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messanger

Dirección: Oren Moverman.
Guión: Alessandro Camon y Oren Moverman.
Reparto: Ben Foster, Woody Harrelson y Samantha Morton.
Duración: 113 minutos.

El sargento Will Montgomery (Ben Foster) ha regresado a su patria después de ser herido en la guerra de Iraq. La explosión de una granada ha dañado su ojo provocando que siempre esté seco y que tenga que recurrir a lágrimas artificiales para hidratarlo. La notoria cicatriz bajo su ojo es un recordatorio constante de las verdaderas heridas que Montgomery carga en su vida diaria (su pareja que se ha comprometido con alguien más mientras él luchaba fuera y su compañero de batallón que ha muerto a su lado en combate), heridas que lo han hecho aislarse y encerrarse en su pequeño departamento acompañado siempre de música estridente. Ruido que lo envuelve y lo protege de escuchar todo lo que le rodea.

Montgomery tiene aún que cumplir con algunos meses de servicio y su nueva misión es notificar la muerte de los soldados a sus familiares más cercanos, antes de que se cumplan 24 horas del fallecimiento.

Para desempeñar esta tarea es guiado por el capitán Tony Stone (Woody Harrelson). Un militar que nunca ha estado en combate y sigue a pie juntillas lo que sus libros y manuales le dictan. Él es quien le enseña a Montgomery a no mostrar afecto ni simpatía a los deudos, a no tocarlos, a no involucrarse con ellos. Es decir, a ser simples portadores del recado póstumo, mensajeros de la muerte, un engrane más de la maquinaria de la guerra.

Foster acepta el trabajo con desencanto, desilusionado de una guerra que no es más que una mentira y que lo ha llenado de odio y desprecio.

Montgomery entra en una rutina en la que de manera fría y distante expresa a los familiares las más sinceras condolencias de parte del secretario de Estado. Su sola presencia por las calles, la de los dos militares caminando con sus impecables uniformes y paso firme, es ya presagio de la peor noticia. De nada sirve cerrar las ventanas, no querer abrir la puerta o romper en llanto para no escuchar.

Oren Moverman, quien debuta como director con esta cinta, apoya la fuerte carga dramática de su historia en las capacidades actorales de Foster, Harrelson y Morton. Overman ha optado por alejarse de todo el sentimentalismo patriótico que una historia de éstas podría tener. Ha elegido, afortunadamente, una mirada dura y sin concesiones, filmando gran parte de la película en planos secuencias que no nos dan descanso y que se apoyan básicamente en el muy bien logrado ritmo de su puesta en escena.

Así, la guerra y sus horrores son representados fuera del campo de batalla, lejos de las balas y las estrategias militares, lejos de los discursos intervencionistas y la propaganda armamentista de la voracidad militar de Estados Unidos.

Overman ha elegido, en cambio, el espacio cotidiano: las cocinas, los jardines, los bares y los autos para contener toda la carga dramática de la consecuencia última de la guerra: la muerte, la aniquilación del otro, la destrucción del individuo.

En la película nunca vemos a los soldados caídos, apenas sabemos las causas de su muerte. Todo el dolor y frustración de las nuevas viudas y huérfanos, de los padres despojados de sus hijos, recaen en Montgomery y Stone. Poco a poco los dos mensajeros van colapsando, debilitándose, tanto por el dolor que presencian y se tragan todos los días, como por el que los corroe a ellos mismos.

Montgomery, sin embargo, no obedece las reglas de Stone y traspasa la distancia permitida con la esposa de uno de los soldados muertos. Es en la pena de Olivia Pitterson (Samantha Morton) en la que Montgomery encuentra un espejo de su dolor, una mirada en la cual reconocer a la suya: seca, contenida a punto de desbordarse. Pero Overman se contiene también y no cede a la trampa de las lágrimas expiatorias. Sabe bien que la catarsis por la vía del llanto es la más fácil pero también la que con mayor facilidad desdibuja el verdadero drama.

Jorge Villalobos. Director y guionista.