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En los años ochenta, Adam Michnik, uno de los líderes más visibles de la disidencia polaca entraba y salía constantemente de la cárcel. Lo más molesto era no saber cuándo iba a regresar a prisión: el hospedaje discontinuo arruinó su vida sexual: no sabía cuándo lo apresarían de nuevo y era imposible hacer citas. Llegó a estar tres años tras las rejas, cosa que seguramente fue benéfico para su escritura. Afuera no puedo concentrarme pero en mi celda logro trabajar y afinar mis ideas, les escribió en una carta de agradecimiento a sus captores. Alguna vez, fuera de la cárcel, participó en una manifestación convocada por Solidaridad. La gente fue exaltándose y, de pronto, una multitud rabiosa rodeó a un policía a quien señalaban como culpable de haber golpeado a un par de borrachos. Michnik llegó al lugar y se interpuso entre la muchedumbre y el policía. Logró calmar a la gente y salvar al policía del linchamiento. La escena retrata bien el talante del demócrata pacifista. El crítico tenaz del totalitarismo tenía el valor de enfrentar a sus aliados y defender al adversario si la báscula de la justicia había cambiado de equilibrio. El gran poeta Czeslaw Milosz admiró en Michnik un notable fenómeno vital: una energía extraordinaria, una dura fibra moral y una inteligencia de primer orden. Tres hombres excepcionales en un cuerpo: un político, un moralista y un intelectual.

Michnik

Su padre fue miembro del Partido Comunista cuando éste era una organización ilegal. El hijo combatió a ese partido cuando era la única organización política legal. Adam Michnik nació en Varsovia, en el año de 1946. Desde muy temprano ejerció el inconformismo. Primero fue crítico de un régimen que, a su juicio, necesitaba simplemente ajustes. No había cumplido 16 años cuando ya había fundado un grupo de discusión política que terminó siendo proscrito por subversivo. Su foro se hacía llamar los “Buscadores de contradicciones”. Tras la fachada de la dialéctica oficial se insinuaba el ánimo rebelde. A los 18 conoció la cárcel por primera vez. En el 68 fue expulsado definitivamente de la universidad por denunciar la intervención soviética en Checoslovaquia. Antes de ese evento, se ubicaba como un crítico del régimen pero no su enemigo. Al ser desterrado de la universidad se entregó a la disidencia. Fue obligado a trabajar en una fábrica de focos, lo cual lo puso en contacto con el mundo obrero que, con enormes dificultades, buscaba abrirse espacios de autonomía.

La lucha por la libertad en los sindicatos lo llevó a reconsiderar el espacio que en su país había logrado mantener cierta independencia frente al poder asfixiante del Estado: la Iglesia. Las organizaciones obreras estaban controladas por el Estado, las universidades eran intervenidas por el Estado, los medios eran portavoces del Estado, el arte glorificaba al Estado. Pero el hermético globo del totalitarismo no alcanzaba a engullir la fe. En la cofradía se insinuaba la semilla de una sociedad civil. El judío perteneciente a la izquierda secular inició de esta manera un acercamiento intelectual que habría de ser políticamente decisivo. De esa reflexión nació su libro sobre la izquierda y la Iglesia. Publicado en 1976, ha sido considerado como uno de los textos que definieron las transiciones centroeuropeas; un ensayo tan influyente como El poder de los sin poder de Václav Havel.

En una conversación con Daniel Cohn Bendit, Michnik se reconoció parte de la generación del 68. Una generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial, tras el Holocausto, una generación que buscó cambiar la vida, que rechazó las hipocresías que el autoritarismo imponía, una generación que quiso oír su propia música. Para Michnik fue el año de la definición. En Polonia las protestas estudiantiles también terminaron en represión. Los estudiantes exigían libertades bajo la idea de caminar hacia el “auténtico socialismo” pero el gobierno respondió con la cárcel a los disidentes, el despido de los profesores, campañas contra los intelectuales críticos. Lo notable fue que, mientras el Partido promovía la supresión de la disidencia, la Iglesia aparecía como la defensora de la crítica. Los escritores que no podían escribir en ningún lado encontraron la hospitalidad de la prensa católica. El 68 sacudió a un intelectual como Michnik que venía de la izquierda antirreligiosa: al tiempo que los comunistas su cerraban el puño, la Iglesia se mostraba hospitalaria: un resguardo frente a la aplanadora totalitaria.

