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Esa biografía suya, cifrada aquí en una cáscara de nuez, sintetiza a su vez una de sus obsesiones temáticas: el cambio democrático de México, ese pasaje que nos condujo, de una era convulsa “en la que hacíamos política con miedo” (según la expresión de Luis E. Giménez Cacho), hacia el acertijo de libertades ejercidas y de reparto efectivo del poder en el que —a tientas— nos movemos hoy.

celebración

Desde cualquier flanco posible (como su cronista, su teórico, su impulsor partidista o su administrador institucional) Woldenberg ha estado ahí: animando, criticando, siempre explicando y a veces influyendo sobre el cambio político del país.

No sé cuántos libros ha escrito para entender lo que pasó (el último es una historia mínima de la transición democrática, editado por El Colegio de México, este mismo año), a ratos desesperado por proponer una comprensión que no sea sectaria de nuestro pasado político inmediato.

Y es que —a su modo de ver— la ausencia de una visión compartida de los últimos 30 años es uno de los vacíos más significativos de la vida pública e intelectual de México. La ausencia de esa visión común no es un problema historiográfico, sino un problema directamente político, pues quien no sabe de dónde viene, ni a qué puerto histórico llegó, difícilmente puede colocarse en la realidad del presente y plantearse los objetivos apropiados de futuro.

Como quiera que sea, la biografía política e intelectual de Woldenberg condensa una época. Ha escrito tabiques enteros sobre el sindicalismo universitario, sobre las mil reformas electorales, sobre la izquierda mexicana, la mutación política y, recientemente, sobre la posibilidad del cambio de régimen. Y para cada una de sus obsesiones ha encontrado el tiempo y el método para producir un nuevo libro.

Porque lo suyo es una necia voluntad pedagógica impulsada no sólo por esa inercia de profesor que lo posee y por esa especial habilidad adquirida en no sé cuántas asambleas universitarias, sino también por algo más profundo: porque comprendió tempranamente que en democracia las decisiones políticas se toman, pero sobre todo se explican (ahí están, como ejemplo, sus propios testimonios en Después de la transición: Gobernabilidad, espacio público y derechos o La construcción de la democracia).

Contrario a las taras burocráticas o tecnocráticas, a la incompetencia argumental de tantos políticos de todos los signos, a la güeva de tanto funcionario público o a la cantinflesca incapacidad de persuadir de tanto comunicador profesional, nuestro personaje ha tomado a la pedagogía política como un destino, la primera razón de ser de sus frecuentes salidas al público y de su periodismo. Más que tomar una posición o tirar netas (como casi todos), Woldenberg acude a la plaza para intentar explicar.

Pero insisto: el caso Woldenberg es algo más. Uno puede encontrar su firma al calce de algo tan extravagante como un libro de artículos escritos por gratitud, simplemente para dar las gracias. Su último mamotreto, Nobleza obliga, no es una ficción ni una novela, ni un ensayo ni un alegato polémico: es un paseo por el jardín de personajes y de asuntos que le da la gana, porque confiesa: “ellos le aportaron o le dejaron algo”.

Me gusta este José Woldenberg que se atreve a escribir sobre los temas más diversos, siempre desde su vida propia, las personas a las que conoció y con las que se ha enredado en varias causas a lo largo de 40 años; la política, la vida intelectual, el cine, el teatro, la literatura y de regreso. Porque felizmente ese Woldenberg ha preferido dedicarse a lo que llamamos “divulgación”, mucho más que a la especialización, frecuentemente pedante y malhumorada. Por su voracidad como lector ha llegado a una curiosa erudición de muchas cosas importantes que pone sobre la mesa, en cuidado desorden.

Nobleza obliga es un calidoscopio, una ligera sucesión de homenajes y obituarios, donde no faltan sus amigos: Carlos Pereyra, Fallo Cordera, Manuel Martínez y, cómo no, Pablo Pascual Moncayo. Tampoco están ausentes algunos personajes centrales con quienes construyó visiones y misiones: don José Luis de la Peza, Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Castillo Peraza o Luis H. Álvarez.

Y a partir de recuerdos, obituarios y homenajes, Woldenberg nos dispone y predispone a la rememoración de episodios axiales de su vida y de la vida pública mexicana con la que ha tenido tanto que ver: la quema de la fotografía de Octavio Paz, por ejemplo; la conmovedora llegada de los exiliados españoles traída de la memoria de don Adolfo Sánchez Vázquez; las negociaciones de los comunistas con el gobierno en 1977 para abrir, por primera vez, las compuertas de un sistema político aburrido y anquilosado; las huelgas de los setenta; la afirmación del IFE como institución kantiana, más vista y auditada que ninguna, pieza central de la democratización, y un largo etcétera.

Pero no crean que se trata de un retacerío de autores, cuates y acontecimientos. La propia consistencia del autor trabaja en automático, cincela y hace aparecer las ideas que desde hace mucho tiempo —en cada texto suyo— gobiernan y gravitan sobre la obra y la cabeza de Woldenberg:

1. La idea de que no existe un valor normativo superior al otro, la libertad, la igualdad, la fraternidad, la pasión, el interés o la razón. La historia real y la historia del pensamiento muestran que la preeminencia de uno produce monstruos, siempre y en todas partes, y que por eso la política está obligada a existir: porque es la actividad llamada a modular y conjugar la diversidad de las pulsiones humanas.

2. La idea de que el fin no justifica los medios, es más, de que los medios te definen más y mejor que las mismas causas que enarbolas.

3. La idea de que en la existencia humana nada hay de seguro, de que no se puede conocer el todo y que no hay manera de prever ni controlar los movimientos de los demás, a los que por comodidad llamamos “sociedad”. Por eso, la única variable sobre la que podemos ejercer soberanía, la única exigencia efectiva, es la conducta propia.

4. Y un retruécano más: Woldenberg es muy consciente de que con la memoria no se juega: que aún ahí, en lo profundo de la historia y de los recuerdos, está la política, el buen juicio y la prudencia, puesto que hay ciertos asuntos que requieren la generosidad de ser olvidados y otros que reclaman la integridad de no olvidar.

Por ser su última creación, creo que Nobleza obliga es el mejor pretexto para celebrar a Woldenberg.

Pueden ustedes imaginarlo así: invitados a su casa, escudriñan los anaqueles atiborrados de libros, revistas y películas. Volúmenes acá y allá, que encuentra o no, ordenados, amontonados, empotrados como vitrina de anticuario repleta de artefactos que esconden un saber remoto y obstinado. Un libro que es un fragmento de un proyecto de lectura, una declaración de lo que el dueño de esos libros ha leído y releído en lo que lleva de vida.

El volumen tiene, además, mucho de pasión autobiográfica, pues en los pies de página se observa la lenta travesía de años de ejercicio periodístico: una crónica sobre su trabajo, lo que José Woldenberg ha leído, lo que ha sido, lo que ha pensado, las notas que ha tomado y, por qué no, lo que aún le falta por hacer. En ese sentido, es una reconstrucción personal y casi íntima en sus 60 años. En realidad, la historia intelectual de su curiosidad.

Ricardo Becerra
. Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática. Jefe de asesores de la Secretaría Ejecutiva del IFE.