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“Yo era un adolescente cuando se encontraron los cadáveres de los hermanos Collyer en su mansión de la Quinta Avenida. En cuestión de horas se convirtieron en leyenda, en seres mitológicos. En ese momento yo no sabía que algún día iba a acabar escribiendo sobre ellos, pero sentía incluso entonces que había algún tipo de secreto”, así introduce E.L. Doctorow a su más reciente novela: Homer y Langley (traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla, Roca editorial de libros, 2010), una obra que combina la investigación y la narrativa con un resultado estremecedor.

Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento.

Era mi hermano, no mi madre ni mi padre, quien tenía por costumbre leerme cuando yo ya no pude leer por mi cuenta. Por supuesto, disponía de libros en Braille. Leí a todo Gibbon en Braille. […] Langley traía de las librerías de viejo delgados volúmenes de poesía y los leía como si los poemas fueran noticias. Los poemas contienen ideas, decía. Las ideas de los poemas proceden de sus emociones y sus emociones se transmiten en imágenes. Gracias a eso los poemas son mucho más interesantes que tus novelas, Homer. Que sólo son historias.

Me pregunté si era posible que toda mi familia hubiese sido aniquilada en el transcurso de un mes o dos. Decidí que no. No era propio de mi hermano abandonarme. En la concepción del mundo de Langley había algo, arraigado desde su nacimiento, que le confería la inmunidad divina ante un destino tan corriente como la muerte en una guerra: quienes morían eran los inocentes, no aquellos nacidos con la fortaleza que da carecer de ilusiones.

Langley nunca concluiría su proyecto periodístico. Yo lo sabía y seguro que él también lo sabía. Era un plan absurdo y descabellado, que le generaba grandes expectativas y le mantenía el ánimo en el punto que a él le gustaba. Parecía darle el impulso mental que requería para seguir adelante: un trabajo sin más finalidad que sistematizar su propia versión lúgubre de la vida. A veces su energía me parecía antinatural. Como si hiciera todo lo que hacía para permanecer entre los vivos.
[…] Y estaba por otra parte esa sensación que uno experimenta en el recorrido a un cementerio tras los pasos de un cadáver en un ataúd: cierta impaciencia con el muerto, el deseo de estar de vuelta en casa donde uno podía mantener la ilusión de que la condición permanente no es la muerte sino la vida cotidiana.

Después de haber vaciado los salones para el último baile, no habíamos encontrado aún el momento de desenrollar las alfombras, subir los muebles y ponerlo todo en su sitio. Se oía el eco de nuestros pasos, como si estuviéramos en una caverna o en una cripta. Aunque en la biblioteca los libros seguían en las estanterías y en la sala de música seguían los pianos, tenía la sensación de que no estábamos ya en la casa donde habíamos vivido nuestra infancia, sino en un lugar nuevo, todavía sin habitar, aún por determinarse su huella en nuestras almas.

La verdad es que Langley no podía explicar por qué había metido el Modelo T en el comedor. […] Se puso a la defensiva. Sacó el tema durante varios días, pese a que nadie lo mencionaba. Dijo: Al contemplar este coche en la calle, nunca pensarías que es espantoso. Pero aquí, en nuestro elegante comedor, su verdadera esencia de monstruosidad salta a la vista.

Los Hoshiyama dejaron también su colección de pequeñas tallas de marfil. […] Guardaremos todas sus pertenencias para cuando vuelvan, dijo Langley, pero nunca volvieron, y ya no sé dónde están las pequeñas tallas de marfil: enterradas en algún sito bajo todo lo demás. Y así desaparecen las personas de la vida de uno y lo único que recuerdas de ellas es su humanidad, una pobre entidad espasmódica, sin territorio propio, igual que la tuya.

Tal vez fueron esos paseos lunares de nuestros astronautas lo que indujo a Langley a abandonar la pintura por considerarla insuficiente para su rabia. ¿Te das cuenta del mal gusto, lanzar pelotas de golf en la luna?, dijo. ¿Y ese otro, que leyó la Biblia al universo mientras daba vueltas por el espacio? Todas las blasfemias están incluidas en esos dos actos, dijo. El uno es de una irreverencia absurda; el otro de una presunción absurda.

Con el primer periodista que llamó a la puerta […] comprendí que esa gente constituía una clase de seres humanos deplorablemente falible que a diario se convertía en letra impresa infalible, acrecentando el registro histórico que se alzaba en nuestra casa como balas de algodón. Si hablas con ellos, estás a su merced, y si no hablas, estás a su merced.

Mis recuerdos se debilitan a medida que incido en ellos una y otra vez. Se vuelven cada vez más fantasmagóricos. No temo nada tanto como perderlos por completo y no tener ya otro sitio donde vivir aparte de mi mente vacía e infinita. Si pudiera enloquecer, si pudiera provocarme la locura, quizá ya no sabría lo mal que estoy, lo terrible que es esta conciencia irremediablemente consciente de sí misma. Sin nada más que el contacto de la mano de Langley para saber que no estoy solo.

Selección de Delia Juárez G.

Delia Juárez G
. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.