jardín

David E. Cooper,
A philosophy of gardens,
Oxford University Press,
Oxford, 2006.

¿Por qué son tan importantes los jardines para la gente? ¿Qué vemos en ellos? Éstas son las preguntas que intenta responder el filósofo inglés David Cooper. Lo sorprendente, señala Cooper, es que los jardines hayan recibido tan poca atención por parte de la filosofía. Lo es más cuando sabemos que figuras tan eminentes como Hegel o Schopenhauer tenían opiniones bastante explícitas sobre los jardines. Wittgenstein pasó en los años 1920 dos temporadas como jardinero de un monasterio. Para él la jardinería era la respuesta a un anhelo de “algún tipo de trabajo regular”. No se refería, ciertamente, a un trabajo remunerado, sino a una actividad que le proporcionaba orden y una muy necesitada estructura a su trastornada vida. Hegel, por su parte, miraba con desprecio a los jardines. Le parecía que la jardinería era un arte imperfecto y que los jardines, aunque bienvenidos si creaban una atmósfera jovial, valían poca cosa en sí mismos. La razón principal era que ellos representaban una mezcla discordante de arte y naturaleza. El arte estaba confundido con lo natural. Era un género artístico híbrido e impuro. Para otros, en cambio, había demasiada intervención humana en los jardines. Lo humano interfería con los designios de la naturaleza. Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de quienes diseñan, construyen, mantienen y disfrutan los jardines carecen de explicaciones metafísicas o psicológicas.

Cooper se remonta a una tradición más antigua, tal vez iniciada por Plinio, en la cual la vida transcurrida en el jardín es parte de la “buena vida” (eudaimonia en griego). Cómo, exactamente, contribuyen los jardines a la buena vida es el tema central de esta reflexión. Joseph Addison ofreció una pista: los jardines alientan el ejercicio de una facultad humana crítica: la imaginación. Cooper se lamenta de que la reflexión filosófica sobre la vida buena se haya atrofiado en los tiempos modernos. Sin embargo, antes de explicar cómo los jardines enriquecen la vida de las personas, el autor aclara que el disfrute de los jardines no es simplemente un tipo de apreciación artística ni tampoco una forma de contemplación de la naturaleza. Los jardines, afirma el autor, son lugares que contienen elementos y procesos naturales y que a su vez son afectados por ellos. Las estaciones no pasan en un cuadro de Monet, ni sus cuadros de nenúfares son devorados por hambrientos ácaros, como a menudo ocurre en un estanque. La intervención de la naturaleza ha llevado a algunos a creer, en el otro extremo, que la apreciación de los jardines más bien pertenece al ámbito de la contemplación de la naturaleza, como el disfrute de una montaña o un acantilado. Sin embargo, este tampoco es un modo satisfactorio de apreciación. La naturaleza no tiene una intención o propósito determinado. Una montaña no pertenece a ningún género o tradición, en todo caso, es parte de una cadena o cordillera geológica. Tampoco, a diferencia de un jardín, tiene una función. El arte, en cambio, expresa una idea. En mi propio jardín, por ejemplo, se libra una batalla entre las formas simétricas —jardineras elípticas cubiertas de helechos en cuyo centro hay grandes ciruelos— y espacios que rompen la geometría, arriates de heliconias y jengibres que crecen en formas imprevisibles y libres. Una de las funciones de mi jardín es hacer evidente esta tensión entre el orden geométrico y el carácter indeterminado de las plantas que crecen ahí. Sería absurdo creer que una montaña tiene una “función” en este sentido. Como señala Cooper, la apreciación de los jardines no tiene la misma libertad, radical e indeterminada, que la contemplación de la naturaleza. El jardín, al igual que las obras de arte y otras creaciones humanas, tiene un propósito.

