A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Preble vivía en Scarsdale y era un abogado rechoncho y de mediana edad. Le hacía chistes a su secretaria sobre la idea de que se fugara con él. “Vamos a fugarnos”, le decía durante una pausa en el dictado. “Cuando usted quiera”, le decía ella. 

Una lluviosa tarde de lunes, Preble estaba hablando del tema con más seriedad que de costumbre.

—Vamos a fugarnos —dijo.

—Cuando usted quiera —dijo su secretaria. Preble se puso a jugar con las llaves en el bolsillo y miró por la ventana hacia la calle.

—A mi esposa le va a dar gusto deshacerse de mí —dijo.

—¿Usted cree que le daría el divorcio? —preguntó la taquígrafa.

—Yo creo que no —dijo él.

La secretaria se rió.

—Pues tendrá que deshacerse de su esposa —dijo.

Esa noche, en la cena, Preble estaba más callado que de costumbre. Como media hora después de tomar el café, habló sin levantar la vista de su periódico.

—Vamos a bajar al sótano —le dijo Preble a su esposa.

—¿Para qué? —dijo ella sin levantar la vista de su libro.

—Cómo que para qué —dijo él—. Ya nunca bajamos al sótano. Como lo hacíamos antes.

—Que yo me acuerde, nunca hemos bajado al sótano —dijo la señora Preble—. Para mí sería más fácil hacer todo el balance de mi vida que recordar una sola vez que yo haya bajado al sótano.

Preble calló por varios minutos.

—Supón que ahora mismo te digo que bajar al sótano significa muchísimo para mí —empezó a decir Preble.

—¿Qué te pasa? —protestó la esposa—. Ahí abajo está muy frío y no hay nada absolutamente nada qué hacer.

—Podríamos recoger trozos de carbón —dijo Preble—. Podríamos inventar algún juego con trozos de carbón.

—Te digo que no quiero —dijo su esposa—. Además, estoy leyendo.

—Mira —dijo Preble, levantándose y caminando de un lado a otro—. ¿Qué te cuesta bajar al sótano? Puedes seguir leyendo allá abajo.

—Abajo no hay suficiente luz —dijo ella—. No voy a bajar al sótano, ni te hagas a la idea.

—Carajo —dijo Preble, pateando la orilla del tapete—. Las mujeres de otros sí bajan al sótano. Tú nunca quieres hacer nada. Vengo muerto de la oficina y tú ni siquiera eres quién para bajar al sótano conmigo. Como si estuviera tan lejos; todavía si te hubiera pedido que fuéramos al cine o alguna otra parte, podrías decir que estaba lejos.

—¡No quiero ir! —gritó la mujer de Preble. Preble se sentó en el brazo del sillón.

—Está bien, está bien —dijo. Volvió a tomar el periódico—. Ojalá pudieras darme más explicaciones sobre esta conducta tuya. Estoy… sorprendido.

—¿No puedes cambiar de tema? —preguntó la mujer de Preble.

—Mira —dijo Preble, saltando sobre sus pies—. Voy a decirte la verdad: quiero deshacerme de ti para casarme con mi secretaria. ¿Tiene algo de malo? La gente lo hace todos los días. El amor es algo que no se puede controlar ni…

—Ya pasamos por eso —dijo la mujer de Preble—. No voy a permitir que se repita.

—Yo sólo quería que supieras cómo están las cosas —dijo Preble—. Pero tú tienes que tomarlo todo tan, tan literalmente. ¿Tú crees que yo de veras quería bajar al sótano para inventar un juego idiota con trozos de carbón?

—Claro que no —dijo la mujer de Preble—. Querías que bajara para enterrarme.

—Lo sabes, porque yo te lo dije —dijo Preble—. Nunca se te habría ocurrido si no te hubiera dicho.

—No me lo dijiste, te lo saqué —dijo la mujer de Preble—. Siempre estoy dos pasos adelante de lo que tú estás pensando. 

—Siempre estás a un kilómetro de distancia de lo que yo pienso —dijo Preble.

—Supe que querías matarme desde que pusiste el primer pie en la casa —la mujer de Preble lo miró indignada.

