A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

I

“No dejaremos obra perdurable. No/ tenemos de la mosca la voluntad tenaz”. Estas líneas célebres de Renato Leduc (1897-1986) sintetizan su credo poético, en donde la devoción por el lenguaje se enlaza con la (genuina) indiferencia por el prestigio, y por el desdén hacia el Poeta, con las mayúsculas de la obligación, en trance ante la levitación de sus frases, condenado a dramatizar la inspiración, atento tan sólo al círculo restringido, a los-lectores-como-galeotes que de él aguardan el mismo trato. Según Leduc, el crimen sin remisión es tomarse en serio, “profesionalizarse”, hacer poesía con horario. Esto equivale a convertir un don natural en cárcel, burocratizando el impulso adquirido, imprimiéndole características fatales a la vocación lúdica. En oposición a este fantasma, Leduc eligió como modelo al hombre directo y sin recovecos, el “macho cabal”, el periodista enemigo de las falsas complejidades. Con tal de no encajar en ninguno de los estereotipos del poeta adoptados por la modernidad-a-la-mexicana, Leduc optó por el personaje antiintelectual y alegremente bárbaro al que terminó ofrendándole su psicología y su fama pública.

Así descrito, la imagen de Leduc encaja sin problemas en la del “bohemio”, el artista marginal que descree de la disciplina y para quien el arrebato todo lo vindica. Esto, a su pesar, fue Leduc en el espacio del reconocimiento social: el “Último Bohemio”, sumergido en anécdotas y en el santo olor de las malas palabras. Y esta leyenda todavía se interpone entre el lector mexicano y la obra de Leduc, ciertamente rigurosa, producto de una tensión cultural e idiomática, del placer literario que luego su autor desconoció.

Leduc

¿Por qué fomentó Leduc esta visión calumniosa de su propio y magnífico trabajo? Al recelar de la psicobiografía, me abstengo de imaginar al joven Renato harto a tal punto de la atmósfera de su padre, el escritor modernista Alberto Leduc, que prefiere abandonar las seguridades urbanas y ser telegrafista de las tropas de Pancho Villa. Más bien, me atengo a lo que él escribió. En sus primeros libros de poesía —El aula (1924), Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1930), y Breve glosa al libro de buen amor (1942)— Leduc es el romántico hostigado por el frenesí de lo contemporáneo, es la elocuencia finisecular neutralizada por el sense of humour del Progreso, es la exquisitez que comparte el espacio con la jubilosa vulgaridad de la calle. De manera obvia, a Leduc le importa exhibir el dominio de la forma que redime puntos de vista e intemperancias, y defrauda al lector moderno con temas y vocabulario del modernismo, y defrauda al lector tradicional introduciendo la voraz, cínica, ansiosa sensibilidad posrevolucionaria:

Pequeños refranes: el que calla otorga.
Oh amada,
que calzas tus frases con chanclos de goma
pero nunca otorgas.

En un mismo poema, Leduc combina el “un dívago viento” y el quick-lunch, o la pequeña estancia que es tibieza y fragancia con el pregón de la lotería Este bárbaro, cara Lutecia, ama el gas neón y Hollywood, pero vive a fondo los ritmos poéticos que ya en los años veinte empiezan a ser tradicionales. En Renato, una ambición siempre presente es la de ser un “clásico inesperado”, o un refinado-sin-que-nadie-así-lo-perciba. Él conoce de manera exhaustiva los recursos lingüísticos, y consagra su impecable oído literario al noble propósito del juego, descripción de sensaciones que es gozo de la forma, o recuento nostálgico interrumpido por la prisa relajienta del claxon. Según Leduc, la poesía es, en lo básico, la más alta cumbre de la inutilidad. ¿Para qué reflexiones filosóficas o incursiones metafísicas, si la poesía puede ser también la pasión por la palabra matizada por la ironía? La “deliberación romántica” de Leduc incluye las ganas de decepcionar de modo simultáneo al Manuel Acuña y al López Velarde que lleva dentro, y de ostentar su erotismo, su burla de las fórmulas consagradas, su rechazo de la vida convencional:

Cansancio de haber nacido
en este
gran siglo empequeñecido,
sin pasión torva o celeste.
Cueste, oh Dios, lo que cueste
mártir mejor, o bandido.

