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súper Papa

Cuando se elige un Papa, el proceso empieza antes del cónclave. Las reuniones exploratorias de los cardenales informan una selección que nunca es sencilla. Se ven las caras de nuevo y miden su estado general – físico, mental, emocional. Luego comienzan a ubicar posibles coaliciones –sobre todo aquellas definidas en términos negativos,  en función de los candidatos que no quieren apoyar. Y seguramente siempre hay detrás una serie de diagnósticos generales, hechos en público y en privado, sobre los problemas que enfrenta la Iglesia (i.e. pederastia, corrupción, falta de ecumenismo, la vuelta a los latinajos y un largo etcétera de asuntos contingentes). 

Casi siempre hay otro problema más: la perenne expectativa de un elegir un gran Papa transformador, un súper Papa. Recientemente, ha quedado bastante claro que hay una percepción general entre los fieles, los enterados y los observadores que la Iglesia pasa por momentos excepcionalmente difíciles. El sólo hecho de la renuncia de Benedicto XVI ayudó a solidificar esa impresión.  Pero el problema no es ese, sino que este diagnóstico se acompaña de la impresión de que hace falta algo radicalmente distinto.  Se pide un Papa carismático, energético, reformador y buen gobernante. Se lee en la prensa que “En términos históricos, la Iglesia parece necesitar a un hombre con habilidades empresariales que conjugue el ánimo reformador de Juan XXIII y la energía y carisma de Juan Pablo II. Es una combinación que parece casi imposible. Pero de encontrarla depende buena parte del futuro de la Iglesia católica…” 1. Vicente Leñero, con más años a cuesta, dice “Uno siempre sueña que llegue un Papa reformista, pero casi nunca pasa”. Pero lo realmente desatinado suele aparecer cuando se argumenta que si no gana alguien así, entonces el resultado sólo podría explicarse por el triunfo de la intriga cardenalicia sobre las necesidades y los intereses más amplios de la Iglesia. Tristemente, no es así de sencillo. Qué más quisiera uno que la agenda renovadora de Hans Küng triunfara en el cónclave y quedara bien representada en un Papa democrático, aggiornado, cálido en el carisma, justo en lo social y global en el alcance.

Detrás de la noción de que se necesita un gran Papa reformador para enmendar las crisis de la Iglesia católica hay dos faltas. La primera es que oscurece los intereses más estructurales de la iglesia, mismos que siempre serán un componente fundamental en la selección papal. Y segundo, porque no siempre la solución a una crisis es la reforma, a veces también puede ser un regreso a lo más básico, a lo tradicional en el sentido más ontológico, es decir, a lo institucional.

Estos  argumentos se pueden glosar con la crudeza siguiente: como en cualquier institución, en la Iglesia no todo se elige, no todo son diagnósticos y agendas doctrinales en competencia, no todo es posible. La Iglesia, como el Estado, también tiene sus mandatos generales, sus prioridades irrenunciables, sus no negociables. Si el Estado tiene sus últimas justificaciones en la Raison d’État, se puede decir que la Iglesia tiene su Raison d’Eglise. El sociólogo Scott Mainwaring lo ha resumido bien: “Los intereses más relevantes son la unidad de la Iglesia, su capacidad para atraer a todas las clases sociales y mantener su identidad como una institución fundamentalmente religiosa”. Así pues los deberes fundamentales de los líderes eclesiásticos son: evitar las fracturas a la unidad interna (no necesariamente el disenso); no atentar contra su transversalidad social (cosa que la hace una Iglesia y que la distingue de movimientos religiosos que triunfan con estrategias sectarias o de nicho); no ceder autonomía institucional frente a otros actores públicos; y evitar debilitar la misión primaria de administrar sacramentos y predicar el evangelio.

Cualquier Papa (reformador o no) será el primer guardián de la Iglesia institucional y por lo tanto tendrá la responsabilidad de actuar orientado por la Raison d’Eglise.  Así que, estos argumentos sumados a una cierta dosis de realismo desencantado, nos pueden ayudar a imaginar que el liderazgo de un gran reformador doctrinal no siempre es suficiente o – en muchos casos- conveniente. No quiero dar la idea equivocada de que un gran papa reformador no sería capaz de solventar con gracia y eficiencia las prioridades institucionales de la iglesia. Más bien se trata de señalar que en tiempos de crisis interna y externa, y sin liderazgos claros, la opción conservadora suele verse bajo mejor luz.

Por ejemplo, pensemos en los problemas que han ocasionado los escándalos de pederastia. Es cierto que se ha creado una cierta escisión interna entre los que consideran los abusos y encubrimientos como el problema principal de la Iglesia frente al mundo, y hay quienes lo ven como algo puramente administrativo. Sin embargo, aún no ha fracturado a la Iglesia en facciones política y doctrinalmente opuestas, así como otros temas sí lo hacen: por ejemplo, el sacerdocio femenino, la interpretación del espíritu del Concilio Vaticano II, etcétera. La unidad eclesial no ha sido necesariamente fracturada. Un reformador que ofrezca una nueva síntesis donde se puedan encontrar las facciones aún no parece necesario o urgente. En cambio, los escándalos sí han ocasionado un serio problema de legitimidad que sin duda ha afectado la capacidad de la Iglesia para atraer a todos los sectores sociales, sobre todo en los países más secularizados (Irlanda es un caso excepcional de absoluto desencanto con su Iglesia). Eso es un problema institucional muy grave. Igual de grave es que también ha puesto en riesgo la autonomía institucional de la Iglesia en ciertos lugares. Se ha perdido autonomía frente al Estado en tanto éste se ha visto obligado a intervenir en asuntos internos de la Iglesia para proteger a las víctimas.  También se perdió autonomía frente a intereses privados en tanto la Iglesia ha necesitado ayuda en momentos de enorme dificultad financiera. Esto se agrava cuando se consideran las posibles salidas a la corrupción financiera ventilada mediante los Vatileaks.

