencia “de campo” en medio de las milicias de Darfur, que un buen apretón de manos y una sonrisa abren cualquier puerta.

Casi tan rápido como el calor de la ciudad me consume, se disipa mi intención de mantener un perfil bajo para mitigar los riesgos que asocio con la Tierra Caliente. Cumpliendo perfectamente con el estereotipo de gringo, resulta imposible evitar la plena atención del centenar de personas reunidas esa noche para celebrar un bautizo. Además de mi aspecto, el sistema de información constituido por “halcones” —de cuya omnipresencia uno se da cuenta una vez que aprende a leer el paisaje, es decir, identificar los puntos estratégicos en que mantienen presencia permanente, sea bajo el camuflaje de taxista o bien de vendedor de agua— funciona tan bien como todos los demás elementos y canales que han instalado Los Caballeros Templarios como pilar central de su esquema de control territorial. Después de tres días de estancia en Apatzingán recibo una visita de Tito,3 un jóven de unos 25 años que, salvo por su playera Polo modelo “Barbie”, parece más bien yerno de ensueño que integrante de una de las organizaciones ilícitas más temidas del continente. Él, como los demás “compañeros”, también ha recibido la formación templaria: la parte militar, allá “en los cerros donde andan centroamericanos”, como dicen otros informantes, impartiendo entrenamiento militar, y la parte psicológica que consiste en pláticas donde les “enseñan la diferencia entre el bien y el mal, a respetar, a no sentirse superior a la gente normal”. Pláticas de índole no disímil a las que él mismo ha dado a transgresores como ladrones y asaltantes, individuos que tienen que ser castigados por ellos ya que “las instituciones simplemente no funcionan”. Normalmente, constata, se emplea como “transportador”, función que consiste en llevar cualquier cosa que necesiten quienes permanecen escondidos fuera de la ciudad, sean armas, bebidas, comida o mujeres. Hoy, sin embargo, su misión es otra: averiguar que el tal Güero —que ya identifican en la calle como “doctor alemán”— “no sea oreja”. Después de algunas explicaciones, en las que aclaro que mi intención es simplemente la de abordar el tema con una perspectiva más equilibrada que la del gobierno y la prensa, logro calmar sus sospechas mientras, nervioso, sigue respondiendo a los mensajes que le llegan a su BlackBerry.

La primera prueba ha sido superada y se abre el camino al corazón sagrado del “movimiento social templario”, como se autodenominan en rechazo a su designación como cártel del narcotráfico. El fin de la carretera pavimentada marca también el inicio de núcleo del territorio templario, guardado por dos muchachos que, armados con rifles AR-15 y pistolas, verifican mi identidad y aprovechan mi presencia para escuchar unas palabras en lengua extranjera: “Ajá, así suena el alemán, pues. Adelante, ya les esperan…”. La vida en la comunidad parece seguir un ritmo, aunque lento bajo el sol ardiente, normal y el silencio del mediodía sólo es interumpido por los ensayos de un baile folklórico de los alumnos de primaria. ¿Cuál parte, pienso, de esta inocencia infantil se convertirá, más temprano que tarde, en preocupación paterna como la de una madre cuyo hijo de 14 años “ya anda con ellos”? La rutina de la unidad templaria —me esperan 15 individuos armados— acomodada frente a una tienda tampoco se ve afectada por el paso de un convoy del ejército mexicano. Es anunciado con la debida antelación a través de uno de los radios que no dejan de emitir voces indescifrables y empieza el habitual juego del gato y el ratón: “Nos tenemos que ir, perdón, pero ahorita regresamos, ahorita seguimos platicando”.

Me subo a una camioneta negra con placas de Guerrero, conducida por Alejandro cuya trayectoria de cinco años como “parte de” le da un aspecto mayor que el de un joven “normal” de 21 años. Sostiene su rifle con una mano. En convoy de tres vehículos atravesamos un paisaje casi desértico terracalentano, que parece blanco y negro desde el interior de la cabina con sus vidrios polarizados. La alta velocidad a la que nos movemos se reduce únicamente para las maniobras de cambio de dirección dentro de lo que es un verdadero laberinto de brechas y caminos de terracería. Nos paramos frente a un cementerio que, salvo por las pequeñas cruces coloridas que señalan su existencia, se integra orgánicamente en el paisaje. La persistente duda acerca de la verdadera intención de mi presencia se refleja no sólo en la elección de un lugar de encuentro tan simbólico. Un alegre, casi hiperactivo, y sumamente respetuoso Servando Gómez Martínez que se refiere a sí mismo como “narco de corazón”, me recuerda lo que espera a los traidores: “He matado harto de gente, pero sólo los que se lo merecieron. Gente que miente, que se pasa por algo diferente que realmente son, que no dice la verdad…” (sic). Este comentario se da después de que me muestra, con orgullo, las dos pistolas de plata que guarda en su cinturón: una adornada con la imagen de la Virgen de Guadalupe (“no soy guadalupano pero sí le pido a veces: ya ves cuánto [he sufrido]”) y unas inscripciones que dicen “La Tuta”, “La Familia Michoacana” (suspira: “eso yo era antes”); la otra lleva el signo de Los Caballeros Templarios y tiene escrito “El Profe”.