Leduc es, de manera obvia, un lector compulsivo de Salvador Díaz Mirón, Lugones, Luis G. Urbina, López Velarde, Julián de Casal, Jules Laforgue, Baudelaire, y ha estudiado con detalle a los clásicos españoles, del Arcipreste de Hita a Quevedo. Pero su idea de la poesía se funda en Rubén Darío, en la intensidad con que Darío vuelve personajes a los vocablos inesperados, amplía sin cesar el idioma poético, sitúa una esdrújula como provocación cultural, le confiere un aura misteriosa a los paisajes cotidianos a fuerza de adjetivarlos sorpresivamente. Leduc no pretende “actualizar” a Darío, acude a esa herencia para introducir la nueva sensibilidad:

Pequeña coribante de núbiles caderas,
maravillosamente capciosas, como el jazz.

En la “Justificación” a su primera antología, Fábulas y poemas (1966), Leduc es autocrítico:

Por las mismas oscuras razones que ciertos padres se encariñan con el hijo canalla o defectuoso con detrimento de su amor a los mejores, es frecuente entre escritores menospreciar sus obras de mayor aceptación y preferir las menospreciadas por el público. En lo personal me apena tanto la indiferencia de los lectores hacia mi “Epístola a una dama que nunca conoció elefantes” como me sorprende la vieja y sostenida popularidad de ese banal ejercicio de retórica que es mi soneto “Tiempo”.

“Tiempo” es un gran soneto, pero en cierto modo Leduc tiene razón: cada texto suyo es, en su inicio, ejercicio de retórica que, en el camino, suele transformarse en poesía. Él experimentó siempre con el sonido, y con la “vulgaridad” que es, en sus términos, ampliación de territorios poéticos. La suya es, desde el principio, decisión implacable. A Leduc le importa el público no literario, el ajeno a las capillas de los “poetas de ambigua envergadura”, que lee poesía para abastecer con celeridad su repertorio cotidiano. Este público lo reconocerá de modo cuantioso y durante un largo periodo sus lectores serán los continuadores de quienes, a principios de siglo, se aprendían los poemas en pos del deleite musical, y la dicha de la cita que ilumina en cualquier momento la realidad. La excelente “proclama obscena”, Prometeo sifilítico se copió a máquina por décadas, y en las reuniones “bohemias” se recitó sin falta “A tiempo amar y desatarse a tiempo… Acre sabor de las tardes/ que fuimos bizarramente cobardes”. El primer público de Renato fue a tal punto fiel que no requirió incluso de sus libros, le bastaba la memoria. En la “Justificación” ya citada, él explica por qué no seleccionó con más rigor:

Recordé, por ejemplo, que uno de los poemas eliminados lo encontré, recortado de la página literaria de una revista y enmarcado en un cuadrito azul, colgado en la alcoba de una pequeña y romántica prostituta provinciana. Recordé que, cierta noche de tormentosa juerga, en una taberna de Chihuahua, un ferrocarrilero ebrio casi me perdonó la vida cuando se enteró de que yo era el autor de uno que tengo clasificado entre mis peores poemas… Y recordé que alguien me refirió que en el Penal de las Islas Marías, un presidiario recitaba ese verso mío: “Yo que la sufro cerca… tú que la lloras lejos…” cada vez que le atormentaba la imagen de la mujer por cuyo asesinato purgaba larga condena…

Antes de las sucesivas recopilaciones de su obra, Leduc publica dos plaquettes: XV fabulillas de animales, niños y espantos (1957) y Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario, para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles (1964). Él, ya desde su regreso de París en 1942, hace del periodismo su actividad fundamental, y varios de los textos de estas plaquettes son en su origen colaboraciones periodísticas. Así, en las XV fabulillas, la “Tardía dedicatoria al primero pero ya difunto amor del fabulista”, con sus extraordinarias líneas iniciales

Tiempos en que era Dios omnipotente
y el señor don Porfirio presidente.
Tiempos-ay-tan lejanos del presente.
Cándida fe de mi niñez ingrata
muerta al nacer, en plena colegiata
viendo folgar a un cura y una beata

se publica por primera vez como una parte de la sátira política enderezada contra el régimen de Adolfo Ruiz Cortines. Ya para entonces Leduc practica sobre todo lo que considera “poesía de circunstancias”, exhibiciones de la antigua destreza sin otro propósito que la diversión. Lo que fue desplante deviene actitud inalterable. En su visión él ya no es o él nunca quiso ser un poeta solemne sino un versificador popular cuya suprema habilidad consiste en hacer mejor que nadie lo que él ni siquiera se digna recopilar. Tiene tanto éxito en esta versión autodenigratoria, que a su muerte los comentarios necrológicos destacan sin cesar al personaje y sólo mencionan de paso al poeta.

