Pocos hechos de la historia nacional han tenido tan diversas lecturas como la Revolución: épica del pueblo y al mismo tiempo movimiento burgués; constructora de instituciones y generadora de violencia; causa de estabilidad y responsable de la ausencia de transformación. En esta entrega de la serie La construcción de México, Javier Garciadiego explora las aristas de este hecho fundacional

A la memoria de Friedrich Katz

I

siglo

Hoy, a 100 años de su inicio, el proceso histórico conocido como la Revolución mexicana sigue siendo objeto de acalorados debates, tanto meramente historiográficos como abiertamente ideológico-políticos. Ensalzada desde un principio como un movimiento épico por algunos de sus participantes más memoriosos —piénsese en Álvaro Obregón y sus Ocho mil kilómetros en campaña (1917)—, luego fue vista como un movimiento plenamente nacionalista y transformador de la estructura social mexicana —piénsese ahora en Alfonso Teja Zabre y su obra Panorama histórico de la Revolución mexicana (1939)—, y su propuesta programática final, la Constitución de 1917, fue considerada la primera Constitución social del mundo. A mediados del siglo XX se agregaron otras virtudes a la Revolución: además de ser un movimiento que había hecho grandes aportes a la justicia social, era también creadora de instituciones y responsable de la estabilidad política que el país había alcanzado. Así, desde la perspectiva de pensadores como Jesús Reyes Heroles, la Revolución había sido un proceso constructivo,1 que a 50 años de iniciado combinaba “impulso creador” con “experiencia” gubernativa.

Sin embargo, también desde un principio propició críticas acervas. Acaso la más conocida sea la de José Vasconcelos, quien sentenció que después del cruel sacrificio del “inmaculado” Francisco I. Madero la Revolución perdió su contenido moral, espiritual, convirtiéndose en una simple lucha por el poder político entre contendientes corruptos, violentos, vulgares y zafios. Aunque con distintos argumentos, pudiera decirse que la vertiente crítica de la Revolución terminó por imponerse a las voces apologéticas, cada vez más restringidas a un sector de la llamada clase política. Las primeras voces discordantes fueron las de Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog. Si para el primero los hombres que gobernaban al país a mediados de siglo no estaban a la altura de los ideales de la Revolución y eran responsables de “la crisis” que padecía México,2 para el segundo la Revolución había llegado a su culminación a finales de la presidencia de Lázaro Cárdenas, iniciando después su descenso, crisis, agonía y muerte.3 Posteriormente, la fascinación inicial que produjera la Revolución cubana, la crisis del autoritarismo mexicano entre los años sesenta y ochenta y las recurrentes crisis económicas dieron lugar a un sinfín de críticas a la Revolución mexicana. También influyó en ello el uso de la teoría marxista en los círculos académicos. Así, la mexicana pasó a ser una revolución moderada, meramente política, o una revolución “interrumpida” (Adolfo Gilly),4 o simplemente “burguesa” (Córdova y Semo);5 peor aún, fue considerada por algunos como una “gran rebelión” (Ramón Eduardo Ruiz), consistente en un periodo prolongado de violencia pero ayuno de cambios sustantivos,6 o bien como una revolución que combinaba rupturas y continuidades con el régimen precedente.7

En los últimos años, teniendo a la vista la crítica situación nacional —esto es, pensando más en el presente que en la historia—, la Revolución ha sido considerada no sólo inútil sino hasta dañina, culpable de que el país desaprovechara el siglo XX.8 Previsiblemente, el “centenario” habría de ser motivo de nuevas evaluaciones, como lo prueba la reciente aparición del libro México 2010. El juicio del siglo (María Amparo Casar y Guadalupe González), en el que atinadamente se reconoce que a un proceso histórico no puede enjuiciársele en tanto que para los hechos del pasado no hay ni condena ni absolución posibles.9 En efecto, como dijera don Edmundo O’Gorman, el historiador no es ni fiscal acusador ni abogado defensor del pasado; tan sólo busca recrearlo y comprenderlo.10

