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La ausencia de reformas que mejoren la calidad del sistema educativo de México ha tenido un costo muy significativo: 0.87 puntos porcentuales de crecimiento adicional en el PIB per cápita, es decir, 11 mil pesos mensuales por cada familia o cerca de tres mil pesos que, mes con mes, en promedio pierde cada mexicano. En términos de pobreza, nuestra incapacidad de emprender una reforma educativa de fondo nos ha costado muchísimo: más de una tercera parte de las personas que hoy se encuentran en pobreza alimentaria podrían estar en mejores condiciones. Chile y otros países han conseguido resultados que sugieren que estas cifras son realistas, así que estos números pueden ser una medida de lo que debería ser el tamaño de nuestro lamento.

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Aunque no tendría que ser consuelo para nadie, es necesario empezar por reconocer que, en materia de cobertura de educación básica, durante los últimos 40 años nuestro sistema educativo ha experimentado logros importantes. En 1970 la población mayor a 15 años tenía un promedio de escolaridad igual a 3.4 años y apenas el 3% contaba con educación básica completa. Para el año 2005, la población de 15 años y más alcanzó una escolaridad promedio de 8.1 años y el 21.7% había concluido la educación básica (datos del INEGI). En años recientes, con la puesta en marcha de programas sociales como “Progresa-Oportunidades”, la escolaridad entre grupos vulnerables ha mostrado avances significativos. Como se demuestra en la gráfica 1, el sistema educativo mexicano no solamente logró incrementar la cobertura educativa a tasas aceleradas, también consiguió que los que más avanzaran en la acumulación de años de escolaridad fueran los hogares con una situación inicial en desventaja.

Pero no podemos perder de vista que este incremento en años de escolaridad —que benefició más a los hogares de bajos ingresos— debió haber tenido, al menos, tres efectos positivos sobre el panorama socioeconómico mexicano: Primero, la desigualdad del ingreso en México debió haber disminuido. Segundo, la tasa de crecimiento económico de largo plazo debería mostrar un comportamiento positivo. Por último y como consecuencia de la reducción en desigualdad del ingreso y el incremento en tasas de crecimiento, la pobreza en México se debería haber reducido considerablemente.1                

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¿Cómo se han comportado la desigualdad del ingreso, el crecimiento económico y la pobreza en los últimos años?
De acuerdo a los resultados de las ENIGH 1992-2008, la desigualdad del ingreso en México, medida por el índice de Gini, ha descendido de un nivel de 0.54 en 1992 a 0.50 en 2008, lo cual no es un logro menor. Sin embargo, como se muestra en la gráfica 2, la tasa de crecimiento del PIB per cápita ha sido marcadamente errática, con un promedio de crecimiento anual de apenas 1.54% de 1970 a la fecha. Y lo que es más preocupante, la tasa de crecimiento de largo plazo muestra una tendencia negativa. Las bajas tasas de crecimiento económico explican que los índices de pobreza se hayan reducido sólo marginalmente en los últimos 20 años. De acuerdo al Coneval, en 1992, poco más de 20% de la población en México no tenía un ingreso suficiente para satisfacer sus necesidades alimenticias; en 2008 esta proporción fue de 18.2%. Esta conclusión se sostiene si utilizamos otras líneas de la pobreza más ambiciosas: la reducción de la pobreza ha sido muy limitada debido a la muy baja tasa de crecimiento económico de largo plazo.

¿Por qué no crecemos, a pesar de haber logrado un avance asombroso en la cobertura de los servicios educativos?

Una explicación puede ser que, durante los últimos 30 años, otros factores asociados al crecimiento económico hayan empeorado y el avance educativo sólo haya sido suficiente para contrarrestar estos efectos adversos. Otra explicación, sin embargo, es que el incremento en cobertura educativa o años de escolaridad, por sí solo, no es suficiente para elevar el crecimiento económico de largo plazo.