Desde su celda, Michnik se dedicó a pensar las relaciones del movimiento democrático con la iglesia polaca. En su libro, el autor se retrata como un hombre de la izquierda secular, llamando a los suyos a dejar los viejos prejuicios. Anticipaba que, para construir democracia, ese polo necesitaba aprender a dialogar. Era necesario aprender de una fe que no se comparte. Si la creencia se mantiene al margen del Estado, tiene mucho que aportar a la convivencia. Michnik es, en ese sentido, un discípulo, un seguidor del camino que siguió el gran sabio Leszek Kolakowski. En su juventud, el filósofo llegó a definirse como “enemigo personal de Dios”. Fue, en efecto, un ateo vehemente; pero los años lo cambiaron. Poco a poco empezó a imaginar la posibilidad de un catolicismo abierto y moderno y comenzó a descubrir el universo moral de la fe. No se necesita creer en la divinidad de Jesucristo para reconocer su mensaje, escribió Kolakowski en un ensayo. En Cristo se advierte la insuficiencia de las relaciones contractuales basadas en el interés personal. Los vínculos humanos fincados en la confianza y en el amor son superiores a los tratos que requieren pactos, cláusulas y amenazas. El pacifismo de la otra mejilla puede ser tachado de ingenuo. Sin embargo, Kolakowski sugiere una interpretación más sutil: la esperanza de un mundo sin violencia no es una locura. Se trata, más bien, de una advertencia frente a aquellos que creen que lo único que puede mover al mundo es la violencia. La violencia puede ser, en el fondo, un signo de debilidad. La idea de un mundo sin violencia no es utópica ni estúpida. Es, por el contrario, una apuesta por la valentía. Quienes creen en la violencia como única ruta de eficacia son los verdaderos cobardes: sólo actúan cuando están en posición de ventaja frente a los débiles. Jesucristo rompe con la idea de los predilectos. Su mensaje no es de tribu, ni de raza. Los valores, si son auténticos, son de todos. Y también nos habla de la miseria irremediable del mundo. Algunos podrán interpretar esta noción como un llamado a la resignación, al conformismo. Un discurso para legitimar la injusticia. Kolakowski no lo reconstruye así. Por el contrario, lo que encuentra en este mensaje es una advertencia frente a la fantasía de la perfección. La felicidad absoluta, la justicia definitiva, la reconciliación total nos está negada. Las utopías son proyectos de inhumanidad. En su exilio en Inglaterra, Kolakowski llegó a hablar de la religión como defensora esencial de la cultura y el reino de las normas. Los demócratas a los que se dirigía Michnik debían aprender de esas lecciones: dejar atrás lo que él llama “oscurantismo antirreligioso”. Era indispensable tener claro que el enemigo de los demócratas era el totalitarismo. La Iglesia no era el adversario, era el aliado indispensable.

El diálogo se convirtió no solamente en el centro de la estrategia del cambio, sino también en su propósito esencial. La ruta pacífica a la democracia era sólo posible a través del diálogo. Diálogo primero entre las fuerzas antitotalitarias, diálogo después con el gobierno. “Quien emplea la violencia para ganar el poder, la usará para mantenerse en él”. La estrategia democrática tenía que cambiar el foco de atención. En lugar de concentrarse en la conquista del poder, había que empeñarse en la germinación de la sociedad civil. La palabra se coloca de ese modo en el centro de la política. En una conversación con Michnik, Czeslaw Milosz advertía “las palabras realmente tienen fuerza. Las palabras son cosa seria”. A la utopía de la conciliación final, Michnik opone la posibilidad de la conversación. Si en algo fue novedoso el movimiento de Solidaridad, dice, es en afirmar la primacía de lo práctico: luchamos por la sociedad civil, es decir, por la imperfección. El futuro que queremos es una sociedad que no necesita santos: una sociedad de gente ordinaria, con conflictos ordinarios.

