A propósito del centenario de la aparición del libro de aforismos de Francisco Sosa, Breves notas tomadas en la escuela de la vida, publicado en 1910 (Imprenta de Antonio García Cubas), expondré un horizonte del aforismo, la redención literaria del género, simpatías y diferencias con otras arquitecturas narrativas que recurren a la brevedad literaria —microrrelato, apotegma, sentencia, máxima— y a la tradición popular —leyenda, adivinanza, proverbio, chiste— para su concreción artística. Asimismo, apuntaré una demografía autoral y un inventario de esta musa menor cuya presencia en las letras nacionales es seductora, indocumentada y marginal. Presencia que dispone de al menos un siglo, si partimos para su documentación probada del libro de Francisco Sosa, capital para el aforismo, pues este volumen puede considerarse punto de partida para establecer la historiografía literaria del aforismo. Así pues, el origen, desarrollo y continuidad de este género en México tiene su encrucijada en Breves notas tomadas en la escuela de la vida.

Horizontes
del aforismo

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El aforismo es una de las musas menores que tiene una presencia escondida en las letras nacionales, muy dilatada, insólitamente indocumentada y soterrada en los túneles de los acervos literarios. No es usual su enseñanza en los centros educativos, tampoco su recensión en la crítica literaria que se acostumbra en la tertulia periodística y su historiografía muere de inanición por la falta de materiales con que nutrirla, ya que no se han sistematizado sus fuentes, tampoco se ha emprendido una bibliografía esmerada que pudiera dar noticia franca de los libros cuyos autores han cultivado el género en México, Hispanoamérica o Europa. Excepcionalmente, en España se impulsa una colección aforística, por la editorial Edhasa, que procura la difusión del aforismo universal, en particular el acuñado en español tanto en la península como en Latinoamérica, donde encontramos lo mismo las máximas de Lichtenberg, los razonamientos sublimes de Nietzsche, la obra precursora de Karl Kraus o el pensamiento americanista de Augusto Roa Bastos.

Verdehalago, una empresa editora de bajo presupuesto, desde hace unos lustros se dedica a la publicación, traducción y selección de la obra aforística de literatos mexicanos y europeos. En su serie Fósforos han aparecido lo mismo el pensamiento gregario de sor Juana, las máximas políticas del Benemérito de las Américas, la contemplación urbana de Fernando Curiel, que el género en sus vertientes anglosajonas en voz de Gottfried Benn, G. K. Chesterton, William Blake y Oscar Wilde, además del pensamiento iluminado francés y alemán, importados al español mexicano por la diestra mano traductora de nuestros escritores. La traducción del aforismo iniciaría en México con la publicación de los “Aforismos” de Maximiliano de Habsburgo, integrados al tomo dos de sus Recuerdos de mi vida. Memorias de Maximiliano, en traducción de José Linares y Luis Méndez (México, F. Escalante Editor, 1869).

Inauditamente, el lector contemporáneo no dispone de una antología sobre el aforismo nacional, regional o universal en español; apunto esta lengua pues en inglés sí se disponen de sendos florilegios sobre el género (Louis Kronenberger, The Viking Book of Aphorisms; John Gross, The Oxford Book of Aphorisms). Hasta el momento nuestro lectorado carece de un estudio que le explique los pormenores del género o facilite la redención literaria de esta singular arquitectura narrativa. Las antologías pioneras de Irma Munguía Zatarain y Gilda Rocha Romero (Aforismos [Una selección libre] y Diccionario antológico de aforismos) ofrecen la salvedad a este injustificado hoyo negro en la literatura mexicana. Como resultado de esa indolencia, no se dispone de una demografía autoral o un inventario libresco que faciliten un acercamiento maduro al lector interesado en el aforismo, su estructura, historia y crítica.

