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El debate en Europa hoy no es sólo acerca de cómo encontrar una salida a la crisis, sino también de cómo encontrar una salida que al mismo tiempo preserve uno de los elementos centrales de la Unión Europea, su moneda única, el euro.

Grecia y el euro
Lo curioso del caso es que la viabilidad del euro esté siendo debatida a partir de la crisis griega, y es curioso porque más allá de su severidad innegable, la economía griega representa apenas 2% del PIB de la Unión Europea, ¿cómo una economía relativamente tan pequeña puede poner en jaque a todo el sistema monetario europeo?

La respuesta radica en los márgenes de maniobra que Grecia no tiene al pertenecer a la Zona Euro; revisemos cuál es su situación. Grecia es una economía con una gran deuda (143% del PIB), a punto del default (la deuda griega con vencimiento en marzo se vende con un 70% de descuento en los mercados secundarios), con una tasa de desempleo cercana al 16.5% y con salarios y precios que en la última década aumentaron más rápido que en el norte de Europa.

Normalmente, en un país con una situación parecida, la salida de la crisis pasaría, entre otras medidas, por una devaluación. Esto permitiría un ajuste de los precios relativos abaratando las exportaciones y la mano de obra locales. Este fue el caso de Islandia, una de las economías más golpeadas por la crisis financiera de 2008-2009; después de una caída en su producto tanto en 2009 como en 2010 y de una devaluación de la krona de casi 100%, Islandia empezó a crecer nuevamente en 2011 y el desempleo a disminuir (ver gráfica).

euro

Grecia, sin embargo, no puede hacer esto por la sencilla razón de que no es dueña de su moneda, no puede devaluar el euro de motu proprio.1 Al adherirse a la Zona Euro los países miembros renunciaron a parte de su soberanía.

Un cuestionamiento que siempre suscitan este tipo de acuerdos es cómo hacerlos obligatorios en el tiempo, cómo evitar que los miembros se salgan del redil (como probablemente querría hacerlo hoy Grecia), la respuesta, como lo sugiere la teoría de juegos (y lo pregona la iglesia católica) es quemar las naves. El Tratado de Maastrich no contempla mecanismo de salida, el euro es hoy un matrimonio sin cláusula de divorcio.

El problema radica en que si por alguna razón se permitiera a Grecia abandonar la Zona Euro el efecto económico sería marginal (ya señalamos que la economía griega sólo representa el 2% de la Zona Euro) pero el efecto simbólico sería devastador; querría decir que más allá de lo que señala el tratado efectivamente se pueda abandonar el euro, y nada impediría que los mercados, o los propios países, empezaran a preguntarse quién es el siguiente; los candidatos obvios serían Portugal, Irlanda, España o Italia,2 países con mucho mayor peso económico (ver tabla).3

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Fuente: IMF, World Economic Outlook, noviembre 2011.

Uno podría preguntarse si no existe otra salida, o si acaso una situación como ésta no fue prevista; para abordar esta interrogante algunos economistas gustan comparar la estructura institucional y económica de la Zona Euro con Estados Unidos, la idea parece poco intuitiva al inicio, pero no carece de lógica.

La coordinación de las políticas fiscal y monetaria

Para facilitar este análisis comparativo podríamos empezar por definir cuatro de las principales características que definen la economía de un país: 1) libre movilidad de mercancías en su territorio, 2) libre movilidad de la fuerza laboral, 3) moneda y banco central únicos, 4) una política fiscal nacional.

Como se puede ver, la Zona Euro comparte las tres primeras características de una economía nacional: 1) desde la creación de la Unión Europea del Carbón y el Acero y pasando por la Comunidad Económica Europea, Europa se ha movido hacia un mercado integrado, algo a lo que el euro claramente ha contribuido al eliminar los costos transaccionales entre distintas monedas; 2) la Unión Europea permite la libre movilidad de los ciudadanos de los países miembros de la unión para vivir, trabajar o estudiar; 3) el Banco Central Europeo y el euro establecieron una política monetaria y una moneda única.

Pero no es en las similitudes, sino en las diferencias, donde radica el problema, la falta de una política fiscal única y coordinada con la política monetaria disminuye las posibilidades de salir de la crisis.4

En Estados Unidos el agotamiento de la política monetaria (la tasa de fondos federales es, para todo efecto práctico, cero, no se puede bajar más) obligó a que ésta fuera complementada con una política fiscal expansiva, una política contra cíclica de 787 mil millones de dólares. La economía norteamericana está todavía en problemas, con una tasa de desempleo de 8.3%, pero es indudable que su situación sería mucho más delicada sin el programa de estímulo fiscal.

