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zapatería

Pedro F. Miret.
La zapatería del terror,
Conaculta, 2010, 276 pp.

Hace unos años, hubo quien previó (José de la Colina, Luis Ignacio Helguera, yo, etcétera.) un auge miretiano. No ha llegado. Mejor que buscar razones, sigamos adelante, pues siempre habrá miretianos ocultos, y es preciso que se alimenten.

De los libros esenciales de Miret, los cuales en mi opinión son tres, hay dos en existencia, y ahora se presenta aquí el tercero, que en 1978 publicó Grijalbo —no se explica uno para qué, pues en su momento no había modo de conseguir un ejemplar, y así continuamos hasta ahora. Para remate, la portada era espantosa, fruto de encargarle algo a un pobre dibujante sin decirle de qué se trataba.

Desde que Buñuel escribió una solapa, nada inspirada, para un libro de Miret, ha sido de rigor, al mencionar a este autor, citar la espléndida obra El desierto de los tártaros de Buzzati. Los miretólogos consumados sabemos incluso demostrar que Miret conoció dicha obra, al parecer revuelta con un episodio del Poema del Mío Cid. Lo que nadie ha observado hasta ahora es que La zapatería del terror concuerda con La boutique del misterio, que es una compilación de cuentos de Buzzati, si bien el dibujo de la portada italiana es más inocuo que horrible.

El presente libro exhibe, como es natural, diversas peculiaridades miretianas. Sólo mencionaremos un par de ellas.

Está, por ejemplo, la cuestión de los colores. Desde su primera obra puede suponerse —acertando— que los colores básicos son, para el autor, el azul y el rojo.
Esencialmente el primero, con su carga habitual de cielo (que en lenguaje miretiano es casi sinónimo de avión). El rojo es importante, por complementario, pero no merece tanta atención. Si el protagonista es “rojo”, esta concesión es con tal de reconocer que el color de los “azules” es mucho más bonito. Confieso que no sé bien qué hacer con el amarillo. Cuando más, no es dañino, en tanto que el verde es malísimo. Muy rara vez aparece, por fortuna, pero es de mal agüero, si no es que algo mucho peor. Así como el azul evoca el cielo, el verde es vegetal y sosegado, pero Miret prácticamente no cae en esta asociación tan espontánea. El verde es pésimo en cualquier circunstancia. Todavía peor lo es sólo la muerte, es decir el morado. Éste sí lo escatima Miret casi por completo. Las encías de mujeres envenenadas, en el gran cuento “Prostíbulos” y en todo el cuento “Memorias de un benevolante”, que no tardará en llegar, para calificar el color que pone el frío en la piel de quien se acercara a la puerta de la aeronave abierta a la noche, por donde según vamos convenciéndonos, un miembro de la tripulación ha caído al vacío. (Tampoco hay que exagerar: más tarde, dos de los benevolantes —aeronautas— tienen igual destino, y caen; lo más que merecen es un comentario acerca de la rotura que causan en la pared al caer.)

Otra de las constantes en los relatos de Miret son —¿cómo llamarlos?— los “mandones”. Asumen múltiples formas, desde vulgares policías hasta generales o, peor aún, dictadores (quizás el ejemplo supremo de esta estirpe sea el que canta “Casablanca” en “Prostíbulos”. Por fortuna tiene cierta propensión a hacer el ridículo (en la edición mexicana, el ridículo del dictador queda incompleto a causa de un salto tipográfico que trunca deplorablemente el asunto).

Sin embargo, no hace falta picar tan alto. A Miret le gusta sacar a escena a personajes indefinidos pero inquietantes y dotados de poderes peligrosos. En “Zoo” hay un buen ejemplo. Pero, como acabamos de señalar, quizá lo que más haya sean funcionarios íntimos, soldados, maestros.

Las relaciones humanas son en Miret deplorables, casi dan ganas de decir que no existen, y si existen se caracterizan por ser a menudo ininteligibles. No es tampoco que el Miret de sus relatos carezca de amigos, sólo que el valor que les asigna llega a ser escalofriante. Por fortuna, al parecer los amigos le pagan con la misma moneda.