En territorio templario

A pesar de lo rica y vasta que es la información que me permiten capturar mis encuentros de forma verbal, resulta aún más reveladora la posibilidad de observar interacciones cotidianas. Espero a que los radios de los 12 sicarios jóvenes arremolinados frente a una tiendita de un pueblo no muy lejos de Cuatro Caminos alivien mi angustia y finalmente emitan instrucciones de cómo acceder a otro encuentro. La señora del “encargado” local (jefe de plaza) me ofrece Nescafé y rápidamente instala un ventilador para que “el güero no se muera de calor” —como si ésta fuera mi preocupación principal—. Uno de los sicarios saca una guitarra acústica y empieza a tocar canciones de amor acompañado por tres de sus compañeros mientras baja el sol. A decir verdad yo hubiera esperado una atmósfera más acorde con el permanente estado de emergencia que sugiere la perspectiva que generalmente se tiene en el exterior y la cual suele surgir de datos escasos que nutren sin mayor ordenamiento la producción de narrativas mediáticas. ¿La insoportable levedad del ser (sicario)? No lo sé, pero en cualquier caso impresiona la capacidad humana de adaptarse incluso a las más severas circunstancias. O bien, no deja de ser fascinante el poder de la negación psicológica frente a las mismas.

Esta levedad —inexplicable y a la vez inevitable— se evidencia, además, en las interacciones entre los miembros de dicha organización y la población civil, las cuales se dan de una forma mucho más normalizada de lo que uno podría sospechar. Asisto a una fiesta de graduación escolar en un rancho del municipio de Apatzingán, famoso por contar entre sus hijos a uno de los personajes que adornan los anuncios gigantes de “los más buscados” en las autopistas que llevan a Michoacán. Tan alegre como  los vestidos de fiesta de los niños y los banderines colorados que adornan el patio de la escuela en medio de este poblado, de apenas 15 cuadras de chozas, es la atmósfera que irradian los asistentes a la fiesta entre gritos y risas; por fin, es un gran día para los más pequeños y sus familias. Tan grande, parece, que no puede faltar la presencia de la autoridad fáctica. En medio de la multitud conformada mayoritariamente por mujeres y niños se hace notar la presencia de cada vez más hombres armados, sus pistolas mal ocultas en la parte trasera de sus jeans. Poco a poco los últimos son complementados con individuos más fuertemente armados. El hecho de que unos llevan rifles semiautomáticos con lanzagranadas montados, tampoco esta vez falla como indicador de que alguien de importancia está por llegar. Al bajar la persona en cuestión del convoy que ahora domina el espacio que antes quedaba libre en frente de la escuela, manda por mí: “Te quiere ver el patrón”. Empieza la plática en una mesa instalada a unos cuantos metros de la fiesta que entra en su fase más intensa y ruidosa. Se acercan, una y otra vez, asistentes a la fiesta. Ninguno muestra ni un ápice de miedo al saludar a uno de los criminales más buscados y a alguien que, según las leyendas terracalentanas, se come los corazones de sus enemigos “para quedarse con su valentía”. Un par de ellos incluso se burlan de su aparente subida de peso.

Es en comunidades como la descrita, aquellas que constituyen el núcleo duro, no sólo operacional, sino también familiar del mundo templario, en las que prevalece un fenómeno que se podría denominar como tolerancia pragmática. A menudo se asigna a la Tierra Caliente el estatus de una “tierra sin ley”. Al contrario, es justamente la falta de soluciones legales y cobijo por parte del gobierno lo que ha permitido a Los Caballeros Templarios presentarse como —así lo formularon sus líderes en entrevistas— “de lo peor, lo menos malo”. La provisión de un grado mínimo de orden social, de ley fáctica —por ejemplo en forma de un sistema parajurídico que produce, según informantes, beneficios palpables como el de “ya [poder] dejar la puerta de la casa abierta otra vez”— no se debe (solamente) a una “vocación de servicio al prójimo”, como aseguró Nazario Moreno González en algún momento. Sigue, también y quizás primordialmente, una lógica de generación de legitmidad organizacional. En esta parte de su territorio Los Caballeros Templarios gozan de halo de protección social que los blinda de incursiones territoriales de actores enemigos como la Policía Federal y el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). Es perferible, para muchos, un malo conocido. Isabel, una informante que ha vivido la integración de su rancho al sistema territorial templario, dice que no comprende bien la necesidad que ven ellos de ocupar todas las estructuras comunitarias tanto como las de autoridad, quejándose que la fiesta del pueblo, aunque ahora más pomposa, “ya no es de nosotros”. Añade, sin embargo, que “al menos los conocemos”. Coincide la última postura con el intento de Los Caballeros Templarios de construir la figura de los contras; es decir, miembros de organizaciones delictivas como la de Los Zetas o del CJNG, no sólo como enemigos de la propia organización sino también enemigos del pueblo michoacano. Se requiere, entonces, de un frente común en contra del agresor exterior.