II
¿Cómo intentar hoy comprender a la Revolución, iniciada hace un siglo pero carente de un final rigurosamente calendarizable? Para comenzar, deben diferenciarse las distintas etapas que atravesó. La primera fue su etapa épica, la década violenta, la de los grandes caudillos y las grandes batallas, la del “millón de muertos”, decenio durante el cual se destruyó al Antiguo Régimen, personificado en Porfirio Díaz, los “científicos”, Bernardo Reyes y Victoriano Huerta, y durante el cual emergió, al término de la llamada “guerra de facciones” de 1915, el grupo triunfador, el que podía imponer al país su proyecto de Estado, llamado “constitucionalista” en sus dos vertientes, la carrancista y la sonorense. Vino después su etapa proteica, en la que se transformó al país en términos económicos, políticos, sociales y culturales. De más o menos dos décadas de duración, en ella se inició la reconstrucción económica del país, comenzaron a cumplirse los compromisos que se tenían con las masas populares —campesinos y obreros— que habían hecho posible la derrota del Antiguo Régimen, se disciplinó y profesionalizó al ejército revolucionario, se agruparon y disciplinaron los políticos revolucionarios para repartirse los puestos de poder y mando sin caer en recurrentes luchas autoaniquiladoras y se diseñó una nueva cultura nacional, una nueva identidad, popular, progresista y nacionalista. Sobre todo las masas campesinas y obreras fueron organizadas en instituciones de alcance nacional, verticales, gremiales y vinculadas al aparato gubernamental. A diferencia de un siglo antes, cuando después de alcanzada la Independencia el país padeció cerca de 50 años de un permanente desorden público a falta de un proyecto unificador y de un gobierno central fuerte, la Revolución logró restablecer el orden público en corto tiempo, diseñar e imponer un único proyecto de país —la Constitución de 1917— y construir un aparato gubernamental fuerte, el Estado mexicano posrevolucionario.

La tercera etapa de la Revolución mexicana, luego de sus periodos épico y proteico, puede ser definida como una etapa institucionalizante, en la que los elementos transformadores dieron paso a una actitud moderada y a una estrategia consolidadora, evitando ya posturas muy nacionalistas o propuestas de cambios radicales. La búsqueda de la estabilidad desplazó a la lucha por la justicia, mientras que la búsqueda de la democracia seguía pospuesta desde el fracaso maderista. Es incuestionable, la naturaleza determina a la historia. En efecto, a partir de mediados del siglo XX el país ya no fue gobernado por veteranos de la Revolución, por lo que su impronta se hizo cada vez menor. La geografía también determina a la historia. Al término de la Segunda Guerra Mundial habían sido vencidos los regímenes corporativistas y ultranacionalistas nazi-fascistas, y el mundo había quedado dividido en un esquema bipolar. A México le correspondió quedar bajo la influencia y el tutelaje de Estados Unidos, lo que obligó a un replanteamiento de los compromisos de la Revolución.

A partir de la segunda mitad del siglo XX el país entró en un periodo de notable y constante crecimiento económico; además, desaparecieron las confrontaciones entre las clases sociales que habían distinguido al cardenismo: campesinos contra hacendados y obreros contra empresarios, en las que los primeros de cada dupla habían contado con el apoyo del gobierno; por si esto fuera poco, se alcanzó la estabilidad política y se recompuso la relación con Estados Unidos. Fueron tales y tantos los logros del país, que la Revolución pasó a ser la identidad legitimadora de los nuevos gobiernos, en tanto herederos de los líderes revolucionarios. Sin embargo, una nueva etapa —la cuarta— sobrevino durante los últimos tres decenios del siglo XX, caracterizada por las crisis económicas graves y recurrentes y por el creciente deterioro del régimen político, cada vez menos funcional. Así, la Revolución dejó de servir como elemento legitimador. De hecho, como discurso ideológico el concepto “modernización” desplazó al de revolución.

III

Hoy la Revolución, como hecho histórico, todavía exige ser estudiada. Comenzó siendo un inédito desafío electoral pacífico en el que se movilizaron, sobre todo, las clases medias urbanas y gran parte del elemento obrero organizado, todos ellos encabezados por un miembro de la elite económica del noreste del país, el empresario agrícola coahuilense Francisco I. Madero. El desafío electoral se convirtió en rebelión por la negativa de Díaz a modificar su régimen político y a hacer concesiones a los opositores. Sin embargo, los sectores sociales que habían apoyado al movimiento antirreeleccionista no resultaban apropiados para la lucha armada, por lo que Madero tuvo que apelar a otros sectores sociales, rurales y populares. Fue entonces cuando surgieron Pascual Orozco, Pancho Villa y Emiliano Zapata, y también gente como Benjamín Argumedo, líder popular en la Comarca Lagunera.11 Con ellos aparecieron los reclamos sociales: mejores salarios y nacionalismo laboral en el norte, lo que se expresó en la huelga de Cananea de 1906 y la matanza de chinos en Torreón en 1911,12 así como reivindicaciones agrarias en el centro-sur del país, en particular el Plan de Ayala zapatista. En resumen, un movimiento político clasemediero incorporó grandes contingentes populares con sus reclamos sociales. Las exigencias de cambios políticos coexistirían con los reclamos de reformas socioeconómicas.

