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Se entiende que las campañas sean paréntesis de la racionalidad. Como apuntó Héctor Aguilar Camín, la lógica binaria de los políticos se impone en ese tiempo a la sana promiscuidad de la inteligencia, esa deslealtad en la que descansa la sensatez, la ponderación, el discernimiento. Cuando estas letras encuentren lector, la campaña habrá concluido y el ganador de la elección habrá sido ya anunciado. No sería raro que lo descubran, nuevamente entre protestas e inconformidades. El tramo final de la contienda imprimió sin duda incertidumbre y pasión al proceso: lo que parecía un recorrido triunfal se convirtió en un campo minado para el candidato del PRI; lo que parecía un cuento tedioso terminó siendo una confrontación enardecida. A esta hora sigue pareciendo probable la victoria del PRI, aunque ya no sea la fatalidad con la que se esperaba hace unas semanas.

eficacia

Tras la elección no se despejará la incógnita de la gobernación democrática. Ese binomio de valores encontrados seguirá en suspenso, a pesar de haberse revelado ya el nombre del sucesor de Calderón y la composición de la legislatura. Si atendemos el reporte de varias encuestas, no es imposible que el PRI haya salido de la elección con el control del Congreso. De ser éste el caso, las instituciones democráticas estarán a prueba. No solamente los partidos políticos sino también los medios, los núcleos de la representación social, los gobiernos subnacionales. Un gobierno mayoritario no es incompatible con la democracia, por supuesto, pero no pueden descartarse impulsos para colonizar los espacios que los contrapoderes han conquistado en los últimos años. La unidad priista pesa toneladas. Esa portentosa máquina electoral, esa complejísima confederación de intereses es también un escondite, un pacto de encubrimientos. La unidad de ese partido no solamente ha significado indefinición ideológica: ha bordado una extensa telaraña de complicidades. La inercia priista, su vocación disciplinaria, no se aviene naturalmente a la cultura de la transparencia y la legalidad. Si en la oposición el PRI no tuvo la determinación de encarar su complacencia (por decirlo amablemente) frente a los corruptos, si en campaña sólo se deslindó formalmente y bajo presión de quienes caen en escándalo, en el gobierno podría restaurar el pacto, o romperlo.

Pero la mayoría es tan sólo una posibilidad. El gobierno dividido puede reelegirse en 2012: el aprieto en el que vivimos desde 97 podría permanecer. Ante la terca desconfianza de los electores frente al poder de las mayorías, correspondería a la sociedad política entenderse para construir un gobierno eficaz. ¿Seis años más de gobierno impedido? Enrique Peña Nieto ha insistido en que el gobierno minoritario es incompatible con la eficacia. De ganar sin el respaldo del Congreso, tendría que demostrarse equivocado. A esta hora veo casi imposible la reelección del PAN e improbable la victoria de López Obrador. Mientras Vázquez Mota ha sido clara al sugerir su intención de ensamblar un gobierno de coalición, al candidato de la izquierda no parecen preocuparle los aprietos institucionales de un presidencialismo en minoría.

Evidentemente, hay complicaciones políticas por delante. Enormes dificultades para lograr esa delicada conciliación de eficacia y restricciones. Pero hay también complicaciones en el diálogo que en últimas fechas parecen haberse enredado aún más. A 15 años de la elección del 97, seguimos discutiendo si en México se ha establecido el basamento de la democracia, si el régimen electoral es confiable, si el poder de los medios es tan descomunal que nulifica la voluntad real de los ciudadanos. Como en repetición de una vieja película, hay quienes nos dicen que se prepara un fraude descomunal y otros nos invitan a confiar en el barroquismo de nuestras instituciones. No es la apertura de una nueva agenda de transformaciones pendientes sino, por el contrario, el retorno de la agenda de antier. No solamente se descalifica de nuevo el armazón institucional, se descalifica a un actor político, al PRI, como esencialmente antidemocrático. El PRI merecerá muchas plazas llenas de crítica, pero es inadmisible sostener que se trata de un sujeto ontológicamente autoritario sostenido exclusivamente por el delito y la ignorancia. Si el PRI gana, será tan importante la organización de los opositores y la expresión de la crítica como el respeto a su encomienda.

México necesita eficacia y necesita controles. ¿Lograremos finalmente ensamblar un gobierno corpulento y al mismo tiempo limitado? Necesita crítica pero no la crítica del universo paralelo que niega el pluralismo, la competencia, la autenticidad del voto, sino la crítica dialogante que arraiga en las instituciones. ¿Lograremos finalmente pasar la página de la transición y empezar juntos (aunque en discordia) el capítulo democrático?

Jesús Silva-Herzog Márquez. Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

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