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Hay una tensión fundamental, en humanos y otros animales, entre alcanzar recompensas disponibles en el presente, y esperar pacientemente recompensas en el futuro. […] Si le preguntas a la gente, ¿qué quieres en este instante, fruta o chocolate?, te dirá que “¡chocolate!”. Pero si preguntas, ¿qué quieres en una semana? Te dirán que fruta.
—David Laibson,
economista conductual

elefante

Había una vez un cerebro al que le gustaba moverse a la velocidad del pensamiento. A este cerebro le gustaba soñar que conducía un carruaje tirado por dos briosos caballos cuarto de milla, por lo que no lo pensó más y decidió pasar de lo imaginario a lo real. Sin embargo, en la agencia de vehículos no quedaba más que un pequeño pony y un enorme elefante. Al cerebro no le importó la idea de que tan dispar pareja lo condujera por los nada deterministas y sí muy errantes caminos de su vida y, desde entonces, la dirección que toma depende de la tensión entre ambos animales tan distintos. La mayoría de las veces el paquidermo arrastra al pony y al cerebro sin miramiento alguno, pero en ocasiones el cerebro puede contener al elefante y conducir su carruaje en la dirección que señala al obediente pony.

No son Esopo ni Augusto Monterroso los autores de la breve historia anterior, sino el autor de estas líneas, basándose —plagiando, dirían algunos— en la corrección que los neuroeconomistas Colin Camerer y George Loewenstein hacen a la metáfora platónica sobre la mente humana como un conductor de un carruaje tirado por dos caballos: la emoción y la razón. Según Camerer y Loewenstein, Platón tan sólo se equivocó al pensar que ambas bestias de tiro eran caballos pues, como vimos en nuestra fábula, mientras que la emoción es un elefante —y, para colmo, debe ser uno africano, de mayor tamaño que el asiático—, la razón es tan sólo un minúsculo pony.

La moraleja que podemos aprender es que nuestras decisiones económicas —qué porcentaje de nuestro salario destinar a nuestros fondos para el retiro, comernos una hamburguesa pantagruélica o una ensalada, dejar de fumar hoy mismo o mejor mañana, comprar la camisa con un cocodrilo bordado en ella en lugar de un pato…— distan mucho de ser objetivas, desapasionadas, consecuencia de un cuidadoso análisis de los costos y beneficios que cada una de ellas conlleva —todas éstas, características que definían al Homo economicus en las teorías clásicas de la ciencia de la economía.

Que somos racionales y egoístas no basta para explicar la conducta económica de nosotros los humanos. No digamos ya en casos tan trascendentes como fluctuaciones irracionales extremas de la bolsa de valores de un país: ni siquiera al hablar del, hace algunos años, famoso “Reto Pepsi”, en el que se pedía a la gente que adivinara de qué compañía era la bebida que se le ofrecía en un vaso con la etiqueta cubierta —que identificaba al contenido del mismo como Coca o Pepsi—. En los anuncios publicitarios se mostraba a personas sorprendidas al ver que la bebida ingerida (Pepsi) no era la que ellos suponían haber disfrutado (Coca). En realidad, la gran mayoría de las veces la gente no puede diferenciar entre los refrescos de cola más vendidos en el mundo —quien lo dude, puede hacer su propio experimento, de tipo doble ciego, en casa con familiares y amigos como sujetos de prueba—. Si esto es cierto —y lo es—, ¿por qué, entonces, la gente prefiere comprar una marca sobre la otra? Son los economistas conductuales y, en particular, la neuroeconomía, quienes pueden proporcionar la explicación a este comportamiento tan humano.

La economía conductual, cuyos fundamentos comenzaron a establecerse apenas el siglo pasado y que representa una revolución en esta ciencia, se define como el estudio de cómo hace una elección la gente en el mundo real, con base en la psicología y en la propia economía. En dos ocasiones el Premio Nobel de Economía ha reconocido el trabajo de los psicólogos en esta área: en 1978 se le otorgó a Herbert Simon y en 2002 a Daniel Kahneman.