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Los dos movimientos maderistas, el electoral y el armado, terminaron por vencer al gobierno porfirista.13 Sin embargo, Madero no fue capaz de construir un régimen sólido.14 En política es más fácil destruir que construir, oponerse que gobernar. Pronto Madero sería derrocado por cierto sector del porfirismo que se negaba a perder el poder, por el grupo que detentaba el control del ejército federal, el instrumento idóneo para derrocar al inexperto político. El intento contrarrevolucionario generó una violenta reacción procedente de dos frentes: los sectores medios que finalmente habían accedido al poder gracias al triunfo maderista, sobre todo en el norte del país, y los grupos populares —villistas y zapatistas— que se negaban al regreso del binomio oligarquías regionales y autoridades porfiristas. A esta fase se le conoce como “lucha constitucionalista”, y se prolongó de marzo de 1913 a agosto de 1914.15 Vencido el gobierno restaurador de Victoriano Huerta, sobrevino la confrontación entre los victoriosos ejércitos revolucionarios: villistas y zapatistas por un lado; por el otro coahuilenses y sonorenses, con sus respectivos aliados. Durante todo 1915 pelearon convencionistas contra constitucionalistas en la llamada “guerra de facciones” por imponer al país su proyecto de futuro.

Aunque el triunfo de los segundos se expresó con la promulgación de la Constitución en 1917, y si bien ésta sigue vigente como proyecto único de país y como norma principal de los mexicanos, lo cierto es que el Estado revolucionario nació poco después, cuando los constitucionalistas sonorenses desplazaron a los carrancistas.16 Para comenzar, el grupo sonorense estaba encabezado por clases medias con menos y menores vínculos con el Antiguo Régimen que la facción carrancista.17 Sobre todo, el Estado encabezado por los sonorenses prefirió integrar a los grandes grupos de veteranos de la Revolución —villistas y zapatistas— que seguir combatiéndolos, lo que condenaba al país a una permanente inestabilidad. Asimismo, fue el Estado encabezado por los sonorenses el que comenzó a otorgar concesiones considerables a los campesinos y obreros, ya fuera iniciándose el reparto agrario o con el establecimiento de la alianza entre Plutarco Elías Calles y la CROM.

IV
Si bien la Revolución mexicana se desarrolló en varias etapas, en diferentes escenarios y con distintos componentes sociales, ¿podemos decir que tuvimos no una única revolución sino varias? Concluyamos: evidentemente eran diferentes las causas que produjeron la incorporación de cada uno de los contingentes participantes en la lucha revolucionaria, como diferentes fueron sus propuestas de solución. A Madero y los suyos les preocupaba la instalación de un régimen democrático; a Zapata y su gente les interesaba la recuperación de sus tierras y el fortalecimiento de los gobiernos pueblerinos, con sus “usos y costumbres”, conformados por gente de la localidad y no por políticos fuereños; Villa y los suyos —como también Pascual Orozco— lucharon por la mejoría socioeconómica de los grupos populares norteños, tanto rurales como urbanos; a su vez, Carranza y su gente ansiaban conquistar el poder político, pues se les había negado con la derrota del reyismo en las postrimerías del Porfiriato, y buscaron controlar el proceso revolucionario en su conjunto, para que las rupturas con el régimen precedente no fueran abruptas ni radicales, así como construir un Estado fuerte, legal y nacionalista;18 por último, los revolucionarios sonorenses aspiraban a que las clases medias alcanzaran el poder político, primero regional y luego nacional, y se afanaron por lograr su enriquecimiento económico mediante un doble proceso que los obligaba a desplazar tanto a la oligarquía porfirista —encabezada por Ramón Corral— como a la revolucionaria —la de José Ma. Maytorena—, pero también a vencer las aspiraciones de dominio de los sectores populares.19

Aún así, debe aceptarse que todos éstos fueron elementos imprescindibles de una única Revolución, que tuvo lugar precisamente con la articulación de todos estos componentes: sin la participación de los grupos populares, los movimientos de Madero, Carranza, Obregón y Calles habrían sido simples intentos de reforma política, pero sin la participación de éstos los movimientos de Villa y de Zapata sólo habrían sido rebeliones regionales y sectoriales. Fue la suma de los cambios políticos y las reivindicaciones sociales lo que dio lugar a una Revolución en el México de principios del siglo XX, a una Revolución no radical pero no por ello menos auténtica.