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Mi libro Escrituras privadas, lecturas públicas. El aforismo en México. Historia y antología, facilita entre sus propósitos de realización los documentos necesarios para su comprensión, las herramientas para la elaboración de su historia regional, sus vasos comunicantes con otras tradiciones literarias por la importación de títulos emblemáticos para el género por la mano diestra de autores nacionales; en resumen, procura elaborar el primer acervo bibliográfico y un censo inicial con sus principales autores para certificar la presencia en nuestra cultura literaria de un género frecuentado apasionadamente por sus cultivadores, terriblemente desconocido para el resto de sus potenciales lectores e ignorado en los patrimonios culturales de los que procede. Quizá la primera antología del aforismo mexicano encuentre ahí su espacio natural de expresión.

La redención del género será su primer acercamiento; el segundo, mostrará las simpatías y diferencias con otros géneros de la brevedad inquisitiva; el tercero expondrá un escolio a Breves notas tomadas en la escuela de la vida, que en septiembre de 2010 cumplió el centenario de su aparición en las letras mexicanas y, finalmente, ofrecerá una fría y seca demografía autoral para llamar la atención en los nombres, plumas y afanes aforísticos de los escritores mexicanos que entre los siglos XIX, XX y la primera década del presente han labrado en los fértiles espacios de la escritura aforística.

Simpatías y diferencias

Además del aforismo, estos son los géneros narrativos que recurren a la brevedad literaria —microrrelato, apotegma, sentencia, máxima— y a la popular —leyenda, adivinanza, proverbio, chiste— para su concreción artística. De ellos sólo explicaré la naturaleza cuentística del microrrelato, pues con el aforismo suele confundírsele habitualmente. Como paso previo, baste apuntar que tales formas populares, folclóricas, tienen de común su carácter anónimo, pertenecen al dominio público, obedecen a un tiempo cíclico, se adaptan a las condiciones culturales o sociales de una época, resumen la idiosincrasia y sabiduría de una comunidad y sirven para instruir a su parvulario. Por lo general, éstas son las características básicas de la leyenda, la adivinanza, el proverbio y el chiste. Estos mismos rasgos pueden aplicarse a las restantes formas con que una nación sintetiza en el folclor su arraigo en la tierra. Tienen la función social de conservar su saber, transmiten su experiencia de vida y educan a sus integrantes en las modalidades de la Naturaleza, acoplan al grupo y los dota de herramientas que les permiten la sobrevivencia en un medio a veces hostil, otras paradisíaco.

Así planteados sus rasgos distintivos, regreso al microrrelato, forma eminentemente escritural, a diferencia de las folclóricas, ágrafas, que carecen de escritura, naturalmente pertenecientes a la tradición oral.

Emergido de una robusta cultura literaria, el microrrelato, a pesar de los recientes acosos analíticos en la academia y la tertulia literaria, no dispone de una definición general y literariamente aceptada. En Barcelona, Bogotá, Buenos Aires o México, entre otros centros productores de su creación artística como de las perquisiciones que tratan de ceñirlo, cada escritor o analista literario ha lanzado un concepto que postula su definición. Uno por uno plantean una verdad literaria; cada concepto blandido aloja su refutación. Estos balbuceos no escapan a tal naturaleza. En consecuencia, expongo que el microrrelato obedece a la pertinaz manía del ser humano de compulsar su estancia en esta tierra, domeñar su carácter, soliviantar su vida doméstica, anhelar la carne próxima, ensoñar otras vidas, recrear sus ocios, maldecir al prójimo. Al contar, registra las cimas de sus afanes y el infierno de su tiempo. Ahí, en ese microcosmos se encuentra la memoria de su estancia por el mundo.

Estrictamente, un microrrelato sigue las reglas de composición aristotélicas. Se apega a una trama cuyo héroe vivirá o planteará un conflicto, en un escenario único, donde ambientará sus acciones durante un tiempo perentorio, donde acaso se tope con una doncella o su némesis, con quien ralentizará en su conclusión abierta o cerrada una epifanía. El curso de sus acciones sigue la estela de una flecha al perseguir la nuez de una diana.

