Mi padre murió en 1955, cuando su madre aún vivía en un asilo. La anciana tenía noventa años y ni siquiera se enteró de su enfermedad. Mis tías, pensando que la noticia podría matarla, le dijeron que se había mudado a Arizona para recuperarse de una bronquitis. Para la generación de inmigrantes a la que pertenecía mi abuela, Arizona era el equivalente de los Alpes, el lugar al que uno iba por motivos de salud. Más precisamente, a donde uno iba si tenía dinero. Como mi padre fracasó en todos los negocios que emprendió en su vida, para mi abuela este acontecimiento fue como un indicador de cierto éxito. De modo que mientras nosotros lo llorábamos en casa, mi abuela se jactaba con sus amigos de la nueva vida que llevaba su hijo en el aire seco del desierto.

Mis tías decidieron el curso de la acción sin consultarnos. Implicaba que ni mi madre ni mi hermano ni yo podíamos visitar a la abuela porque supuestamente también nos habíamos mudado al oeste, después de todo éramos una familia. A mi hermano Harold y a mí esto nos dejó sin cuidado; la visita al asilo de ancianos era siempre la misma pesadilla: los enfermos sentados a nuestro alrededor y mirándonos mientras intentábamos conversar con la abuela. Ella se veía muy mal, padecía todos los males y su mente estaba en otra parte. El hecho de no verla tampoco afectó a mi madre, que nunca se llevó con ella y tampoco la visitaba en su oportunidad. Lo molesto del asunto era que mis tías habían actuado como lo acostumbraba esa parte de la familia, gobernando a nombre de todos tanto a los ciudadanos legítimos por sangre como a los ciudadanos advenedizos por matrimonio. Esta actitud atormentó a mi madre durante toda su vida de casada. Decía que la familia de Jack nunca la había aceptado. Luchó contra ellos durante veinticinco años, sintiéndose una extraña.

A pocas semanas del entierro, mi tía Frances llamó desde su casa de Larchmont. Esta tía era la más rica de las hermanas de mi padre. Su esposo era abogado y sus dos hijos estudiaban en Ahmerst. Llamó para decir que la abuela preguntaba por Jack. Yo contesté el teléfono.

—Tú eres el escritor de la familia —me dijo—. Tu padre tenía tanta fe en ti. ¿Te importaría inventar algo? Mándamelo y yo se lo leo. No notará la diferencia.

Doctorow

Esa tarde, en la mesa de la cocina, hice a un lado mi tarea y escribí una carta. Traté de imaginar la actitud de mi padre hacia su nueva vida. Nunca estuvo en el oeste. Nunca salió de viaje. En su generación, el gran viaje imaginable era pasar de la clase obrera a la clase profesionista. Tampoco logró eso. Le encantaba Nueva York, donde nació y vivió toda su vida y en ella siempre descubría nuevas cosas. Más que nada le gustaban las partes viejas de la ciudad, al sur de Canal Street, donde encontraba abastecedores de buques o empresas que vendían especias y tés al mayoreo. Era agente de ventas de un negociante de artefactos con cuentas en toda la ciudad. Le gustaba traer a la casa quesos raros o verduras exóticas importadas que sólo se vendían en ciertos barrios. Una vez llegó con un barómetro, otra con un antiguo telescopio de barco en una caja de madera con broche de bronce.

“Querida mamá —escribí—. Arizona es hermosa. El sol brilla todo el día, el aire es tibio y me siento mejor que nunca. El desierto no es tan estéril como se cree; está lleno de flores silvestres y cactus, y extraños árboles retorcidos que parecen hombres con los brazos extendidos. Se ven grandes distancias desde cualquier dirección y hacia el oeste, a unas cincuenta millas de aquí hay una cadena de montañas; en la mañana, cuando les pega el sol se pueden ver sus picos nevados”.