Inexplicablemente, un amigo telefonea al protagonista de “Zoo”. Quedan en verse en el zoológico. El encuentro y su interrupción ocupan apenas un par de renglones. Hasta el final del cuento, el amigo no vuelve a presentarse, ni siquiera a ser mencionado.

Los contactos humanos son, como casi siempre, molestos y hasta alarmantes. Miret encuentra al que será su acompañante, mejor diríamos su guía, en la segunda parte del relato, un individuo que parece inofensivo. No tardará en manifestarse capaz de muchas cosas. Pero, por ahora, leamos lo que Miret habla con “el ingeniero” este. Por supuesto, ignoramos el tema de la conversación; cuando más, se piensa en ese misterioso animal sólo imaginado, el “jámster”:

— ¿Pero cómo lo pueden saber?
— Metiéndolo en una jaula gir…
— ¿Qué tamaño tiene?
— Más o menos así… no es mayor
que una rata.
— …¿Y cuándo corre?
— Cuando quiere.
— Ya debe estar encerrado…
— No, nunca lo está.
— ¡Qué?
Me repite la pregunta.
— Sí.
— ¿Siempre?
— Sí, casi siempre.
— ¡Y no cambian?
— En absoluto.
— ¡Pero aumenta el número?
— Muy raramente.
— …Yo creía que sí.
— No, porque sería un caos.

Antes de pasar hacia el automóvil hay una escena enigmática, como aquella en la que la madre de Miret, y después él mismo, caen al foso de los leones. Son piezas del extraordinario misterio miretiano, vislumbres de su mundo en plena realidad.

El zoo queda atrás. Podríamos haber examinado en él otros temas miretianos: la comida, los animales, haber jugado al “freudismo sin Freud” (el niño tomado en brazos para que haga payasadas, al principio del cuento, y que se presta, en toda la obra miretiana, a múltiples divagaciones, que han escandalizado a personas muy serias). El erotismo, en fin, asignado exclusivamente a unas cuantas colegialas momentáneas, que nunca harían imaginar tantas escenas espléndidamente pornográficas que Miret trazó sobre mi mesa hace medio siglo, cuando hablábamos de nuestras respectivas experiencias en cierto hotelucho céntrico; así como un mono de tediosos testículos colgantes no es digno de pertenecer al autor de un libro intitulado Prostíbulos, nada menos, por mucho que en éste haya tan poco erotismo como es posible.
No tendría objeto entrar en detalles en torno al itinerario del “ingeniero”, todo ello es miretismo puro: pasan sobre un canalillo análogo al del jámster, ven a lo lejos un rótulo verde y el camino es repetitivo como la vida misma, lo cual Miret acepta con resignación y su lector con impaciencia. Mientras tanto, el tiempo se ha descoyuntado y el protagonista, al llegar a su casa, sólo sabe que es de noche, pero ignora cuál noche.

No le preocupa gran cosa: le ha entregado el “ingeniero” una tarjeta que ni sabe de quién es, y no hay más que hacer.

Miret no sabía cuando bautizó “Zoo: léase Zu”, el primer cuento del presente libro —fingiendo evitar la lectura “zu” en inglés—, que en este idioma se hacía, hace mucho, una corrección distinta, y se escribía, por ejemplo, “zoölogy”, a fin de evitar el “zoo”, leído “zu”.

El segundo cuento es “Recuerdos de un benevolante” y refleja también un humor que en Miret jamás anda lejos, por fortuna. “Benevolante” es un simpático neologismo, y el humor del cuento todo es inmejorable.

La primera parte del relato expone los estudios del benevolante. La escuela causará una sensación peculiar sobre el lector que haya asistido a ella (aunque no seamos benevolantes). En efecto, reproduce en varios aspectos la escuela secundaria que frecuentó Miret (y no sólo él) antes de emprender sus estudios de benevolancia. No se trata de una copia fiel, sino de suficientes parecidos para satisfacer cualquier duda.

Las clases son desconcertantes, aunque debe recordarse el estado aún primitivo de la benevolancia, por no hablar de las humanas diferencias entre los maestros. Al principio reina el respeto, pero, como siempre ocurre, el ambiente se estraga y acaba exigiendo la intervención del director en persona, con su arma secreta: un robot pavoroso que en realidad es bastante inofensivo.

