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Para aquellos que se desilusionaron de la transición democrática con el foxismo, la vuelta del viejo partido hegemónico a Los Pinos es sólo la cereza en el pastel de un proceso de regresión o, mejor dicho, de no evolución política de 12 años. En muchos estados del país el PRI nunca se fue. No quiere decir esto que el arribo de la democracia haya dejado intactos los arreglos locales. Quiere decir que la ausencia de alternancia y la reciente competencia pluralista interactuaron para configurar un nuevo tipo de autoritarismo que es distinto al anterior. Ese autoritarismo de nuevo cuño, si bien coexiste en un contexto de pluralismo, ha sido capaz al mismo tiempo de preservar algunas formas de ejercicio del poder propias del antiguo régimen. ¿Le espera al país en su conjunto una realidad como la que han vivido estados como Veracruz o México? ¿Es posible una regresión autoritaria en esas líneas? Algunos temen un nuevo régimen híbrido, una mezcla de autoritarismo a la Putin y de mediocracia a la Berlusconni. Por otro lado, los escépticos de este negro escenario se apresuran a señalar la densidad institucional que el país ha adquirido en los últimos tres lustros: IFE, IFAI, etcétera. El gobierno federal es más complejo, existen más equilibrios y actores que en Toluca. Aunque los nuevos amos quisiesen restaurar el viejo estilo de gobernar no podrían hacerlo: el país cambió y los ciudadanos también. ¿Quién tiene razón?

restauración

La clave del éxito político del antiguo régimen era el control unificado del Ejecutivo y el Legislativo. No en balde a menudo se traza la línea de inicio democrático en 1997, cuando el PRI perdió la mayoría parlamentaria y se inauguró la era de gobierno dividido en la cual aún vivimos. El control unificado era necesario para que las reglas efectivas del arreglo político fueran diferentes a las que marcaban las instituciones formales. El poder del presidente emanaba de esa condición política de facto, no de la Constitución.
Es verdad que ni en el más halagüeño escenario el PRI lograría una mayoría absoluta en ambas cámaras que le permitiera una efectiva restauración de esa vieja forma de gobernar. Sin duda, algunos nostálgicos priistas sueñan con esa posibilidad. Sin embargo, durante varios ciclos electorales los votantes, por buenas o malas razones, parecen haber decidido que es una buena idea dividir su voto y evitar el fenómeno del gobierno unificado.

No parece que en 2012 vayamos a observar un cambio sustantivo en este campo. A lo más, el PRI tendría una pluralidad que le imposibilitaría aprobar reformas constitucionales sin el concurso de por lo menos otro partido. ¿Quiere decir esto que no hay nada de qué preocuparse? ¿Se comportaría el PRI como cualquier otro partido que llega al poder por vías democráticas?

El PRI que podría recuperar la presidencia ciertamente no es el mismo bicho que lo dejó hace 12 años. La carrera de su candidato es muestra de ello: Enrique Peña Nieto no es ni un tecnócrata de Harvard ni tampoco un dinosaurio del precámbrico priista. Es una nueva especie de político tricolor. Pero está rodeado de ejemplares de ambas especies. Un dato es importante: aunque Peña Nieto enfrentó el pluralismo partidista en su propio estado —su propia elección como gobernador estuvo marcada por una fuerte competencia— en su corta carrera política ha estado acostumbrado a operar desde el poder en un estado que no ha experimentado, al día de hoy, la alternancia. Éste es un rasgo que podría marcar su gestión como presidente. Está acostumbrado a disponer del erario con la liberalidad que le permite haber neutralizado los mecanismos formales de rendición de cuentas. ¿Qué impacto podrían tener estos usos y costumbres en el gobierno nacional?

Me parece que las instituciones democráticas son bastante más frágiles de lo que nos imaginamos. No sólo dependen de un entramado formal, compuesto de leyes y reglamentos, también subsisten gracias a una nueva cultura de la transparencia y la rendición de cuentas. Un gobierno que está acostumbrado a eludir o capturar esas instituciones representaría una amenaza para la supervivencia y consolidación de esas instituciones. No necesitarían ser abrogadas, bastaría que fueran colonizadas hábilmente y su cultura transformada. Las instituciones pueden ser capturadas y desactivadas a la vieja usanza. Esa forma de hacer política es una herencia viva de la era de partido hegemónico.

Hay otras amenazas que son de más reciente cuño. En los buenos tiempos del régimen posrevolucionario el presidente de la República ejercía un poder cuasimonárquico, impensable en la actualidad. Sencillamente, el nuevo mandatario priista tendría menos palos con qué golpear a los indisciplinados y menos zanahorias que ofrecer para lograr la obediencia.

Pero el Nuevo PRI ha descubierto una nueva herramienta de poder que es compatible con el contexto democrático en el que ahora se mueve: el dinero. El poder económico tiene un uso obvio en un mercado político dominado por los medios electrónicos de comunicación, en especial la televisión. De ahí el temor al espectro de la mediocracia italiana: un presidente decidido a explotar las posibilidades de lo que Bernard Manin llama la “democracia de audiencia”.

A diferencia de lo que ocurría en lo orígenes de la democracia liberal, ahora gracias a los medios de comunicación el gobernante puede establecer una relación directa con los gobernados sin la mediación de las burocracias partidistas. Este fenómeno es sin duda paradójico en una organización como el PRI, cuya saga fundacional fue la de emanciparse del personalismo de los caudillos. El recurso plebiscitario parecería no sólo natural, sino necesario para un presidente que en aspectos clave sería el presidente priista más débil de la historia.

El PRI que llegase a la presidencia sería un cuerpo político bastante más débil, entre otras cosas porque ya no contaría con el control corporativo. Si bien es cierto que todavía cuenta con algunos sindicatos, como el de Pemex, ya no puede ejercer el control sindical de la era de oro del autoritarismo. Esa manera de gobernar probablemente presentaría nuevos retos a la democracia mexicana. Retos que no podemos atisbar en el pasado autoritario de México. Sin embargo, también es cierto que el legado del pasado está vivo en la agrupación que sobrevivió al descalabro de 2000, mutó en las tibias aguas democráticas y ahora emerge como un ave fénix —¿o será pterodáctilo?— de las llamas para reclamar su viejo lugar al pie del castillo de Chapultepec.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su más reciente libro es La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.