Y éste es precisamente el quid del asunto, la falta de una política fiscal unificada (a diferencia de la monetaria) impide que se implemente un apoyo fiscal que utilice los márgenes de maniobra de quienes los tienen (Alemania) para quienes los necesitan (Grecia, por ejemplo). De hecho, la canciller alemana Angela Merkel ha venido rechazando de manera sistemática cualquier salida que implique un rescate Alemán; la salida, propone ella, implica una combinación de políticas austeridad con el reconocimiento de una quita en los bonos griegos.

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Más allá de la crisis griega es claro que existe un problema estructural en el arreglo de las Zona Euro, la descoordinación entre las políticas fiscal y monetaria ha probado ser extraordinariamente problemática y riesgosa, las salidas obvias a este dilema parecen, a primera vista, políticamente intransitables: la unificación fiscal (que en los hechos crearía una gran federación) o la desaparición del euro.

Esta disyuntiva la tienen clara los principales líderes europeos, aun así no dejó de ser sorpresiva la declaración que la canciller Merkel realizó el 9 de febrero pasado, tan sólo un par de días después del 20 aniversario del Tratado de Maastrich, en un discurso pronunciado ante estudiantes alemanes señaló: “Sin lugar a duda, necesitamos más y no menos Europa… por eso es necesario crear una unión política, algo que no fue hecho cuando el euro fue lanzado”.

¿Se puede abandonar el euro?
La unificación política es una apuesta muy audaz, sin embargo, no es fácil imaginar una hoja de ruta para su implementación; pero de la misma forma es muy complicado hoy imaginar un mecanismo que permita abandonar el euro de una forma más o menos aséptica.

La eliminación de un tipo de cambio fijo, y el euro es una versión extrema del mismo, es un proceso traumático. Ante el temor de una devaluación se suscita una fuga de capitales que buscan mantener el valor de sus inversiones y ahorros. Por ello el abandono de un tipo de cambio fijo suele ser de manera súbita, sin anuncios y frecuentemente ligado a la convertibilidad de los ahorros en moneda extranjera a moneda propia.

Sin embargo, la ruta hacia el tipo de cambio flexible supone la existencia de una moneda propia (como fue cuando Argentina abandonó el esquema de Consejo Monetario que ligaba su paridad uno a uno al dólar); éste no es el caso de Grecia, su salida del euro requeriría una serie de acciones jurídicas y constitucionales (incluyendo probablemente un referéndum) que llevarían tiempo, no es difícil imaginar que en el ínterin el estrés al que se vería sometida una economía donde no se den más inversiones y los recursos se fuguen a otros países puede ser demasiado costoso.

No existe, pues, salida fácil del euro, y nadie ha planteado hasta ahora un mecanismo sensato; por ello un aristocrático empresario británico, Lord Wolfson of Aspley Guise, ha establecido un premio de 250 mil libras esterlinas (el premio Wolfson de Economía5) a quien presente la mejor propuesta para el abandono del euro. ¿Se le ocurre a usted alguna idea?

Arturo Herrera. Economista. Ha sido profesor de asignatura en El Colegio de México.

1 Más aún, aun cuando pudiera esto ayudaría de poco, ya que mantendría los precios relativos con el resto de los países de la Unión Europea, sus principales socios comerciales, iguales.
2 Junto con Grecia estos países han sido identificados por los mercados como los más vulnerables y son conocidos en inglés por el poco políticamente correcto acrónimo PIGS (Portugal, Ireland, Greece, Spain), ahora que Italia se ha unido al club el acrónimo ha sido cambiado a GIPSI.
3 Alemania, Italia y España representan, respectivamente, el 20.2, 12.5 y 8.6 del PIB total de la Zona Euro (World Economic Outlook, noviembre de 2011).
4 A decir verdad, la libre movilidad de la fuerza laboral, que existe legalmente, tampoco funcionó como mecanismo de mitigación de la crisis; las barreras de lenguaje, culturales e institucionales hacen que sea mucho más difícil para un dentista español o griego migrar a Alemania que para un dentista de Miami a California.
5 http://www.policyexchange.org.uk/images/WolfsonPrize
/wolfson%20prize%20english%20press%20release.pdf