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Un cuento, sin duda verdadero en la vida de este hombre, nos enseña que el pintor japonés Hokusai ha querido pintar sin las manos. Se dice que un día, ante el Shogun, habiendo desplegado en el suelo un rollo de papel, derramó sobre éste un pote de color azul; luego, mojando las patas de un gallo en un pote de color rojo, lo hizo correr sobre su pintura, dejando así el ave sus huellas. Y todos reconocieron las olas del río Tatsuta, arrastrando hojas de arce, rojas por el otoño. Sortilegio encantador donde la naturaleza parece trabajar sola para reproducir la naturaleza. El azul que se derrama corre en hilitos divididos, como una verdadera honda, y la pata del ave, con sus elementos separados y unidos, asemeja la estructura de la hoja. Su paso leve deja vestigios desiguales en fuerza y en pureza, y su marcha respeta, aunque con los matices de la vida, los intervalos que separan frágiles despojos llevados por una corriente rápida. ¿Qué mano podría expresar lo que hay de regular e irregular, de accidental y de lógico, en esta serie de cosas casi sin peso, aunque no sin forma, de un río de montaña? La mano de Hokusai, precisamente, y son los recuerdos de las largas experiencias de sus manos sobre los diversos modos de sugerir la vida, los que han guiado al mago a intentar también ésta; ellas están presentes sin mostrarse, y a pesar de no tocar nada, lo guían todo.

Fuente: Henri Focillon (1881-1943), Elogio de la mano (trad. Inés Rotenberg; presentación de Hernán Bravo Varela), UNAM, 2006.