En efecto, los sucesivos triunfos temporales de Madero, Carranza, Obregón y Calles obligan a otra conclusión valedera: la Revolución no fue un proceso popular que luego padeció una interrupción o, peor aún, una traición. La Revolución estuvo dirigida siempre por elites —el rico hacendado Madero o el gobernador Carranza— o por miembros de las clases medias. Los sectores populares tuvieron siempre un papel subordinado, como lo prueba el que Zapata haya surgido reconociendo el Plan de San Luis Potosí, es decir, el liderazgo de Madero, y el que Villa encabezara, en su momento de máximo poder, una División —la del Norte— adscrita al Cuerpo de Ejército del Noroeste, comandado por Obregón. Cierto es que por un tiempo aspiraron juntos al liderazgo nacional, en la Soberana Convención, pero fueron vencidos plenamente en la “guerra de facciones”, por lo que quedaron reducidos a sendos movimientos regionales. Las causas de su derrota fueron varias: políticas, militares, económicas y sociales, pero pueden reducirse en una: no estaban preparados, sociohistóricamente, para gobernar el país; carecían de una visión de Estado nacional.20

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“La Revolución fue la Revolución”, sentenció Luis Cabrera, influido por una especie de cubismo literario. Otra manera de decirlo sería que la mexicana fue una Revolución sin adjetivos. Esto es, a 100 años de su inicio debemos conocerla y comprenderla, para lo que debemos evitar las sobreestimaciones del pasado y los menosprecios del presente. Para comprenderla debemos conocer sus complejidades, identificar sus componentes y aquilatar su fuerza y sus debilidades. Menciono como ejemplos cinco temas. Es preciso diferenciar a los revolucionarios “destructores” de los “constructores”: entre los primeros caben Madero, Villa y Obregón, quienes participaron, respectivamente, en la destrucción de los ejércitos de Díaz, Huerta y Villa; entre los segundos sólo quedarían Carranza, Calles y Cárdenas, creadores de la Constitución de 1917, del principal partido político posrevolucionario y del presidencialismo mexicano.21

También es necesario destacar que la Revolución sólo combatió a los hacendados, no así a los banqueros22 e industriales, lo que permitió la recuperación de la burguesía al término de la lucha armada, y lo que por otro lado permite que se le considere una Revolución “agraria”.23 Otra aparente contradicción sería que siendo una Revolución considerada nacionalista, al término de la misma fuera mayor que en 1910 la influencia de Estados Unidos, lo que se explicaría por el gran debilitamiento europeo a causa de la Primera Guerra Mundial,24 y lo que nos obliga a aceptar que nuestro nacionalismo fue más cultural y político que económico. Asimismo, es preciso reconocer el carácter visionario de los revolucionarios, que concedieron tantos y tan importantes derechos a los trabajadores cuando éstos eran apenas una parte minoritaria de la población. Por último, otro tema motivo de reflexión es el de la paradoja maderista: el vital Madero de 1909 y 1910 impulsó al país a exigir un sistema democrático, pero su cadáver predispuso a la clase política contra la libertad y la democracia.25 A partir de su muerte los políticos revolucionarios abjuraron de la libertad de prensa, de la oposición parlamentaria y de las elecciones libres, y aprendieron la conveniencia de mantenerse siempre en sintonía con el ejército, la burguesía y la embajada norteamericana. En otras palabras, el fantasma de Madero fue más fuerte que el mártir, lo que explica que la democratización del país se haya demorado tanto.