El crecimiento económico de largo plazo está estrechamente relacionado con el acervo de capital humano de la población. La acumulación de capital humano permite la incorporación de nuevas tecnologías y la innovación en los procesos productivos. La tecnología y la innovación inciden en la productividad de una economía o en su habilidad para transformar insumos en productos, la médula del crecimiento económico. Un informe reciente de la OCDE2 demuestra que un aumento en años de escolaridad, por sí solo, no es capaz de aumentar las tasas de crecimiento de largo plazo de una economía. La lógica detrás de estos resultados es muy simple, el incremento en escolaridad se transforma en mayores niveles de capital humano, productividad —y por lo tanto crecimiento— siempre y cuando los niños y jóvenes adquieran herramientas útiles durante su paso por las aulas. Por lo tanto, la calidad de un sistema educativo está determinada, en buena medida, por su capacidad para formar egresados con herramientas útiles como habilidades numéricas, ciencias naturales y de comprensión lectora, las cuales abonan al acervo de capital humano de una sociedad.

Medición del déficit en la calidad de la educación

Una forma de cuantificar la cantidad de herramientas que los niños y jóvenes adquieren durante su paso por las aulas, es decir, la calidad de la educación, es a través de pruebas estandarizadas que miden habilidades como matemáticas, ciencias o comprensión escrita. En México se llevan a cabo pruebas estandarizadas diseñadas por la autoridad educativa (Enlace), y también participamos en el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) de la OCDE. Ambas pruebas, Enlace y PISA, muestran que la calidad de la educación está lejos de ser aceptable. En 2006 México ocupó el último lugar en la prueba PISA entre los países de la OCDE, por debajo incluso de Turquía, país con un nivel de ingreso per cápita menor al mexicano.

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Los resultados de las pruebas nacionales no son menos preocupantes. En 2008 la Secretaría de Educación Pública (SEP) aplicó, por primera vez, la prueba Enlace a la población en el último grado del nivel medio superior. Los resultados muestran que casi el 85% de los alumnos que estaban por concluir el bachillerato en 2008 presentaban un nivel de matemáticas insuficiente o elemental (ver gráfica 3). Por lo tanto, en 2008 y después de haber pasado por lo menos 13 años en el sistema educativo, sólo 15% de los egresados de educación media superior habían adquirido las herramientas necesarias para contribuir de forma significativa al acervo de capital humano del país. Si nos concentramos en los alumnos que forman parte del programa “Oportunidades”, los resultados muestran que sólo el 6% obtuvo un nivel de logro bueno o excelente. Esto limita mucho el poder del programa para romper la transmisión intergeneracional de pobreza, su objetivo primordial. “Oportunidades” no está mal diseñado, sin embargo, es preciso evaluar a la luz de los resultados de pruebas estandarizadas el supuesto de que, al pasar más tiempo en las aulas, los niños y jóvenes de hogares pobres adquieren herramientas que les permiten obtener empleos mejor remunerados y romper así con la transmisión intergeneracional de la pobreza. Dado que la mayoría de los egresados del programa no adquieren dichas herramientas, el supuesto es bastante débil y, en última instancia, falso.

¿Cuál es el costo de la baja calidad de la educación
en México?

Los costos asociados a una baja calidad educativa son muchos y resultaría difícil —si no imposible— cuantificarlos. Sin embargo, lo que nos interesa aquí es medir el costo de la baja calidad de la educación en términos de falta de acumulación de capital humano, lo cual se transforma en una menor tasa de crecimiento económico de largo plazo. En este sentido, una calificación no aprobatoria en una prueba de matemáticas, ciencias o español es un problema sustantivo: estos niños o jóvenes eventualmente saldrán al mercado laboral sin las habilidades necesarias para desempeñar su trabajo de forma eficiente, no podrán hacer uso de las nuevas tecnologías, ya ni hablar de su (in)capacidad para innovar en los procesos productivos.

