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¿Qué tendríamos que haber hecho que no hicimos?, nos preguntamos en el momento más incierto de la crisis del 26 al 30 de julio, la crisis de los periodistas secuestrados en Durango.

rehenes

Prácticamente desde el primer minuto entregamos el caso a la Policía Federal. Pero después de atender la demanda original de transmitir unos videos en el canal de Multimedios en la comarca lagunera, rechazar una segunda de hacerlo en Milenio Televisión y constatar que los secuestradores rompían la comunicación, comprendimos que habíamos quedado en medio de la nada. Sin garantías y con todas las responsabilidades. Entre ellas, la vida de nuestro camarógrafo Javier Canales.

En mayo de 2009, en esa arrasada comarca, esos mismos criminales (o los del otro bando, qué más da en la penosa tipología de chapos, zetas, golfos) levantaron y mataron a nuestro reportero Eliseo Barrón. Los hechos corrieron muy rápido aquella vez, ni las manos pudimos meter. Pero ahora quedamos en el centro de la negociación de una toma de rehenes.

¿Qué tal si a la mañana siguiente uno de los sicarios, uno de esos terroristas habituados a matar muriendo, inhalaba más cocaína de la acostumbrada y descuartizaba a Javier? ¿Qué tal si a otros se les ocurría ir a tirar su cabeza en un corral de vacas con una cartulina que dijera: “Perros de la prensa, para que aprendan a cumplir”?
¿Quién iba a tener oídos para escuchar que la negociación la llevó, paso a paso, la Policía Federal, y que nosotros sólo acompañábamos? ¿Cómo habría sido en Milenio, Milenio Televisión, Multimedios, el día siguiente de que apareciera el cadáver de Javier si nosotros habíamos sido parte del proceso?

Liébano Sáenz nos dio la clave. No se trataba de un asunto de medios de comunicación, sino de seguridad nacional. La participación del Estado no podía ceñirse a la conducción policíaca de la crisis. Así lo alcanzamos a expresar a contrarreloj, confusamente, con preguntas retóricas el jueves 29: ¿qué era eso de que si transmitíamos una imagen liberaban a un compañero rehén, pero si no lo hacíamos, lo mataban; o si lo hacíamos no lo soltaban; o si lo volvíamos a hacer quién sabe qué carajos pasaría?

Ésa no puede ser la responsabilidad de un medio de comunicación, que no fue diseñado ni está equipado para ello. Mucho se ha hablado en estos días de la necesidad de establecer protocolos para blindar a la prensa en la guerra contra el crimen. No soy devoto de los controles ni me entusiasman las prácticas homogéneas en el negocio de la información. Pero hay una guerra y hay terrorismo. Y bien dicen los editores de The New York Times que las redacciones se parecen al ejército y a los servicios de emergencia.

Por eso, además de una experiencia única, la crisis de julio nos deja una episteme, una forma de pensar, que deviene resolución, un protocolo que, al cierre de esta edición, afinábamos para asumirlo en forma incontrovertible: 1. Si un periodista de nuestra empresa es tomado como rehén, se avisará de inmediato a la autoridad competente y así se informará en nuestra pantalla y páginas; 2. Será la autoridad competente la que determine qué se difunde y qué no; 3. Lo que se difunda aparecerá marcado como información de la autoridad competente.

Tendremos que precisar los tres puntos de ese protocolo que, creo, es lo mejor para la víctima y el medio. No se necesita una reforma constitucional, ni se reclama al poder un acto extraordinario. Sólo se pide que asuma su responsabilidad ante la denuncia de un delito de esa naturaleza: la policíaca (cosa que en Durango hizo en forma por demás eficaz), pero también la política.

Nunca más en el centro de una negociación de rehenes, sería nuestra consigna. Comprendo, de buen grado, las dudas de quienes acusan que un protocolo así promovería el intervencionismo estatal. Pero como afirmaba el biólogo James Watson en los momentos más avivados del debate sobre los riesgos éticos que acompañaban los extraordinarios avances en la investigación del ADN y el genoma: es muy duro renunciar a algo que puede hacer un bien con el argumento de que podría usarse mal.

Ciro Gómez Leyva
. Periodista. Es director editorial adjunto de Milenio Diario y titular del programa Radiofórmula de la tarde.