Mi tía llamó pocos días después para decirme que al leer la carta en voz alta a la abuela fue cuando sintió todo el peso de la muerte de Jack. Tuvo que disculparse y salió a llorar al estacionamiento.

—Lloré tanto —me dijo—. Sentí cuánto lo extrañaba. Tienes tanta razón, disfrutaba cualquier lugar, le encantaba vivir, amaba todo.

Reorganizamos nuestra vida. Mi padre había usado una parte de su seguro y quedaba poco. Nos debían algunas comisiones, pero la empresa no estaba muy dispuesta a pagarlas. En el banco había ahorrado como dos mil dólares que debían permanecer ahí hasta que se arreglara lo del testamento. El abogado a cargo era el esposo de la tía Frances y era muy correcto.

—¡El testamento! —murmuraba mi madre, con ademanes de arrancarse el pelo—. ¡El testamento!

Solicitó trabajo de medio tiempo en la recepción del hospital en el que diagnosticaron a mi padre su enfermedad incurable y donde pasó algunos meses hasta que lo mandaron a morir en casa. Mi madre conocía a muchos doctores y a gran parte del personal, y a partir “de una amarga experiencia” como les dijo, había aprendido la rutina del hospital. La contrataron. 

Yo odiaba el hospital, era oscuro y feo y estaba lleno de gente que sufría. Me pareció masoquista que mi madre buscara trabajo allí, pero no se lo dije.

Vivíamos en un departamento del primer piso en la calle 175 esquina con Grand Concourse. Tres cuartos. Mi hermano y yo compartíamos uno. Estaba lleno de muebles porque cuando se necesitó una cama de hospital para mi padre, en las últimas semanas de su enfermedad, pasamos algunas cosas de la sala a la recámara y le acondicionamos la sala. Navegábamos entre libreros, camas, una mesa plegable, burós, un tocadiscos, una consola, pilas de discos de 78 revoluciones, el trombón y el atril de mi hermano, y demás cosas. Mi madre siguió durmiendo en el sofá-cama de la sala en el que dormían antes de que él se enfermara. Los dos cuartos estaban comunicados por un pasillo angosto que se estrechaba aún más por los libreros de la pared. Afuera, del otro lado del pasillo había una pequeña cocina, un desayunador y un baño. En la cocina había muchos artefactos —tostador, parrilla, olla de presión, lavatrastes, licuadora— que mi padre conseguía por su trabajo, al costo. Palabras sagradas en la casa: al costo. La mayoría de ellos estaban inservibles porque mi madre no los cuidaba. Para ella no estaban hechos los aparatos cromados con medidores o graduadores que requerían el seguimiento de instrucciones elaboradas. En parte eran responsables del horrible desorden de nuestras vidas y ahora quería deshacerse de ellos.

—Nos están invadiendo —decía—. Nadie los usa.

Así que estuvimos de acuerdo en desechar o vender lo menos esencial. Mientras yo conseguía cajas para los aparatos y mi hermano las amarraba, mi madre abrió el clóset de mi padre y sacó su ropa. Tenía muchos trajes porque como vendedor debía lucir bien. Mi madre quiso que nos probáramos algunos para ver cuál podía ajustarse. Mi hermano no quiso probárselos. Yo me probé un saco que me quedaba muy grande. Sentí el frío de las mangas y el vago aroma de mi padre.

—Me queda muy grande —dije.

—Acabo de sacarlo de la tintorería, no te preocupes —dijo mi madre—. Si no, ¿crees que te dejaría usarlo?

Era una tarde de fines de invierno; la nieve caía en el borde de la ventana y se derretía. La luz del techo resplandecía sobre el montón de ganchos con ropa de mi padre. No quisimos probarnos más cosas y mi madre se echó a llorar.

—¿Por qué lloras? —le gritó mi hermano—. ¿Querías deshacerte de todo, no?

Pocas semanas después mi tía volvió a llamar para decir que necesitaba otra carta de Jack. La abuela se había caído de una silla y estaba muy deprimida.

