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deleitable

Porfirio Barba Jacob,
Escritos mexicanos (investigación, selección y prólogo de Eduardo García Aguilar),
Fondo de Cultura Económica,
Colombia, 2009, 587 pp.

Reunión de textos periodísticos, Escritos mexicanos es un libro excepcional, primero por el autor, después por la época que aborda, y encima por su labor de rescate de una obra de pluma estupenda que ofrece otras perspectivas desde donde considerar tanto al escritor como a su tiempo.

Por lo que tiene a Porfirio Barba Jacob, pseudónimo mayor del colombiano Miguel Ángel Osorio Benítez (1883-1942), dos son las cosas que la mera mención de su nombre convoca de inmediato: su alta poesía y la peculiar ingravidez con que vendió siempre su pluma al mejor patrocinador (ingravidez que, no sobra destacar, tuvo mucho que ver con las necesidades del diario peculio y su hambre de paraísos prohibidos). Del verso ha hablado Jorge Cuesta en su antología (en las antípodas de la cruel descalificación de Salvador Novo), Fernando Vallejo en la poesía completa que reunió para el FCE colombiano (reimpresa hace tres años) y, por ejemplo, estas líneas de “Lamentación de octubre”: “Yo no sabía que el azul mañana / es vago espectro del brumoso ayer, / que agitado por soplos de centurias / el corazón anhela arder, arder. / Siento su influjo, y su latencia, y cuando / quiere sus luminarias encender. // Pero la vida está llamando, / y ya no es hora de aprender”.

La escritura del poeta también fue superior en el artículo editorial de periódicos como El Independiente (1913), Churubusco (1914), El Pueblo (1918), El Heraldo de México (1919), El Demócrata (1921-1922), Cronos (1922), Excélsior (1931), El Universal (1934), hasta acabar con los “Perifonemas” de Últimas Noticias (1936-1939) y Así (1941): junto con el gusto por la invectiva asoladora, un placer de orfebre en la recreación de atmósferas, el perfil de personajes y el vuelo de las ideas, gratificante siempre por baladí que sea el asunto de su colaboración. De la época resulta un cuadro tan vital como era de esperarse del adiós a Don Porfirio, de los barruntos de la República española, de las pequeñas y grandes tragedias de las coronas europeas, de los debates americanistas y pacifistas provenientes de Washington, de la hora del chafarote en la América hispana y los totalitarismos ruso, alemán, italiano, español y japonés, de la trabajosa institucionalización de nuestra centenaria Revolución.

La galería de héroes y antihéroes revolucionarios que ofrece Escritos mexicanos aligera algún tanto el aguamiel de los fastos seculares (“Las hordas de Emiliano Zapata han arrojado cien vidas al fondo de una barranca para darse el placer felino de aspirar el vapor de la sangre […] ¿Quién es Zapata? Para los intelectos trufados de quimeras socialistas, Zapata es la encarnación del grito de venganza y guerra de los oprimidos […] Para nosotros, Zapata es un industrial del crimen”), pero abundan asimismo señalamientos no menos incendiarios a la hora de esa ideología que aún le llena la boca a no pocos de nuestros beatíficos redentores (“Pensando sin rencores ni cobardías, hay que admitir que la humanidad tendrá que agradecer a los rusos la formidable y terrífica experiencia que han hecho. Tan sangrienta, que a su lado son pálidas las matanzas de Gengis Khan, emperador de todos los hombres, cruel verdugo de todos los pueblos. Tal experiencia se realizó en nombre de una doctrina cerrada, de larga elaboración, por hombres superiores, de flamígera inteligencia”), señalamientos de una oportunidad a la altura de cualquier compló post-amlo (“Etimológicamente, democracia es el gobierno del pueblo por sí mismo. Pero ¿quiénes forman el pueblo? […] Y he aquí que hoy el demos restringe su significación, por arte de sofistas y demagogos, a una sola clase social, excluyendo a todas las demás. Pueblo no son sino los obreros y los campesinos; los demás grupos que integran una nación, que le dan órganos, división de faenas, diversidad, matices, no son pueblo. Ahora se dice ‘el pueblo’ como antaño se decía ‘la nobleza’ ”), pero también del analfabetismo político que no se atreve a decir su nombre en Pinos, como diría Gil Gamés: cuando el gobierno mexicano concede el asilo a Lev Trotsky, Barba Jacob puntualiza: “Con esta determinación, estrictamente apegada a la ley y a la tradición más noble del México liberal y humano, el presidente Cárdenas ha dado una prueba más de que no lo corroen vanos temores, y, sobre todo, de que es el Ejecutivo. Ya se ha opinado libremente sobre Trotsky; Cárdenas dejaba opinar; pero a la hora de la acción, él dijo la palabra última”.

No obstante los gustos ya enumerados, para el lector actual la parte más animada de estos Escritos mexicanos corre a cuenta de la escuálida sección (una centena de páginas frente a las cuatrocientas dedicadas a los editoriales) de reportajes, investigaciones periodísticas que son barruntos de novela negra, de ficción fantástica, de película que reclama a gritos su época dorada, crónicas que desgranan un lenguaje donde se oyen reverberaciones modernistas, a Agustín Lara, Álvaro Carrillo y Arturo de Córdova; Almafuerte, es decir, Barba Jacob, refiere así el final del héroe de Mixcoac cuyo cuerpo provocaba el mirar codicioso de las mujeres galantes: “Un grupo de amigos y curiosos, como quince, rodeaban el lecho. Merced trataba en ese momento de incorporarse, ayudado por una persona de su familia. El rostro de bronce veíase cubierto de sudor; los ojos brillaban con siniestro brillo en las órbitas obscuras. Se advertía la fatiga de aquel organismo. Con palabra fuerte, que bien a las claras mostraba el dolor, el joven nos ordenó a todos que nos retirásemos. Y dejó caer en la almohada la cabeza, con esa dejadez característica de la extrema debilidad. / Y yo pensé, ante aquel gesto terrible y desconcertador: ¡Tal vez se salvará el hombre!: ¡el torero ha muerto!”. Con estos pertrechos, Almafuerte visita el palacio de los orates, cuenta un espantoso caso de antropofagismo en Cuba, cala el reino de la dama de cabellos ardientes (“La Dama de cabellos encendidos / transmutó para mí todas las cosas, / y amé la soledad, los prohibidos / huertos y las hazañas vergonzosas”), de las boticas que trafican con el ídolo blanco, del irresistible descenso a los infiernos sobre los humos del opio, de unos improbables apaches importados del Viejo Mundo en sucesión de la Banda del Automóvil Gris en el trono del crimen capitalino —el prólogo de García Aguilar hace lamentar la ausencia de un “Elogio de la ciudad” y de su crónica de la decena trágica, así como la tradición xenófoba de nuestra mexicanidad: “Barba Jacob amó profundamente a México, pero olvidó que para los mexicanos no era sino un extranjero entrometido en sus asuntos. […] Y si una patria, Colombia, le dio la espalda, la otra, México, le dio la última estocada. Barba Jacob fue sólo un extranjero en México y un desterrado en Colombia”.

Para culminar el placer de libro tan feliz, no sobra hincarle el diente a El mensajero (Alfaguara 2003), la biografía que Fernando Vallejo le dedicó a su paisano.

Alberto Román
. Editor de Cal y arena.