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Una forma de cuantificar el costo de los bajos resultados en pruebas estandarizadas es mediante la construcción de un escenario hipotético: ¿cuál sería la tasa de crecimiento económico en México si lográramos emprender una reforma educativa que elevara significativamente los niveles de aprovechamiento escolar? De acuerdo al estudio de la OCDE citado con anterioridad y otros estudios similares,3 un aumento de una desviación estándar en una prueba estandarizada como PISA, se traduce en un aumento de 1.74 puntos porcentuales en la tasa de crecimiento del PIB per cápita de largo plazo. Para contextualizar estos resultados, consideremos que México obtuvo un puntaje promedio de 406 en la prueba de matemáticas de PISA 2006. Por otro lado, la desviación estándar en esta prueba fue de aproximadamente 100 puntos, por lo tanto, un incremento de una desviación estándar en el promedio de matemáticas nos pondría en un nivel de 504, el nivel de aprovechamiento mostrado por Austria o Islandia. Pero no nos pongamos tan ambiciosos, asumamos que, en un periodo reformista de, digamos, 10 años, lográramos un avance de media desviación estándar, es decir, de 50 puntos de la prueba PISA (situándonos en un nivel similar al que obtuvo Portugal en 2006), esto sería suficiente para elevar la tasa de crecimiento de largo plazo 0.87 puntos porcentuales.

Quizá 0.87 puntos porcentuales de crecimiento adicional en el PIB per cápita no parezca gran cosa, pero un ejemplo bastará para cambiar de opinión. Imagínese que en 1970 México hubiera emprendido una reforma educativa con una duración de 10 años y cuyo resultado final fuera que el nivel de aprovechamiento escolar se incrementara en un nivel equivalente a 50 puntos de la prueba PISA. Debido a esta reforma, entre 1980 y 2010, México crecería 0.87 puntos porcentuales por encima de la tasa de crecimiento observada. Este diferencial en tasas de crecimiento se traduciría en un PIB per cápita anual de 32 mil 984 pesos por encima de los 116 mil 90 que observamos en 2010 (ver la gráfica 4). De acuerdo a la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2008, en ese año la familia promedio en México tenía cuatro miembros, esto quiere decir que, bajo el escenario hipotético, cada familia en 2010 tendría, mensualmente, 10 mil 994 pesos adicionales totalmente atribuibles a la reforma educativa. En otras palabras, el no haber emprendido una reforma educativa (en 1970) que elevara la calidad de la educación, nos cuesta 10 mil 994 pesos mensuales a cada familia o dos mil 748 pesos a cada mexicano.

Otra forma de cuantificar los costos de la baja calidad de la educación es en términos de pobreza. Con un ingreso por habitante 28% mayor (fruto de la reforma hipotética de 1970), y aun asumiendo que la distribución del ingreso no cambiara con el incremento en calidad de la educación,4 el nivel de pobreza alimentaria en México en 2008 sería de 11.9%. Esta cifra contrasta con el nivel de pobreza alimentaria observados en 2008 en donde el 18.2% de la población se encontraba por debajo de la línea de la pobreza alimentaria. En otras palabras, bajo el escenario hipotético de la reforma educativa, hoy habría menos mexicanos pobres en una magnitud de 6.8 millones.

Hoy podemos cuantificar los costos (y lamentarnos) de no haber emprendido, hace 40 años, una reforma que elevara la calidad de la educación en nuestro país. Evaluar los costos de no emprender esos esfuerzos puede ser una razón, entre muchas más, para rectificar el camino y emprender una reforma educativa que en 10 años incremente significativamente la calidad de la educación, lo cual se vería reflejado en mejores niveles de logro en pruebas estandarizadas como PISA o Enlace, y eventualmente en un mayor crecimiento económico. Habrá quien piense que un incremento de 50 puntos en la prueba PISA en un periodo de 10 años es sólo un escenario hipotético e inalcanzable, pero no es así. Entre los años 2000 y 2006 Chile logró un aumento promedio en el nivel de logro de 27 puntos PISA, si los chilenos logran mantener este ritmo de mejoras entre 2006 y 2010, en 10 años conseguirán un incremento en la calidad de su educación igual a 45 puntos de PISA. En cambio, si en México seguimos con el patrón de resultados insatisfactorios que mostramos entre 2000 y 2006, perderemos 2.7 puntos de PISA en un periodo de 10 años (ver la gráfica 5)

Algunas ideas para incrementar la calidad de la educación en méxico
¿Cómo elevamos la calidad de la educación en México? De acuerdo al informe McKinsey (2007),5 todos los sistemas educativos exitosos del mundo —por ejemplo, los de Corea del Sur, Finlandia y Singapur— comparten tres características que pueden ser vistas como condiciones necesarias (más no suficientes) para alcanzar una educación de calidad:

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1.Sólo los mejores pueden llegar a ser docentes. Para ser un aspirante a docente de educación básica en Corea del Sur o Finlandia es necesario tener un título profesional y estar entre el 5% o 10% de los egresados con mejores promedios de la generación, respectivamente. Para garantizar la calidad de los futuros docentes es necesario que se ofrezcan salarios de inicio competitivos. Sin embargo, los niveles salariales no hacen la diferencia. De hecho, está demostrado que para atraer a los mejores es más importante que la labor docente goce de prestigio entre la sociedad.

