Hace no mucho, en un artículo sobre ciertas escrituras aparecidas en los noventa, la poeta norteamericana Juliana Spahr llamaba la atención sobre una serie de libros que se habían alejado a propósito del inglés promedio o estándar para “decir algo”, tanto en términos culturales como políticos, acerca del inglés y su imperio en el mundo actual. Esta toma de distancia con el inglés promedio incluyó, argumentaba Spahr, la utilización estratégica de otras lenguas y/o la producción en lenguas de contacto tales como el pidgin o el creole, resultado ellas mismas de la colonización ejercida por el inglés. Estas escrituras de los noventa, continuaba, tienen mucho que decir acerca de procesos de globalización e inmigración, especialmente en el contexto de los debates que acerca del uso exclusivo del inglés se llevaron a cabo dentro de Estados Unidos al mismo tiempo. A diferencia de otros movimientos literarios que también incorporaron la mezcla de lenguas, tal como lo hizo la literatura chicana en décadas anteriores con el inglés y el español, las escrituras que le interesan a Spahr reflexionan más en y a través del lenguaje que sobre la identidad como un asunto extralingüístico o ya dado. Se trata, pues, de escrituras eminentemente políticas que, con sintaxis nerviosas y estructuras alteradas, cuestionan no sólo el estado de las cosas sino también el estado de las lenguas.

Gran parte de lo que Spahr atribuye en este estudio a poetas como Edwin Torres o Kim Mi Myung, Theresa Cha o Harriet Mullen, podría aplicarse, sin duda, a su propia obra. En efecto, aunque Spahr es una poeta norteamericana nacida en Estados Unidos cuya lengua materna es el inglés, su exploración poética comparte con aquellos eso que ella misma denomina como “la inquietante desorientación lingüística de la migración”. De This Connection of Everyone with Lungs (2005) a The Transformation (2007) y Well There Then Now (2011), tres de sus libros más reconocidos por la crítica y aún sin traducción al español, Spahr ha trabajado insistentemente en la desestabilización de la sintaxis convencional, ya sea a través de la repetición, el uso peculiar de los pronombres en plural y, más recientemente, la incorporación de máquinas de traducción. Estas prácticas, que en tantos otros no pasan de ser meros ejercicios formales, son centrales para una obra que incorpora lo personal, lo social y lo natural en grados pocas veces vistos en las literaturas de hoy. En The Transformation, por ejemplo, Spahr no sólo se da a la peculiar tarea de explorar su traslado a Hawai y su confrontación con un colonialismo que define tanto en términos sociales y lingüísticos como ecológicos, sino que también visita críticamente la relación en trío que en ese entonces estableció bajo el mismo techo con dos hombres.

En “El giro insurreccional, cont.”, el poema incluido en el portafolio de nueva poesía política que curó Joshua Clover, y que apareció en el número de noviembre de 2012 de la revista American Reader, Spahr vuelve a alejarse del yo para virar hacia el nosotros y, una vez más, a base de repeticiones y aliteraciones varias, logra infundir esa “inquietante desorientación lingüística” a sus palabras. Tal vez es eso lo que sienta el lobo que se aproxima a retozar con los coyotes. Tal vez es eso lo que sientan los coyotes cuando caminan “por la niebla del nosotros”.

El giro insurreccional, cont.

Y ahí estábamos.

La luz del otoño era más o menos
dorada.

Los árboles sostenían sus hojas por más tiempo de lo usual y todo era tibio de una manera casi agradable.

Algo como el sereno o la niebla o el humo nos mantenía juntos.

Y caminamos con ese sereno o niebla o humo y, dentro de su entorno, respiramos muy hondo.

Nos envolvía. Desde dentro.

Ese invierno vino el lobo.

Vino hacia nosotros. Se acercó a nosotros. Caminó por la niebla del nosotros.

Tenía dos años y medio y era el primero que regresaba.

Estaba solo. Merodeaba las montañas. Cruzaba carreteras. Atravesaba bosques.

De un lado para otro iba él. Solo.

Buscaba a los otros.

No los encontraba.

Pero le pasaba lo mismo, eso notamos, retozaba con coyotes.

¿Qué otra cosa podía hacer?

Era el único, no en el sentido del elegido, sino como el último de su especie.

Lo llamamos OR7.

Ese invierno, OR7 caminó hasta donde estábamos, aunque sin ningún deseo de estar con nosotros,

y nosotros esperamos a que el sereno, la niebla o el humo se convirtieran en lluvia,

mientras nos decíamos a menudo entre nosotros que las lluvias estaban por llegar, que de seguro iba a empezar a llover de un momento a otro.

Pero las lluvias nunca llegaron.

O llegaron tan tarde que ya casi ni las notamos.

Cuando por fin llegaron sólo levantamos una lona para esperar a que pasaran.

Juntos. Ahí. Bajo la lona. Por algunos minutos. De manera desigual, ahí. Pero ahí. Juntos. Inmóviles.

La lona es una versión de lo que importaba. Juntos.

Ese invierno, éramos principalmente hombres.

No al inicio, sino al final,

Al inicio no nos distinguíamos.

Éramos tantas cosas tan distintas.

Ése era el asunto.

Al final, sin embargo, al final éramos principalmente hombres.

Y los que no éramos hombres dábamos de vueltas unos alrededor de los otros, trastabillando.

Todavía aprendiendo. Inmóviles. Juntos. No teníamos otra alternativa.

Ese invierno, cada que escribíamos la palabra “interés” la reemplazábamos con la palabra “amor”.

Ese invierno no hacíamos más que rimar y rimar. Juntos. Con las palabras. Juntos. Ese invierno

todo escrito de súbito en nuestros pentámetros, nuestros
alejandrinos, nuestros heroicos dísticos, con frecuencia nada más
[una frase
asociativa con base en una línea muy quieta, que le debía a la lírica,
ahí dentro el nosotros estaba en lugar de los amados aunque
[casi nunca hubiera
una descripción de esos amados, ninguna lista de sus
labios rojos, la firmeza de sus senos, la suavidad de la piel, dejándolo
[así
en una atmósfera más bien genérica.

Te podría decir otras cosas también.

Una influencia europea.

Una influencia del Medio Oriente.

Una lista de escaramuzas.

La sensación de que eso no valía nada. Espera, no nada, sino algo. No, mira, nada. Tal vez algo. No.

Nada.

Admitámoslo.

Perdimos todas las escaramuzas, incluso la así llamada guerra RP.

Pero estuvimos ahí ese invierno.

Bajo la lona. Cerca. Juntos.

Nada más lidiando. Juntos. Buscamos y encontramos coyotes.

Cristina Rivera Garza.
Escritora y ensayista. Entre sus libros: Verde Shanghai, La Castañeda y Nadie me verá llorar.