—¿Cuánto tiempo más durará esto? —dijo mi madre.

—No es para tanto —dijo mi tía—, sólo el tiempo que queda para hacerle las cosas más agradables.

Mi madre azotó el teléfono.

—¡Ni siquiera pudo morirse cuando quiso! —gritó—. ¡Incluso la muerte es menos importante que mamá! ¿Qué temen, que la noticia la mate? Nada puede matarla. ¡Es indestructible, ni siquiera una estaca en el pecho la mataría!

Sentarme en la cocina a escribir la carta fue más difícil que la primera vez.

—No me estés viendo —le dije a mi hermano—. De por sí cuesta trabajo.

—No tienes que hacer las cosas sólo porque alguien te lo pide —dijo Harold. Tenía dos años más que yo y estaba en el City College; pero cuando mi padre enfermó se pasó a una escuela nocturna y consiguió trabajo en una tienda de discos. 

“Querida mamá —escribí—. Espero que te encuentres bien. Estamos como un pez en el agua. La vida aquí es buena y la gente es amigable y despreocupada. Nadie usa traje ni corbata. Sólo pantalones, camisas de manga corta y un suéter por la tarde. Tengo un negocio muy próspero de aparatos de radio y grabadoras y me va muy bien. ¿Te acuerdas de Jack’s Electric, mi viejo negocio en Forty-third Street? Bueno, pues ahora se llama Jack’s Arizona Electric y también vendemos televisiones”.

Le envié la carta a mi tía Frances y, tal como esperábamos, telefoneó pronto. Mi hermano tapó la bocina. “Es Frances con su última reseña”, dijo.

—¿Jonathan? Tienes mucho talento. Sólo quería decirte que tu carta fue como una bendición. A mamá le brilló la cara cuando le leí la parte de la tienda de Jack. Sería ideal seguir por ahí.

—Mira tía Frances, yo pensaba que ya era lo último. No es muy honesto que digamos.

Su tono cambió.

—¿Está tu madre? Déjame hablar con ella.

—No está —le dije.

—Dile que no se preocupe —me dijo mi tía—. Muy pronto va a morirse una pobre vieja que sólo ha deseado lo mejor para ella.

No le repetí eso a mi madre porque lo habría incluido en la antología familiar de los comentarios imperdonables. Pero luego tuve que sufrirlo yo por la posible carga de verdad que podía tener. Cada bando defendía su posición exageradamente, pero yo, que quería tranquilidad, razonaba los desaires y rechazos que se infligían uno al otro, sin tomar partido, como lo hacia mi padre.

Años atrás, su vida se había vuelto una serie de oportunidades perdidas y fracasos en los negocios. El gran pleito entre su familia por una parte, y mi madre, Ruth, por la otra, era éste: ¿quién era responsable de que no hubiera cumplido con lo que todos esperaban de él?

En cuanto a las profecías, la de mi madre se sostuvo hasta la primavera. La abuela seguía viva.

Un domingo cálido mi madre, mi hermano y yo tomamos el camión al cementerio de Beth El en Nueva Jersey para visitar la tumba de mi padre. Quedaba sobre una pequeña pendiente. Nos detuvimos a ver los campos apisonados, llenos de monumentos. Había procesiones de autos negros que se abrían paso por los senderos, y grupos de gente ante las fosas. La tumba de mi padre estaba cubierta de hojas pero no tenía lápida. Habíamos encargado y pagado una, y en eso los cantereros se pusieron en huelga. Sin lápida, mi padre no parecía un muerto respetable. A mí me parecía que no estaba enterrado como debía.

Mi madre miró el terreno de junto, reservado para su ataúd.

—Siempre se creyeron demasiado finos para los demás —dijo—. Incluso en los viejos tiempos de Stanton Street. Se creían por encima de todos. Nadie era digno de ellos. Al final, ni siquiera Jack era digno de ellos. Sólo para conseguirles precios de mayoreo. Entonces si estaba a su altura.

—Mamá, por favor —dijo mi hermano.

—De haberlo sabido. Desde antes de conocerlo estaba atado a los tirantes del delantal de su mamá. Y los tirantes de Essie eran como cadenas, si no me creen. Teníamos que vivir cerca de ellos para las visitas dominicales. Cada domingo, esa era mi vida, una visita a mamita. Ella se oponía a cualquier cosa que yo quisiera, un departamento mejor, algunos muebles, un campamento para los niños. Ya saben cómo era su padre, tenía que reconsiderar cada decisión. Y nada cambiaba. Nunca cambió nada.

Comenzó a llorar. Nos sentamos en una banca cercana. Mi hermano andaba por ahí, leyendo los nombres de las lápidas. Miré a mi madre, que seguía llorando, y fui tras de mi hermano.

—Mamá sigue llorando —le dije—. ¿Qué hacemos?

—No hay problema —respondió—. A eso vino.

—Sí —le dije y un sollozo escapó de mi garganta—. Pero yo también tengo ganas de llorar.

Mi hermano Harold pasó su brazo sobre mis hombros.

—Mira cómo está grabada esta lápida vieja y negra. Hasta en los monumentos como en todo, puede verse la moda.

Durante este tiempo comencé a soñar con mi padre. No con el padre robusto de mi infancia, el hombre apuesto de piel rosada y saludable, ojos cafés, bigote y raya en medio. Mi padre muerto. Se suponía que había resucitado. Esto era motivo de alegría y perplejidad. Se veía con un daño terrible y misterioso o, más bien, tenía suciedad y desaliño.

La muerte lo había amarillado y debilitado, y nada garantizaba que no volviera a morirse. Al saberlo, su personalidad daba un giro. Se volvía agresivo e impaciente con nosotros. Tratábamos de ayudarlo de algún modo, luchando por llevarlo a casa, pero algo nos lo impedía; algo que había que arreglar, una maleta vieja que no cerraba bien, una falla mecánica: mi padre tenía un coche pero no arrancaba, o el coche era de madera; o la ropa, que le quedaba muy grande, se atoraba en la puerta. En una de las versiones del sueño, mi padre estaba todo vendado y al tratar de levantarlo de la silla de ruedas para meterlo al taxi, las vendas se desenrollaban y atoraban en los rayos de las ruedas. Al parecer esto se debía a una incomprensión de él. Mi madre se veía triste y trataba de que él pusiera de su parte.

Ése era el sueño. No se lo conté a nadie. Una vez desperté llorando y mi hermano prendió la luz. Quería saber qué soñaba pero fingí no acordarme. El sueño me hacía sentir culpable. También me sentía culpable en el sueño porque mi padre enfurecido sabía que no queríamos vivir con él. En el sueño lo llevábamos a casa, o intentábamos hacerlo, pero todos comprendíamos que debía vivir solo. Era un remiso que regresaba de la muerte, pero lo que nosotros hacíamos era llevarlo a algún lugar en donde pudiera vivir solo, sin ayuda de nadie, hasta que se muriera otra vez.

Este sueño llegó a asustarme tanto que procuraba no dormir. Trataba de pensar en cosas agradables sobre mi padre y recordarlo antes de su enfermedad. Me llamaba “compa”. “Hola, compa”, me decía al llegar a casa. Siempre quería que saliéramos a alguna parte —a la tienda, al parque, a algún partido de beisbol—. Le encantaba caminar. Cuando caminaba con él me decía: “¡Echa los hombros hacia atrás, enderézate! Levanta la cabeza y mira el mundo. ¡Camina como si lo sintieras!”. Al avanzar por las calles sus hombros se movían de un lado a otro, como si bailara. Parecía que rebotaba. Siempre ansioso de saber qué habría a la vuelta de la esquina.

