Consideremos dos historias de violencia. En Estados Unidos, en la década de los veinte, un grupo de ciudadanos se junta en una plaza pública para linchar a tres hombres negros. Antes de colgarlos les prenden fuego, mientras los representantes del estado (el sheriff, el juez estatal, el alcalde y algunos diputados locales) observan sin intervenir; en Uruguay, durante la dictadura militar en los años setenta, la marina convierte un cuartel en Montevideo en un centro oficial de tortura. La gente deja de pasear por el malecón para no oír los gritos.
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La violencia en ambos casos es horrible y más horrible todavía es que no es difícil dar con otros ejemplos parecidos. El número de linchados en Estados Unidos en el siglo pasado fue más de cinco mil y también se cuentan por millares los ciudadanos torturados por los regímenes militares sudamericanos.

barbarie

Podemos comparar estas historias con las que hoy vemos en México. Los narcotraficantes y sus agentes dejan cabezas cercenadas y cuerpos desmembrados en la calle, entierran decenas de cuerpos torturados en fosas ilegales. Ya no es noticia cuando aparecen cuerpos colgados de puentes o arrojados a la basura. Según algunas crónicas, los sicarios hacen competencias de crueldad mientras torturan a sus víctimas. Y, además, los actos de violencia parecen llevar un mensaje. En principio el mensaje va dirigido a los que pertenecen a bandas enemigas. Lo sabemos por las notas y las mantas que advierten que “esto les pasa a los que nos traicionan”. Pero queda claro que la dedicatoria también es para el público en general. Quienes cometen estos actos de violencia y publican la evidencia, lo hacen con la intención de aterrorizar a la población. Y en esto los métodos de los narcotraficantes y sus gentes se parecen a los de los linchadores en Estados Unidos o los torturadores del Cono Sur. En los tres casos los torturadores se aseguran de que el público sepa o sospeche de la existencia de la violencia con el propósito de aterrorizar a cualquiera que pudiera oponerse a su programa.

Ahora bien, consideremos las diferencias morales entre los linchamientos, la tortura en las dictaduras militares y los horrores de los narcos. La primera diferencia significativa es que en los primeros dos casos la violencia sucedió con la aprobación del Estado. En Estados Unidos los servidores públicos observaron sin intervenir, y en Uruguay y otros países sudamericanos la policía, el ejército y la burocracia participaron activamente en la tortura, el asesinato y la difusión del terror. En cambio, en México el Estado se opone oficialmente a la violencia desmedida (la participación de la policía y de otros servidores públicos se debe a la corrupción: es a cuenta propia). La segunda diferencia radica en la violencia como espectáculo. Los linchamientos son siempre un espectáculo público, mientras que la tortura sucedió a puerta cerrada aunque con la clara intención de que el público en general se enterara de lo que estaba ocurriendo. Los narcos, en cambio, torturan y asesinan en privado, aunque con frecuencia ponen la evidencia de los hechos a la vista de todos. Finalmente, la tercera diferencia notable entre estos tipos de violencia radica en el propósito por el cual los torturadores aterrorizan a la población. Los militares y los linchadores perseguían objetivos políticos: cambiar la ideología del gobierno o mantener la jerarquía y la supremacía blanca. Por su parte, el objetivo de los narcos parece ser puramente económico. Se trata de proteger su fracción de mercado y de hacerla crecer, de evitar que el gobierno u otros grupos interfieran con las ganancias de su empresa.

A primera vista las atrocidades de los narcos parecen insuperables: ejemplos únicos de violencia gratuita, salvaje, irracional. Sin embargo, las dos primeras diferencias nos muestran que, en lo que respecta a la colaboración del Estado y la publicidad, la violencia de los narcos es menos reprobable que la de los militares y los linchadores. Esta comparación puede parecer necia porque el grado de crueldad en cada caso parece en principio inconmensurable. No obstante, el ejercicio de comparación nos ayuda a ver que la violencia de los narcos no es una monstruosidad inefable, o un ejemplo de barbarie, de salvajismo o irracionalidad. Como los linchamientos y las torturas de los militares, los horrores de los narcos son medios para alcanzar un fin. Un fin moralmente reprobable en el caso de los linchamientos, sumamente cuestionable en el caso de los militares, y comprensible en el caso de los narcos. Estos propósitos de ningún modo justifican los medios violentos, pero el fin de obtener el máximo beneficio económico no es por sí mismo reprobable, a diferencia del fin de la supremacía blanca, que sí lo es. Una acción es irracional si se puede demostrar que es un intento fútil de alcanzar un objetivo. Pero los horrores de los narcos protegen su negocio y, por lo tanto, no son irracionales.