El aforismo y sus linderos

Por su naturaleza, el aforismo se sitúa en un punto equidistante entre los géneros tradicionales como la adivinanza, el chiste, la leyenda y el refrán, entre otros soportes vernáculos, pues son los formatos de una tradición oral que, por su condición, exigen el anonimato, la creación colectiva y el dominio público, que son justamente los rasgos contrarios a los géneros literarios. En los géneros de tradición oral su soporte yace en la memoria de la colectividad, su vehículo de transmisión y recreación. Por otra parte, el aforismo también suele lindar con el microrrelato, la fábula, la greguería e incluso la parábola.

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En la adivinanza, el chiste, la leyenda y el refrán se funden la picardía, el ingenio de un pueblo, su sabiduría, idiosincrasia e historia colectiva. Estos soportes de la tradición popular tienen como propósitos enseñar, divertir, conservar, aleccionar a los integrantes de una comunidad viva. Cada una de estas formas expresivas se sujeta a la rueca del tiempo: aparecen, se olvidan y vuelven a surgir desaletargadas por las circunstancias sociales, cuyos requerimientos a su vez actualizan los contenidos latentes; por esta condición efímera, la fijación del “texto oral” es una tarea imposible.

La parábola conserva un ascendiente bíblico que obliga a recapitular las acciones emprendidas por el ser humano bajo una circunstancia específica; además, por su naturaleza evangélica pretende una enseñanza religiosa o una lección de vida, nunca cívica, lección que sí puede desprenderse de su contraparte el microrrelato o la fábula, ésta con un inevitable didactismo y un carácter moral. Por la tradición literaria que forjan, ninguno es cíclico; es decir, no se sujetan a los procesos de reciclaje a que están sometidas las formas orales tradicionales. Por supuesto, las tres arquitecturas (aforismo, fábula y microrrelato) exigen su fijación textual.

Para avanzar en esa historia y en la formación de un repertorio aforístico, propongo una definición complementaria que circunda la noción de aforismo, lo caracteriza en sus contornos pero, sobre todo, la divulgo como mera hipótesis de trabajo. Para lograr ese propósito, adelanto este apunte que circunscribe al género en acecho: Es el género por excelencia de la madurez tanto del hombre como del literato, la oración de los escritores veteres; se trata de una expresión de sabiduría que condensa los saberes de una vida. Para su enunciado se vale de una oración simple o una frase. Siempre es un fulgor, una revelación. Un relámpago de saber. Es un género más allegado a la reflexión del pensamiento filosófico que a la invención literaria. Junto con la máxima y el apotegma, el aforismo pertenece al mismo orden ideológico de las formas, excepto que no comparte con ellos el arquetipo religioso. En los tres, la mímesis mandata.

La narratividad es otra de las características intrínsecas de este género, aunque los aforismos de Gerardo Deniz asentados en Letritus rompen con esa regla de oro del viejo pacto de la representación prosística, establecida luego de aparecer los aforismos hipocráticos.

En su condición de médico, Hipócrates acuñó el único género no fundado por un literato, desde entonces es habitual que las más diversas tribus de profesionales publiquen su aforística: arquitectos, políticos, historiadores, libreros, filósofos y literatos, al menos en México; de este modo han dado continuidad a una tradición que se remonta a la cultura y civilización grecorromanas.

Concluyo este apartado con una definición operativa: un aforismo es un argumento controvertible aunque veleidoso, que soporta una experiencia empírica, un saber positivo expresado en una definición conceptual, un pensamiento educado por el libre albedrío. Jamás narra una historia, eventualmente fomenta una lección cívica o moral; por historia y tradición no profesa dogmas, aunque las creencias obtienen su rédito durante la concepción; sus dominios también circundan la estética de las artes, la biografía, los credos, además de ceñir las idiosincrasias y las tradiciones. La prosa es su soporte habitual, regla de oro que admite las excepciones contemporáneas. Nunca es epifánico, pero sí confesional. La experiencia y el dominio de un saber o una técnica, así como el empirismo subyacen en el género, por ello el escritor veter es quien más lo ha frecuentado, según los indicios y las evidencias documentales que sustentan este comentario; en consecuencia, es el género de la madurez literaria.