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Si los jardines no son obras de arte puras ni tampoco fragmentos no contaminados de la naturaleza, ¿qué son? La respuesta más sencilla es afirmar que la apreciación del jardín combina ambas cosas a la vez. Sin embargo, esta respuesta no satisface a Cooper, porque si es correcta, entonces no habría nada específico a los jardines. El problema es, plantea el autor, que disfrutamos de los jardines mucho antes que apreciáramos la “naturaleza” en abstracto: “en Occidente la tradición de apreciación de la naturaleza es de cuño reciente”. En Persia, China y Japón el gusto por los jardines fue tan temprano como el gusto por la pintura o la escultura. Más aún, en los jardines buscamos una atmósfera creada deliberadamente por sus artífices. Un jardín no puede ser reducido a las plantas individuales, los muros, fuentes y demás artefactos que lo componen. Estos elementos son apreciados en su conjunto. Lo que vemos en un jardín no son elementos aislados, aquel árbol o arbusto. Es la atmósfera general del jardín la que le da significado a sus partes discretas. El sueño del diseñador de jardines es lograr en sus proyectos una “unidad” en el diseño. En un jardín bien ejecutado hay una atmósfera que nos rodea y sobrecoge. Produce indefectiblemente una respuesta afectiva: nos embarga cierta paz, alegría, melancolía, etcétera. Si descomponemos un jardín melancólico en sus partes acabaríamos sólo con un vivero de plantas inconexas y un triste montón de piedras y ladrillos. La identidad de un árbol, una esplendida jacaranda, por ejemplo, está determinada por el lugar en el jardín en el que fue plantado, por las plantas y objetos que lo rodean, por las personas que se sientan a su sombra. Peter Smithers, el diplomático-jardinero inglés, lo explica así: “lo que hace que un gran jardín supere a uno meramente hermoso y diseñado de manera competente es siempre, y solamente, el genio creativo del dueño. Es parte de él mismo, expresado en ladrillo y piedra, en aire y agua, en lo verde y en las cosas que crecen. Ningún otro ser vivo podría haberlo creado”.

Volvamos a la pregunta inicial de Cooper. ¿Cómo contribuyen los jardines a la buena vida? La respuesta tiene que ver con las exigencias del jardín. La construcción es sólo el primer paso. Los jardines son compromisos de largo plazo; nos obligan a mantenerlos, podarlos, mejorarlos y transformarlos. Muchas personas no ven en estas tareas una carga; son para ellos una fuente de satisfacción. Una pequeña orquídea probablemente tardará años en crecer y florear pero, mientras tanto, la cultivamos y esperamos. Las prácticas asociadas al jardín inducen virtudes específicas. No se trata de las creencias victorianas, según las cuales el trabajo en el jardín supuestamente calmaba las pasiones carnales ni tampoco de la convicción de Jefferson de que una vida de trabajos campiranos crearía mejores y más fuertes ciudadanos. Se trata de hábitos más bien básicos. Mantener un jardín exige cuidado, la facultad de preocuparse por las cosas vivas que se secarían o morirían si nos desentendiéramos de ellas. Sin embargo, por más cuidado que esté un jardín, y como muchos jardineros saben, la fortuna se entromete a cada paso: una helada, una plaga o un perro saltarín pueden destruir en un santiamén meses o años de trabajo. Un jardín es una empresa azarosa y algo incierta. ¿Se dará tal planta? ¿Cómo se verá este árbol cuando crezca? Si al final del día tenemos éxito, en parte se lo debemos a la fortuna. Y esa certeza nos vuelve humildes. Mas nadie sembraría una semilla o un bulbo si no tuviera esperanza de que sus esfuerzos pueden dar fruto. Durante años intenté infructuosamente cultivar y hacer florecer lotos (nelumbo nucifera). Cada intento fallido estaba acompañado de una especie de fe —cada vez más irracional— en que lograría ver en mi estanque una de esas flores identificadas con una deidad hindú. Sin esperanza no habría jardines.

