Un momento antes de ver Los últimos cristeros (2011), tercer largometraje de Matías Meyer (Perpignan, Francia, 1979), leí lo siguiente en el prólogo a Bajo el sol jaguar, de Italo Calvino: “Hay una función fundamental, tanto en arte como en literatura, que es la del marco. Marco es aquello que señala el límite entre el cuadro y lo que está fuera de él: permite al cuadro existir, aislándolo del resto, pero recordando a la vez —y en todo caso representando— todo aquello que del cuadro permanece fuera de él”. Cerré el libro y procedí a ver el film, con la idea anterior como fondo mental.
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