Inventé este diálogo entre mis inquietudes y los versos de Armando González Torres para celebrar la aparición de la plaquette titulada Con un poco de sol en las espaldas. Tan sólo quisiera puntualizar que la poesía de Armando en este y los otros cinco libros que de él conozco, posee una música extraña. Hay temas recurrentes, como la presencia o ausencia de Dios, la naturaleza abismal de las bestias, el sinsentido de la moral y el prejuicio, el vino y la embriaguez… pero, sobre todo, lo que hay en la poesía de Armando es un contrarritmo sincopado cuya extravagancia evidencia, más que un afán experimental, una voz propia, un logro poético consolidado que pugna incesantemente por salir de su zona de confort sin miedo al traspié.

—¿Y por qué, amigo —pregunto, como siempre, con esa insensatez maliciosa— hemos de tener al sol en las espaldas?

Y Armando responde, generoso y puntual:
Recuerda los días de campiña, las largas tardes en que el sol con sus delectaciones acompañaba amigable las espaldas, las charlas sin modorra, ni modismos; las comidas crepitantes de verdades, las caricias perezosas de dilectos animales.

Insisto entonces, con esa impertinencia, más impregnada de necedad que de curiosidad.
—¿Hablas del origen del mundo? ¿De cuando empezábamos a nombrar las cosas del mundo?

Armando se adelanta un centímetro en su silla, se endereza, junta sus manos y trata de ser paciente.
Debemos llegar a coincidir con ese pájaro en que los gusanos son lo más bello y apetitoso del mundo.

No puedo evitar que crucen por mi pensamiento “las aves del cielo y la brisa de los lirios del campo” de Schopenhauer, y ese monje tibetano que desvía su ruta para no interferir en la trabajosa jornada del gusano. Sin embargo, ocultos entre el follaje, los ojos de la bestia de rapiña que soy, con las fauces babeantes, al acecho, paran en seco mi buena voluntad.

Armando relata entonces una historia:
Tengo la impresión —apuntó el coronel Sobreperdonar—, de que todas esas víctimas tramposas, que mueren de hambre, se hacen fusilar o se introducen en la cámara de gas para que los lloren, están afectando nuestra imagen.
En efecto —replicó el inspector—. ¿Sabe usted que los judíos, los negros, los amarillos, las mujeres sojuzgadas y explotadas, los ancianos inservibles, los niños abusados forman parte de una extensa conjura denominada técnicamente “la conspiración del llanto”?
Lo intuía —el coronel Sobreperdonar se mesaba la barba mientras ataba cabos mentalmente—, supongo que, de alguna manera, todos ellos son afines a la pandilla del malandrín de la cruz.
—O.K., Armando, creo entender la parábola. Siempre hay un punto en que nuestra armadura se resquebraja, en que somos víctimas mucho más indefensas que los victimarios que creemos ser. En que el mundo sutil echa encima de nosotros su asfixiante ligereza y conocemos la soledad… del verdugo, del héroe. Qué más da. Somos gusanos en vez de pájaros.

Armando entonces se pone de pie y trata de responder ecuánime a tal insensatez maniquea y reduccionista impulsada por mis prejuicios.
Hay días ofuscados, premonitorios, en que el héroe no se atrevía a mirarse al espejo. Días en que pretendía desertar y terminaba jadeando, acorralado ante un abismo, atemorizado por su sombra porfiada y veloz. Días en que se unía al festejo de la muchedumbre ebria y salaz en un vano intento por amar la causa que todos secretamente repudiaban. Días en que, para evadir la batalla, se vestía de mujer e hilaba con sus hermanas, pero la barba y su curiosidad por las armas terminaban por delatarlo.

Es tenue la línea del alba, amigo, y fugaz. La seguimos sedientos aunque apenas la presentimos desaparezca y la sed persista.
Mira cómo giran esos harapos  —críptico, pero elocuente, Armando toma la voz de Sócrates para señalar—, mira cómo giran en el bramante. Encima, un astro cáustico sanciona la liviandad de nuestras acciones; abajo, un imponente abismo se abre para nuestras palabras desahuciadas. Nosotros habitamos exactamente la mitad de ese cementerio de saludos y despedidas.
—¿A qué te refieres con “saludos”?
Cuando el sol yace/ sobre sus últimos rayos/ y la miseria resplandece/ en la caída del ocaso/ qué bello aquel puente dorado donde la tristeza se convierte en oro/ cómo brillan las negras ausencias/ y una lágrima vale/ por todos los gestos del ocio.
—Y, ¿qué es lo que quieres decir con “despedidas”?
Cuantas veces el pájaro visitó/ la humilde huerta/ en este día incansable/ por decir algo, cada minuto lo miramos/ lo sentimos en un punto extraño/ repitiendo hasta el cansancio/ su nota predilecta:// ven ven ven

Los lengüetazos rojizos del amanecer comienzan a derramarse sobre nuestras frentes, y Armando, instalado en la forma de Sócrates, sereno y completamente sobrio, ante mis ojos vidriosos de vino y aturdimiento, antes de abandonar el Barquito, concluyó su Teoría de la afrenta.
Todo esto lo constatarás, pero no en una frase, sino en un buen trago que, como dicen, te queme la garganta…

Hay días de sombra en que el sol pega de lleno en las espaldas, la adversa sangre se detiene y el alma lívida enarbola sus terrores. Yo, el exangüe, el desairado, que sin pena ni gloria transcurría entre tardes perezosas, ¿cómo pude llegar a tan desesperado límite? n

 

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.