2.Es necesario aprender a enseñar. Seleccionar a los mejores no es garantía de que sean buenos docentes. Para llegar a ser un buen docente, aparte de tener los conocimientos, es necesario que los candidatos seleccionados sean capacitados en técnicas de enseñanza. Por ejemplo, en Singapur se destinan, en promedio, 100 horas al año a la formación docente; en términos generales, el 10% del tiempo laboral anual de un docente debe ser invertido en cursos de formación y actualización.

3.Todos deben tener acceso a una educación de calidad. La última característica que comparten todos los sistemas exitosos del mundo es que no dejan que ninguna escuela o alumno dentro de las escuelas se rezague. Los sistemas con los mejores niveles de logro monitorean a todas las escuelas (y a los alumnos dentro de éstas) para identificar a las que muestran rezago e implementar intervenciones compensatorias. Por ejemplo, el 20% y 30% de los alumnos en Corea del Sur y Finlandia reciben clases de refuerzo, respectivamente. Este tipo de mecanismos garantiza una educación de calidad para todos, sin importar a qué escuela hayan asistido.

Comentarios finales

Los logros que ha alcanzado el sistema educativo mexicano en su camino hacia la universalización de los servicios de educación básica son admirables. Sin embargo, este aumento en cobertura parece haber tenido un alto costo: el descuido de la calidad en los servicios. De poco o nada sirve tener a más mexicanos más tiempo en las aulas si durante su paso por la escuela no adquieren las herramientas necesarias para ser trabajadores productivos, capaces de innovar y contribuir al desarrollo del país. La creciente integración de los mercados internacionales, que sitúa a los trabajadores mexicanos en un plano de competencia internacional, nos obliga a replantearnos el paradigma educativo y definir a la calidad de la educación como el objetivo fundamental. El no elevar la calidad de la educación en el corto y mediano plazos tendrá un costo económico y social enorme para varias generaciones futuras de mexicanos.

Los resultados de pruebas estandarizadas como PISA o Enlace deben ayudar a crear una sociedad informada sobre la importancia que juega la calidad de la educación en el desarrollo de largo plazo. Una sociedad informada es una sociedad que demanda resultados de la autoridad educativa. La autoridad educativa, por su parte, debe asumir su responsabilidad y construir un sistema educativo de calidad que sea capaz de reclutar a los mejores, darles la capacitación necesaria para que ejerzan su labor con los más altos estándares y nivelar escuelas y alumnos en situación de rezago. Un sistema educativo que ofrezca educación de calidad para todos, sin importar su lugar de residencia o condición social, se traduce, a la postre, en una sociedad en donde existe mayor igualdad de oportunidades, menor disparidad en ingresos, mayor crecimiento económico y, por lo tanto, justicia social.

Rafael E. de Hoyos. Doctor en economía. Ha sido investigador en el Banco Mundial y coordinador de asesores de la Subsecretaría de Educación Media Superior, SEP.

1 Claramente, éstos son efectos que tendría el incremento en escolaridad en ausencia de otros cambios que afecten la desigualdad del ingreso, el crecimiento de largo plazo y, por lo tanto, la pobreza.
2 OCDE, The high costs of low educational performance. The long run economic impact of improving PISA outcomes, 2010.
3 Ver Hanushek y Woessmann (2008), “The role of cognitive skills in economic development”, Journal of Economic Literature.
4 Este es un supuesto bastante fuerte, ya que como lo documentamos arriba, el incremento en cobertura educativa ha beneficiado más a las familias más pobres. Por lo tanto, es de esperarse, que un incremento en la calidad educativa disminuya la desigualdad del ingreso.
5 McKinsey (2007), “Cómo hicieron los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo para alcanzar sus objetivos”.