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El Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval) dio a conocer el pasado 29 de julio las cifras sobre la pobreza en México correspondientes a 2010. Estos datos eran muy esperados puesto que se trataba de las primeras cifras oficiales después de la fuerte crisis económica de 2009. Se trataba, además, de la primera vez que podríamos analizar el cambio en las cifras de pobreza en México utilizando la metodología de pobreza multidimensional, que es la nueva medida oficial de la pobreza en el país. Por ello, a continuación dividiré el presente artículo en dos secciones: en la primera, describiré brevemente los resultados más importantes sobre la evolución reciente de la pobreza; en la segunda, haré algunos comentarios sobre la nueva metodología de medición de la pobreza en México.

Evolución de la pobreza en México
De los datos proporcionados por el Coneval, el gobierno y los medios mexicanos destacaron fundamentalmente los siguientes: 1) que entre 2008 y 2010 hubo un pequeño aumento en la pobreza total en México, ya que ésta pasó de 44.5% a 46.2% de la población total, lo cual representó un incremento de 3.2 millones de personas pobres en el país; 2) que se mantuvo constante el número de pobres extremos en 11.7 millones de personas y que la tasa de pobreza extrema disminuyó ligeramente al pasar de 10.6% de la población en 2008 a sólo 10.4% en 2010.

Estos resultados fueron relativamente bienvenidos por el gobierno mexicano, quien se congratuló por haber logrado contener, hasta cierto punto, el impacto negativo de la crisis sobre los niveles de pobreza en el país. Así, durante los días posteriores a la divulgación de estos resultados, el gobierno mexicano y algunos analistas enfatizaron el papel del aumento en la cobertura en salud y en la seguridad social, así como a la mejoría en las condiciones de vivienda (especialmente a través de la provisión de pisos firmes en comunidades rurales), como los instrumentos que permitieron contener el impacto de la crisis en las condiciones de pobreza en el país.

Sin dejar de reconocer los avances que se han tenido en años recientes en materia de salud, seguridad social y vivienda, de cualquier manera los resultados proporcionados por el Coneval resultaban un tanto sorprendentes considerando, primero, el tamaño de la caída en la actividad económica y el empleo en 2009 y, segundo, que hacía apenas dos semanas se habían presentado los resultados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2010, en donde se había informado que el ingreso promedio por hogar había caído en 12% entre 2008 y 2010. ¿Qué pasó? ¿Por qué no aumentó más la pobreza? ¿Es cierto que las acciones del gobierno la contuvieron?

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En algún sentido, es parcialmente correcto que las reducciones en las carencias de acceso a salud, seguridad social y vivienda ayudaron a mitigar el impacto de la crisis. Sin embargo, también es cierto que resulta incorrecto tratar de capturar el impacto de la crisis en la pobreza en México a partir únicamente de los datos de 2008 a 2010. Esto se debe a que una de las manifestaciones iniciales de la crisis fue un desmesurado aumento en el precio de los alimentos a nivel mundial entre 2006 y 2008, que luego fue parcialmente revertido entre 2008 y 2010. Así, el periodo 2008-2010 mezcla dos fenómenos que influyen en sentido inverso en la pobreza: la crisis económica como tal y la reversión del precio de los alimentos. Por ello, una forma más precisa de analizar la evolución reciente de la pobreza en México en el contexto de la crisis reciente es extender el periodo de análisis a todo el periodo 2006-2010. El problema de esto es que la nueva metodología de medición de la pobreza sólo tiene datos a partir de 2008.

Afortunadamente, junto con la nueva medición multidimensional, el Coneval también reportó la pobreza en México medida en su forma tradicional, es decir, basada únicamente en un criterio de ingresos. Esta medición también tiene la ventaja de que permite hacer comparaciones en el tiempo desde 1992 (véase gráfica).

La gráfica permite observar el comportamiento reciente de la pobreza en México. En ella se muestra que la pobreza alimentaria (o extrema) en el país pasó de 13.8% de la población a 18.8% en los últimos cuatros años, y que la pobreza patrimonial (que incluye la pobreza extrema y la moderada) aumentó de 42.7% a 51.3% en ese mismo periodo. Lo anterior implica que de 2006 a 2010 el número total de pobres en el país aumentó en más de 12.2 millones de personas (pasó de 45.5 a 57.7 millones), mientras que el número total de pobres extremos creció en alrededor de 6.5 millones de personas (pasó de 14.7 a 21.2 millones). Más aún, la gráfica permite observar que las tasas de pobreza en México en 2010, aunque ligeramente inferiores, no son muy distintas de las que se tenían en 1992, es decir, hace 18 años, cuando aún ni siquiera se daba la transformación en la política social que dio lugar al programa emblemático de combate a la pobreza en México: el programa Progresa (ahora conocido como Oportunidades). Así, la imagen que se obtiene del impacto de las distintas manifestaciones de la crisis es muy distinta si lo analizamos a lo largo de todo el periodo 2006-2010, que si sólo nos concentramos en el periodo 2008-2010.1 En el segundo caso, el impacto de la crisis sobre la pobreza logró ser contenida, mientras que en el primero se aprecia un impacto muy significativo sobre la magnitud y profundidad de la pobreza en el país.

Sobre la metodología multidimensional
Considero que los resultados obtenidos en materia de pobreza multidimensional en 2010 deberían dar lugar a una amplia reflexión y discusión sobre las bondades y deficiencias del indicador que se ha adoptado como medida oficial de la pobreza en México. En general, considero que una medida de este tipo tiene muchos beneficios ya que, en principio, nos proporciona una imagen más completa del problema de la pobreza en el país, además de que permite identificar las áreas en las cuales debe actuar la política pública para tener una mayor incidencia en los niveles de bienestar de la población. Sin embargo, también creo firmemente que esta medida es susceptible de mejora; en particular, me parece desafortunada la decisión de clasificar como pobre únicamente a aquellas personas que, de manera simultánea, tienen un nivel de ingresos por debajo de la línea de bienestar y que sufren de al menos una carencia en las otras dimensiones consideradas en el análisis (los llamados derechos sociales, a saber, educación, alimentación, salud, seguridad social, vivienda y servicios básicos).

Lo anterior quiere decir que el criterio utilizado por el Coneval requiere que una persona tenga carencias en forma simultánea en dos dimensiones distintas (ingreso y otra) para ser considerada como una persona pobre. Para ilustrar lo equívoco de este criterio, pensemos en un caso análogo. Supongamos que estamos tratando de cuantificar al número de personas que sufren de discriminación en el mercado laboral. Es bien sabido que dos grupos de la población que sufren de este problema son las mujeres embarazadas y las personas mayores de cierta edad (digamos, 50 años). Si aplicáramos un criterio “multidimensional” similar al que se usa para medir la pobreza en México, concluiríamos que el problema de la discriminación laboral sólo se circunscribe al grupo de mujeres embarazadas mayores de 50 años, ya que éste es el grupo que satisface simultáneamente ambos criterios de clasificación. Por supuesto, una conclusión de esta naturaleza sería un sinsentido que tendería claramente a subestimar el tamaño del problema que estamos tratando de medir.

Algo similar, aunque menos extremo, ocurre con nuestra medición multidimensional de la pobreza, la cual excluye de su contabilidad a todas aquellas personas con ingresos por debajo de la línea de bienestar, pero que no sufren de ninguna carencia en los llamados derechos sociales. Estos individuos, a quienes la metodología del Coneval considera como “Vulnerables por ingresos”, en realidad deberían ser considerados como “Pobres por ingreso” (aunque ciertamente no pobres multidimensionales) y, por lo tanto, deberían formar parte de la medición oficial de la pobreza en el país.2

Con el tema de la medición de la pobreza extrema se presenta un problema análogo o incluso un poco más complicado. Aquí los criterios de clasificación son todavía más estrechos: para ser considerado como pobre extremo se requiere tener, de nuevo de manera simultánea, un ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo (poco menos de la mitad de la línea de bienestar que se utiliza para considerar a alguien como pobre) y, al menos, tres carencias adicionales cualesquiera. Esto implica que podría haber personas que tengan ingresos inferiores a la línea de bienestar mínimo, sin acceso a servicios de salud y con carencia severa de acceso a la alimentación (es decir, hambre) y que, de acuerdo a los criterios del Coneval, no serían considerados como pobres extremos si éstas fuesen las únicas carencias (dos) con las que contaran.

Aquí, por supuesto, el problema ya no sólo es el de la intersección de requisitos múltiples para ser considerado como pobre extremo (lo cual, como es obvio, reduce significativamente el tamaño de la población que cumple con dichos criterios), sino que también pone en tela de juicio el criterio de tratar como sustitutos perfectos a todas las carencias incorporadas en el análisis. Note que esto implica que se le da exactamente el mismo peso a la carencia de seguridad alimentaria que a la de calidad y espacios de la vivienda, es decir, que se equipara la satisfacción de las necesidades alimentarias con, por ejemplo, una mejoría en la calidad del piso de la vivienda.

Los aspectos antes mencionados explican, entre otras cosas, una obvia inconsistencia entre el número de pobres extremos que se obtiene con la metodología multidimensional (11.7 millones) y los que se obtienen con la metodología tradicional basada únicamente en los ingresos (21.2 millones), esto es, una diferencia cercana a los 10 millones de personas. Para poder discernir cuál de las dos mediciones tiene más sentido, quizá baste ver un solo indicador: el tamaño de la población con carencia de acceso a la alimentación, la cual ascendió en 2010 a 28 millones de personas (un incremento de 4.2 millones con respecto a 2008). Por supuesto, si 28 millones de mexicanos carecen de acceso a lo más elemental que es la alimentación, parece un despropósito concluir que en México existen únicamente 11.7 millones de pobres extremos (¿que hay más extremo que carecer del acceso a un mínimo de seguridad alimentaria?). De igual forma, ¿cómo compatibilizamos el hecho de que el número de personas con carencia de acceso a la alimentación haya aumentado en 4.2 millones entre 2008 y 2010 y que el número de pobres extremos se haya mantenido constante según la medición multidimensional de la pobreza?

Por lo anterior, y a pesar de reconocer el gran esfuerzo que en esta materia ha hecho el Coneval, considero que es necesaria una revisión cuidadosa de la metodología de la medición multidimensional de la pobreza en México. De otra manera, los frecuentes cuestionamientos a los resultados y las aparentes contradicciones de los mismos podrían terminar perjudicando seriamente la legitimidad y credibilidad del trabajo de una de las mejores instituciones del país.

En síntesis, la pobreza en México ha aumentado de manera significativa en los últimos cuatro años. De acuerdo a la metodología tradicional de medición de la pobreza (por ingresos), tenemos ahora 12.2 millones de pobres más que en 2006, de los cuales más de la mitad de ellos (6.5 millones) son considerados como pobres extremos. En conjunto, tenemos un número de pobres extremos que fluctúa entre 11.7 (10.4% de la población) y 21.2 millones (18.8%), y un número total de pobres que fluctúa entre 52 (46.3%) y 57.7 millones (51.3%), dependiendo de la metodología utilizada. Además, de acuerdo a la discusión anterior, la metodología de la medición multidimensional de la pobreza parece subestimar de manera importante el número de pobres en el país, por lo que es muy probable que las verdaderas cifras de pobreza del país estén más cerca de la cota superior que de la inferior. En cualquier caso, sin embargo, es claro que el tamaño de la pobreza en el país es de una gran magnitud y que ha crecido de manera significativa en los años recientes. En ese sentido, seguir discutiendo si somos un país de pobres o un país clasemediero es una trivialidad. Preocupémonos por resolver —o al menos reducir— el problema de la pobreza en el país y dejemos de concentrarnos en nuestro estatus; asumamos nuestra realidad y actuemos con madurez, no perdamos el tiempo en discutir banalidades, ésas sí, de evidente corte aspiracional clasemediero.

Gerardo Esquivel.
Economista. Profesor-investigador de El Colegio de México y profesor visitante en la Universidad de Chicago.

1 Por supuesto, se puede argumentar que este cambio de periodo de análisis también implica un cambio en el indicador para medir la pobreza. Sin embargo, también es cierto que uno esperaría que las dos metodologías produjeran resultados relativamente similares. Si no fuera así, como de hecho ocurre en el periodo 2008-2010, entonces quizá haya problemas con alguna de las dos metodologías. Este tema es precisamente al que me referiré en la siguiente sección.
2 Debo aclarar, sin embargo, que no sugiero que todos aquellos que tienen alguna carencia de derechos sociales también deban ser considerados como pobres. Esto es, no sugiero que se considere a la pobreza como la unión de los conjuntos con carencias, ya que eso claramente podría llevar a una sobreestimación del problema de la pobreza en el país. Lo que estoy sugiriendo es que la carencia por ingreso (o de alimentación) se convierta en la variable primordial (o primus inter pares) para determinar quién es pobre y quién no lo es; mientras que las otras variables únicamente ayudarían a definir si se trata de pobreza por ingresos (o alimentaria, según sea el caso) o de una pobreza más amplia, es decir, multidimensional.