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El arranque del nuevo gobierno ha generado un nivel de optimismo por encima del que suele acompañar todo cambio de administración. Este optimismo ha hecho que muchos observadores pidan mantener un “sano escepticismo”, mientras que en otros, el regreso del PRI al poder ha generado un pesimismo intuitivo sobre lo que podemos esperar. A esto hay que agregar el vertiginoso ritmo de actividad de la nueva administración, que parece rebasar la capacidad de los analistas para digerir tantas promesas y propuestas. ¿Cómo leer lo que está ocurriendo? ¿Hay razones para el optimismo? ¿Se trata de El Imperio contraataca o de El retorno del Jedi?

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Escenarios
El triunfo del PRI el 1 de julio abrió cuatro escenarios. Uno, que el nuevo gobierno dé tres pasos para atrás: la restauración autoritaria. Segundo, que dé dos pasos adelante y dos atrás, que cambie lo que tenga que cambiar para que todo siga igual: Gatopardismo. Tercero, que dé dos pasos adelante y uno atrás: reformismo. Cuarto, finalmente, que el nuevo gobiernodé cuatro pasos para adelante:cambio radical.

Es poco probable que se den el primero y el último casos. No son opciones viables ni probablemente deseadas por el grupo dominante dentro del PRI. Quedan dos alternativas: el gatopardismo y el reformismo.

Falta todo y todo puede pasar, pero hay buenas razones para el optimismo. Hay un proyecto reformista que genera propuestas específicas que se empiezan a concretar, como en el caso de la reforma educativa y la de transparencia. Hay una estrategia novedosa, en sí misma reformista, para implantar este proyecto cuya pieza central es el Pacto por México. Parece, además, que hay oficio, un entorno internacional favorable y una oposición que ha sido constructiva.

Vale la pena aclarar qué se entiende por avance y qué por estancamiento para no quedar atrapados en la analogía de “pasos para adelante y para atrás”. Pasos adelante quiere decir no sólo construir más kilómetros de carretera, más casas o una refinería. Tiene que haber un punto de inflexión que se vea reflejado en la construcción y consolidación de instituciones. No basta tener mejores resultados con las instituciones que ya tenemos. Asimismo, no es posible reducir este proceso a un pequeño grupo de “reformas que el país necesita”. Hay más de un proyecto modernizador posible.

Dado el “piso común” establecido en el Pacto, una definición de avance “neutral” podría ser que se den cambios significativos en cada uno de los grandes acuerdos identificados. Asimismo, del contenido del Pacto queda claro que no puede haber avance sin dañar intereses creados. Por ello, paradójicamente, un indicador de estancamiento sería la falta de conflicto.

El escenario reformista supone que habrá “un paso para atrás”. ¿Qué significa esto? Primero, es un reconocimiento de los claroscuros presentes dentro del partido gobernante, sus alianzas dudosas, sus escándalos recientes y el pasado sombrío de personas hoy muy presentes. Segundo, refiere a factores estructurales, usos y costumbres, que no desaparecerán de la noche a la mañana. Tercero, acepta la pluralidad del PRI dentro del cual encontramos posturas conservadoras y gatopardistas. Cuarto, concede que hay una genuina disputa no sólo sobre qué es un paso hacia adelante, sino también qué tan adelante debe ir para representar un avance real. El debate sobre la reforma energética ilustra esta disputa: “qué tan arriba es arriba y qué tan adelante es adelante”.

Así, el escenario reformista reconoce que se darán pasos hacia atrás, accidentales unos, inconscientes otros, pero también habrá algunos que se den de forma voluntaria, así como resbalones de Jedis seducidos por el “lado oscuro”. No obstante, el argumento reformista es que, si el proyecto triunfa, se darán más pasos para adelante que para atrás y la diferencia no será marginal.

Gatopardismo vs. reformismo
Como evidencia del reformismo del nuevo gobierno tenemos lo ya logrado durante sus dos primeros meses. Pero la lectura optimista es sobre todo producto de la sensación de que el buen arranque no es el resultado de la buena suerte, sino de un proyecto claro y una estrategia definida para implantarlo.

Si juntamos el libro de Peña Nieto, México la gran esperanza, con lo propuesto en el Pacto por México, tenemos un ambicioso proyecto modernizador en blanco y negro. Sin duda faltan detalles y prioridades. Ni del libro ni del Pacto se desprende una respuesta única a la importante pregunta de qué país queremos ser. La propuesta es que México sea un país del primer mundo, pero no se sabe si como Suecia o Estados Unidos. Eso es lo que se debatirá en el camino y el Pacto es precisamente un reconocimiento, reformista en sí, de que el camino a seguir debe ser negociado. Ahora bien, para que México se convierta en Suecia o en Estados Unidos las cosas tendrían que cambiar tanto que casi nada puede quedar igual. En ese sentido el proyecto, sea de centro izquierda o centro derecha, es un claro y ambicioso proyecto modernizador.

El nuevo gobierno avanza legislativa y administrativamente. En el ámbito legislativo, el objetivo es crear mayorías y la herramienta novedosa, otra vez, es el Pacto. La idea parece ser cambiar el tono del juego político de la lógica de suma cero —dominante los últimos 15 años—, a la lógica de la cooperación, donde nadie pierde todo y todos ganan algo. El precio de entrada al juego es estar dispuesto a sacrificar, a negociar. La redacción del Pacto claramente refleja ya esta negociación, si bien el documento podría ser rebasado o abandonado en el futuro.

Para arrancar esta nueva lógica de la cooperación se ha escogido un tema perfecto: la reforma educativa, tema sustantivo que nadie podrá tachar de menor; que implica desafiar a un poder fáctico, que cuenta con amplio apoyo entre la población, retoma propuestas generadas desde la sociedad y tiene consenso entre los partidos. Inicia lo que se espera sea un círculo virtuoso de cooperación. Junto a la educativa se empiezan a procesar otras reformas, y empieza una especie de avalancha. Surge un peligro de sobrecarga y de pérdida de foco. Pero la simultaneidad parecería ser parte de la estrategia. Sólo con muchas bolas en el aire es posible mantener a todos interesados y cooperando en una u otra pista del circo. Además, sólo así se genera el momentum necesario para el arranque dada la coyuntura y nivel de ambición.

En el ámbito administrativo se busca asegurar un mínimo de disciplina por parte de los actores involucrados. La alternancia en 2000 resultó en una fragmentación del poder. Es inevitable reconocer el pluralismo como una característica intrínseca del sistema. Ante esta situación, el reto es “concentrar y compartir el poder” de manera simultánea.1 Si la estrategia legislativa busca compartir el poder, la administrativa quiere concentrarlo a través de “homologar reglas e instituciones”.2 La estrategia tiene un “aroma de centralización”, pero existe una diferencia fundamental respecto del centralismo del viejo régimen. Si las reglas son el producto de un genuino debate, como ha sido el caso en el tema de la transparencia, y además son claras, la centralización se dará sin la discrecionalidad del viejo régimen y con una mayor rendición de cuentas.

Más allá de la estrategia en los ámbitos legislativo y administrativo, el corazón del proyecto es económico. No hay reformismo posible sin crecimiento económico, redistribución del ingreso y una mayor recaudación fiscal. El éxito aquí propicia dudas, pues implica reformas que generen mayor competencia en la economía y una reforma fiscal que permita pagar costosos programas sociales. En ambos casos los grupos de interés que se tendrán que enfrentar son significativos. Pero si en el pasado fue el poder centralizado y discrecional de la presidencia lo que permitió doblegar a algunos de estos grupos, hoy es el poder compartido el que lo podría facilitar: a los que se resistan se les echará montón. Al mismo tiempo, al igual que los partidos de oposición dentro de la estrategia legislativa, los grupos de interés involucrados tendrán que percibir que no pierden todo y que algo pueden ganar bajo el proyecto reformista.

Finalmente, además del proyecto y la estrategia del nuevo gobierno, cabe señalar que hay una tradición reformista dentro del PRI que no puede ser negada. A lo largo del siglo XX podemos identificar varias olas reformistas. Se puede argumentar que durante estos episodios también se dieron pasos hacia atrás, no se avanzó en todos los rubros o el progreso logrado no fue suficiente. Pero hubo proyectos modernizadores, unos más de izquierda otros más de derecha, y no todo siguió igual.

Es en este contexto, como parte de esta tradición reformista priista, en el que hay que ubicar al nuevo gobierno. Sin duda se trata de una lectura whig del PRI, pero eso es lo que Peña Nieto representa, el priismo whig, tequila nuevo en botellas viejas.