Censo y demografía

Juana Inés de la Cruz: Aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no saber qué decir, sino no saber en las voces lo mucho que hay que decir.

Benito Juárez: Los lobos no se muerden, se respetan.

Maximiliano de Habsburgo: Dos cosas son necesarias al hombre de Estado, el instinto y el tacto: aquél para discernir; éste para ejecutar. Saber gobernar es un talento innato, que no se adquiere, y al que, como a las aptitudes naturales, lo más que puede hacerse es pulirlas.

Mariano Silva y Aceves: El bien más cierto de que somos deudores a los hombres es el bien de la lectura, y encontrar el libro que conviene a cada edad, equivale a encontrar el mayor tesoro de un pueblo, mayor todavía que la Constitución o la moneda.

Francisco Sosa: El que revela los favores de una mujer, confiesa así que es indigno de obtenerlos.

Alfonso Reyes: Los niños de aquella familia se disputaban dos tesoros: los besos de la institutriz y la “pepita del chayote”. Así se empieza.

Carlos Díaz Dufoo Jr.: Hubiese dado cualquier cosa por una creencia elemental, por una afirmación biológica, por un pequeño refugio, animal y seguro.

Julio Torri: El mundo ha perdido su voluntad, y ya no es sino representación (con excusas para los manes de Schopenhauer).

Max Aub: En los documentos nunca hay hijos de puta. Y Dios sabe que son incontables.

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Enrique Jardiel Poncela: Nadie está en mayor peligro de muerte como aquel que ha hecho testamento a favor de los que lo rodean.

José Bergamín: Hay monederos falsos de las ideas, sobre todo, de las ideas estéticas. Lo peor de los simuladores, en pintura como en poesía, como en música, en filosofía y en religión, no es que comercien y trafiquen con el misterio sino con el secreto profesional de sus clandestinos falsificadores. Con moneda sin cuño.

Octavio Paz: Al leer o escuchar un poema, no olemos, saboreamos o tocamos las palabras. Todas esas sensaciones son imágenes mentales. Para sentir un poema hay que comprenderlo; para comprenderlo: oírlo, verlo, contemplarlo —convertirlo en eco, sombra, nada. Comprensión es ejercicio espiritual.

Luis Cardoza y Aragón: La imaginación es memoria arrebatada. La amnesia, sordo huracán de las sombras.

Mariana Frenk-Westheim: La vejez es una de esas cosas que les pasan a los jóvenes.

Sergio Golwarz: La modestia es la más incómoda de las virtudes, porque no se puede alardear de ella.

Gerardo Deniz: Cuando musitan que así no, deduzco que antes, cuando menos cierta vez, dijeron sí —y a mí no fue.

Augusto Monterroso: Unir esfuerzos. En San Blas muchos políticos esencialmente estúpidos o ladrones sólo esperan el momento de alcanzar el poder para combinar estas dos cualidades.

Raúl Renán: Esto es el silencio, imposible sin alguno de los sonidos que lo forman.

Gabriel Zaid:
No hay ensayo más breve que un aforismo.

Salvador Elizondo: La tortura sólo es tal si su fin no es la muerte. Un supliciado a muerte es, inequívocamente, la más alta torpeza del verdugo.

José de la Colina: No seas hipócrita y confiesa que para ti el momento histórico de los años cincuenta fue el descubrimiento de Tongolele.