V
¿Qué imagen predomina hoy, en 2010, de la Revolución mexicana? Una respuesta ambigua sería la más acertada. De ninguna manera sufre el rechazo que puede detectarse en los países de Europa del Este y en la ex Unión Soviética, donde el país ha vuelto a llamarse Rusia y algunas ciudades importantes han recuperado sus viejos nombres. En cambio, en México no ha habido modificaciones en la nomenclatura urbana que denotaran un rechazo a la Revolución y sus héroes. Sin embargo, es evidente que en este año de conmemoraciones predominan las referencias a la Independencia, y no sólo por parte del gobierno federal: Parque Bicentenario, en la antigua refinería de Azcapotzalco; Arco Bicentenario, en la avenida Reforma; Festival Olímpico Bicentenario, en la misma avenida; Circuito Bicentenario, nombre dado al Circuito Interior remozado en el Distrito Federal, y Expo Bicentenario, en Silao, Guanajuato. Pudiera alegarse para ello el conocido apotegma jurídico: “primero en tiempo, primero en derecho”. Empero, acaso la explicación sea otra: mientras la Independencia sí alcanzó los principales logros que se propuso, romper los vínculos con España y crear una nación independiente, la Revolución tiene aún graves adeudos por lo que se refiere a la instauración de la democracia y a la conquista de la justicia social. Así, la Revolución padece muchos más reclamos que la Independencia. Por lo mismo, la mejor forma de conmemorar y celebrar la Revolución es asumir como urgentes dichos compromisos, hacerlos propios: mejorar nuestra democracia y erradicar la pobreza, como el principal proyecto de México para el siglo XXI.

 

Javier Garicadiego. Historiador. Presidente de El Colegio de México. Entre sus libros: Rudos contra científicos: la Universidad Nacional durante la Revolución mexicana y La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios.


1 Jesús Reyes Heroles, “En la celebración del LII aniversario de la Revolución mexicana”, en La historia y la acción, Oasis, México, 1978, pp. 177-182. También en Obras completas, vol. III, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pp. 11-15.

2 Originalmente, su conocido ensayo “La crisis de México” fue publicado en Cuadernos Americanos, año VI, vol. XXXII, marzo-abril 1947, pp. 29-51.

3 Para Jesús Silva Herzog no se trataba de que la Revolución enfrentara una “crisis de crecimiento” a mediados del siglo XX, sino que padecía una “crisis de agonía”. Cfr. “La Revolución mexicana es ya un hecho histórico”, en Cuadernos Americanos, año VIII, vol. XLVII, septiembre-octubre 1949, pp. 7-16.

4 Adolfo Gilly, La revolución interrumpida. México, 1910-1920: una guerra campesina por la tierra y el poder, Ediciones El Caballito, México, 1971. Según Gilly, quedó interrumpida porque “no alcanzó la plenitud” de sus objetivos, pero “tampoco fue derrotada”, pudiendo continuar en una nueva etapa durante la presidencia de Cárdenas.

5 Córdova asegura de manera contundente que la mexicana fue una revolución burguesa, “dirigida política y militarmente por elementos venidos de los sectores medios de la sociedad”, en la que se cumplieron “todas aquellas que podríamos llamar las leyes de la revolución burguesa”. Cfr. Arnaldo Córdova, “México: revolución burguesa y política de masas”, en Interpretaciones de la Revolución mexicana, Héctor Aguilar Camín (pról.), Nueva Imagen, México, 1979, pp. 84-85. Enrique Semo llega a la misma conclusión: la mexicana fue una revolución burguesa cuyos “representantes fundamentales” fueron “los sectores de la burguesía media agraria”. Cfr. Enrique Semo, “Reflexiones sobre la Revolución mexicana”, en ibíd., pp. 135-150.

6 Ramón Eduardo Ruiz, México: la gran rebelión, 1905-1924, Ediciones ERA, México, 1984.

7 François Xavier Guerra, México: del Antiguo Régimen a la Revolución, Fondo de Cultura Económica, México,1988, 2 vols.

8 Para Macario Schettino la Revolución mexicana fue “un lastre muy pesado para el siglo XX”; afirma, además, que México había iniciado “un proceso de modernización que fue detenido” por aquella “guerra civil”. Véase su libro Cien años de confusión: México en el siglo XX, Taurus, México, 2007, p. 15.

9 María Amparo Casar y Guadalupe González (eds.), México 2010. El juicio del siglo, Taurus, México, 2010.

10 Según su discípulo Eduardo Blanquel, la sentencia más influyente de O’Gorman fue: “no regañar… a los muertos sino comprenderlos y explicarlos”. Cfr. La obra de Edmundo O’Gorman, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1978, p. 62.

11 Benjamín Argumedo nació en la Comarca Lagunera, aunque aún se discute si fue en El Gatuño o en Matamoros Laguna, ambas poblaciones en Coahuila. Trabajó como sastre y talabartero antes de levantarse en armas en 1910 bajo las órdenes de Sixto Ugalde. Luego del triunfo maderista fue de los primeros en rebelarse y oponerse al régimen, alegando que el nuevo gobierno no otorgaba mejoras a los sectores populares. Militó en las filas de Pascual Orozco y al sobrevenir el cuartelazo de 1913 apoyó a Victoriano Huerta, como todos los orozquistas. No aceptó los acuerdos de Teoloyucan y se rebeló contra Venustiano Carranza, operando en el estado de Puebla como gente de Emiliano Zapata. Asimismo, colaboró con el gobierno convencionista; a la derrota de éste regresó al norte, siendo derrotado y aprehendido en el rancho El Paraíso. Murió fusilado en marzo de 1916. Era conocido como “El orejón”, por tener esa característica facial.