En cuanto a las clases prácticas, son verdaderamente instructivas; desembocan en un artefacto cuyo elemento principal yace, usado ya, en el suelo, con su inscripción en alemán macarrónico: “Fábrica de hidrógeno para objetos voladores. Kassel”.

Pero esta tarde el maestro, en vez de ahondar en la práctica de la benevolancia, ha preferido llevar a sus alumnos a visitar a un viejo pionero. Leer la narración de esta visita es algo inapreciable.

La segunda parte de estos “recuerdos” describe un vuelo de prueba que revela cuán provechosa ha sido la labor de los pioneros que ya conocemos.

Una vez más, no hay que pretender describir el vehículo en que van nuestros aeronautas. Es algo increíble. Los benevolantes son seis, especializados: mientras dos guían infatigablemente la nave (lo cual, en realidad, no es nada fatigoso), los otros cuatro se consagran a jugar al póker. El protagonista es el único que no sabe jugar, aunque está en peligro de tener que aprender. En la nomenclatura benevolante le toca la designación WC y es, después de haber descubierto el déjà vu, al parecer el primero que se percata de que hay rendijas en las literas, lo cual sería un hallazgo aterrador, pero que este puñado de héroes toma con calma, como todo.
De vuelta en tierra, el benevolante Miret envejece, entre episodios realistas, de ésos que sabe describir como nadie.

El final es tan sublime como de costumbre.

Entre las obras de un autor nada más natural que escoger una, o unas cuantas. Así quien esto escribe prefiere, entre las piezas breves o regulares de Miret: “Incursión”, el famoso “El narrador”, y, del presente libro, “Invierno en 1893”. Este último se trata de la descripción de unas pláticas destinadas a definir la frontera entre dos países. ¿Qué países? No lo dice, y tampoco es preciso. Sin embargo, el ambiente es, sin discusión posible, el de un palacio del centro de Europa. No vamos a entrar en descripciones más detalladas, tan certeras como suelen serlo las de Miret. Entiéndase que las descripciones miretianas no faltan aquí. Se presenta, sin embargo, una singularidad que tiene su equivalencia en otros cuentos (por ejemplo “Timboctú”): Miret describe lugares que, con seguridad, no conoce. Sin embargo, las descripciones están tan logradas como siempre. Pero aquí no se trata únicamente de lugares, sino de situaciones: las de una discusión acerca de determinados límites geográficos o, al menos, topográficos.

El relato está lleno de altos comisionados, consejeros, enlaces, y toda clase de burocracias con sabor antiguo. Hay un personaje único en su género, un “erudito”, descrito de manera impresionante; sin embargo, acabará mal, y no es este el lugar de aclarar la cuestión. Léase mejor el cuento entero. La descripción de los rústicos que acaban invadiendo el palacio vale también mucho la pena, así como la que hace del cuarto de los rayos, la del cuarto de los niños, etcétera. Los últimos personajes que aparecen son los topógrafos militares, que tienen su palabra que decir y su papel que representar. En fin, repitámoslo: este cuento es una pequeña joya.

Al contrario del caso anterior, puede también considerarse que el último cuento del libro, “La zapatería del terror”, es el más flojo de los cuatro. Por supuesto, no faltan los consabidos pasajes miretianos. El más valioso, y no sólo en el cuento, es la sabia frase: “qué gran engaño la escuela”. El relato es de los que Miret prefiere, con su ambiente policiaco que alcanza un nivel delicioso en la descripción de una comisaría, donde todos son Sherlock Holmes, si no es que víctimas. Miret en su máxima expresión. Todo ocurre la víspera de un día festivo, con desfile y todo. Eso sí, en un lugar perfectamente indefinido: se habla de justicialismo (que era un invento argentino, salvo error). No obstante, aún más notable es lo que dice el general que, al parecer, encabeza el desfile: habla de Tobruk, de Sidi Barraní, lugares clásicos de la Segunda Guerra Mundial. ¿Dónde estamos, pues? No tiene la más mínima importancia. Las escenas en la zapatería son muy divertidas, pero se diría que, al final, todo se convierte en una simpleza. Tampoco importa.

Resumiendo: se trata de uno de los libros de Miret más imprescindibles.

Gerardo Deniz. Poeta. Entre sus libros: Adrede, Mundos nuevos y Alebrijes.