A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Encho era un famoso cuentista. Sus relatos de amor emocionaban a sus oyentes. Cuando narraba una historia de guerra, era como si los mismos oyentes estuvieran en el campo de batalla.

Un día Encho conoció a Yamaoka Tesshu, un lego que casi había conseguido el camino del zen.
—Tengo entendido —le dijo Yamaoka—, que eres el mejor cuentista de nuestro país y que haces reír y llorar a la gente a voluntad. Cuéntame mi relato favorito, el del Momotaro-san, el Niño Melocotón. Cuando era pequeño dormía al lado de mi madre, y ella a menudo me contaba esa leyenda. En medio de la narración me quedaba dormido.
Cuéntamela tal como lo hacía mi madre.

Encho no se atrevió a hacer tal cosa y solicitó tiempo para estudiar. Al cabo de varios meses se presentó ante Yamaoka y le dijo:
—Por favor, dame la oportunidad de contarte el relato.
—Otro día —respondió Yamaoka.

Encho se sintió muy decepcionado. Estudió más y lo intentó de nuevo. Yamaoka le rechazaba una y otra vez. Cuando Encho empezaba a hablar, Yamaoka le interrumpía, diciendo:
—No eres como mi madre.

Encho tardó varios años en llegar a ser capaz de contarle a Yamaoka la leyenda tal como se la había contado su madre.
De esta manera, Yamaoka impartió el zen a Encho.

Fuente: 101 cuentos zen (al cuidado de Nyogen Senzaki y Paul Reps; trad. Jordi Fibla), Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012.