Carlos Monsiváis: Antes, un cortesano típico respondía a la pregunta. “¿Qué horas son?”, con un: “Las que usted quiera, Señor Presidente”; ahora, un cortesano típico, ante la misma pregunta, comenta: “Las que se puedan, Señor, en vista de la gravedad de las circunstancias”.

Juan Carbajal: El hombre es polvo. Ésa es una sabiduría aquí nacida. Por eso el desierto es sagrado. Es el lugar más colmado de humanidad virtual de la tierra.

José Emilio Pacheco: Nadie ha vivido como nosotros la experiencia de la evanescencia. Por primera vez desde que se instaló la idea de progreso sentimos el porvenir como amenaza. Perdemos todo: ideas, creencias, costumbres, ciudades, afectos…

Francisco Hernández: Guardan entre sus piernas el abierto candado de la felicidad.

Jaime Moreno Villarreal: La única caricia obscena que conservamos es la lengua en sus humedades.

Adolfo Castañón: Sé que dije muchas mentiras. También sé que fui aplaudido por quienes sabían que estaba mintiendo.

Nedda G. de Anhalt: La bendición de los espíritus críticos es la ironía.

Andrés Virreynas:
Las frases de mi mano izquierda son breves y directas, ligeramente banales. La mano derecha, en cambio, descontenta ante la idea de sólo expresar un pensamiento, se enreda y desorienta, siente la tentación de perderse en cada vez más enrarecidos circunloquios. Con asombro primero, y en estos últimos días ya con abierta condescendencia, he notado el impulso de ambas por convertirse en la mano contraria: por ocupar el espacio imposible de su especular reverso. El ademán natural que producen es el de un intranquilo cruzamiento de brazos.

Marco Antonio Campos: Desde una perspectiva general veo una infancia libre y feliz, pero si recuerdo momentos en que la pobreza me humillaba y disminuía (puede humillar y disminuir de tantas maneras), el dolor o la tristeza me dejan a punto del llanto.

Raúl Aceves: El no saber quién soy es mi principal certeza, el resto son especulaciones.

Tomás di Bella:
Una pierna de mujer siempre será una escala para llegar al edén o un tobogán que cae hasta el fondo del misterio.

Miguel Kolteniuk: Descubrí que soy un escritor sin escritura; sólo cuento con el aforismo.

Alberto Blanco: El hombre es un reloj de arena: se va llenando de espacio, se va vaciando de tiempo.

Fernando Curiel: Letrinaria. Memora, cuando estés lejos, que palo dado ni Freud lo quita.

Ulises Carrión:
Para empezar, los libros tenían que liberarse de la literatura. Y luego había que liberarlos de las letras. A partir de ese momento, consideré mi aliado a quien no leyera libros, y a cualquiera que los escribiera lo consideré mi enemigo.

Luis Zapata:
El verdadero escritor es aquel que puede soportar con paciente y digna entereza la posibilidad de tener varios libros inéditos, o, mejor aún, varios libros abortados. Al otro, al que se muere por publicar y atosigar al mundo con sus escritos, más bien habría que llamarlo un publicador.

Ricardo Yáñez: Estoy cansado de no saber a dónde ir, es decir, de no saber estar en mí.

Eusebio Ruvalcaba: La mujer posee dos sonidos que la distinguen en el mundo de los seres vivos: la voz y el corazón. La voz por el timbre; el corazón, por el seno que lo cubre.

Juan Domingo Argüelles: Hoy hasta los politólogos se escandalizan por el rechazo a la partidocracia. Bien visto, resulta lógico: no pocos de ellos pasan de la teoría a la práctica y, a la menor insinuación, los ungen candidatos y luego son diputados o senadores cuando no ministros.

Francisco León González:
Si sumamos la soledad e insignificancia, el anonimato y las pesadillas a las calles, el trabajo, las horas pico y el prójimo, obtendremos un pedazo de vida, seguramente, podrido bajo los escombros.

Juan Villoro: En el Estado laico, ningún misterio teológico supera al de la burocracia.