Finalmente, los jardines ofrecen una peculiar liga con el pasado. Sabemos que otros han estado a la sombra del jardín. “Cuando caminamos por el jardín, incluso un jardín nuevo, caminamos por la historia”. En mi jardín crecen ciruelos de más de 60 años que estaban aquí antes de que yo soñara este jardín. Alguien dispuso cómo sembrarlos, espaciados unos de otros, y sin duda esperó varios años para que empezaran a dar fruto. Ahora el nombre de ese fruticultor se ha perdido, y aunque algunos han caído estrepitosamente a tierra, la mayoría de los ciruelos permanece. Son la historia de mi jardín. En la tierra excavada encontramos, a veces, cartuchos empleados por viejas carabinas de la revolución.

Por esta y otras razones los jardines alientan la contemplación, la imaginación y la memoria. En particular, ofrecen las condiciones que facilitan el ensueño, eso que Rousseau definió en su última obra (Les Rêveries du promeneur solitaire) como “ensueño”: una contemplación pura y desinteresada en la cual la mente se encuentra libre y las ideas siguen su curso sin resistencia u obstáculo.

El renombrado diseñador español Fernando Caruncho explica cómo sus estudios de filosofía lo llevaron al jardín y a descubrir lo que él llama el “espíritu del geómetra”.* A punto de sucumbir al pesimismo de la “fría ruina de nuestros tiempos” y abandonar sus estudios de filosofía, Caruncho descubrió la Grecia antigua y en particular a Eurípides. Entre los antiguos la filosofía a menudo se enseñaba o conversaba en jardines: en los de Academo y el Liceo. En esos jardines cercados los estudiantes aprendían a escuchar a Platón y Aristóteles. Ese descubrimiento transformó a Caruncho de joven filósofo en jardinero antiguo. En Pitágoras encontró un enigma (“todo está en el número”) y en Platón una advertencia enigmática lanzada desde la entrada de la academia: “aquellos que no estén familiarizados con la geometría no entren”. Recordó los tediosos estudios escolares de geometría. “¿Cómo era posible que después de haber estudiado geometría durante todos esos años, no sólo me resultara poco interesante sino que el poder contenido en esas formas geométricas no se me hubiese revelado?”. Fue entonces que miró con nuevos ojos los dibujos que había bosquejado en la escuela de diseño del paisaje. Sin saberlo, estaba descubriendo la geometría en su forma más elemental: la geometría del punto, la línea y el ángulo que hacen la cuadrícula. “Entonces descubrí que mi mano sabía cosas que yo daba por sentadas, que mi mano trazaba signos en el papel y arreglaba espacios con un método que no había aprendido, pero que probablemente había heredado; era un lenguaje maternal, antiguo y olvidado, esencial… era el lenguaje y la gramática de la geometría el que me dio las claves olvidadas que me permitieron encontrar el espacio y el invocarlo en el jardín. Me di cuenta de que estaba de alguna forma en contacto con el ‘espíritu del geómetra’, un espíritu que habita en la infancia helénica del hombre”. La cuadrícula “nos ayuda a contemplar las estrellas, a medir los cielos; es el tablero en el cual se mueven las figuras, el espacio infinito donde el jardinero, el músico, el arqueólogo, el astronauta expresan sus mundos interiores… Con la cuadrícula, y empleando la llave maestra de la razón áurea, se abre el mundo de las relaciones espaciales correspondientes. Correspondencia entre el cuadrado, el triángulo, el círculo, el pentágono, el decágono: figuras geométricas que revelan las analogías entre el hombre y el universo. Estas analogías aparecen cuando enfrentamos un proyecto; nos proporcionan la llave para comprender las simetrías dinámicas, los ritmos musicales y las cadencias que la naturaleza oculta. Es la geometría la que transforma a las sensaciones en arte y traduce los conceptos en ciencia”. Tiene razón Caruncho cuando afirma que tanto poetas, filósofos, jardineros, científicos como músicos, perfumistas y artistas han seguido “el río de la geometría universal”. Haríamos bien en practicar las virtudes del jardín. Nos ayudarían a mantener la esperanza y a cultivar la imaginación.

* Fernando Caruncho, “The spirit of the geometrician”, en Nöel Kinsbury y Tim Richardson (eds.), Vista. The culture and politics of gardens, Frances Lincoln Ltd, Londres, 2005 pp. 111-117.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su más reciente libro es La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.