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La soberanía de la nación está en peligro por razones internas: la aparición del narcoterrorismo en el país se ha convertido en la prueba contundente del derrumbe institucional, y la República podría perder su integridad por implosión si no se restablece la convivencia civilizada. El combate al narcoterrorismo se transformó en problema prioritario de seguridad nacional.

narcoterrorismo

Con esa percepción en mente anoté 15 tesis para orientar una mejor comprensión del narcoterrorismo en México que interpreto como parte del terrorismo global. Y como otro elemento de la descompostura del capitalismo tardío que se manifiesta como la violencia extrema al servicio de la acumulación de capital por vías delincuenciales. Los narcoterroristas actúan dentro de un contexto monopólico dominante de múltiples exclusiones sociales, de la iniquidad en la distribución de la riqueza y de la hegemonía de una clase política insensible a las necesidades de un cambio radical de curso en el país.

1. En México el narcoterrorismo siembra el pavor en la sociedad con las decapitaciones, la aparición de cadáveres descuartizados, los secuestros, los colgados en plazas públicas, las granadas en una concentración de masas, los entierros clandestinos en fosas comunes, las extorsiones, así como la instrumentación reciente de los coches bomba y del más sorprendente de los actos de terror: la actuación de los reos asesinos de la “cárcel 2” de Gómez Palacio, Durango, a quienes les permitieron abandonar el penal varias veces para ir a acribillar personas inocentes con armas que les proporcionaron sus custodios, para después regresar al penal que de hecho era su santuario —caso único en la historia del terrorismo mundial.

2. El narcoterrorismo que se impuso en México es vil terrorismo sin atenuantes, eso no debiera estar en duda, negarlo sería suicida. Su nexo con el narcopoder le da su especificidad dentro de la amplia gama de modos de sembrar el miedo extremo, como parte del terrorismo global.

3. El inicio del narcoterrorismo en nuestro país se establece a partir de las decapitaciones en Uruapan, Michoacán, acompañadas de un gesto inequívoco para generar el miedo colectivo: el arrojo de las cinco cabezas en la pista de baile del Bar Sol y Sombra el 6 de septiembre del 2006 —o sea, antes de que Calderón accediera al poder—. Las decapitaciones habían sido y siguen siendo utilizadas de modo significativo por Al Qaeda y quizás son el referente imitado en México.

4. El narcoterrorismo en México ha generado una forma de violencia de impacto mediático muy superior a cualquier otra forma propagandística. Y los medios juegan un papel de magnificadores de las tragedias por razones comerciales, gestándose una contradicción insalvable: para vender periódicos, publicidad o rating los medios buscan difundir y magnificar las noticias sobre narcoterrorismo; y por ese motivo los periodistas se convierten en blancos del terror. Fue el ataque sistemático a periodistas uno de los primeros signos de aparición del narcoterrorismo en México.

5. Los terroristas buscan obtener las concesiones políticas, económicas y diplomáticas de quienes son sus objetos de chantaje o del terror ejercido: los gobiernos enemigos y sus sociedades. En México los capos del narcoterrorismo tratan de subordinar a los actores de la política nacional: pueden cooptarlos metiéndolos en la nómina, pueden aliarse con ellos subordinándolos bajo amenaza de muerte, o simplemente los eliminan.

6. Pero también se presenta otro fenómeno que no es colateral, por el contrario, quizás se encuentra en el origen de la violencia desencadenada en México: existen actores y factores del poder político que especulan con la violencia desatada por el narcoterrorismo para el reacomodo de sus propias fuerzas, para la reconquista del poder perdido o para la permanencia en el poder que no se quiere perder. Aunque a veces la jugada les sale mal a los capos de la política: mientras los políticos más dependen de los capos del narcotráfico más se debilitan y más dependen de la relación de fuerzas entre los cárteles que libran su propia guerra de posiciones.

7. El narcoterrorismo tiene sus propias dimensiones políticas que no son deleznables, después de todo la confrontación se dirime en dos frentes armados que también son políticos: en primer término está la lucha a muerte entre cárteles rivales y sus fuerzas paramilitares, y en segundo lugar está la guerra declarada por el gobierno federal contra los cárteles. Se trata de mexicanos en el inicio de una guerra civil y el narcoterrorismo es el recurso de los cárteles en una guerra asimétrica que también es política.