Sano escepticismo

¿Dónde queda el “sano escepticismo” ante el nuevo gobierno? En poner en tela de juicio dos cosas: su capacidad para enfrentar, convencer o vencer a sus enemigos, y la capacidad de gestión del nuevo equipo para llevar a cabo las reformas prometidas.

La actual administración enfrenta tres retos externos a él. Primero, mantener a los principales actores dispuestos a negociar. El gobierno encara una falta de disciplina interna en los dos principales partidos de oposición que hace difícil la negociación y frágiles los acuerdos. Asimismo, la inevitable pluralidad que marca toda sociedad moderna hace difícil, por un lado, mantener una estrategia de consenso sin transformar ambiciosas reformas en propuestas anodinas, mientras que, por el otro, optar por una estrategia de mayoría estable bien puede provocar una explosiva polarización al excluir, ex ante, a un tercio del electorado.

Un segundo reto tiene que ver con los famosos poderes fácticos. Son muchos y muy poderosos y, en un contexto democrático, cuentan con el legítimo derecho a defender sus intereses. Además, varios de ellos tienen vínculos con el PRI, lo cual puede complicar las cosas, según unos, o facilitarlas, dicen otros. De lo que no hay duda es de que sólo el Estado tiene el tamaño y los recursos necesarios para enfrentarlos.

El tercer reto externo al gobierno, aunque vecino de él, es la resistencia al cambio por parte de grupos dentro del PRI: los “poderes fácticos de casa”, en particular sindicatos y gobernadores. Los primeros buscarán defender sus privilegios y pueden tener genuinas y legítimas diferencias ideológicas con el nuevo gobierno. Estos grupos cuentan con recursos, representación en el Congreso y capacidad de movilización. En cuanto a los gobernadores, llevan 12 años gozando de enorme autonomía y poder dentro de su territorio. Algunos podrán pensar que tienen facturas por cobrar a la nueva administración por movilizar el voto en la pasada elección y, al igual que los sindicatos, están representados en el Congreso.

Por lo que toca a los retos internos del nuevo gobierno, los inherentes a su funcionamiento, también podrían agruparse en tres. El primero se refiere al pragmatismo, la característica que más se destaca al hablar del nuevo gobierno. Es difícil pensar en el éxito de cualquier proyecto sin una buena dosis de pragmatismo, pero el pragmatismo excesivo es un peligro. El pragmatismo puro no tiene dirección, no es necesariamente reformista, ni reaccionario, ni gatopardista, ni radical. Para mantener un rumbo reformista se necesita algo más que mero pragmatismo.

Un segundo reto interno está relacionado con la ambición. Al igual que el pragmatismo, la ambición es un fundamental en todo proyecto exitoso. En el caso del PRI se vuelve particularmente importante, ya que es la ambición del presidente, su equipo y del PRI lo que ayudará a mantener el foco y la unidad. Si quieren ganar las elecciones en 2018 tienen que hacer las cosas bien y punto. Sin embargo, queda claro que la ambición bien puede provocar tensiones dentro del gabinete y entre distintos grupos en el PRI que entorpezcan el proceso de reformas.

El tercer reto interno del gobierno tiene que ver con la probable falta de capacidad burocrática para hacer todo lo que se quiere hacer y hacerlo bien, así como con privilegiar la eficacia por encima de la eficiencia, dar resultados cueste lo que cueste. Ambas cosas bien pueden incrementar la tentación de tomar atajos y los atajos, por lo general, erosionan la institucionalidad.

El libro de Enrique Peña Nieto se titula México la gran esperanza. Un Estado eficaz para una democracia de resultados. A dos meses de iniciado el sexenio, hay esperanza, muestras de eficacia, resultados preliminares y señales de que todo ello se está dando dentro de un entramado democrático. Todo parece indicar que se trata del retorno del Jedi y no del imperio contraataca.

Pero falta todo. En particular, no hay todavía resultados concretos que tengan un impacto directo en la población. Esa es la medida del éxito que el propio presidente nos ofrece y que tenemos que exigirle. Por más optimista que sea la lectura del arranque del sexenio, queda claro que los desafíos que enfrenta el nuevo gobierno son enormes. Por lo pronto, como diría Bette Davis, abróchense los cinturones porque este va a ser un sexenio movidito.

Javier Tello. Analista político.

1 La definición es de Agustín Basave en su editorial “Los retos de EPN”.
2 La frase es de Leo Zuckermann en su editorial “Primeras señales de Peña: V. Limitar los poderes locales”.