Herbert Simon afirmó, en 1940, que el pensamiento racional no bastaba para explicar el cómo y el porqué de nuestras decisiones. Daniel Kahneman y Amos Tversky añadieron, en 1981, que el contexto, la forma en que las alternativas eran mostradas a las personas, influía de manera significativa en su elección. Por ejemplo, si a la gente se le pedía que imaginara que en su país había estallado una epidemia de una enfermedad contagiosa y mortal, y que se esperaba que fallecieran alrededor de 600 personas a menos que se implementaran dos planes alternativos para combatirla. Si se escogía el plan A, 200 personas se salvarían. Con el plan B, había una probabilidad de un tercio de que 600 personas se salvaran y una probabilidad de dos tercios de que nadie se salvara. Casi dos tercios de los encuestados eligieron la opción A, sin darse cuenta de que en realidad ambas eran idénticas, aunque expresadas de diferente manera. El dilema fue replanteado por Kahneman y Tversky como una elección entre el plan C, con el que 400 personas morirían, y el plan D, con el que la probabilidad de que nadie muriera era de un tercio, mientras que la probabilidad de que todos murieran era de dos tercios. Más de dos tercios de los mismos encuestados escogieron en esta ocasión la opción D, aunque de nuevo ambas eran la misma. Nunca hubo cuatro planes, sino únicamente uno expresado en términos de vidas salvadas (planes A y B) y de vidas perdidas (planes C y D), pero la gente prefirió escoger lo que consideraba evitaría la pérdida de vidas humanas, en lugar de aquello que ayudaría a salvar vidas humanas.

De regreso con nuestra socorrida fábula, los desacuerdos entre el elefante y el pony que todos llevamos dentro son culpables de lo que se conoce como el problema de la “elección intemporal”. De acuerdo con el economista David Laibson, tenemos una tendencia a devaluar nuestro futuro en beneficio del presente y con ello actuamos de manera irracional. Es por ello que decidimos dejar de fumar, hacer ejercicio y empezar a ahorrar… mañana.

¿Cómo explica la economía conductual qué pasa dentro de nuestra mente al momento de elegir una bebida de cola en lugar de la otra? Gracias a las técnicas de imagen por resonancia magnética, los neuroeconomistas pueden hacer mucho más que especular, a partir de teorías psicológicas diversas, sobre la posible respuesta a esta incógnita: pueden mostrarle al mundo entero la actividad cerebral de cada persona durante todo el Reto Pepsi. La idea de escanear nuestras cabezas mientras nos decidimos entre Coca o Pepsi se le ocurrió al neuroeconomista Read Montague en el verano de 2003, con el objetivo paralelo de mantener entretenida a su hija adolescente mientras trabajaba en su laboratorio. Como habíamos mencionado al inicio de este artículo, cuando se ofrecen sin etiqueta alguna que las identifique, la gente no muestra preferencia notable por ninguna de ellas y ni siquiera puede distinguirlas. Sin embargo, una vez etiquetadas, trátese o no en verdad de Coca, la gente muestra una preferencia marcada por esta marca.

De acuerdo con las imágenes obtenidas mediante resonancia magnética, en el primer caso (bebidas sin etiquetar) la región del cerebro que se activa corresponde a la corteza prefrontal ventromedial, involucrada en procesos afectivos —en este caso, una sensación de bienestar al ingerir azúcar—. Cuando los voluntarios del experimento bebían refresco de cola etiquetado como Coca, también se activaban las áreas correspondientes al hipocampo y a la parte media del cerebro, implicadas en las emociones, mientras que ello no ocurría si la bebida estaba etiquetada como Pepsi. En conclusión, nuestras emociones juegan un papel determinante cada vez que colocamos una botella de dos litros de color rojo, mientras que despreciamos la azul en nuestro carro de compras.

Los avances en nanotecnología aún no permiten que cada uno de nosotros cuente con una máquina de resonancia magnética que nos diga qué regiones de nuestro cerebro se encuentran activas cada vez que nos enfrentamos a una decisión de naturaleza económica, como las vistas en este artículo. Sin embargo, en muchas ocasiones es innecesario contar con artilugios así. Cuando nos atormentamos entre comprar a 18 meses sin intereses ese sistema de sonido envolvente, estereofónico y digital que, por si fuera poco, es de la misma marca que nuestro televisor de alta definición, o dejar de comprar e intentar saldar los pagos atrasados de nuestras tarjetas de crédito, seguramente la sonrisa de nuestro elefante interno se extiende de oreja a oreja.

Luis Javier Plata Rosas. Maestro en ciencias en oceanografía física. Autor de Mariposas en el cerebro