8. La conducción de los asuntos en manos de los capos de los cárteles está marcada por un cierto egocentrismo narcisista —el narcisismo fálico definido por Wilhelm Reich— antidemocrático y marcado por el pavor a la muerte: los narcoterroristas y sus jefes son gente fundamentalmente erosionada por el miedo paranoico que genera el clandestinaje y los arreglos de cuentas interminables entre víctimas y victimarios, les queda poco espacio para los arreglos democráticos y en general les desagradan las opiniones discordantes.

9. La acumulación de riqueza ilimitada genera sus propias pulsiones de poder y también genera su propia ideología. Es falso que los narcoterroristas y los capos de los cárteles sean gente sin ideología: su ideología es la de consolidar su poder unilateral hasta alcanzar la obediencia sin límites de la sociedad y de su Estado.

10. El terrorismo de los narcos cuenta con recursos humanos, económicos y armados muy considerables, a diferencia, por ejemplo, del terrorismo de los nacionalistas vascos de ETA. Por su capacidad de compra de armas, santuarios y voluntades, son de lejos más peligrosos los capos y sicarios del narcoterrorismo: “con dinero baila el perro” y con mucho dinero bailan muchos perros. Resulta que el dinero es más atrayente y adictivo que cualquier ideología religiosa o política.

11. Los terroristas islámicos quisieran crear el “califato universal”; los terroristas de filiación radical quisieran cambiar la sociedad injusta en una sociedad más igualitaria; los terroristas nacionalistas quisieran conquistar un territorio para la implantación de un Estado-nación; y los narcoterroristas mexicanos quieren consolidar su poder en términos narcisistas, económicos, políticos, paramilitares e internacionales. Con ese poder pretenden mantener su obsesión personal de dominio; así como garantizar la fluidez de sus negocios ilícitos; para alcanzar una preeminencia en la sociedad que en principio les es negada por sus deudas criminales; y así mantener su ascenso en las grandes ligas del crimen organizado internacional.

12. Los cárteles mexicanos y sus aliados de otras ramas del crimen organizado se ubican como el tercer centro de poder delincuencial a nivel mundial, sólo superados por las mafias ruso-ucranianas y china de acuerdo a la clasificación del Centro Internacional de Desarrollo Legal y Económico. Su orientación estratégica es la de consolidar sus posiciones en las Américas y en los mercados europeo y asiático. Todo ello implica una sofisticación empresarial y operativa en términos geoeconómicos, geopolíticos y geoestratégicos.

13. El terrorismo global está generando sus propios efectos demostración en estrategias del terror y tácticas de lucha —v.gr. decapitaciones y coches bomba—. Para México una preocupación central sería la de evitar una alianza potencialmente posible entre el narcoterrorismo mexicano de los cárteles y el narcoterrorismo talibán del opio. En esa perspectiva cabría una mayor presión a los estadunidenses para cesar las deportaciones masivas que alimentan a los ejércitos del narco; y también debiera contemplarse una mayor aportación de Estados Unidos en la guerra contra el narcoterrorismo.

14. En términos antropológicos las fuerzas del narcoterrorismo generan sus propios códigos organizativos, jerárquicos, ideológicos y simbólicos de los que depende la cohesión de los grupos paramilitares. Por ejemplo, los narcoterroristas recién reclutados por La Familia Michoacana aprenden a no tener miedo descuartizando cadáveres.

15. La psicopatología de los sicarios y de sus jefes también tiene que ser parte del análisis como en todo ejercicio criminológico. La sociopsicopatía de los narcoterroristas se palpa en cada asesinato de inocentes. Pero sin descontar que si algo está claro en las recientes formas de violencia extrema —aparte de la psicopatología implícita— es su alto contenido de clase a modo de venganza por las humillaciones sufridas en la vida militar y policíaca. Las deserciones masivas de oficiales del ejército, de miembros de las fuerzas especiales, de policías y de funcionarios públicos alimentan una fuerza paramilitar y organizacional a partir de motivaciones complejas y de conflictos no resueltos con la oligarquía dominante.

Como corolario de todo lo anterior, digamos que la organización de la sociedad contra el narcoterrorismo y el crimen organizado es una necesidad de sobrevivencia del Estado mexicano —lo que pasa por encima de los gobiernos federal, estatales y municipales— y la convocatoria de la sociedad —más allá del gobierno— debiera ser la del paso a la autodefensa colectiva como única respuesta a la barbarie. Las consignas son claras: la organización de la autodefensa barrio a barrio, la organización de la inteligencia popular, la resistencia frente a la violación de los derechos humanos tanto por parte del ejército y las policías, como por parte de los capos y sus sicarios. Ésa debiera ser la tarea de todas las organizaciones sociales no gubernamentales.

Mario Núñez Mariel. Analista político. Es autor de Entre terroristas.