Cuauhtémoc

Cuauhtémoc Cárdenas,
Sobre mis pasos
,
México, Aguilar, 2010, 614 pp.

El nuevo libro de Cuauhtémoc Cárdenas, Sobre mis pasos, arribó con franqueza. En una entrevista publicada en El Universal, acompañada por una fotografía del ingeniero echando un vistazo al lector por encima de su larga autobiografía política, el reportero preguntó a Cárdenas si su hijo Lázaro Cárdenas Batel, ex gobernador de Michoacán, podría ser un candidato a la dirigencia nacional que diera cohesión al PRD. Su respuesta: “Yo creo que ni Lázaro ni los milagros que pueda hacer cualquier santo pueden lograr eso” (18 de enero de 2011). Dada la imperante división al interior del PRD, ésta debe ser una verdad dolorosa para Cuauhtémoc Cárdenas, cuya campaña en 1988 unificó a la izquierda mexicana más que en cualquier otro momento desde la presidencia de su padre, y para quien el acto de haber encabezado la creación del PRD constituirá su legado más duradero.

Pero al margen de lo que sugieren esas palabras, y de cierta nostalgia por su liderazgo que la situación actual evoca, la impresión general que ofrece Sobre mis pasos es que se trata de un escrito para la posteridad, no de una intervención en el debate de actualidad. La narrativa principal termina en 2006, con la inclusión de un profético documento de aquel año sobre la inquietud que causa “la actitud dogmática que priva en el entorno de Andrés Manuel [López Obrador] para quienes no aceptamos incondicionalmente sus propuestas… pues con ello se contradicen principios fundamentales de la democracia como son el respeto a las opiniones de los demás y la disposición al díalogo” (p. 565). Pero aun ahí Cárdenas es tan prudente como siempre, y nunca culpa al propio López Obrador: Sobre mis pasos raramente hace ataques personales y no debería crearle, en principio, ningún nuevo enemigo a su autor. Al contrario, el libro es, como quien lo escribió, mesurado, sincero, serio y generalmente indiferente a la proyección de carisma.

Elaborado a partir de grabaciones y documentos de su archivo personal, el trabajo comienza con el joven Cuauhtémoc en la Escuela Nacional de Ingenieros. Cuenta sus primeras acciones políticas (entre las que destaca una marcha contra el derrocamiento —respaldado por Estados Unidos— del gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala, durante el cual Cárdenas colocó ingeniosamente una corona de flores frente a la embajada norteamericana, en señal de luto por la muerte de la Política del Buen Vecino), su participación al lado de su padre en el Movimiento de Liberación Nacional a comienzos de los sesenta, su labor en proyectos de ingeniería y en la administración de José López Portillo como subsecretario Forestal y de la Fauna. Posteriormente, examina episodios más conocidos, como sus tres campañas presidenciales, el fraude electoral de 1988, la fundación del PRD y su gestión como jefe de gobierno del Distrito Federal de 1997 a 2000. Sobre el 88, no sorprende que Cárdenas insista en que hubo fraude y que él ganó el mayor número de votos. Admite, sin embargo, que la evidencia para probarlo fue destruida hace años.

Si Sobre mis pasos tiene un argumento central, éste es que el mismo conjunto de ideas ha motivado las convicciones políticas de Cárdenas durante la totalidad de su vida política. Al final del libro las reitera de nuevo: “ejercicio pleno de la soberanía nacional, el aprovechamiento del petróleo y los recursos energéticos para fortalecer la soberanía del país y mejorar sostenidamente en el bienestar de la población, profundizar y expandir nuestra democracia, avanzar en la equidad y en poner fin a exclusiones y marginaciones, pugnar por la integración política y económica de América Latina, por un orden internacional justo y por la paz”. Se puede discutir la manera de lograr esos propósitos, o en algunos casos incluso en qué consisten exactamente, pero constituyen una agenda digna, tan tristemente urgente hoy como cuando fue articulada por primera vez a fines de los treinta durante la presidencia de su padre, o a comienzos de los sesenta en la plataforma del Movimiento de Liberación Nacional. La época que más trabajo le cuesta describir cómodamente a Cuauhtémoc, sobre todo en función del personaje consistente que se empeña en ser, es su selección por dedazo como gobernador de Michoacán y su militancia dentro de un PRI cada vez más extraviado ideológicamente; no obstante, aborda ese periodo con franqueza, sin necesidad de excusarse ni defenderse.

En el prólogo, Cárdenas anota que “no se trata de una autobiografía, para lo que faltaría mucho a este texto. Quedan fuera los acontecimientos de la vida familiar y de todos los días, [y] los sentimientos frente a personas o cuestiones que he guardado para mí […]”. Que los políticos hagan menos espectáculo con sus vidas privadas es muy respetable, sobre todo en nuestros tiempos de política reality show, pero no deja de ser una lástima que Cuauhtémoc sea tan escueto al escribir a propósito de su padre, sobre quien seguramente tiene ideas e interpretaciones originales que podría compartir. El lector decepcionado puede encontrar consuelo en que, como otras fuentes sugieren, el recelo de su padre creó una vida casera bastante apolítica. Lo más cercano a una biografía de Cuauhtémoc, previa a la publicación de Sobre mis pasos, es una entrevista verdaderamente extraña que le hizo el periodista James R. Fortson en 1997 (Cuauhtémoc Cárdenas, un perfil humano, Grijalbo), en la que hurga en la vida familiar sin descubrir detalles reveladores. Ahí, Cuauhtémoc hace hincapié en que ser el hijo de Lázaro Cárdenas “es la condición con la que yo llegué a la vida; o sea que es para mí una condición natural”. En Sobre mis pasos, Cuauhtémoc dice que aprendió mucho sobre su padre leyendo sus Apuntes póstumos. Así que quizás haya menos que decir que lo que uno conjeturaría.