12 Véase Juan Puig, Entre el Río Perla y el Nazas. La China decimonónica y sus braceros emigrantes, la colonia china de Torreón y la matanza de 1911, Conaculta, México, 1992.

13 La mejor historia militar del maderismo es la de Santiago Portilla, Una sociedad en armas. Insurrección antirreeleccionista en México, 1910-1911, El Colegio de México, México, 1995.

14 Al respecto pueden verse las páginas que al gobierno de Madero dedican Stanley Ross, Francisco I. Madero. Apóstol de la democracia mexicana, Editorial Grijalbo (Biografías Gandesa), México, 1959, y Charles C. Cumberland, Madero y la Revolución mexicana, Siglo Veintiuno Editores, México, 1977. Véase también mi estudio “Presidencia de Madero: fracaso de una democracia liberal”, en Will Fowler (coord.), Gobernantes mexicanos II: 1911-2000, Fondo de Cultura Económica, México, 2008, pp. 27-45.

15 Como siempre, puede acudirse al recuento “clásico” de los aspectos políticos y militares del proceso en Jesús Silva Herzog, Breve historia de la Revolución mexicana, Fondo de Cultura Económica, México, 1960, 2 vols. Una perspectiva más novedosa es la de Alan Knight, La Revolución mexicana. Del Porfiriato al nuevo régimen constitucional, Editorial Grijalbo, México, 1996, 2 vols.

16 Al respecto puede consultarse Javier Garciadiego, La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios, UNAM (Biblioteca del Estudiante Universitario, núm. 138), México, 2003.

17 En contra de esta afirmación, Ignacio Almada sostiene que los principales líderes revolucionarios sonorenses contaban con alguna experiencia político-administrativa local durante el Porfiriato. Sin embargo, insisto en que no es lo mismo ser un munícipe que un senador, o incluso un gobernador interino. Cfr. Ignacio Almada, “De regidores porfiristas a presidentes de la República en el periodo revolucionario. Explorando el ascenso y la caída del ‘sonorismo’ ”, en Historia Mexicana, núm. 238, vol. LX, octubre-diciembre 2010, pp. 729-789.

18 Recuérdese que Carranza era coahuilense, y que poco antes de que naciera, en 1859, su estado natal había perdido la región de Texas; recuérdese también que su padre, Jesús Carranza Neira, había luchado contra la intervención francesa a las órdenes de Mariano Escobedo.

19 Para una magnífica descripción de los motivos, objetivos y estrategias de este grupo, véase Héctor Aguilar Camín, La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana, Siglo Veintiuno Editores, México, 1977.

20 Los apreciados colegas Felipe Ávila y Pedro Salmerón insisten, sin convencerme, en que tanto villistas como zapatistas contaban con un proyecto nacional. Véanse Felipe Ávila, El pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes, Instituto Cultural de Aguascalientes/Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1991, y Pedro Salmerón, La División del Norte. Los hombres, las razones y la historia de un ejército del pueblo, Editorial Planeta, México, 2006.

21 Emiliano Zapata es un personaje histórico difícil de ubicar en esta doble clasificación. No tuvo una importancia decisiva en el aspecto militar de la Revolución, y tampoco dejó un legado institucional propio. A él le corresponde una tercera categoría, la del revolucionario “defensor”, pues su lucha tenía como primer objetivo la defensa de las comunidades rurales del país.

22 Si bien los bancos fueron incautados durante la lucha armada contra Huerta, luego fueron devueltos a sus propietarios.

23 Véase Frank Tannenbaum, The Mexican Agrarian Revolution, The Brookings Institution, Washington, D.C., 1930. También fue publicado en la revista Problemas Agrícolas e Industriales de México, núm. 2, vol. IV, abril-junio 1952, pp. 9-169.

24 Friedrich Katz, La guerra secreta en México, Ediciones ERA, México, 1982.

25 Otra paradoja interesante es la de Cárdenas, seguramente el presidente más alabado y mejor recordado, pero cuyo proyecto de gobierno jamás fue seriamente recuperado por los presidentes que lo sucedieron.