Nuestro Leviatán de oropel

La crisis de seguridad pública que ha experimentado el país desde hace cinco o seis años obliga a mirar con nuevos lentes el pasado mediato. El reto brutal del narcotráfico ha dejado expuesto el esqueleto del Estado mexicano. Se trata de un cuerpo demacrado: en muchos lugares la carne se halla pegada al hueso. Frente al poder de fuego y el dinero de los criminales hallamos gobiernos locales pobres, con policías municipales precarias, con pocos efectivos, mal armadas y peor pagadas. Esa es, o debería ser, la primera línea de combate del Estado mexicano. ¿Cómo pueden esos cuerpos policíacos enfrentar las amenazas y ofertas de los criminales? Plomo o plata ha sido la disyuntiva fatal para muchos de ellos. Pero lo sorprendente es que durante décadas estructuras coercitivas tan raquíticas hubieran logrado mantener el orden a lo largo y ancho del país. En otras palabras, lo notable de nuestra crisis de seguridad no es que haya ocurrido, sino que no hubiera ocurrido antes.

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Publicado en: 2013 Julio