II

Leduc

Para reparar la lamentable injusticia contra la poesía de Renato Leduc, un primer paso es la recuperación de algunos de sus textos que el no rescató de las publicaciones o, lo más probable, que él simplemente olvidó. “Hay lugar” y “Yo soy el libro” se incluyen en Glosas (Serie “Amigos de Fábula”, edición de 50 ejemplares numerados, México, 1935). Con excepción de “Arcos y charcos”, tomé los demás poemas del semanario de humor Don Timorato (1944-1947), memorable por la calidad de caricaturistas y dibujantes satíricos (Ram, Rafael Freyre, García Cabral, Audiffred, Abel Quezada, Arias Bernal, Alberto Isaac) y por el nivel de los poetas satíricos (los más notorios: Leduc y Salvador Novo). Por lo demás, Don Timorato no fue revista de oposición ni mucho menos. Especializada en el humor social, en la adaptación de técnicas norteamericanas y en el culto a las celebridades. Don Timorato llegó a ser instrumento propagandístico del candidato a la presidencia Miguel Alemán en contra de sus rivales Ezequiel Padilla y Miguel Henríquez Guzmán.

Entre 1944 y 1945 Renato colabora con cierta asiduidad en Don Timorato. Fuera de dos débiles intentos de sátira electoral contra Padilla, sus “ejercicios de retórica” son demostraciones de sabiduría técnica y refinamiento irónico. De ellos rescata tres para XV fabulillas con leves enmiendas. Así por ejemplo, la “Fabulilla comparativa del desdentado anciano y el colmilludo infante”, en la revista se titula “Homenaje de DON TIMORATO a los ancianos de todas las edades en su día”, e incluye una cuarteta suprimida en el libro.

¿Quién es Lombardo…? ¿Quien es Manolo…?
¿Quién es Manolo Gómez Morín…?
Solitos hacen de un mismo solo,
único y solo mismo violín.

“Arcos y charcos” se publica en las Calaveras anuales del Taller de la Gráfica Popular en noviembre de 1951, y es sin duda el ataque literario más brillante contra el régimen alemanista y el desarrollismo. La inspiración evidente es la “Marcha triunfal” de Darío, pero Leduc pronto se aparta del modelo e incursiona en la métrica que le conviene. A estas alturas, el poema se resiente de la falta de contextos, y el lector debe ser informado de la trivia de un sexenio: el nicaragüense Rogerio de la Selva fue el secretario particular del licenciado Alemán, y a él y a su hermano Salomón, poeta y catedrático de Harvard, se les acusó con frecuencia de ser la vanguardia de la adulación al presidente; Fernando Casas Alemán fue el jefe del Departamento Central que soñó con sustituir a su pariente; Jorge Pastel es Jorge Pasquel, el emblema del contratista que impulsa la nuevorricracia en la época anterior a Carlos Hank González y los líderes petroleros; el coronel Carlos Serrano fue el símbolo del funcionario-empresario; la UNS es la Unión Nacional Sinarquista y el FAC, el Frente Anticomunista.

Sin embargo, y con estas salvedades informativas, la sátira es magnífica. Destinado a hojas efímeras, en un momento en que la oposición carecía de resonancias y espacios culturales, el texto de Leduc se sostiene por el alto nivel técnico y el placer literario que delata línea por línea. Quizás ya para entonces, Renato desconfiaba de su sensibilidad, la sentía fechada, y sólo útil para divertimentos periodísticos. O, tal vez, se había entregado de lleno a la construcción del personaje antisolemne, desenfadado, el redentor del habla procaz que ignoraba cualquier sentido de las jerarquías en un medio tan piramidado. Como sea, XV fabulillas contiene los últimos poemas que Leduc escribió pensando en el libro como meta específica. El resto serían colaboraciones periodísticas levemente enmendadas.

Renato Leduc fue un poeta excepcional. Ya es hora de leerlo sin los prejuicios que él, más que nadie, introdujo para beneficiar al personaje con detrimento de la obra.

Y como aquel que ejerce el onanismo
del éxtasis desciendo hasta el abismo
y emprendo el viaje huyendo de mí mismo. n

(Núm. 118, octubre de 1987)