—Puras exageraciones —dijo Preble, muy incómodo—. No sabías nada de nada. De hecho, no pensé en matarte sino hasta hace unos minutos.

—Estaba en el tapanco de tu cabeza —dijo la mujer de Preble—. Supongo que esa sucia archivista te metió la idea como un cajón de tu cabeza.

—No hace falta que te pongas sarcástica —dijo Preble—. Hay mucha gente que podría “archivarme” las cosas sin ser ella necesariamente. Ella no sabe nada de esto. Nada. Iba a decirle que habías ido a visitar a unos amigos y que te habías caído en una barranca. Ella quiere que me divorcie.

—No me digas —dijo la mujer de Preble—. Qué risa me da. Puedes matarme y emparedarme, pero nunca voy a darte el divorcio.

—Ella ya lo sabe. Le hablé de eso —dijo Preble—. O sea, le dije que nunca me darías el divorcio.

—De seguro también le dijiste que ibas a matarme —dijo la mujer.

—No —dijo Preble dignamente—. Esto es sólo entre tú y yo. Sería incapaz de decirle a alguien más.

—No me digas eso porque la verdad es que eres capaz de ir a chismosearlo a todo el mundo —dijo la mujer de Preble—. Bien que te conozco.

Preble soltó una bocanada de humo de su puro.

—Cómo me gustaría que ya estuvieras emparedada y que todo esto se hubiera acabado —dijo.

—¿Y no se te ha ocurrido que pueden descubrirte, mensito? —dijo ella—. Siempre los acaban descubriendo. ¿Por qué mejor no te vas a dormir? Estás perdiendo tus fuerzas para nada.

—Yo no me voy a dormir —dijo Preble—. Lo que voy a hacer es enterrarte en el sótano. Ya lo decidí. No sé cómo hacer que entiendas eso.

—Ya —gritó la mujer de Preble, botando su libro—. ¿Si bajo al sótano vas a dejar de molestarme, vas a callarte al fin? ¿Vas a dejarme en paz si bajo al sótano? ¿Es el único modo de que dejes de fregar?

—Sí —dijo Preble—. Pero lo estás echando todo a perder con esa actitud que tomas.

—Sí, seguro. Yo siempre echo todo a perder. Dejé a medias el capitulo que estaba leyendo. Nunca voy a saber en qué acaba la historia; pero para ti eso no es nada.

—¿Qué yo te hice que empezaras el libro? —preguntó Preble. Abrió la puerta del sótano—. Entra tú primero.

—Brrr —dijo la mujer, empezando a bajar los escalones—. Qué frío hace aquí. Sólo a ti se te puede ocurrir esto, en esta época del año. Cualquier otro esposo habría enterrado a su mujer en el verano.

—Uno no puede arreglar estas cosas como y cuando quiera —dijo Preble—. Sólo hasta fines de otoño me enamoré de esta muchacha.

Preble

—Cualquier otro se habría enamorado de ella mucho antes. Ha estado cerca de ti durante años. ¿Por qué siempre dejas que otros hombres se te adelanten? Ay, está puerquísimo aquí abajo. ¿Qué tienes ahí?

—Iba a pegarte en la cabeza con esta pala —dijo Preble.

—¿Ah sí? —dijo la mujer—. Pues quítate eso de la cabeza. ¿Quieres dejar una prueba gigantesca aquí mismo, en la mitad de todo, donde el primer detective que venga de metiche lo descubra de inmediato? Salte a la calle y busca una barra de acero o algo, una cosa que no sea tuya.

—Aj. Está bien —dijo Preble—. Pero no va a haber ninguna barra de hierro en la calle. Las mujeres siempre se imaginan que es muy fácil encontrar una barra de hierro donde sea.

—Si buscas bien la encuentras —dijo la mujer de Preble—. Y no te tardes. Y no se te ocurra pararte en la tabaquería. Ni creas que me voy a pasar aquí toda la noche para congelarme en este sótano.

—Está bien —dijo Preble—. No me tardo.

—¡Y cierra la puerta cuando salgas! —gritó ella mientras él salía—. ¿Dónde naciste? ¿En un corral? n

Traducción de Gabriel Jiménez

(Núm. 58, octubre de 1982)