De la misma manera que otros informantes, Isabel constata que “si no te metes con ellos, ellos no se meten contigo”. A pesar de esto, tal entendimiento mutuo no caracteriza el actuar de Los Caballeros Templarios a lo largo de su territorio. Su proyecto de gobernanza alternativa —una designación que, como sostengo en referencia a autores como Harold Trinkunas y Anne Clunan,4 más adecuadamente refleja la mutación de un fenómeno que ya es mucho más que el mero narcotráfico— está, claro, lleno de contradicciones. Discriminan entre “su sangre” y “los otros”: comunidades a las que estiman inferiores. Al fin y al cabo se trata de un contrato social entre desiguales. Los que se resisten a “ser curados” o bien a apoyar “la causa” mediante “contribuciones” tienen que asumir las consecuencias. En referencia a cierta población que públicamente se opuso a su reclamo de dominio, un líder templario dice en entrevista: “Lo queríamos arreglar pero no se dejaron. Les decía que no se pasaran. Yo represento a todo Michoacán mientras que ellos sólo son unos pocos”.

A pesar de haber sido exitosos al frustrar, al menos hasta el momento, las incursiones del gobierno federal así como las de otros actores gracias a los altos niveles de tolerancia social que gozan, el porvenir de Los Caballeros Templarios se encuentra bajo tensión a raíz de una dinámica que sus líderes no pudieron anticipar: la falta de capacidad —o bien de voluntad— de comprometer a todos los miembros de su organización a mantener el balance entre la explotación de recursos y la imagen como fuerza de orden. Uno de los líderes templarios explica que los abusos reportados se deben al hecho de que “no [pueden] curar a todos los muchachos”. Los excesos de Los Caballeros han desencadenado el surgimiento de la resistencia civil que podría socavar su reconocimiento como el mejor de los males. La rápida proliferación de las policías comunitarias y de los grupos de autodefensa en su territorio podrían, finalmente, resultar en una trampa de legitimidad esencialmente autofabricada. n

 

Falko Ernst. Investigador predoctoral y profesor auxiliar en el Centro de Criminología de la Universidad de Essex, Inglaterra.


1 P. Rawlinson (2008): “Mission impossible? Researching organized crime”, en R. D. King y E. Wincup (eds.), Doing research on crime and justice, segunda edición, New York, pp. 291-313.
2 T. Makarenko (2004): “The crime-terror continuum: tracing the interplay between transnational organised crime and terrorism”, Global Crime, 6(1), 129-145.
3 Ciertos nombres fueron cambiados por razones de seguridad.
4 A. L. Clunan y H. A. Trinkunas (eds.) (2010): Ungoverned Spaces: Alternatives to State Authority in an Era of Softened Sovereignty, Stanford University Press, Stanford.

Ilustración de Augusto Mora.

 

3 comentarios en “En territorio templario

  1. Me quedo con la sensación de querer saber más sobre la convivencia del señor Ernst y los integrantes de los Caballeros Templarios. ¿Habrá un reportaje más extenso?

  2. Hojalata nos compartas mucho más de lo que viste, oíste y viviste en esa experiencia de convivir con toda una organización y sus líderes, así como el futuro que ven Parra sus comunidades.

  3. ¿”Gobernanza alternativa” como un modo de responder al estado fallido? ¿cuántas más de estas experiencias se practican por todo el territorio nacional? Parece, por lo que describe el artículo, que tienen futuro las organizaciones que arrebatan al estado la tarea de celebrar un contrato social (aunque sea entre desiguales) y de ejercer el monopolio de la fuerza porque existe una sociedad que se ha acostumbrado al “más vale malo por conocido…” Mientras la sociedad acepte este pacto aún bajo condiciones de sujeción y sometimiento, las organizaciones criminales tienen futuro. Qué lástima!