Así pues, desde una lógica de “razón de iglesia”, la pederastia ha sido un pecado que se ha tenido que pagar con buenas dosis de autonomía institucional y de legitimidad social, sobre todo en el occidente secular del que tanto se ocupó Benedicto XVI. La pregunta es pues ¿quién sería un mejor papa desde esta perspectiva? ¿Un reformador ilustrado, un conservador carismático o un administrador firme?  La respuesta no es tan clara. Por ejemplo, imaginemos que el cardenal Rodríguez Maradiaga, un claro defensor de la doctrina social emergida del Concilio Vaticano II, triunfa en el cónclave. Imaginemos que en efecto decide empujar una agenda de compromiso social, que busca construir coaliciones para ayudar a los más pobres y que asocia a la iglesia con ciertas fuerzas políticas progresistas. Generalmente este tipo de acercamientos a la vida de la política contingente suelen venir con una preocupación constante: suelen entrampar a la Iglesia en dilemas donde se pierde autonomía frente a otros actores que buscan luego influir en la política interior de la iglesia (ni que decir de su posición doctrinal sobre los condones y la adopción gay). Para los ojos de muchos cardenales, ese riesgo en un momento de debilidad como el actual sería un riesgo, si no insalvable, al menos no muy útil para salir del aprieto particular.

Quizá por eso no deba ser tan sorprendente que, por otro lado, dos de los papables que derivan parte de su legitimidad de ser visiblemente críticos frente al comportamiento de la Iglesia en los casos de pederastia, son el cardenal Dolan de Nueva York y el cardenal Schönborn de Viena. Ambos son conservadores y ambos son queridos por su grey. Aunque uno es más carismático y mediático y el otro es más volcado a lo intelectual, también ambos comparten el desencanto por el actual estado de la curia y los jerarcas que la han conducido hasta ahora. El primero se preocupa por la violencia contra los cristianos en varias partes del mundo, el otro es un hijo predilecto de Joseph Ratzinger, miembro de la nobleza austriaca, pero algo más abierto a cosas como el sacerdocio femenino. Ninguno constituye una esperanza brillante para un papado reformador y actualizado con los tiempos. Pero se puede argumentar que ambos ofrecen ciertas respuestas a los problemas estructurales que han causado los escándalos. Independientemente de que ganen o no en el cónclave, el caso de los candidatos dominantes, el de la curia romana y el del frente Europeo, los cardenales Angelo Scola de Milán y Odilo Pedro Scherer de Sao Paulo, son un ejemplo aún más evidente de cómo, en tiempos de crisis, se privilegia la lógica institucional y la capacidad de hacer acuerdos, afirmar la autoridad y mejorar la administración. 2

Es probable que, en el cónclave, muy pocos se debatan lo que el público de las luces quisiera escuchar: si volver a rechazar o finalmente reconciliarse con la modernidad. Seguramente los cardenales tampoco lo ven como un parte aguas entre una reforma al futuro y volver a ser víctimas de “una vanguardia infectada y enferma”3. Son muy pocos los que consideran que es “ahora o nunca” cuando se debe permitir que el mundo entre a la Iglesia y no al revés. La urgencia del ahora o nunca no es la estrategia retórica favorita del clero católico. El único apocalipsis aceptable es el del fin de los tiempos. Por el contrario, frente a esta crisis, probablemente lo que están considerando no es lo visionario del nuevo Papa, sino lo suficientemente consciente de las “razones de iglesia” que debe servir.

Entonces ¿por qué habría de triunfar la osadía sobre el pragmatismo? En realidad la Iglesia no ha tocado fondo y debe recomponerse con cierto grado de eficiencia. A menos que ocurra un accidente y elijan al cardenal Rodríguez de Tegucigalpa, su campeón no será un súper Papa, será alguien con las prioridades claras, un buen político y un buen administrador con ganas de formar las nuevas coaliciones que le devuelvan la autonomía y el sex appeal a su iglesia. Eso sería suficiente, todo lo demás ganancia. Y la misa en latín, en el fondo, es lo de menos.

La única esperanza real de cambios mayores reside, más allá del accidente, en la feligresía y en el público en general. En el hecho de que muchos atestiguamos esta crisis y en que queremos un gran Papa, uno muy distinto, queremos un riesgo y una reforma. En el aislamiento pétreo del cónclave (eufemismo de su déficit democrático) eso apenas alcanza a ser un susurro acaso distinguible del viento que acaricia los pinos dóciles de la ciudad eterna. Pero, por ser ese susurro la mejor razón del reformismo, nunca hay que dejar de decir lo que se quisiera y de soñar con que ocurra. Especialmente después de la elección, cuando los oídos de los cardenales ya hayan vuelto de la plataforma de despegue al solar de los no ungidos.

 


1 León Krauze, “#LaIglesiaNecesita”, Milenio Diario, 2013-02-12

2 Hay una serie de perfiles muy bien hechos de los cardenales papables en la prensa. Recomiendo un par, los publicado por el diario El País (http://internacional.elpais.com/tag/conclave/a/) y los publicados por el periodista John J. Allen Jr. En el National Catholic Reporter (http://ncronline.org/blogs/ncr-today/read-all-john-allens-papabile-day-stories)

3 Rodrigo Negrete y Ariel Rodríguez Kuri, “Este pacto no es con Dios”, nexos.com.mx, 18/02/2013.