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Cuando se inició el proceso de reforma que lanzó la LOPPE de 1977, todos confiamos en que las nuevas reglas electorales nos conducirían por el laberinto de la transformación del sistema político en forma relativamente eficaz y expedita. Y así fue, pero algo —o mucho— ocurrió desde entonces en el camino, que transformó la confianza inicial en desconfianza, ese inmenso mastodonte suspicaz y receloso, que se ha instalado en el centro de la vía y obstruye la visibilidad hacia adelante. Podemos ver hacia atrás y tal vez de lado, pero nuestra perspectiva del futuro está bloqueada por ese animal peludo y colmilludo, que nos mira con desdén y nos dice: “No les creas. Te habla la voz de la experiencia”. El monstruo desaparecerá cuando reconozcamos que, aquí y en todas partes, el compromiso con la democracia es un acto de fe.

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El debate del 10 de junio entre los candidatos presidenciales fue una prueba más de la desconfianza que permea nuestra vida política. El conductor, Javier Solórzano, pasó las de Caín para explicar las alambicadas y bobas reglas de la discusión: desde el sorteo de los turnos de intervención, hasta el conteo del tiempo de las participaciones. “El candidato A intervendrá en el tercer segmento después del candidato D, quien podrá levantar la mano antes del candidato B en el primer segmento, una vez que el candidato C haya hecho su presentación…”. Mucho se habrán devanado los sesos quienes diseñaron semejante procedimiento pero, unos, tenían que atajar las previsibles acusaciones del “público” —bien organizado por los equipos de los candidatos— de parcialidad, favoritismo, sesgos maliciosos y trampas de las empresas televisivas a cargo de la transmisión, del conductor o del IFE. Otros, los candidatos, buscaban la certeza, pero todos estaban bajo sospecha. Así llegaron a pactar el rebuscado formato que estructuró su participación. La verdad es que después de la explicación de Solórzano quedamos confundidos, incluidos el conductor y los candidatos, y no fue sino hasta que se iniciaron propiamente las presentaciones y los conatos de discusión que se esclarecieron las reglas del debate, que afortunadamente fluyó sin tropiezos. Todavía me pregunto si era necesario establecer un mecanismo con tantos vericuetos para que un grupo de políticos discutieran entre sí ante las cámaras de televisión.

José Woldenberg lo dijo hace años a propósito del COFIPE: el código es así de barroco porque está diseñado por actores políticos que partían de un presupuesto general de desconfianza. La pretensión de anticiparse a los —previsibles— engaños está detrás de los casi 400 artículos que contiene la ley; y la intención de evitarlos condujo a preciosismos que hacen de su aplicación una monserga. Y, como todos sabemos, la complejidad de la ley es una invitación a su no aplicación. Andrés Manuel López Obrador, el primer enemigo de las instituciones electorales vigentes, ha declarado públicamente que de llegar a la presidencia las eliminaría y partiría de cero para construir nuevas reglas. Pero no es el único que lo piensa, pues en forma soterrada el PRI también ha manifestado su hostilidad hacia el IFE, que es la institución emblemática de nuestra democracia.
Era de esperarse que más de tres décadas de reformismo electoral, de millones de votos emitidos en forma libre y secreta, hubiéramos construido un sólido capital de confianza en las soluciones que nos hemos dado a la competencia por el poder. Estas experiencias positivas debieron acrecentar ese capital a la par de la derrota del PRI por la vía electoral, y de los triunfos del PAN y del PRD, en el ámbito federal, estatal y legislativo. De hecho, deberíamos estar orgullosos del éxito de la transición de la hegemonía priista al pluripartidismo. Sin embargo, ha ocurrido exactamente lo contrario: son muchos los que hoy desconfían de los procesos electorales, del recuento de votos, de la imparcialidad del árbitro, de las encuestas, de los noticiarios, de la prensa escrita, de los candidatos, es decir, de todo aquello que sostiene nuestra democracia, y que su desconfianza corroe. Desde el domingo de resurrección que le regalaron los estudiantes universitarios, el lopezobradorismo retomó el discurso de 2006: “Ya ganamos”. Así que, según su líder, la elección del 1 de julio será sólo la confirmación de su triunfo; pero si eso no ocurre será porque lo han robado una vez más.

¿De dónde nace la desconfianza? Algunos pensarán que la pregunta es ingenua o simplemente tonta, y harán referencia a la última elección presidencial cuyos resultados fueron rechazados por López Obrador, o hablarán de la corrupción que parece ser inherente a la condición del político mexicano. En 2012 a la estrategia arriba descrita se han sumado datos objetivos que muestran los abusos en que han incurrido televisoras, periodistas y políticos para darle la vuelta a la ley, y sacar raja y ventaja de esquemas astutos de propaganda. La exhibición pública de estos trucos tampoco ayuda, porque todas estas historias ya mancharon la elección del 1 de julio. Unos y otros han contribuido a alimentar la desconfianza; unos y otros serán responsables de sus efectos sobre el proceso electoral, y hasta sobre la capacidad de gobierno del futuro —o la futura— presidente(a).

Las acciones en contra de las instituciones democráticas pueden ser coyunturales, tácticas de campaña electoral, pero el discurso del descrédito de nuestras instituciones y procedimientos electorales se finca en una historia poco propicia a la democracia, que evoca los ecos de experiencias remotas, las continuidades de una cultura política autoritaria que se manifiesta, por ejemplo, en la incredulidad que inspiran las cifras, los porcentajes, que contradicen nuestros prejuicios; así como el escuálido bagaje democrático que nos legó la hegemonía del PRI. Para frenar el cambio no hay nada mejor que entender el pasado como una fatalidad. Todo esto ha hecho de nosotros, los mexicanos, una colección de desconfiados, y así no hay democracia que funcione. Según Latinobarómetro, en 2011 sólo 23% de mexicanos creía que “Se puede confiar en la mayoría de las personas”, apenas un punto arriba del promedio regional. 31% decía que tenía confianza en el gobierno, uno de los porcentajes más bajos de la región, y nueve puntos por abajo del promedio general.

Lamentablemente, los augurios para el próximo gobierno son sombríos. Si la desconfianza se ha apoderado de la elección, el próximo presidente o la presidenta también tendrá que arrastrar ese lastre que será una sombra permanente sobre sus acciones, y un obstáculo para la realización de sus metas. Cualquier relación que se quiera firme y duradera debe estar anclada en la confianza, ese sentimiento que nos da la seguridad de que una persona habrá de comportarse de manera predecible, que una ley tendrá los efectos que persigue, o que una institución funcionará como está previsto según sus objetivos. La desconfianza, en cambio, es como un pantano: insondable, poblado de monstruos imaginarios, sembrado de asechanzas y trampas ocultas. Ahí es imposible caminar.

Soledad Loaeza. Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Autora de Acción Nacional. El apetito y las responsabilidades del triunfo.