Guillermo Fadanelli:
Jorge Ibargüengoitia escribió La mujer que no, un relato donde narra sus vanos esfuerzos para acostarse con una mujer. Reconocer a la mujer que no requiere de un talento mayor que para triunfar en los negocios, escribir novelas o graduarse en la universidad.

Roger Campos Munguía: Deberíamos de olvidar a los que mueren, de enterrarlos para siempre, sin remordimientos. Es preferible dejar que desgajen su muerte a solas.

Gabriel Trujillo Muñoz: Cada vez estoy más convencido de que Robert Frost fue un poeta mayor: no un portavoz de su tiempo sino un escucha de la naturaleza, un traductor del espíritu de la vida. Para él escribir era como cortar leña del bosque y preparar el fuego, como tomar agua del río y beberla con gusto. Porque aquí estamos hablando de palabras escritas sin más filtros que su conocimiento del hacha y sus filos, del río y sus corrientes. Tan simple como eso. Tan difícil como eso.

Alfonso Camberos Urbina: Cuando la cocina demanda libre tránsito al comedor, se inicia la política del espacio.

Armando Páez: Humanum est. El error es compañero sincero.

Pablo Soler Frost:
LXIV. Es oprobio eterno sobrevivir al jefe y volver sin él después del combate.

Luis Ignacio Helguera: El virtuosismo doméstico, civilizado, de la mujer moderna recuerda a veces el sacrificio primitivo de las mujeres a los dioses. Sólo que antiguamente los hombres inventaban causas más elevadas que el altar de las escobas.

Benjamín Barajas: La historia lo ha confirmado: no somos superiores a los cerdos. De ahí nuestra devoción por ellos: somos carne de su carne.

Alejandro Cerdá: Si amor con amor se paga tendré que embargarte.

José Antonio Rosado: El tiempo enriquece los sentidos. Antes, la calavera servía como símbolo de la muerte; ahora, puede ser una radiografía.

Javier García-Galiano: La indignación es más digna que la dignidad.

Jorge Fernández Granados: Lo que busca el aforismo no es tener la razón sino tener la medida suficiente para tener la razón.

Felipe Vázquez:
Los dioses, los ritos, la escultura y la cosmogonía de las viejas naciones mesoamericanas tienen mucho de ingenuo y monstruoso para un extranjero. El mexicano de hoy sigue siendo un iniciado en el horror cómico. La risa pánica es la atmósfera de su respiración normal. Basta considerar su sistema político o policiaco. “País de demonios”, le llamó José Revueltas. “Pocilga de Carajos”, replicó mi abuela.

Armando González Torres: Mi maestro me recomendaba salir de un libro, como de un burdel: contento, trastabillando, con el equilibrio en rodajas.

Luis Alberto Ayala Blanco: Optimismo: saber que siempre puede ser mucho peor me reconcilia con el momento actual.

Luigi Amara: En el horizonte de todos los cuadrúpedos impera la contundencia de los traseros; de allí que la postura erguida, al situar a los rostros frente a frente, haya significado el origen del maquillaje.

Amaranta Caballero: Cuando era niña, a veces dormía en la cama enorme de mi abuela. Ella siempre me regañaba por dormir acomodándome, sobre el lado izquierdo de mi cuerpo. Decía que era malo, que me haría daño con el tiempo. Nunca le hice caso, pero ahora, a mis veintiocho me doy cuenta que ella tenía razón. No son las nostalgias, no es el fracaso ni las decepciones, no el amor perdido, es más, la soledad sigue siendo simplemente ¡¡un invento demasiado occidental!! Las posturas, señores, las posturas. Ellas son la clave de los corazones sofocados.

Jezreel Salazar: Si mendigar sentimientos es patético, darlos de limosna no sólo significa celebrar un fracaso, sino ser pordiosero.

Javier Perucho. Editor, ensayista e historiador literario. Entre sus obras: Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México y El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano.