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virilidad

Enrique Serna,
La sangre erguida,
Seix Barral,
México, 2010, 326 pp.

Es el tema de muchas de las novelas de Martin Amis o de Norman Mailer o de las declaraciones de estrellas menos rutilantes. Y es el deus ex machina de algunas crisis matrimoniales, la obsesión de la industria pornográfica, el cuenco de la fortuna de las industrias farmacéuticas, el “sí se puede” que anima a las hordas deportivas, la última estación al final de la borrachera, el norte al que apunta la brújula, uno de los personeros mejor pagados del éxito, la gorda cuenta bancaria, la virtud. Hablo de la virilidad, a la que el Diccionario de la lengua española define en los términos siguientes: “Cualidad de viril”, es decir, “Perteneciente o relativo al varón”. Uno puede tomarse esta definición a la letra, conformarse y quedarse quieto, o leer, volver a leer, a Enrique Serna, muchas veces con un pie en el humor agrio y otro en la tragicomedia, siempre inconforme, nunca aburrido. No es un territorio que le parezca hostil, desconocido. Es su territorio.

La sangre erguida no sólo corrige sino que extiende el significado de ese fetiche en el que hemos convertido a la virilidad: ¿una potencia mayúscula o la falla trágica de la condición masculina? La pregunta no supone un asunto menor, sobre todo si volvemos la atención a lo que hoy significa ser un triunfador o una confirmación de que si fallas con las mujeres no puedes obtener la salvación, al menos en este mundo. Ganar o perder, o, remedando a Shakespeare, coger o no coger. De eso se trata. Veamos, si no, a los tres héroes caídos de la novela. De un lado tenemos a un ingeniero veracruzano a merced de los caprichos de su pene, un dictadorzuelo cuyo deseo primario es habitar el coño de una rumbera caribeña, buenísima; del otro a un actor porno ya de salida, un terminator hecho para endurecer la verga con la sola participación de la voluntad pero que pierde su don tan pronto se enamora. Y conocemos también a un cuarentón impotente en cuyo jardín erótico no había crecido una flor y que en el Viagra ha encontrado al genio de la lámpara. Un mexicano, un argentino, un catalán. Frente a sus infortunios adelantamos una respuesta ambigua: la risa. Viendo la esclavitud de Bulmaro Díaz, la parálisis de Juan Luis Kerlow y la dependencia de Ferrán Millares no encontramos mejor opción para corresponder a sus debilidades de carácter que reír por puro espíritu mala-leche. Y, seamos honestos, nuestro gozo aumenta en la medida en que más cerca están de tocar fondo. (Por cierto, dónde transcurren sus peripecias. En Barcelona, marchosa, claro, aunque también monjil con arrebatos de librepensadora.)

Enrique Serna —como sabemos desde hace tiempo— es un lector formidable de la tradición hispánica. Esta vez ha puesto la mira en la picaresca. Sus tres protagonistas, se me antoja, son nietos de Lázaro de Tormes: intentan sobrevivir a fuerza de plantarle cara a la adversidad —el destino, dirían los clásicos—. Pero, a diferencia del abuelo, que se conforma con un plato de sopa y unas cuantas monedas, con un techo y un jubón, ellos conciben la supervivencia en términos sexuales. Quieren coger y sólo eso para saberse con vida. El problema es que entre más se sienten poseídos por el deseo, más jodido se anuncia su futuro.

En La sangre erguida creo suponer un homenaje abierto a ese género sucio que cristaliza en las novelitas porno que los puestos de periódicos ofrecen alegremente. Serna, para anunciarlo con tibieza, es más que procaz. Leamos: “Y como se trataba de reivindicarme en toda la línea, cuando ella se puso boca abajo, cansada de cabalgarme, se la metí por el culo con la rudeza de un mandril despechado. Fue un metisaca frenético, en el que estuve a punto de sufrir una taquicardia […] Volví a penetrarla un buen rato por el coño, a un ritmo más cadencioso, y Judit se corrió con tal abundancia que sus jugos vaginales anegaron la sábana”. Cabría agregar que no sólo de buena literatura se alimenta el buen escritor.

La sangre erguida, novela picaresca en clave porno, renuncia a pontificar, aconsejar, llamar a la cordura o al desenfreno sexual. Narra, por puro placer. Arroja, sin embargo, una interrogante para quien quiera salirle al paso: ¿la virilidad nos pertenece o es de ellas?

Roberto Pliego. Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.