La siguiente solicitud para que escribiera una carta coincidió con una ocasión especial en la casa: mi hermano Harold conoció a una muchacha que le gustó y con la que había salido varias veces. Ahora estaba invitada a cenar a la casa. 

Durante días nos preparamos para su visita; lo limpiamos todo, reacomodamos la casa de arriba a abajo, sacudimos el polvo acumulado en los vasos y la vajilla. Mi madre llegó temprano del trabajo para preparar la cena. Abrimos la mesa plegable en la sala y pusimos las sillas de la cocina. Mi madre cubrió la mesa con un mantel blanco y limpió y colocó su juego de plata. Era el primer acontecimiento especial desde la enfermedad de mi padre.

La novia de mi hermano me gustó mucho. Era delgada, de pelo muy lacio y una sonrisa estupenda. Su presencia alegraba el ambiente. Sorprendía el hecho de tener a una muchacha viva en la casa. Miró todo y dijo: “¡Nunca había visto tantos libros!”. Mientras ella y mi hermano se sentaban a la mesa, mi madre, en la cocina, servía la comida en platones y yo iba de la cocina a la sala, jugando al mesero con un trapo blanco sobre el brazo y mucho estilo, colocando el platón de ejotes sobre la mesa con un adorno. En la cocina, los ojos de mi madre brillaban. Me miró, asintió y pronunció sin hablar: “¡Es un encanto!”.

Mi hermano sufría al ser atendido. Le preocupaba lo que pudiéramos decir. Se le pasó mirando de reojo a la muchacha —se llamaba Susan— para ver si contábamos con su aprobación. Trabajaba en una compañía de seguros y tomaba cursos de contabilidad en el City College. Harold estaba nerviosísimo, pero también emocionado y feliz. Había comprado una botella de vino Concord para acompañar el pollo frito. Levantó su vaso y propuso un brindis. Mi madre dijo: “Por la salud y la felicidad”, y todos bebimos, incluso yo. En ese instante sonó el teléfono y corrí a contestarlo en la recámara.

—¿Jonathan? Soy tu tía Frances. ¿Cómo están todos?

—Bien, gracias.

—Quiero pedirte un último favor. Necesito una carta de Jack. Tu abuela está muy enferma ¿Puedes escribirla?

—¿Quién es? —gritó mi madre desde la sala.

—Está bien, tía —le dije rápido—. Tengo que irme, estamos cenando —colgué.

—Era mi amigo Louie —le dije mientras me sentaba otra vez—. Quería saber qué páginas de matemáticas hay que repasar.

La cena estuvo muy buena. Mientras Harold y Susan lavaban los trastes, mi madre y yo doblamos la mesa y la pusimos contra la pared; luego yo recogí las migajas con la barredora. Nos sentamos y platicamos y oímos discos durante un rato hasta que mi hermano fue a dejar a Susan. La reunión había salido muy bien.

Un día que mi madre no estaba en casa, mi hermano comentó que en realidad las cartas de Jack no hacían falta.

Doctorow

—¿Qué ritual es este? —dijo, alzando las manos—. La abuela está casi ciega, medio sorda e invalida. ¿Tú crees que su situación necesita de composiciones literarias? ¿Hace falta ser veraz? ¿Tú crees que la vieja notaría la diferencia entre escuchar eso y los nombres del directorio telefónico?

—Entonces, ¿por qué me lo pidió tía Frances?

—Ahí está la cosa, Jonathan. ¿Por qué? Después de todo ella podría escribir la carta, ¿qué diferencia habría? Y si no fuera Frances, ¿por qué no sus hijos, los estudiantes de Amherst? Ya deben saber escribir.

—Pero ellos no son hijos de Jack —le dije.

