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El último parte médico indica que la crítica de cine en México agoniza, está en fase terminal. Peleó por sobrevivir con hidalguía y, de hecho, los síntomas de su enfermedad no han sido evidentes para todos, pero sigue ya los pasos al precipicio de las críticas de teatro, música y artes plásticas, que acabaron como pacientes de La isla siniestra. No consuela saber que lo mismo está pasando en Estados Unidos (cfr. el artículo “Cinema Purgatorio” de James Wolcott en Vanity Fair de julio); al contrario, si gigantes del comentario cinematográfico como el gran patriarca de los sesenta Andrew Sarris, o Stanley Kauffman y David Ansen están desempleados, sin porvenir y sin que los nuevos cinéfilos los añoren, los críticos mexicanos hemos de ser ectoplasmas convocables tabla ouija de por medio.

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¿Qué mató a la crítica de cine en México? Al cinéfilo contemporáneo le costará trabajo imaginar el respeto y la alta jerarquía que alcanzaron entre la intelectualidad y la industria cinematográfica los análisis de Emilio García Riera y de Jorge Ayala Blanco hace medio siglo; la aparición de libros como El cine mexicano (1963) e Historia documental del cine mexicano en su primera edición (1969-1978) de García Riera, y de La aventura del cine mexicano (1968) y La búsqueda del cine mexicano (1974) de Ayala Blanco fueron acontecimientos culturales que marcaron los nuevos, elevados niveles del análisis y la erudición que se exigía ya para ejercer el oficio. Los modelos se remontaban a unos orígenes prestigiosos pero reales, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, en los 10’s, Jaime Torres Bodet en los roarin’ twenties, la ejemplar Cube Bonifat (“Luz Alba”) y Xavier Villaurrutia en los treinta, la transición modernizadora del republicano español Francisco Pina. La influencia de las revistas Cahiers du cinema y Positif, la convicción, a veces exagerada, de que el director era el autor de la película pero, sobre todo, la certeza de que el cine era una forma de conocimiento en sí, que Chaplin, Griffith, Eisenstein, Welles, Bergman, Buñuel, Renoir y decenas de grandes artistas en todo el mundo elevaban el cine a una categoría de “saber”, de wissenschaft trascendente, que nos aludía tanto como un texto de Camus o de Mann.

La erudición cinematográfica que tanto se menciona últimamente como atributo de Carlos Monsiváis no era ni podía ser una mera acumulación de datos para apantallar en las sobremesas (finalmente, todos tenemos una tía que puede citar en orden las películas de Andy Hardy o de Emilio Tuero), sino la consecuencia de un apetito estimulado por la época (eran los tiempos de las Nuevas Olas, los Free Cinemas, los Cinema Nuovos) y la feroz censura priista que mutilaba con saña o prohibía de plano nuestro derecho de ver lo que se nos pegara la gana. En quienes ejercían la crítica, la erudición era una manera de burlar esa censura, esa calculada desinformación; había frentes de batalla claros: un posible y titubeante Nuevo Cine mexicano (el emanado del primer Concurso de Cine Experimental de 1965, los empeños laterales de Alcoriza, Juan Ibáñez, Arturo Ripstein) contra el Cine de Papá, como llamaron los de la Nueva Ola francesa al de las generaciones previas, y que aquí tenía un sentido muy claro: los viejos hacedores de la industria (Cardona, Rodríguez, De Anda, Galindo) ya estaban pasando a sus hijos las llaves del reino. En los setenta, mientras un grupo de críticos prestigiosos (García Riera, Pérez Turrent, De la Colina) se alineaban incondicional y convencidamente con el proyecto echeverrista, se abría, en consecuencia, otro frente: al asumir el silogismo falso de que, donde los viejos productores habían llevado al cine mexicano a un lamentable nivel de calidad, el gobierno tenía la clave para su salvación, terminaron defendiendo posiciones políticas más que estéticas. Muy poco sobrevive, no sólo del cine echeverrista, sino del financiado por el gobierno en los siguientes dos sexenios (Imcine aparece en el delamadridismo), pero la crítica se dividió durante esos años en integrados y apocalípticos, lo que degeneró en la pintoresca anécdota de la “guerra de críticos” (Eduardo de la Vega viajando desde Guadalajara para enfrentarse a golpes conmigo en el estacionamiento de la Cineteca Nacional; todo quedó en una plática).

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¿Qué mató a la crítica de cine? Los frentes de batalla se han diluido: la censura ya no la ejerce la Dirección de Cinematografía, sino las distribuidoras y las cadenas exhibidoras al privilegiar (Hollywood) y marginar (México por delante) cinematografías completas, y ya no es política o sexual sino económica; el gobierno ya no es productor y ocupa un sitio modesto y, a veces, eficaz, como promotor de una producción muy variada. Han desaparecido las revistas de cine que fomentaban el ensayo y la opinión independiente y sobreviven sólo vistosas gacetas de las distribuidoras que minimizan el texto a niveles ofensivos. El cierre gradual de los suplementos culturales es un crimen irreparable y de consecuencias gravísimas no sólo para la crítica de cine, sino para toda discusión intelectual. Confinado a las secciones de espectáculos de los diarios, se cumple como reseña de las películas en cartelera, recomendación para el ocio de la clase media, un público que ya prefiere, sin embargo, guiarse por la cantidad de estrellitas que se le asignen a la película o la recomendación del joven taquillero en los complejos cinematográficos (“¿De qué película tiene boletos ahorita? ¿Y de qué se trata? ¿Es de chiste o de balazos?”). La proliferación de páginas de internet donde cualquiera se improvisa como opinador cinematográfico no sería tan lamentable si no hubiera acabado por arrasar con el panorama (el espacio que esta revista dedica al análisis del cine es, dado el ambiente, casi el paraíso).

La agonía de la crítica de cine sólo llama la atención del cinéfilo cuando advierte que ha desaparecido el interlocutor con el que cotejaba su experiencia fílmica; les pasa a los nuevos espectadores cuando rebasan el nivel de los chamanes de la internet (cuestión de semanas). No faltará quien vea en ese quedarse hablando solo un acto de justicia poética: siempre se culpó a los críticos culturales de fascinarse ante sus monólogos de eruditos. En el fondo, era un diálogo con pie forzado, que debía cumplir con las varias labores de educar, informar y disentir. Estaba condenada a la extinción de manera natural.

Gustavo García. Investigador y crítico de cine.