Pero existen pistas implícitas, en los mejores pasajes del libro, de lo perdido con esas omisiones. Las páginas más fervientes —de entre las más de 600 que tiene el libro— son las que Cárdenas dedica a responder, en una forma inusitadamente cortante, a un análisis de la izquierda mexicana escrito por Enrique Semo (La búsqueda, Océano, 2003) en el que acusa tanto a Cuauhtémoc como a su padre de ciertas formas de “clientelismo… corporativismo y… corrupción endémica”. Dicha acusación invierte la imagen que Cuauhtémoc tiene de sí mismo y de su familia, y parece que le provocó una ofensa comprensible. Su respuesta pública es una lectura fascinante porque, en vez de simplemente exponer los hechos de su vida, es una réplica a Semo en la que vivamente defiende sus decisiones. Aquí, por fin, habla de su niñez y su familia: de la autonomía que le dio su padre para tomar sus propias decisiones políticas; de las conversaciones esporádicas con varios presidentes que tuvo cuando era joven, y así sucesivamente. Cárdenas explica, por ejemplo, la decisión de su padre de no apoyar a candidatos de oposición, como el general Henríquez en 1952, con el motivo de evitar el fantasma de otro maximato.

El punto de mayor interés en el intercambio entre Semo y Cárdenas tiene que ver con el Movimiento de Liberación Nacional, un movimiento social no-partidario que reunió al Partido Comunista Mexicano, al Partido Obrero Campesino de México, al Partido Popular Socialista de Vicente Lombardo Toledano, y a gran parte del ala izquierda del PRI, en una campaña en defensa de la revolución cubana, a favor de presos políticos izquierdistas, y en torno a temas más amplios de soberanía económica y paz. (Dos décadas y media después, varios militantes del MLN, entre ellos Heberto Castillo y Manuel Marcué Pardiñas, también participaron en la creación del PRD.). Activo, al menos en términos relativos, entre 1961 y 1963, el movimiento perdió mucha de su fuerza en 1964, cuando surgieron divisiones de cara a la elección presidencial de ese año. Como bien señala Cárdenas para refutar la implicación de Semo de que el MLN murió en un acuerdo pactado con el gobierno, el Partido Comunista quería usar al MLN como un “frente” electoral, lo cual provocó fisuras que debilitaron el movimiento.

Cárdenas se reivindica en estos pequeños detalles, lo mismo que en asuntos de más actualidad como, por ejemplo, de la acusación de Semo de que Cuauhtémoc ejerce el caudillismo dentro del PRD a costa de López Obrador. Pero el debate también muestra algo que ambos omiten: las contradicciones e ironías como ingredientes de la historia y la vida real. En su discusión sobre la creación del MLN no hay ninguna mención del papel impulsor que desempeñó el Consejo Mundial de la Paz, un cuerpo creado al principio de la Guerra Fría como frente soviético, para representar a “Occidente” como belicista. A finales de los cincuenta y a comienzos de los sesenta, el predominio soviético dentro del Consejo se debilitó por los conflictos con China y el ascenso de Cuba después de su revolución.

Toda la evidencia sugiere que el MLN se erigió como un movimiento extraordinariamente independiente y nacional, a pesar del involucramiento soviético, gracias a la firme insistencia de Lázaro Cárdenas. Las conversaciones entre los delegados latinoamericanos en el foro del Consejo Mundial de la Paz condujeron, eventualmente, a la convocatoria de la Conferencia Tricontinental en Cuba y a la elevación de la cuestión de la “liberación nacional” sobre la de la “paz” a finales de los sesenta —asuntos éstos que tampoco se mencionan—. Ahora que la Guerra Fría es cosa del pasado, es probable que dichas omisiones sean simplemente una manera de evitar el “macartismo” que Cárdenas suele criticar como uno de los males que aquejan la discusión sobre la izquierda. Puede que tenga razón, pero también podría tratarse de una barrera contra la introspección; de todos modos, una explicación más completa de sus decisiones entre 1961 y 1964 no tendría por qué hacerlas algo más vergonzoso —sólo las haría algo más interesantes.

La sensación de que asistimos al triste espectáculo de una oportunidad perdida se exacerba por la falta de discusión en torno a una de las más grandes ironías de la historia del MLN: que mientras honraba a Lázaro Cárdenas como participante e inspiración política, buscaba una “democratización” del sistema que habría requerido el desmantelamiento de algunas estructuras que él mismo creó como presidente. El caso más obvio es la CTM, una central obrera creada para dar representación política a los obreros pero que terminó fungiendo como un instrumento profundamente antidemocrático del partido oficial. Otro es PIPSA, creado en 1935 por burócratas progresistas en la Secretaría de Hacienda (entre los cuales se encontraba Jesús Silva Herzog), pero que durante los sesenta operó para que ningún miembro de la “gran prensa” cubriera al MLN y para marginar publicaciones asociadas con él, obligándolos a buscar subsidios externos.

Nada de lo anterior implica regatearle sus logros a cualquiera de los dos Cárdenas, o menospreciar la esperanza que ambos han representado, en sus respectivos momentos, para la historia de la socialdemocracia en México. Pero parte de construir un Estado progresista robusto está en crear instituciones que mantengan su carácter progresista aun y cuando los progresistas ya no estén en el poder. Eso es algo que hombres menos comprometidos con la integridad y la buena fe, como los Cárdenas, quizás habrían reconocido con más celeridad.

Patrick Iber. Investigador del Departamento de Historia de la Universidad de Chicago.