—A eso voy —dijo mi hermano—. La idea es el servicio. Papá se rompía el hocico por conseguirles cosas al mayoreo y repartírselas. Frances de Westchester de veras necesitaba comprar al costo. Y la tía Molly. Y el esposo de la tía Molly, y el ex esposo de la tía Molly. La abuela, si necesitaba algún encargo. Mi padre siempre estaba presionado por algo. Nunca pensaron que lo que hacía era importante. Nunca pensaron que cada favor que les hacía era un favor que él quedaba a deber. Utensilios, discos, relojes, porcelanas, boletos para la ópera, cualquier tontería. Hay que hablarle a Jack.

—Para él era una cuestión de orgullo el poder hacerles favores —le dije—, el tener relaciones.

—Sí, me pregunto por qué —dijo mi hermano. Se asomó a la ventana.

De repente empecé a comprender cómo me involucraban.

—Deberías usar un poco más la cabeza —dijo.

No obstante, había accedido una vez más a escribir una carta desde el desierto, y así lo hice. Se la envié por correo a la tía Frances. A los pocos días, al llegar de la escuela creí verla sentada en su coche frente a la casa, tenía un Buick Roadmaster negro, grande y limpio con llantas de cara blanca. Era tía Frances. Tocó el claxon al verme. Me acerqué y me recargué en la ventana.

—Hola, Jonathan —me dijo—. No tengo mucho tiempo. ¿Puedes subir al coche?

—Mamá no está —le dije—. Está trabajando.

—Ya sé. Vine a hablar contigo.

—¿Quieres entrar?

—No puedo, tengo que regresar a Larchmont. ¿Puedes subir al coche un momento?

Subí al coche. Mi tía Frances era una hermosa mujer de pelo blanco, muy elegante y que vestía muy bien. Siempre me había gustado y cuando era niño a ella le gustaba comentar a todo el mundo que yo parecía más hijo suyo que de Jack. Llevaba guantes blancos, tenía las manos sobre el volante y miraba al frente mientras hablaba; como si estuviera en medio del tráfico y no estacionada junto a la banqueta.

—Jonathan —me dijo—. Tu carta está sobre el asiento. Sobra decir que no se la leí a tu abuela. Te la regreso y no le diré nada a nadie. Esto es sólo entre tú y yo. Nunca pensé que pudieras ser cruel. Nunca pensé que fueras capaz de hacer algo tan deliberadamente cruel y perverso.

No dije nada.

—Tu madre está muy amargada y ahora veo que te ha envenenado con su amargura. Siempre estuvo resentida con la familia. Es una mujer necia y egoísta.

 —No es cierto —dije.

—No busco que estés totalmente de acuerdo. Ella enloquecía al pobre Jack con sus demandas. Siempre tuvo grandes pretensiones y él nunca logró satisfacerla por completo. Cuando aún tenía su tienda, mantuvo en la nómina al hermano de tu madre, un borracho. Después de la guerra, cuando empezó a ganar un poco más de dinero, tuvo que comprarle a Ruth un saco de mink porque ella no se aguantaba las ganas de tenerlo. Él se endeudaba, pero ella quería un mink. Mi hermano era una persona muy especial, pudo haber hecho algo especial, pero estaba enamorado de tu madre y le dedicó su vida. Y ella sólo pensaba en no ceder ante los Joneses.

Miré el transito de Grand Concourse. En la esquina un montón de niños esperaba el camión. Dejaban sus libros en el suelo mientras jugaban.

—Siento haber tenido que llegar a esto —dijo la tía Frances—. No me gusta hablar así de la gente. Si no tengo algo bueno que decir de alguien, prefiero no decir nada. ¿Cómo está Harold?

—Bien.

—¿Te ayudó a escribir tu maravillosa carta?

—No.

Después de un rato dijo sin aspereza:

—¿Qué tal se llevan entre ustedes?

—Bien

—Te invitaría a Passover si tuviera la seguridad de que tu madre aceptaría.

No le contesté.

Encendió el motor.

—Me despido, Jonathan. Llévate tu carta. Espero que dediques algo de tu tiempo a pensar en lo que hiciste.

