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ficción

Alberto Manguel,
La ciudad de las palabras,
Editorial Almadía,
México, 2010, 218 pp.

Las Conferencias Massey de la Universidad de Toronto incluyeron en 2007 al escritor argentino-canadiense Alberto Manguel (1948), quien participó con un relato crítico sobre cómo nuestras ficciones literarias expresan la necesidad del otro para la conformación de nuestra propia identidad. De esas conferencias surgió este volumen.
Maestro de la Cátedra Cortázar 2007 en la Universidad de Guadalajara, Manguel asume el lenguaje como instrumento destinado a dar forma a la realidad y ayudarnos a comprenderla, así como un acto de materialización logrado por la palabra. Un lenguaje no sólo reflejo o testimonio de la realidad, sino creador de esa realidad al nombrarla. Con su potencia imaginativa la ficción expande nuestra conciencia al capturar la identidad cambiante del mundo, y nuestra propia identidad social e individual en transformación, en particular hoy, cuando se expresa la tensión entre nacionalismos, fronteras, aislamiento y exclusión vs. globalidad, intercambios, movilidad, flujos migratorios e inclusión.

Estas conferencias se sustentan en numerosas conexiones y referencias librescas y autorales compendiadas por Manguel en el singular concepto de common-place book: “…con el paso de los años, mi ignorancia respecto a incontables materias se ha ido perfeccionando, al tiempo que una práctica de lecturas poco sistemáticas a lo largo de toda una vida me ha dejado una especie de common-place book, en cuyas páginas encuentro mis propios pensamientos expresados en palabras de otros”.
“La voz de Casandra” reafirma el carácter subversivo del arte literario (probado desde la decisión platónica de mantener a los poetas fuera de la República por ser causantes de inconformidad). Pero ese carácter contradictor se emparenta con la maldición de la pitonisa mitológica, condenada a profetizar la verdad y a que su relato no sea creído: su destino es decir, no convencer. La función del narrador es iluminar, inducir a los lectores a redefinir sus creencias, ampliar sus definiciones, cuestionar sus respuestas. No obstante, por miedo e inseguridad, es relegado al papel de embustero. Así se equipara la ficción con la mentira y se opone al arte la realidad política. “Pero los relatos seguirán ofreciendo ciudades imaginarias cuyos ideales contradirán o subvertirán a la República oficial”.

En “Las tablillas de Gilgamesh”, Manguel expresa con claridad esa necesidad del otro para poder ser nosotros a través de la aventura de Gilgamesh, príncipe de la ciudad de Uruk, arrogante y urbanizado (dos tercios hombre y un tercio animal) condenado a enfrentar a su par inverso, a su salvaje en el espejo encarnado por Enkidú (dos tercios bestia y un tercio humano), hasta fundirse ambos en una amorosa fraternidad reivindicadora de lo diferente como complementario. Esta asimilación del otro, incluso cuando la política y la República lo niegan, es ilustrada también en “Los libros del Quijote”. Manguel recuerda aquí el inconcluso capítulo ocho del Ingenioso Hidalgo, donde Cervantes abandona esa ficción por un momento y elabora otra para narrarnos cómo, años después, en un mercado de Toledo, encontró a la venta los cartapacios árabes donde El Quijote continúa, ahora escrito por ¡un moro!, Cide Hamete Benengeli, alguna vez español y luego desterrado morisco. Tras el decorado del escenario político y burocrático donde los árabes y judíos oficialmente ya no existían en España, Cervantes levanta la ficción quijotesca donde las culturas se funden y asimilan. Para él, a quienes vemos como extranjeros somos nosotros mismos condenados al exilio.

En “Los ladrillos de Babel” se recupera esa historia del Génesis, en la cual el deseo de construir una torre para alcanzar el cielo, invadirlo y someterlo, es castigado con la incomunicación, la diversificación de la lengua común en innúmeras lenguas incomprensibles entre sí. Esta metáfora de la diferenciación ahonda en la concepción del otro como aquel con quien no podemos hablar. Destaca entonces la urgencia de comprensión de lo diferente (“porque incluso los que vemos como monstruos, no siguen siendo monstruos para siempre”), en una humanidad dividida por etnias, fundamentalismos, xenofobias, racismo, discriminación, pobreza, y cuando en realidad, como en el relato homérico, siempre hubo —y habrá— griegos y troyanos.

El capítulo final, “La pantalla de Hal”, referida a la computadora de la cinta 2001 Odisea del espacio, es radical en su crítica al vertical lenguaje político y al mercadotécnico lenguaje comercial, contrastados con el lenguaje imaginativo de la ficción, pues la imaginación proporciona experiencias que a pesar de no hundir sus raíces en la realidad física, son capaces de educarnos y mejorarnos con la misma fuerza y eficacia de aquellas sucedidas en el mundo de carne y piedra. La crítica se endereza luego a la industria editorial y su promoción de una literatura superficial, veloz, repetitiva y maquilada con fórmulas comerciales para garantizar su venta rápida, todo en detrimento de la profundidad de la reflexión, la lentitud del avance, la dificultad de la empresa y la capacidad de iluminación de la literatura. “Hay que elegir entre la felicidad y lo que solía llamarse arte elevado. Hemos sacrificado el arte elevado”, dice un personaje de Huxley en Un mundo feliz.

Para el alemán Alfred Döblin la observación literaria y el juicio crítico, por muy claramente expresados e imaginativamente trabajados que estén, nunca pueden prometer una revelación, afirmación refutada por la riqueza de esta aventura ensayística.

Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Publica ensayo, crítica literaria y crónica en diversas revistas y suplementos.