Pero si la violencia del narco no es ni irracional ni inconmensurable, ¿qué es precisamente lo que hace que esos actos y las circunstancias que los rodean sean tan malos, tan profundamente malos? Esos actos de violencia son una enormidad por muchos motivos, pero aquí nos concentramos en sólo dos de sus rasgos característicos.

Una de las cosas que hace que la violencia de los narcos y el terror que la acompaña sea una grave trasgresión moral es que no tienen un objetivo político ni social. El objetivo de los narcos es el interés económico privado, nada más, y la sangre derramada no se puede excusar con preocupación social alguna. La violencia casi impensable de bandas que acosaban y mataban a hombres indefensos, y el horror del poder del ejército volcado contra la población civil, tenía, por lo menos, una preocupación por otros miembros de la sociedad (¡aunque, claramente, no por todos!). Es decir, los actos de violencia política cometidos por los supremacistas blancos y los militares sudamericanos eran casos de terrorismo: actos violentos destinados a sembrar el miedo en una población con el fin de promover un objetivo político. La violencia de los narcos ni siquiera tiene la excusa de ser terrorismo. (Que quede claro, sin embargo, que el terrorismo no es moralmente mejor por principio. Para determinar la maldad de una campaña de terror hay que considerar los medios, los fines y las obligaciones especiales de quienes participan en ella. En el caso de Estados Unidos, el racismo que motivaba la violencia era tan bajo que no podría haber compensado por los medios utilizados para alcanzarlo. En cuanto a la tortura en el Cono Sur, el hecho de que estuviera en manos de militares y policías, que tienen la obligación de proteger a la población y salvaguardar la ley, hace que los actos de violencia hayan sido moralmente mucho peores que si los torturadores hubieran sido ciudadanos de a pie.)

Otro rasgo que hace que la violencia del narco sea particularmente atroz, es que el hecho de que no haya una motivación política nos hace creer que no compartimos la responsabilidad por la situación que engendra la violencia. Este es el mecanismo: al ver la violencia y saber que no tiene motivación política, es común pensar que se trata de algo irracional y monstruoso. Al asumir que la violencia es prácticamente inefable, se le ve con un lente maniqueo, y se le interpreta en un marco de civilización y barbarie, donde el orden social le pertenece exclusivamente a quienes viven en el mundo ético, y el desorden a los salvajes. La violencia y los que viven de ella se vuelven algo extranjero y oscuro, envuelto en un manto de misterio, cometido por criaturas que no cuentan como prójimo. En México este patrón se repite cada vez que se habla de la disolución de una sociedad idílica que existía antes, cuando cada quien tenía su lugar, y se reitera con el uso de fórmulas que contraponen los “hombres de bien” a los que no lo son. En Estados Unidos se repite cada vez que el sur se interpreta como un territorio al margen de la ley y la justicia: a sus ojos, la frontera es el límite de la civilización.

El problema es que una vez alcanzada esta conclusión es fácil negar la responsabilidad compartida. Si, según este razonamiento, la violencia es salvajismo, entonces no puede ser una respuesta racional a una situación por la cual podamos ser responsables. La violencia irracional empieza y acaba con el salvaje. Esta negación, sin embargo, es falsa.
Tanto los mexicanos “bien” como los estadunidenses comparten, en cierta medida, la responsabilidad de los horrores. Como el sheriff, observamos sin intervenir, y pretendemos que no hemos participado en crear una cultura donde la obediencia a la ley es opcional, donde la corrupción es en cierta medida aceptable y donde es normal poner el interés privado por encima del público. Sin embargo, todos en México y Estados Unidos compartimos los beneficios económicos de la venta ilegal de drogas y armas; y compartimos también la responsabilidad de haber creado una sociedad injusta.

La lista de rasgos inmorales en la violencia del narco es muy larga, pero añadimos uno cuando la cubrimos de misterio. Las atrocidades son terribles, pero no son inexplicables. Hay que ver a la violencia a los ojos para entenderla, juzgarla y actuar contra ella.

Thomas J. Donahue.
Filósofo político. Investigador del Programa de Etica, Política y Economía, Universidad de Yale.

Paulina Ochoa Espejo
. Profesora del Departamento de Ciencia Política, Universidad de Yale. Autora de The Time of Popular Sovereignty. Process and the Democratic State.