Esa tarde, cuando llegó mi madre de trabajar, me di cuenta de que no era tan bonita como mi tía Frances. Siempre pensé que mi madre era guapa pero ahora noté que estaba muy gorda y que tenía el pelo desarreglado.

—¿Qué tanto me ves? —me dijo.

—No te estoy viendo.

—Hoy me enteré de algo interesante —dijo mi madre—. Podríamos conseguir una pensión de la administración de veteranos por el tiempo que tu padre estuvo en la Marina.

La noticia me sorprendió. Nadie me había dicho que mi padre hubiera estado en la Marina.

—Durante la Primera Guerra Mundial —dijo ella—, estuvo en la Academia Naval de Webbs en Harlem River. Lo entrenaron para subteniente. La guerra terminó y él nunca obtuvo su comisión. 

Después de cenar los tres nos pusimos a buscar los papeles de mi padre en los clósets, esperando alguna prueba para presentarla a la Administración de Veteranos. Descubrimos dos cosas, una medalla de la Victoria, que según mi hermano les dieron a todos los que estuvieron en la guerra, y una sorprendente foto sepia de mi padre y sus compañeros en la cubierta de un barco. Llevaban pantalones de campana y playeras, estaban armados con estropajos, cubetas, escobas y cepillos.

—Nunca supe nada de esto —dije de pronto—. Nunca supe nada.

—Lo que pasa es que no te acuerdas —me dijo mi hermano. Pude reconocer a mi padre. Estaba al final de la fila; era un muchacho delgado, guapo, con mucho pelo, bigote y una cara alegre e inteligente.

—Hacía un chiste sobre esto —dijo mi madre—. A su barco lo llamaban el buque “Constipación”, porque nunca se movió.

Ni la foto ni la medalla probaban nada, pero mi hermano pensó que en algún lugar de Washington debía haber un duplicado del registro de servicio de mi padre; la cosa era saber cómo localizarlo.

—La pensión no debe ser gran cosa —dijo mi madre—. Veinte o treinta dólares. Pero de algo nos servirían.

Tomé la foto de mi padre y la puse bajo la lámpara, junto a mi cama. Miré su rostro juvenil y traté de relacionarlo con el padre que yo conocí. Miré la foto largo rato. Poco a poco mis ojos la relacionaron con toda la serie de Grandes Novelas del Mar, de la última repisa del librero que tenía a poca distancia. Mi padre me regaló esos libros: estaban encuadernados en verde con letras doradas y había obras de Melville, Conrad, Víctor Hugo y el capitán Marryat. Recargado en lo alto de los libros, hundido debajo del estante superior, estaba el telescopio de un viejo barco en su estuche de madera con broche de bronce.

Pensé en mi estupidez, mi falta de percepción y mi egoísmo por no haberme dado cuenta, mientras mi padre vivía, de cuál había sido su sueño de toda la vida.

Por otra parte, en mi última carta desde Arizona —la que tanto enfureció a la tía Frances— escribí algo que me permitía a mí, el escritor de la familia, suavizar la opinión que tenía sobre mí mismo. Para concluir, incluyo aquí el texto íntegro de mi carta.

Querida mamá,

Esta será la última carta que te escriba porque los doctores me han dicho que moriré pronto.

Vendí la tienda a muy buen precio y le envío a Frances un cheque de cinco mil dólares para que lo deposite en tu cuenta. Es un regalo que te hago, mamita. Dile a Frances que te muestre la libreta.

Respecto a la naturaleza de mi mal, los doctores no me han dicho qué es, pero yo sé que me estoy muriendo simplemente por llevar una vida equivocada. No debí haber venido al desierto. No es lugar para mí.

Les pedí a Ruth y los niños que incineraran mi cuerpo y regaran las cenizas en el mar.

Tu hijo que te quiere,

Jack.

Traducción de Delia Juárez

(Núm. 108, diciembre de 1986)