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Carlos Salinas de Gortari (1988) y Ernesto Zedillo (1994) fueron los últimos presidentes que arañaron el 50% de los votos. El primero, ya se sabe, luego de unos cómputos más que controvertidos; pero hoy resulta difícil imaginar que México pueda volver a escenarios como ésos. Ante la existencia de tres amplias constelaciones políticas, estas serán las terceras elecciones presidenciales en las que el ganador no tendrá la mayoría absoluta de los votos.

2. No obstante, las reglas son claras: el que gane, así sea con una mayoría relativa de votos será el presidente. Y algo más, aunque su partido o coalición no alcance la mayoría absoluta de los votos en las elecciones para diputados y senadores puede, eventualmente, obtener la mayoría absoluta de los escaños.

Dado que en la Cámara de Diputados se permite hasta un 8% de excedente entre votos y escaños, quien obtenga el 42.2% de los votos puede llegar a tener el 50% más uno de los escaños (251 diputados). La regla, contra lo que han opinado algunos, no sólo no castiga al ganador, sino que lo premia. Podríamos tener una mayoría absoluta de diputados aunque el partido que los postuló no necesariamente haya contado con ese mismo caudal de sufragios.

En la Cámara de Senadores para obtener la mayoría absoluta se necesita cumplir con varios requisitos: ganar un buen número de estados, quedar en segundo lugar en otros y obtener una considerable votación nacional para el reparto de los senadores plurinominales. Un ejemplo: si un partido gana en 22 estados, tendrá 44 senadores; si queda en segundo lugar en otros 7, llegará a 51 (44 más 7). Tendría entonces que obtener alrededor del 44% de los votos para alcanzar los otros 14 por la vía plurinominal y así tener en total 65 de los 128 senadores.

3. De cumplirse esas condiciones, tendríamos por primera vez desde 1997 un presidente con mayoría absoluta de su partido en ambas cámaras. Ésa es una posibilidad, aunque los antecedentes inmediatos navegan en sentido contrario. Como se sabe, desde 1997 ningún partido político ha obtenido la mayoría absoluta de los escaños en la Cámara de Diputados y lo mismo ha ocurrido en la de Senadores a partir del año 2000.

Quienes se desesperan por lo lento y tortuoso que hoy es el Congreso estarían felices con esa opción. Y el candidato y el partido ganador por supuesto que también estarían de plácemes. En principio contarían con los votos suficientes para hacer su voluntad, sin la necesidad de tener que negociar nada (salvo para los casos de reformas constitucionales). Pero la cara preocupante de ese escenario no escapa a nadie: si algo logró el proceso democratizador mexicano fue instalar en los cuerpos de representación un pluralismo equilibrado, que impide que una sola fuerza política haga su voluntad. Desde entonces, el diálogo, la negociación y el acuerdo son necesarios para hacer avanzar cualquier iniciativa en el espacio legislativo. No es poca cosa. Y (creo) es el resultado más decantado y promisorio de la democratización.

4. El otro escenario es que los resultados finales construyan nuevamente un Congreso sin mayorías absolutas. Una votación equilibrada que logra que en el espacio legislativo estén presentes las principales fuerzas políticas del país de manera que ninguna de ellas pueda sentirse la “dueña” de la cámaras.

Estaríamos de nuevo ante la “imposición” de la aritmética democrática. Porque cuando ninguna fuerza tiene los votos suficientes para hacer prosperar sus iniciativas, las únicas herramientas que tiene a la mano son la de la política (negociar y pactar) para lograr sus objetivos. Un auténtico equilibrio que protege de caprichos y ocurrencias y que obliga a la construcción de acuerdos.

5. Una sola nube parece empañar el escenario de una votación cerrada: la retórica del fraude. Aunque las votaciones para presidente y Congreso son concurrentes también son independientes. Diferencias estrechas de votos para la conformación de las cámaras no creo que generarían problema alguno. Al contrario, los tres grandes bloques de seguro tendrían “bancadas” importantes y dispuestas al trato cotidiano para hacer productiva su labor.

¿Pero qué puede suceder en la arena presidencial? Que una votación cerrada desate los resortes de la impugnación. No es una hipótesis sino el recuerdo de lo que vivimos en 2006. A lo que hoy (12 de junio) debemos sumar el rumor intencionado que crece y puede convertirse en bandera política de que los resultados han sido producto no de la voluntad de los ciudadanos depositada en las urnas, sino de los trucos y triquiñuelas de las autoridades. Ésa es la sombra más preocupante, sobre todo porque atenta contra una de las construcciones más venturosas de los últimos años (el sistema electoral) que ha permitido a todas las fuerzas políticas su competencia y coexistencia civilizada, generado además los más diversos fenómenos de alternancia.

6. Otra certeza podemos anunciar al último: nadie ganará todo y nadie perderá todo. Los distintos partidos tendrán presencia en el Congreso federal y en los locales; triunfarán en decenas o centenas de municipios y obtendrán alguna o algunas gubernaturas. Pero la presidencia, y su aura mágica, son indivisibles; sólo uno la podrá ocupar.
¿Es entonces el formato de una República presidencialista con un sistema de tres partidos (o siete agrupados en tres grandes bloques), en el que ninguno logra de manera reiterada la mayoría absoluta de las adhesiones ciudadanas, la mejor fórmula para conjugar diversidad y gobernabilidad? Parece que no. Y por ello (creo) valdría la pena reabrir a la discusión el tema del régimen de gobierno que mejor puede conjugar ambos valores: representatividad y gobierno efectivo.

José Woldenberg. Ensayista y escritor. Su más reciente libro es Nobleza obliga.