Será por ello que la prensa, institución de lo cotidiano, juega un papel tan relevante en la fisiología de la sociedad civil. Con la democracia polaca nació Gazeta Wyborcza, el diario fundado por Adam Michnik. Su intención ha sido contribuir a formar un nuevo lenguaje para ver y discutir el mundo. “Para nosotros, ha dicho, Gazeta no es solamente un periódico, es una institución de la sociedad civil, una institución de la democracia polaca”. Esa institución democrática debe tener claro su propósito y sus límites, su valor y su responsabilidad. Recordando el ejemplo de Émile Zola trató de poner en blanco y negro sus principios éticos y profesionales. Redactó un decálogo para periodistas que la revista etcétera tradujo en febrero de 1999. El código es un intento de proteger la dignidad del periodista. El primer mandamiento es el deber de adorar a un solo dios. Pero el dios del periodismo tiene dos nombres: libertad y verdad. A ese dios de dos caras debe entregarse fielmente. El periodista no puede venerar otras deidades. “Si nos inclinamos ante otro dios (el Estado, el pueblo, la familia, la seguridad pública), a costa de la libertad y de la verdad, seremos castigados. El castigo será la pérdida de la credibilidad sin la cual es imposible ejercer nuestra profesión”.

“No jurarás en vano” es el segundo mandamiento. El periodismo supone un respeto escrupuloso por las palabras. “Cuando se abusa de las palabras sagradas, éstas pierden su valor y se convierten en términos vacíos y triviales”. Los políticos manosean las palabras en sus campañas, en sus discursos, en su retórica justificatoria. Hablan de la revolución, del cambio, de la justicia, de la democracia como si tuvieran hipo. Un compromiso fundamental del periodismo es ése: respeto por el lenguaje, lucha contra el lugar común y contra las reiteraciones de la obsesión. De ahí proviene el tercer mandamiento: “descansarás el sábado”. Si el trabajo periodístico es una carrera contra el tiempo, si es necesario correr siempre para tener la primicia del hecho, también hay que descansar para reflexionar, tomar tiempo para ponderar. El asueto ha de servir para pensar, para separarse de las prisas y analizar detenidamente lo que sucede.

Honrarás a tus padres; amarás a tu prójimo como a ti mismo; no matarás. Ésos son los siguientes mandamientos periodísticos. Implican un deber de respeto por los otros y un compromiso de cuidar la propia dignidad. En primer término, el honor a los padres implica el cuidado de la herencia recibida. El periodista no trabaja en una tierra virgen. Hay que ser crítico, severo, si es debido, pero siempre con respeto y, sobre todo, con conocimiento. Amar a los otros como a ti mismo es una exigencia de respeto personal: debes amarte, es decir, debes cuidar la dignidad de tu profesión. Plantearse preguntas difíciles y responderlas con honestidad. Si Michnik advierte que el periodista no debe matar es porque sabe que puede hacerlo. “Con la palabra se puede matar. La palabra puede ser letal… Eso quiere decir que has de combatir con tu pluma, pero que deberás hacerlo con honestidad y sin odio. No patees a quien ya esté tirado en el suelo. No asestes ni un solo golpe por encima de lo imprescindible. Y no te engañes pensando que tienes la receta de la justicia. Tampoco sueñes con que eres el ‘brazo de Dios’ cuando asestes golpes mortales a tus adversarios. Los golpes letales suelen ser golpes bajos”.

El periodista también ha de abstenerse de cometer adulterio, es decir, prostituir su profesión para conseguir poder, dinero o tranquilidad. Tiene prohibido robar, porque nada hay tan vergonzoso como el plagio (robar las ideas ajenas), tan ofensivo como la difamación (hurtar el buen nombre a otro), o tan nocivo como la mentira (robarle a todos la verdad). Tampoco deberá el periodista desear a la mujer de su prójimo: la envidia conduce a la cobardía, a la pleitesía frente a los poderosos, a supeditarse a las multitudes Michnik agrega un mandamiento a los 10 de la tradición. No viene de una tabla sagrada sino de la sabiduría de la taberna: no hagas mezclas. Si es nocivo combinar alcoholes, también es peligroso mezclar el periodismo con otras tareas. “El periodismo no es política ni tampoco actividad pastoral. No es una tienda de flores y tampoco una conferencia universitaria”. La confusión de ámbitos conduce a la corrupción del periodismo. Si los políticos, los empresarios y los curas se corrompen cuando olvidan su cometido, también hay periodistas corruptos que “se dedican a hacer propaganda en vez de informar; a hacer publicidad de algo en vez de describir las cosas con honestidad; que participan en campañas alborotadoras en vez de fomentar las polémicas sensatas”.

La palabra es cosa seria, le decía Milosz a Michnik. Tal vez será porque la convivencia es la hazaña del diálogo.

Jesús Silva-Herzog Márquez
. Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.